sábado, 13 de julio de 2019

El abandono es acción y sustancia en el fluir de la vida


El comedor y el salón ofrecen una imagen fantasmal. Las grandes alfombras, de las que uno no se percata de cuánto visten el espacio hasta que ya no están, se han retirado para limpiar. Los cuadros han sido descolgados de sus paredes para trasladarlos a la casa de verano, para mejor recaudo. Los objetos ornamentales fueron recogidos para que no acumulen polvo. Y los muebles, sofás, lámparas y estatuas incluidas que quedan, han sido cubiertos con fundas de tela blanca a medida para que duerman sin interrupción el largo sueño del verano. Una imagen propia de una casa abandonada, aunque solo sea por casi tres meses.

Un espacio abandonado no solo transmite una señal emocional de desangelado, semejante al concepto de un frío vacío en el que no reside la vida y donde los ecos de una actividad social pasada han dejado de resonar, sino que también transmite una señal racional de desapego, que no es más que una sana actitud humana que permite a las personas reinventarse frente a un nuevo futuro, como animales que mudan su piel para adaptarse a una nueva estación existencial. Pues el futuro, que no deja de ser sino el presente que fluye en el eterno continuo de un tiempo que solo sabe avanzar, no espera a nadie, y menos aun a los nostálgicos.

Resulta curioso observar la rapidez, en algunos casos de manera casi instantánea, en la que un espacio rebosante de vida pasa a un estado de completo abandono.Y cómo un espacio abandonado se marchita con la fugacidad de una flor recién cortada sobreexpuesta a un sol abrasador y sin agua que le ayude a prolongar su caduca vitalidad. De lo que se extrae que el abandono, en estado puro, equivale a una férrea voluntad activa de renuncia por los cuidados que requiere el mantenimiento de un espacio, ya sea físico o metafórico, por rudo que éste sea. En otras palabras, abandonar significa dejar morir. Y allí donde no hay vida, se instala el vacío.

Aunque por otro lado, todos sabemos que el vacío absoluto no existe en nuestro planeta, por lo que aquello que entendemos como vacío, tiempo mediante, no es más que la pausa existente entre dos formas de vida diferentes que pugnan por un mismo espacio. Pues la vida, en sus múltiples formas, siempre acaba haciéndose paso por la irrupción de su propia e incontenida fuerza natural. (Ver: Solo desde el vacío generamos nuevos mundos). Es por ello que toda ilusión de vacío acaba por llenarse nuevamente de vitalidad, aunque esta no sea de naturaleza humana. Y en su tránsito, el proceso de abandono de un espacio conlleva irremediablemente el borrado de la existencia habitada anterior, cuya memoria acaba por diluirse en la noche de los tiempos.

Si, una vez que abandonamos un espacio, con él muere la memoria de nuestra historia personal, con total indiferencia de si ésta estuvo marcada por una vida llena de glamour o, por el contrario, de sufrida penuria. Recuerda hombre, que polvo eres y al polvo volverás, reza el génesis judeo-cristiano. Un polvo que el viento de los tiempos ya se encargará de esparcir para su olvido. Siendo lo único potencialmente perdurable nuestros actos que, en algunos casos excepcionales, son merecedores del recuerdo para futuras generaciones.

Por tanto, podemos afirmar que el abandono es acción y sustancia. Acción porque surge como producto de una voluntad activa de la capacidad racional humana, con independencia que dicho comportamiento conductual sea forzado por una causa de fuerza mayor o voluntario desde el ejercicio del uso en plenas facultades de la libertad personal. Y sustancia porque representa el sustrato primero y último de la pulsación regeneradora de la fuerza arrolladora de la vida, en su eterna naturaleza impermanente de continuo cambio y transformación del mundo de las formas. Pues no debemos de olvidar que la vida tiene el impulso tanto caprichoso como irrefrenable de redefinir periódicamente la estructura de la propia realidad.

Y regresando a mi particular realidad, continuo observando -bajo un espíritu reflexivo- cómo las fundas blancas que todo lo cubren en periodo estival ofrecen a la casa de invierno una apariencia casi fantasmal. Y a pesar de que, en este caso, el abandono del espacio familiar es temporal, no deja de ser un preludio de un futuro no muy lejano en el que seguramente el estado de abandono llegará a ser permanente, pasando de acción a sustancia, y arrastrando así en su paso hacia la desmemoria social de sus propios inquilinos. Será entonces cuando el recuerdo de lo vivido se convertirá progresivamente en olvido. Y en ese vacío transitorio, otra experiencia de vida hará su aparición con presumible pleno desconocimiento de las experiencias vitales de los antiguos moradores, incluido yo mismo.

A la espera que finalice el verano para volver a resucitar la casa fantasma del abandono transitorio, solo cabe vivir lo mejor posible el presente prestado, pues la vida no es más que la suma de pequeños instantes presentes que como polvo sostenido en la palma de la mano se esfuman a cada incontenida espiración. No en vano nuestra vida, hasta que se convierta nuevamente en polvo, es un regalo, y por ello justamente lo llamamos presente in saecula saeculorum.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano