sábado, 22 de junio de 2019

El Fuego como elemento de la vida y la muerte humana


Hoy me apetece reflexionar sobre el fuego como elemento, quizás porque dentro de pocas horas se celebra la víspera de San Juan en ocasión del solsticio de verano, íntima y ancestralmente vinculado al rito ceremonial de las hogueras. Aunque debo reconocer que me gusta más el elemento agua, sobre todo cuando sumergido en un mar apacible parece acariciarte como plasma plateado aquietando el espíritu, y el elemento aire, cuyas ráfagas sobre rostro y pecho son verdaderas bocanadas de aliento vital de libertad en estado puro. Asimismo, tampoco considero que el fuego sea el primer elemento de la naturaleza, como sostenía Heráclito, pues para que haya fuego (moléculas incandescentes en una reacción química de oxidación acelerada) debe existir el aire de Anaxímenes (nitrógeno, oxígeno, argón, etc), el cual requiere a su vez del agua de Tales de Mileto (hidrógeno y oxigeno), todos ellos dependientes a su vez de la existencia de la tierra de Jenófanes (materia y energía surgida del Big Bang).

Pero dejando de lado si el fuego fue o no el arjé o primero de los cuatro grandes elementos de la naturaleza, pues ni la propia teoría del Big Bang lo aclara por ser una paradoja matemática per se y por ende manifestarse como un continuo saco de problemas no resueltos por la física moderna -de hecho me resulta poco creíble que el tiempo, el espacio y toda la materia y la energía del universo conocida hayan surgido de una singularidad exenta de causalidad que se expande sobre sí misma-, cabe destacar la característica más relevante del fuego: su naturaleza dual, capaz tanto de generar vida como de generar muerte. Lo cual le convierte en un elemento trascendental, ya que transita tanto por el mundo de la física como de la metafísica.

Es por ello que el elemento fuego, en su doble polaridad y dimensión de la realidad, tiene rasgos bien definidos por todos observables.

1.-El fuego en su polaridad de Vida:

En su dimensión física, consideramos al fuego como generador de vida por su capacidad exotérmica, es decir, porque es capaz de emitir energía en forma de calor y luz visible.
Mientras que en su dimensión metafísica, en el marco conceptual de dicha polaridad, consideramos al fuego como un elemento arquetípico de creación de vida y de iluminación de la misma.

2.-El fuego en su polaridad de Muerte:

En su dimensión física, consideramos al fuego como generador de la muerte por su capacidad de combustión, es decir, porque es capaz de liberar la energía de una forma hasta el punto de modificarla de estado y por tanto de transformarla en una no-forma ya sea de manera completa o incompleta, dando como resultado la transferencia de estado de un ser a un no-ser.
Mientras que en su dimensión metafísica, en el marco conceptual de dicha polaridad, consideramos al fuego como un elemento arquetípico de destrucción y purificación de la vida.

No obstante, en materia de filosofía de la moral, la franja divisoria entre las ideas arquetípicas del Bien y del Mal -inherentes a la naturaleza del elemento fuego- no están tan claras con respecto a la distinción de su doble polaridad. Pues si bien podemos afirmar que el ideal del Bien como valor universal está relacionado con la creación e iluminación de la vida, no podemos decir categóricamente lo mismo respecto a la relación entre el ideal del Mal como valor universal y los rasgos metafísicos de destrucción y purificación de la vida en la polaridad de Muerte del elemento fuego. Ya que la característica de la purificación, en el fuego como Muerte, conceptualmente la entendemos más como una propiedad de la idea del Bien que del Mal. Pues purificar no es más que la acción y efecto de devolver a un cuerpo, forma o naturaleza su pureza; que es lo mismo que devolver al mismo a la vida plena.

En este sentido, y ya desde un enfoque antropológico, el fuego no es más que la alegoría creadora/destructiva del dualismo conductual del ser humano por naturaleza, capaz tanto de los mayores hitos de grandeza como de las mayores aberraciones de nuestra especie. Por lo que dominar metafísicamente al elemento fuego no solo equivale a centrar nuestra humanidad, sino a trascender nuestra propia condición humana. No en vano, el símbolo alquímico del fuego es el triángulo equilátero, el cual lo coloquemos del lado que lo pongamos siempre señalará en sentido ascendente, que no es más que la dirección que sigue el espacio-tiempo en la expansión del propio universo. Por lo que si alguno de los cuatro elementos de la naturaleza representa fidedignamente el patrón cíclico del flujo continuo del cambio y transformación de la vida, ese no es otro que el elemento fuego.

Sí, a pocas horas de la festividad de la noche de San Juan en un punto cualquiera del norte del Mediterráneo milenario, cuna de los grandes clásicos que aun se mantienen como resortes inmortales de nuestra civilización occidental, el fuego será, un año más, el protagonista de los ritos de purificación y renacimiento de los hombres bajo la atenta mirada del astro rey reenergizado y lleno de vida, tal como si fuéramos aves fénix que resurgimos de nuestras mundanas cenizas. Aunque, personalmente, me atrae más la iconografía griega del fuego propia del mito de Prometeo, en el que el fuego -que el titán robó a los dioses para beneficio de los mortales- representa ni más ni menos que la iluminación del conocimiento humano, que bien falta nos hace en estos tiempos que corren mal le pese a Zeus. Fiat lux!



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano