martes, 25 de junio de 2019

El calor convierte al hombre en un animal violento irracional


No hay que ser demasiado avispado para observar la relación entre el aumento de tensiones socio-políticas y de casos de violencia doméstica generalizada, tal y como nos muestran los medios de comunicación a modo de termómetro del índice del civismo humano, con el aumento de temperatura global que padece el planeta. Y es que el calor ambiental tiene un efecto negativo en el conjunto del organismo humano de tipología varia, con implicaciones directas en los cambios bruscos de humor caracterizados por episodios de irritabilidad que pueden desembocar tanto en intolerancia como en violencia. Pues nuestra frágil estructura cerebral está diseñada para poder funcionar perfectamente, desde un punto de vista fisiológico, con una temperatura ambiental de entre 35 y 40 grados centígrados, temperatura a partir de la cual nuestro organismo se colapsa entrando en un estado de caos interno con consecuencias muy graves para la salud, llegando a poder provocar la muerte.

Y frente a esta realidad, la sección del tiempo de los telenoticias informaron ayer noche -con cierta alegría, por no decir despreocupación- de otra realidad de rabiosa actualidad: la entrada para esta semana de una ola de calor que en España llegará a alcanzar los 44 grados en algunos puntos del país. De hecho, es una evidencia que la temperatura media en España aumenta el doble que en el resto del mundo, habiendo aumentado en el último medio siglo 1,6 grados centígrados, media superada por puntos concretos del territorio nacional como es la ciudad de Barcelona que ha registrado una subida de 1,89 grados centígrados. Unos pocos grados que si bien pueden parecernos escasos provocarán -ya en fase de consolidación, según la comunidad científica- la desertización del 80 por cierto de España como país, con su consecuente pérdida no solo de biodiversidad sino también de la capacidad de producción agrícola, así como la desaparición de parte del actual litoral conocido por la subida del nivel del agua del mar.

Dos grados que marcan la diferencia que, asimismo, no solo afectan a España sino que tienen en jaque a toda la comunidad internacional. Pues es por todos conocido que si el mundo a nivel global aumenta hasta los 2 grados celsius con respecto a nuestra era preindustrial (límite que estamos a punto de alcanzar), el planeta tal y como lo conocemos desaparecerá. Y aún así, a pesar del principio de buenas intenciones marcado en el acuerdo climático de París de 2015 -en el que EEUU se retiró dos años más tarde con la llegada de la administración Trump-, el hombre en nuestra inconsciencia continuamos alimentando el aumento de temperatura global mediante la emisión de carbono a la atmósfera. Lo que se significa, en términos climatológicos, que si seguimos con la actual tendencia de calentamiento global llegaremos al final del presente siglo con un aumento de 3,2 grados centígrados adicionales, lo que representa un futuro inminente de graves efectos para la salud humana, así como para las economías productivas globales.

Lo que está claro es que el ser humano, en nuestro instinto de supervivencia como especie, está obligado a buscar soluciones inteligentes para limitar el aumento de temperatura -en parámetros preindustriales- a más de 1,5 grados centígrados, reduciendo las emisiones de dióxido de carbono, creando e implementado nuevas fuentes de energía limpias, redefiniendo los modelos urbanísticos y de movilidad de las ciudades, redefiniendo la cadena de valor de las economías productivas, ideando procesos de sostenibilidad para los hábitats naturales, y en caso extremo -como comienza a ser el caso- diseñando vestimentas inteligentes que mantengan una baja temperatura corporal frente al calor ambiental para la salubridad psicoemocional de las personas, pues en caso contrario los hombres vamos a comenzar a tratarnos como animales salvajes por desorientación, aturdimiento e irritabilidad mental en la simple gestión de cuestiones nimias de nuestro día a día. Y ya se sabe que cuando el hombre se transforma en animal la conducta moral destaca por su ausencia.

En este sentido, me ha venido a la memoria una prenda de chaleco refrigerado con hidrógeno líquido recargable en cuyo diseño industrial colaboré años atrás -ya en otra vida- a través de una de mis antiguas empresas junto con Corporación Capricornio Technologies, para combatir a nivel individual las altas temperaturas de un importante país de oriente medio como proyecto de I+D+I. Quién sabe si el futuro de la humanidad pasa por la sociabilización de la ropa refrigerada. Y que la lucha contra las emisiones de CO2 se combata con proyectos como el electrocatalizador que la Nasa inventó hace ya un par de años para convertir el dióxido de carbono en oxígeno, como medida para resolver la respiración de los astronautas en futuros viajes a Marte. Pues a este paso, la Tierra va camino de martelizarse, si antes no nos hemos matado por enajenación transitoria causada por el sofocante calor.

Mientras tanto, ante la evidente relación entre aumento de las temperaturas y aumento de los actos de violencia gratuitos, constatando en carne propia ciertas puntas del día en que la respiración se hace más densa y la cabeza sufre un exceso de acaloramiento, y a falta de un chaleco refrigerado a mano (a ver si en breve se comercializan en Zara), no queda más remedio que hidratarse bien con agua, buscar el cobijo de zonas lo más frescas posible, reducir el gasto de energía personal y, sobre todo, evitar el contacto directo con posibles personas que puedan mostrar la más mínima sintomatología tanto verbal como no verbal de violencia potencial. Pues del hombre al animal solo hay un pequeño paso, y más cuando la racionalidad queda anulada por determinismos biológicos, otorgando así máxima vigencia al homo homini lupus de Hobbes.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano