domingo, 14 de julio de 2019

Disolución, una medida de protección psicoemocional frente a una realidad incómoda

Disolución por restauración "Mujer en Rojo", 1618 (anónimo)

En ocasiones, en la vida hay que aprender a diluir los acontecimientos para asegurar una adecuada salud psicoemocional, como amarga hierba que mezclamos en un brebaje dulzón para ayudar a tragarlo mejor, pues como es bien sabido por todos la vida no siempre resulta un camino de rosas. En este sentido, podemos observar que la disolución como fenomenología de la psiqué humana es de doble naturaleza: una exterior, que atañe al mundo de las circunstancias, situaciones o hechos; y una interior, que es propia del mundo de los procesos racionales o pensamientos. Siendo la dimensión exterior la causa o acción de la dimensión interior como efecto o reacción.

No obstante, si bien la disolución es una reacción racional del ser humano frente a un acontecimiento exterior cuya tensión y densidad singular obliga a la persona a protegerse mentalmente, para salvaguardar su propia salud psíquica, el proceso de diluir los pensamientos conlleva una gran carga de gestión emocional. Pues son las emociones y los sentimientos, al fin y al cabo, el objeto principal de apaciguamiento de los pensamientos sobre la percibida como altamente preocupante circunstancia, situación o hecho que experimenta una persona. Ya que pensamientos y sentimientos son dos caras de una misma moneda indisoluble, siendo los pensamientos estructuras de raciocinio neurolingüísticos y los sentimientos su carga emocional vibratoria, sabedores que si bien los pensamientos crean los sentimientos, para modificar los pensamientos primero hay que comenzar transmutando los sentimientos. Dinámica que expongo y desarrollo ampliamente en mi obra “Manual de la Persona Feliz”. Por lo que siendo precisos, debemos apuntar que la dimensión interior de la disolución, como fenómeno de la psiqué humana, no es solo racional sino más bien psicoemocional.

Por otro lado, la disolución de los pensamientos y sentimientos frente a una realidad que nos genera tensión y preocupación cabe enmarcarla como un estado que se sitúa entre las actitudes del apego y del desapego. Aun más: la disolución es el tránsito psicoemocional que realizamos desde una actitud de apego hacia una nueva actitud de desapego mental y emocional, respecto a una circunstancia, situación o hecho vivida.

El acto de la disolución como efecto o reacción representa, desde un enfoque de percepción cognoscente, experimentar una realidad desde una actitud de desdramatización de la misma, como clara medida de autoprotección mental y emocional. Asimismo, el hecho que la disolución sea un tránsito psicoemocional hacia un estado personal de desapego, no significa que culmine obligatoriamente la transmutación de su propia naturaleza. Es decir, la disolución si bien representa un actitud de desapego en potencia, puede perdurar en su estado de transitoriedad a lo largo del tiempo de vida de una persona. El hecho que un estado de disolución acabe transformándose en un estado de desapego frente a una realidad en concreto, dependerá tanto de las características de dicha realidad como de la capacidad y voluntad de gestión psicoemocional de cada persona a título individual.

Asimismo, si bien la disolución como medida de protección de la salud psicoemocional de una persona conlleva la desdramatización -por el consecuente distanciamiento que se deriva de toda objetivación- de una realidad experimentada, ello no representa que la causa o acción de la disolución, que es su dimensión exterior manifestada que provoca la tensión, pierda consistencia y fuerza en el mundo de las formas. Es decir, el proceso de autodefensa psicoemocional de la disolución de un problema puede hacernos percibir dicho problema casi como fantasmal, pero ello no equivale que el problema sea concreto y tangible en el mundo real. Por lo que aquí observamos que la disolución como efecto tiene la potente capacidad de desdoblar la realidad: una de carácter subjetiva y desdramatizada, la personal; y otra de carácter objetiva y problemática, la extrapersonal. O dicho en otras palabras, la realidad subjetiva de la disolución pertenece al mundo de las ideas, mientras que la realidad objetiva de la disolución pertenece al mundo de las formas, sin que ambas se muestren alineadas.

No obstante, a falta de poder desapegarnos de una experiencia vital a la primera de cambio, pues todo tiene su proceso evolutivo, como humanos profundamente humanos a veces necesitamos diluir la realidad, para que pensamientos, emociones y sentimientos se sientan aligerados como hoja que se lleva el viento o que fluye por aguas de un río manso. Pues la realidad, en ocasiones, se puede llegar a mostrar asfixiante, generando tensiones internas que pueden desembocar en cuadros de estrés agudos no aptos para nuestra frágil mente. Y no hay mejor manera para cabotear un mar mental bravo que reencontrar nuestro centro personal, aquel que nos da paz interior, aunque sea diluyendo la realidad exterior. Pues, al fin y al cabo, nuestro mundo exterior no es más que un reflejo de nuestro mundo interior, y si bien nos manifestamos en el mundo exterior, vivimos en él a través de nuestro mundo interior. Ya que Hacemos porque Somos. Y cuando el mundo exterior cae, recordemos que solo nos queda nuestro mundo interior. Por lo que ante los avatares externos que fuerzan desequilibrarnos, la disolución piscoemocional como actitud manifiesta de templanza resulta un recurso personal inestimable para alcanzar la gracia del in medio virtus de los sabios clásicos.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano