viernes, 14 de junio de 2019

La presencia de la ausencia


Esta mañana, paseando por el puerto de pescadores de mi ciudad natal (la Tarraco scipionum opus), he percibido la presencia de la ausencia de manera reiterada en pequeños detalles de la vida cotidiana: un cabo amarrado al noray del muelle flotando en el agua sin embarcación que sujetar, una ofrenda floral a un difunto en el minúsculo mástil de una pequeña barca de pesca, sogas esforzándose en mantener a flote cascos de madera tapizados de algas y crustáceos, de lo que ya solo es un recuerdo lejano de un bello estilo de vida de subsistencia de los extintos hombres de mar. Una pesada sensación de ausencia, debo reconocer, seguramente amplificado por un cielo encapotado, soportable gracias a una brisa marina atemperada que, desdramatizando la existencia, anuncia la llegada del verano.

La presencia de la ausencia, si bien es un concepto complejo (por compuesto) al que se han referido diversos pensadores -desde Epicuro a Sartre, pasando por Shopenhauer-, y artistas -tantos, que solo mencionaré a la amiga de familia Carmen Riera- a lo largo de la humanidad, lo reconocí de manera consciente a través de una serie temática fotográfica de mi mujer Teresa años atrás. Un despertar del que desde entonces engendró en mi la semilla del interés reflexivo, que hoy explota humildemente y tiempo mediante como fruta madura.

La presencia de la ausencia parece una paradoja en sí misma, pero lo cierto es que hay ausencias que se hacen notar hasta tal punto que el vacío que provocan se hacen presente, por evidentes, en un espacio ya sea físico (lugar) o psíquico (en la mente de una persona). Hasta que el tiempo, que como arena del desierto lo recubre todo de nuevo, convierte la presencia de la ausencia primero en tan solo ausencia despojada de presencia, para posteriormente transformar la ausencia en olvido, que es lo mismo que la nada. Por lo que podemos decir que la ausencia nunca es vacío, ya que pasa de ser a no-ser sin previo espacio transitorio indeterminado e indefinible. A no ser que lo consideremos, en sus primeros estadios, como un vacío lleno.

La ausencia, por tanto, es un concepto metafísico por antonomasia, pues se haya más allá de la naturaleza de la realidad. Y aún así, su influjo se hace presente en nuestro lado de la realidad, en el mundo de las formas. ¿Cómo puede, entonces, algo que no existe en nuestra realidad (mundo no-fenomenológico) manifestarse como una presencia en la misma (mundo fenomenológico)? La respuesta aun siendo simple es reveladora: si la ausencia no es una forma stricto sensu, es entonces una idea de esa forma. Ergo, podemos afirmar que la ausencia es, como idea, el residuo o eco existencial de una forma que ya no-es.

Siendo pues la ausencia una idea de una forma que no-es, ésta como idea forma parte del mundo epistemológico, lo que posibilita al ser humano poderla reconocer cognitivamente. He aquí el haz que ilumina el hecho de que la ausencia, por ser un residuo o eco existencial de una forma que no-es, pervive en el conocimiento humano en tanto en cuanto perdura en la consciencia del hombre como individuo o colectividad. Es decir, el puente entre la idea que es (ausencia) y la forma que no-es (presencia de la ausencia) no es otro que la consciencia humana.

Y es justamente esta consciencia humana la que puede esforzare por mantener viva la presencia de la ausencia de manera sostenible en el tiempo (salto generacional) a través de una actitud proactiva respecto a la misma (recordatorios, ceremonias, conmemoraciones, etc). Lo que equivale a que la forma que no-es (inexistente en la realidad) solo puede perdurar en nuestra dimensión espacio-temporal mediante el apoyo y participación de otras formas que son (existentes en la realidad).

Asimismo, cabe destacar que la persistencia de la presencia de una ausencia en la línea del continuo cambio y transformación del devenir cotidiano de los hombres no se asegura por un vínculo afectivo contraído previamente con la susodicha forma, de la que se sustrae la posterior idea de la ausencia, sino por el valor de dos factores claves: la tipología de idea que proyecta la ausencia y el grado de interés de dicha idea, ambos íntimamente ligados a su forma apriorística (profundamente determinada por los determinismos ambientales). Así, a mayor proximidad con los valores arquetípicos universales y a mayor grado de interés social de la idea, mayor es la constante de la idea -en términos físicos- en el continuo espacio-temporal. E ídem ocurre en sentido contrario en su proporcionalidad inversa. Es decir, que el tiempo de presencia de una ausencia en nuestra realidad formal es igual al producto del valor de la idea proyectada por la ausencia y al grado de interés social de la misma.

Pero metafísica, epistemología y sociología a parte, lo cierto es que la naturaleza de la ausencia como presencia en nuestra realidad formal tiene una manifestación propia y singular en nuestro mundo emocional. Y la evocación de la ausencia como idea, ya sea ésta arquetípica o real, genera un espectro sentimental en las personas relacionado con una de las cuatro emociones básicas humanas: la tristeza, la cual puede conducir a sentimientos como la desazón, la angustia, la impotencia o la rabia (entre otros), llegando incluso a poder desembocar en estados de desequilibrio psicoemocional como la depresión. En este sentido, sí que el grado de afectividad contraído con la forma ausente es relevante para la condición humana, profundamente humana, de la consciencia individual reconocedora del sujeto u objeto ausente en nuestro mundo de las formas. Siendo el único remedio de cura existente frente al sentimiento de tristeza una firme actitud de desapego emocional a la forma que ya no-es, cuya medicina no es otra mas que el propio tiempo (del que no en vano reza el refrán que todo lo cura). Pues el hombre como especie sintiente siempre necesita, para su salud psicoemocional, recubrir sus vacíos existenciales.

Enfrentarse emocionalmente a la ausencia es, por tanto, equiparable a gestionar un proceso de duelo por muerte real o metafórica, de la que la frágil mente humana no sabe diferenciar. Una experiencia de aprendizaje inevitable de la vida cuyo resultado depende de cada persona y sus circunstancias (como diría Ortega y Gasset), pues aun sin quererlo somos parte indisociable de nuestro contexto, como vértice que forma parte de un poliedro. Es por ello que cuando camino en mi continuo caminar diario y percibo la presencia de una ausencia, como las halladas esta mañana en el puerto de pescadores bajo un cielo encapotado -ya a estas horas de la tarde despejado por un amable sol-, no puedo más que guardar un instante de respetuoso silencio imaginando el mundo que representó ese vacío lleno que ya no-es, para a continuación intentar intuir sobre la lógica probabilista del entorno cómo en un futuro próximo la vida volcará ese vació lleno -incluso sin dejarlo llegar a ser nada- en una nueva forma que es. Pues la vida siempre sigue, al menos sino para la mayoría, sí para el conjunto de los hombres como especie.

La vida sigue -dicen-, / pero no siempre es verdad / a veces la vida no sigue / a veces solo pasan los días”. (Pablo Neruda)


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano