jueves, 25 de julio de 2019

El número ocho (8), el eco de la estructura misma del universo

Agroglifo 8/8/2008, campos de Wiltshire (Reino Unido)

Hoy, al refugio de la fresca de un caluroso día de verano, me apetece dilucidar sobre el número ocho (8), pues es el número natural que mayor curiosidad me despierta por sus aires criptográficos, si bien debo reconocer que mi número favorito es el nueve por su trazo de carácter reflexivo, introspectivo y sereno, además de señalar el día de mi onomástica.

Si algo tiene el número ocho es que es eminentemente enigmático, pues en él se guardan una multitud de codificaciones que, como si de un prisma se tratase, proyecta diversos significados sobre una misma realidad dependiendo de la luz del conocimiento que la ilumine, con el objetivo de hacer de sus cifrados ininteligibles a buscadores que no dan la talla. No obstante, a modo de entretenimiento, desvelemos algunos significado de su múltiple naturaleza descodificada:

El ocho es eternidad, pues rotado hasta una posición de 160 grados se transforma en una lemniscata con figura en forma de símbolo del infinito.

El ocho es simetría axial de dimensión paralela, pues es dos veces el número tres opuestos entre sí respecto a un eje simétrico. Y siendo tres los puntos de referencia del espacio euclidiano, el ocho encierra en sí mismo un plano dimensional paralelo al plano de la realidad referencial.

El ocho es vida, pues no solo es el número atómico del oxígeno, sino que además son ocho los electrones que siempre requieren los átomos para interactuar con átomos de igual o de diferentes elementos para la creación de moléculas.

El ocho es doble perfección, pues está formado por dos veces la figura geométrica más perfecta del universo: el círculo, en una elegante composición de círculos tangentes.

El ocho es equilibrio, pues en él confluyen las fuerzas antagónicas fundamentales (nacimiento/muerte, bien/mal, luz/oscuridad, femenino/masculino) del eterno movimiento cósmico de la regeneración.

El ocho es realización, pues en su composición no existe dualidad entre lo que es arriba y lo que es abajo, lo que es creciente y lo que es decreciente.

El ocho es geometría sagrada, pues son ocho los puntos de la estrella octogonal formada por dos cuadrados concéntricos, uno de los cuales está girado en 45 grados, símbolo de trascendencia mística en diversas culturas del mundo.

El ocho es justicia, fuerza y abundancia, pues así queda representado en la simbología ancestral dada por el antiguo esoterismo egipcio, la kábala judaica, el tarot medieval, y la cultura oriental, entre otras tantas.

El ocho es el canto del viento, pues su forma es la letra “s” cerrada en un silbido sostenido. El mismo silbido que en el espacio envuelve a los ocho planetas de nuestro sistema solar.

Y así, con éste ritmo cadencioso, podríamos proseguir de manera indefinida descifrando los mensajes ocultos del número ocho. Pero con independencia de la multiplicad de sus cifrados, y vista la breve relación de discriptografías expuestas, dos son las ideas principales que podemos sustraer -a modo de síntesis- de la capacidad perceptiva humana respecto a éste número natural: la idea del flujo continuo y la idea de la perfección en relación a la vida. La pregunta obligada, por tanto, no puede ser otra que el porqué el ser humano relaciona intuitivamente y de manera atemporal la forma figurativa del número ocho con la idea del fluir eterno y de la perfección.

¿Podría ser por que nuestro propio código genético se estructura a partir de una cadena de ADN de doble hélice en forma de ochos concatenados? Podría ser, pero ésta razón de corte biológico no es más que una pátina de la manifestación subyacente de la causa principal. Lo que está claro es que si el ser humano puede percibir una realidad concreta es, principalmente, porque dicha realidad ya constituye parte inherente como forma o idea en la estructura básica sensitivo-neurológica del ser humano. Es decir, que existe una relación isomorfa entre la capacidad de forma perceptible por el hombre y la forma potencialmente percibida de la realidad. Ya que es imposible todo conocimiento si no existe una correspondencia entre sujeto perceptible y objeto percibido.

Un axioma del que se derivan dos postulados: que el conocimiento mismo de la estructura del universo reside de manera latente en el interior del ser humano, y que dicho conocimiento no debe restringirse a una metodología empírica y directa (razonamiento inductivo) sino ampliarse asimismo al conocimiento filosófico e indirecto (razonamiento deductivo) por ser de naturaleza interna. Es decir, el hombre no debe renunciar a buscar desde su mundo interior el conocimiento del mundo exterior, por lógica isomorfista, pues limitarse a conocer tan solo el mundo exterior desde éste puede abocar a la parálisis de recrearse única y exclusivamente en la realidad conocida, como pez que nada buscando respuestas dando vueltas en el interior de su propia pecera.

Así pues, podemos concluir que el número cardinal ocho, tanto en su naturaleza matemática como semiótica, es el eco captado de una parte de la estructura orgánica del universo mismo. Un eco que nos susurra eternidad, dimensiones paralelas, vida, perfección, equilibrio, realización, geometría sagrada, justicia, fuerza y abundancia. Que cada cual se sirva mejor guste y requiera según sus necesidades e inquietudes, sabedores que no hay otro espacio para escuchar el eco del insondable universo que aquel que encontramos transitando introspectivamente por nuestro interior.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano