martes, 11 de junio de 2019

Resituemos el concepto de Amistad en su justa medida


Que el hombre es un ser social por naturaleza, es por todos sabido, más allá del famoso aforismo instaurado popularmente por el ilustrado Rousseau (a través de El contrato social), quien por cierto no hizo más que copiar literalmente a Aristóteles (en la Política, Libro Primero, capítulo I). Lo cual no tiene nada de recriminable, ya que todos los pensadores no hacemos más que reescribirnos los unos a los otros para adaptar el apriorístico mundo de las ideas atemporales en la singularidad del contexto espacio-temporal que nos toca vivir. Mismo mensaje con diferentes palabras y paisajes. No en vano todo el pensamiento occidental no deja de ser más que un apunte en el margen de la filosofía de la antigüedad clásica (presocrática, sofista, socrática, platónica y aristotélica, principalmente).

La naturaleza social del hombre contiene múltiples significados (ya sean éstos antropológicos, sociológicos, jurídicos, culturales, económicos, etc), pero todos parten de una premisa principal que no es otra que la relación existente entre dos o más personas de una misma comunidad, de la que deseo destacar como objeto de reflexión en este breve artículo la relación específica que denominamos como amistad.

Lo cierto es que hay tantos conceptos de amistad como relaciones humanas existen. No obstante, el elemento nuclear característico de la amistad es la afectividad. Es decir, sin afectividad no existe la amistad humana. Pero, asimismo, dicha afectividad debe ser bidireccional, ya que si tan solo se manifiesta de manera unilateral tampoco podemos hablar de amistad. Por otro lado, una relación afectiva significa que aquellas personas que participan de la amistad comparten una misma escala de valores personales y sociales, ya que en caso contrario no puede desarrollarse la afectividad. En resumidas cuentas, podemos afirmar que la amistad es una relación de afectividad recíproca en la que los actores se alinean en un mismo nivel de moralidad humana.

Cierto es que existen diversos niveles de relación de amistad, y por tanto diferentes grados de amistad, pues las relaciones humanas son ricas y variadas en forma y contenido. Aristóteles ya las dividía en tres categorías: la amistad interesada (en la que las personas nos instrumentalizamos para beneficio común), la amistad que solo busca placer (en la que las personas nos utilizamos para disfrutar de la vida), y la amistad perfecta (que trasciende el beneficio personal en pos del altruismo sincero y bondadoso por la otra persona). Aunque personalmente, y contradiciendo al viejo maestro, no considero las dos primeras catalogaciones como amistad sino como una acción más propia del ámbito del compañerismo, pues el nivel de moral manifestado es de baja talla (o moralina como diría Nietzsche), es decir, que el comportamiento derivado de dichas relaciones no ayuda a trascender al hombre hacia la consecución de ideales mayores como son los valores universales, sino que se fundamenta en valores morales superficiales y/o falsos. (Ver: Cuando la Moral se impone a los Valores Universales la humanidad siempre pierde). Y es que, debo reconocer, mi concepto personal de la amistad está profundamente influenciado por la idea arquetípica conductual de amistad de la obra de Alexandre Dumas “Los tres mosqueteros”. Que le vamos a hacer, además de romántico, uno no puede substraerse de su propio determinismo cultural, hondamente humanista a su vez que icónicamente clásico.

Son, por tanto, los valores universales (respeto, verdad, justicia, amor, bondad, libertad, honradez, responsabilidad, etc) manifestados en la moral humana los que ponen a prueba el concepto que dos o más personas tienen de la amistad verdadera. Tanto es así que la fragilidad de la relación humana a la que llamamos amistad no reside tanto en la mayor o menor intensidad de la afectividad (de fácil y alegre expresión), sino en el juicio a examen sobre el nivel de alineación de los valores universales que somete las circunstancias de la vida a aquellas personas que participan de una misma relación de amistad. Cuando los valores universales se evidencian desalineados, a causa de las pruebas tan azarosas como inpermanentes a las que nos reta la vida mundana, la amistad se despoja de su falso ropaje convirtiendo la afectividad en desafectividad, lo que produce una rotura en las relaciones personales. (No en vano las iconografías alegóricas de la antigüedad clásica representaban la amistad con personajes con pecho descubierto).

Es por ello que no se puede catalogar una relación humana como de amistad hasta que la misma idea conceptual de amistad queda verificada por ambas partes, pues el ser humano tiende a proyectar sobre un tercero su propio concepto de amistad (de naturaleza profundamente cultural) sin confirmar, previamente, que la otra persona participa del mismo arquetipo de amistad. Solo a través de las pruebas que nos pone la vida en el camino compartido es cuando se puede certificar la existencia o no de una relación de amistad stricto sensu, sabedores que toda persona, al igual que la vida misma, fluye en un continuo cambio y transformación de desarrollo personal.

Por otro lado, ciertamente, en una sociedad altamente hedonista e individualista como la contemporánea, muchas son las personas que se limitan a vivir sus vidas en la órbita de las mal denominadas amistades interesadas y de placer, y pocas son las que buscan las amistades perfectas (haciendo uso de la terminología aristotélica). Un efecto sociológico que divide a las personas en aquellas que cuentan en su haber con muchos “amigos” y aquellas que, contrariamente, cuentan con tan pocos amigos que no alcanzan para contarse con los dedos de una sola mano, dependiendo de si pertenecen al primero o al segundo grupo de concepto de amistad, respectivamente.

Asimismo, cabe apuntar que el estado de una potencial amistad perfecta o verdadera -aquella que ayuda a trascender como seres humanos a los participantes de una relación sobre la base de la defensa de los valores universales- solo se alcanza desde un proposición previa: el estado de una amistad verdadera con uno mismo (con su mismidad). Pues solo si una persona alcanza el estado de amistad consigo misma, fruto del desarrollo y crecimiento personal de su Autoridad Interna que le permite mostrarse consigo y ante el mundo tal y como Es (máxima manifestación del Yo Soy), puede entablar una relación de amistad lo más perfecta posible con otro semejante (un no-Yo). Es por ello que las amistades perfectas o verdaderas destacan por su excepcionalidad, pues se forjan desde la madurez del centro de gravedad de aquellas personas que se trabajan su mundo interior. Una característica de rara avis en un mundo que vive desde, por y para el exterior.

Resumiremos pues, a modo de conclusión axiomática de ésta breve reflexión, afirmando que solo puede entenderse como amistad verdadera aquella relación de afectividad recíproca en la que los participantes se alinean en un mismo nivel de moral humana fundamentada en los valores universales, estado de relación humana a la que se accede única y exclusivamente mediante un trabajo previo personal de amistad con nuestra propia mismidad. Más allá de esta manifestación, más vale vivir en soledad que con malos amigos acompañado. (Ver: La soledad voluntaria, un bien preciado desprestigiado).

Y no hay que decir, por si hubiera algún resquicio de duda al respecto, que obviamente no existe amistad sin relación humana alguna, cuya preexistencia requiere inexorablemente de que las partes implicadas cuiden de manera recíproca dicha relación. Es decir, la amistad o es bilateral o no es. Dixi!



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano