jueves, 6 de junio de 2019

La vida personal y colectiva no es lineal, sino que sigue un patrón geométrico cíclico


Las personas vivimos nuestras vidas como si éstas fluyesen por una constante en progresión lineal simple que, de manera irremediable, nos conduce a la muerte. Lo cual nos hace creer que en nuestro caminar existencial tan solo consumimos etapas de experiencia y no ciclos de vida propia. Una creencia falsa quizás debida ya sea en parte a la corta visión de conjunto que tenemos los seres humanos, ya sea en parte a la escasez de memoria retenida sobre la trayectoria de nuestra particular historia mortal. No obstante, sea cual sea la razón, nada más lejos de la realidad, pues la vida del ser humano, al igual que toda existencia en el universo, no avanza siguiendo una progresión lineal simple sino que sigue una secuencia cíclica, lo cual implica que nuestras vidas humanas se desarrollan bajo un patrón singular. (Ver: Dime en qué caos estás, y te diré qué patrón de futuro te espera).

Pero, ¿qué significa que transitamos sobre un patrón de secuencias cíclicas?. Pues que la suma de historias de nuestras vidas se desarrolla concatenando ciclos caracterizados por un proceso secuencial de inicio, madurez y declive de una experiencia vital, para seguidamente dar paso a un nuevo ciclo y así de manera reiterada hasta el fin de nuestros días, pero con la característica particular de que los diversos ciclos secuenciales siempre tienen un punto de convergencia común, lo que produce una cierta sensación de efecto bucleriano, equiparable a la percepción de que el pasado acaba por repetirse en el futuro (cambia el contexto pero persiste una tendencia que se manifiesta con naturaleza periódica, como ballena que de manera regular debe emerger a la superficie para volver a perderse en las insondables profundidades del océano). Y aun así, el ser humano vive con el ímpetu cegador del que se cree que no solo no existe más futuro que el presente, sino que incluso no existió pasado alguno, y menos que éste pasado pueda llegar a repetirse en un futuro próximo.

[Pensamiento matinal reflexivo en el día en que se celebra el 75 aniversario del Desembarco de Normadía. Es decir, ¡sólo hace 75 años que Europa estaba sumida bajo el terror de Hitler!, lo que es lo miso que decir que fue ayer mismo en términos históricos. Y aún así ya no nos acordamos..., pues a las nuevas generaciones les parece toda una eternidad.]

La siguiente pregunta, por tanto, no puede ser otra que aquella que nos despeje la incógnita principal de la ecuación de la secuencia cíclica: el tiempo. ¿Cada cuánto se suceden los ciclos en la vida de una persona, y por extensión de una sociedad?.

Cuando nos referimos a la existencia de una secuencia estamos aludiendo directamente a un estado de ordenamiento de la realidad, en la que aunque los elementos que la componen puedan parecernos a primera instancia desordenados e incluso caóticos (pues el hombre tiende a la megalomanía de creerse la unidad de medida de tiempo sobre el Todo), conforman un conjunto ordenado. Y cuando estamos hablando, por consecuencia, de secuencia y orden, nos situamos frente a una de las filosofías más antiguas tratadas ya por los presocráticos: las matemáticas. Una ciencia en sí misma que, en un universo euclidiano, es igual que hablar de geometría. Por lo que en materia de secuencias cíclicas existenciales, ya sean para una persona como individuo o para una colectividad como sociedad, tanto su espacio como su tiempo se someten a la geometría. O dicho en otras palabras, los ciclos de la vida de los hombres siguen un patrón geométrico.

Que la naturaleza se estructura a partir de patrones geométricos es por todos sabido a través del conocimiento del número aúreo, la secuencia de Fibonacci, el número e, y el número Pi, principalmente. Pero, ¿es posible equiparar la geometría de la naturaleza con el desarrollo de las circunstancias de la vida de una persona, que en principio tiene libre albedrío a diferencia de una planta o de una onda eléctrica, en términos de secuencia matemática?. La respuesta, para pesar de nuestra egolatría, es que sí, pues ambos participamos de una misma realidad euclidiana. (Ver: Venimos de la esfera y, tras una vida en espiral, a la esfera regresamos).

Por lo que, por tanto, podemos afirmar de la existencia de un patrón secuencial cíclico en la vida de las personas y de las sociedades que se repite una y otra vez en diversos niveles fractales de tiempo, en el que cada individuo, cada sociedad, cada país, y cada mercado económico tiene sus propias frecuencias cíclicas, que se repiten en forma de estructuras espirales a través de todos los niveles y órdenes espaciales de nuestra naturaleza dimensional.

¿Y cuál es esa constante de la secuencia cíclica humana?, podemos preguntarnos. Para responder a dicho interrogante está claro que lo único que debemos hacer es analizar las múltiples variables registradas a lo largo del pasado de la historia de la humanidad para poder extraer nuestro particular patrón geométrico espacio-temporal (método propio del pensamiento computacional). Tarea que nos debería resultar relativamente sencilla gracias a los avances en materia de tecnología informática e inteligencia artifiical. No obstante, la buena noticia es que ya disponemos de algunos estudios al respecto (aunque desconozcamos su código fuente), como son los realizados en el campo de la economía por el analista estadounidense Martin A. Armstrong, quien a través de su famoso modelo de computación basado en el número irracional Pi (sobre el análisis de 32.000 variables mundiales registradas) determinó en la pasada década de los ochenta que los ciclos económicos duran 3.141 días, es decir, 8,6 años. Un modelo de estudio que permite a Armstrong predecir a futuro el auge o declive de países y mercados desde un punto de vista financiero, e incluso augurar futuras guerras. Todo un oráculo científico.

Sí, de igual manera que el número aúreo es el mismo que determina la disposición de los pétalos de las flores o de las hojas de un tallo, y determina la distancia entre el ombligo y la planta de los pies de una persona respecto a su altura, el número Pi tanto calcula la circunferencia de un círculo o el volumen de los sólidos, como describe el movimiento pendular, la vibración de las cuerdas o la duración de los ciclos económicos de los humanos. El tiempo y el espacio en la naturaleza euclidiana se someten a la geometría, incluida la propia vida de los humanos, por muy prepotentes que nos pongamos.

Lo cual nos aboca a la última pregunta de esta breve reflexión: si el hombre y el desarrollo de sus sociedades está sometido a la constante de una secuencia cíclica de naturaleza geométrica por tratarse de un hecho espacio-temporal, ¿podemos calificar las singularidades de dichos ciclos como de destino humano?, y si así fuera, ¿puede el hombre evitar dicho destino?. Entendiendo aquí destino, en sentido clásico, como ese poder sobrenatural inevitable e ineludible que guía la realidad humana y la vida de todo ser humano.

La respuestas, aunque no nos gusten, parecen categóricas: La singularidades del patrón de secuencia cíclico se elevan a la categoría de destino humano stricto sensu. Y, no, el ser humano no puede sustraerse de su destino, pues en un universo euclidiano el destino forma parte intrínseca de la misma estructura de la realidad geométrica humana. (Ver: ¿Existe el Destino o es otra cosa?).

Y con este amargo (por desacostumbrado e inapetente) cáliz, doy por concluida esta reflexión efímera. Sabedores que no hay mayor seguridad para afrontar el futuro personal y colectivo que conociendo, y por extensión previniendo, la mecánica de nuestros propios patrones existenciales. Que el ayer no exista para olvidar, sino que sirva para aprender a resolver con inteligencia racional y emocional el mañana.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano