domingo, 2 de junio de 2019

Breve diserción sobre el Ruido y el Silencio personal y social


Ruido y silencio son dos dimensiones contrapuestas que pueden coexistir en un mismo plano de realidad, donde la existencia (alborotada) o ausencia del sonido marcan la respectiva diferencia. Como estados naturales ambientales o de hábitat el ruido podría equipararse a un espacio geométrico amorfo y abrupto, cuyo medio natural está sometido a las continuas deformaciones producidas por una o más fuentes mezcladas de ondas mecánicas; mientras que el silencio sería similar a un espacio geométrico cristalino (patrón armónicamente definido) y suave, cuyo medio natural está exento de la perturbación producida por ondas mecánicas de cualquier tipo (al menos audibles para el ser humano).

Es por ello que si bien tanto desde el ruido como desde el silencio se pueden crear realidades existenciales humanas concretas, aquellas que se desarrollan sobre un hábitat de ruido las podemos caracterizar por tres factores singulares, que son:

1.-Una vida altamente azarosa.
(Ya que en un espacio geométrico amorfo sus parámetros estructurales se distribuyen sin un patrón lógico predefinido y condicionado por las alteraciones aleatorias del propio ruido ambiental).

2.-Una vida expuesta a potenciales cambios experimentables.
(Ya que dicho espacio geométrico amorfo está sujeto de manera continua a una fuerza de transición indefinible entre varias formas existenciales posibles -suma de historias potenciales-, propio de su naturaleza indeterminada por condicionamiento azaroso del ruido ambiental).

y, 3.-Una vida marcada por un incremento sustancial en la velocidad media de creación de nuevos ciclos de redefinición existencial continua.
(Ya que cuando el espacio geométrico amorfo transita de un cambio de forma a otro reubica irremediablemente su posición espacio-temporal con respecto a su realidad de referencia, reiniciando un nuevo ciclo de vida existencial dentro del azaroso e indeterminable ruido ambiental).

Todo lo contrario, por otra parte y como es obvio suponer, de lo que sucede con aquellas realidades existenciales humanas desarrolladas sobre un hábitat de silencio.

No obstante, cabe señalar que las dimensiones de ruido y silencio como manifestaciones de una misma realidad pueden ser tanto exógenas (estados naturales ambientales o de hábitat), como endógenas (estados personales de conciencia y/o de naturaleza interior psicoemocional). Por lo que si bien la multiplicación de los factores del ruido exógeno y del ruido endógeno tienden a un valor exponencial de ruido superior, al igual que sucede con la multiplicación de los factores del ruido endógeno y del silencio exógeno, no asimismo sucede con la multiplicación de los factores del ruido exógeno y del silencio endógeno en el que el resultado tiende a cero, siendo éste el valor más próximo a un estado personal de máximo silencio. Entendiendo el silencio, en el ámbito intrapersonal, como la manifestación de un estado de paz y equilibrio psicoemocional interior.

Expuesto lo cual, la pregunta que debemos hacernos es ¿sobre qué realidad se construyen nuestras sociedades desarrolladas, sobre el ruido o sobre el silencio?. Desde un punto de vista de colectividad, como suma de individuos que configuran una misma sociedad, es una evidencia empírica que nos desarrollamos desde la realidad existencial humana del ruido exógeno. Y desde un punto de vista individual, como unidades independientes que conformamos la colectividad social, el alto índice de adicción a las redes sociales apunta a que también nos desarrollamos desde la realidad existencial humana del ruido endógeno. Por lo que podemos afirmar que la realidad de ruido social se transfiere por contagio directo a la realidad de ruido personal, el cual retroalimenta al primero en un círculo vicioso.

Así pues, si estamos desarrollando una realidad social de individuos con vidas azarosas, altamente indeterminables y de múltiples ciclos vitales en una misma vida, podría significar en un primer análisis superficial que nos hayamos frente a una sociedad impredecible por antonomasia, aunque lo cierto es que, contrariamente, si ahondamos en el objeto de reflexión percibiremos diáfanamente que nos encontramos ante una estructura orgánica social profundamente dúctil por su alto grado de plasticidad y de determinismo ambiental. O en otras palabras, no es el hombre quien construye el hábitat, sino el hábitat quien construye al hombre a golpe de ruidoso cincel.

Personalmente debo reconocer que me gusta el silencio exógeno, y que el ruido ambiental no solo me molesta sino que incluso me agota (como si el sonido desagradable por no deseado fuera capaz de alimentarse sin permiso de mi energía vital). Para ruido, por tanto, prefiero el endógeno al exógeno o ambiental, pues es uno como sujeto cognoscente en la intimidad de su libre pensamiento quien lo organiza sensitiva y lógicamente en una combinación coherente de ideas melódicas, armónicas y rítmicas con sentido intelectual propio. Un proceso para el que se requiere, condición sine qua non, del silencio endógeno. Es decir, solo desde el silencio endógeno se puede transformar el ruido personal y/o ambiental en un pensamiento crítico por libre e intelectualmente coherente. Aunque ya se sabe que éste se concibe, hoy en día, como una nota suelta o discordante en medio de la ruidosa sinfonía ambiental.

Así pues, esta breve y efímera disertación debería hacernos reflexionar del por qué y sus causas del hecho que estamos construyendo una realidad en la que se ha exiliado forzosamente al silencio de la sociedad, así como plantearnos la pregunta de si ¿deberíamos reintroducir el silencio en la vida de los seres humanos contemporáneos?. Ya que, a todas luces, es previsible que el silencio como estado endógeno individual acabe desapareciendo -como una actitud personal y discrecional humana- a medida que se vaya completando el cambio intergeneracional entre personas nacidas en la era pretecnológica (con disposición al silencio endógeno por motu propio) y pos tecnológica (con disposición al ruido endógeno por contagio ambiental). No en vano, y recordando los ecos pitagóricos, el silencio es el comienzo de la sabiduría, por lo que representa la primera piedra de la Filosofía (el arte de conocer la verdad última de la realidad).

Hágase el ruido, para que desde el desconcierto colectivo se ejerza un control general, sin que nadie disponga de resquicios de silencio alguno que pueda generar pensamientos independientes por sí mismo. Que desde el caos aparente (de los muchos) emerja la imposición de un orden preestablecido (de unos pocos). Se promulga el silencio endógeno individual como un acto de resistencia revolucionaria anti-sistema.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano