miércoles, 26 de junio de 2019

La Luz, la nueva tecnología del futuro de la humanidad


Si algún elemento de la naturaleza nunca ha dejado de maravillarme ese no es otro que la luz. La luz no solo es vida (versus la oscuridad que se asocia con la muerte), sino que también es un misterio en sí misma y, a su vez, para el conocimiento del hombre es el futuro de nuestra propia humanidad. Y no me refiero a un conocimiento en el sentido clásico de iluminar la capacidad cognoscente del ser humano, sintetizado en la evocación latina fiat lux!, sino en un conocimiento empírico como fundamento del saber científico stricto sensu.

Ya de bien pequeño me fascinaba el hecho que los objetos que forman nuestra realidad tengan, para reconocimiento de nuestro limitado espectro visible, un color y no otro. Así como me generaba gran expectación la relación simbiótica existente entre color y luz, y el hecho que el color, como manifestación de las longitudes de las ondas electromagnéticas de la luz, pueda afectar positiva o negativamente sobre un sujeto u objeto mediante su interacción. Años más tarde me atrajo sobremaneramente el hecho que la luz, a través del proceso químico de la fotosíntesis, represente la energía imprescindible para crear oxígeno desde la materia orgánica (por lo que conociendo y teniendo a mano la energía principal de la susodicha transformación alquímica, el proceso químico de las plantas se presentaba como un simple juego mecanicista de combinación e interactuación de elementos varios de la tabla periódica, lo que me abocó al planteamiento de la fórmula teórica de la “Fotosíntesis artificial por laboratorio” hacia 1985, si no mal recuerdo, aunque este es trigo de otro costal). Para finalmente interesarme, ya de más mayor y por pura intuición -o razonamiento inductivo-, en la luz ya no como un medio, sino como el medio, de trasformación futura de nuestra realidad humana tal y como la conocemos.

Pero, ¿por qué la luz se presenta como el medio de desarrollo futuro de nuestra propia humanidad, en parámetros de transformación profunda de la realidad?. Para que nos entendamos, y a modo de síntesis, la razón se limita al cumplimiento de cuatro de los requisitos básicos de la realidad alternativa propia de la ciencia ficción (para nuestro contexto temporal):

1.-La luz puede transformarse de energía en materia y viceversa adoptando diversas formas.

Lo cual abre la puerta a los procesos de corporeidad y descorporeidad al uso de una forma, con todas la implicaciones que ello conlleva en los múltiples campos de aplicación, mediante el proceso de formación de electrones y positrones a partir de los fotones (partícula elemental de la luz), y gracias al hecho que los pulsos de radiación propios de la naturaleza del fotón pueden adaptar cualquier forma (dualidad onda-partícula), tanto en el espacio como en el tiempo, en función de las amplitudes y las fases de los componentes de la frecuencia del pulso, los cuales pueden ser codificados.

2.-La luz puede transmitir y almacenar información.

Lo cual abre el campo al insondable mundo con base tecnológica cuántica, permitiendo asimismo dar un salto evolutivo de gigante en materia de inteligencia artificial, mediante la capacidad de la luz de poder almacenar y transmitir un volumen de datos infinito gracias a la naturaleza multidimensional de su espín, propiedad física de las partículas elementales como son la familia del bosón, de la que pertenecen los fotones.

3.-La luz puede teletransportarse.

Lo cual abre el camino a la teletransportación espacio-temporal tanto de materia como de datos de información, lo que deja en evidente ridículo a nuestros actuales esfuerzos por normalizar la velocidad supersónica (que rompe la barrera del sonido), gracias al efecto del entrelazamiento cuántico existente en la naturaleza de los fotones, ya que de hecho un fotón no es más que la partícula elemental responsable de las manifestaciones cuánticas.

y, 4.-La luz puede modificar la realidad.

Lo cual abre abre la posibilidad a la transformación de una realidad enfocada, ya sea para uso instrumental benéfico (como pueda ser en los ámbitos de la salud o en los procesos productivos), ya sea para uso instrumental destructor (como pueda ser en el ámbito bélico), gracias a que los fotones son las partículas portadoras de todas las formas de radiación electromagnética conocidas en nuestro planeta (incluyendo rayos gamma, rayos X, luz ultravioleta, luz visible, luz infraroja, microondas y ondas de radio).

Y todo ello, sin contar que los fotones poseen energía -propia y/o transferida por una partícula ajena- de diferentes intensidades, lo cual abre la puerta a una nueva fuente de energía para gestión del hombre. Aunque, todo hay que decirlo, actualmente los fotones de mayor energía son aquellos que proceden del cosmos, como las recién registradas partículas lumínicas procedentes de la nebulosa Cangrejo (restos de una supernova que ocurrió en el año 1054 d.C. de nuestra era, en el Brazo de Perseo de la Vía Láctea, a unos 6.500 años luz de la Tierra).

Si podemos imaginarnos una sociedad de futuro donde los objetos se transformen de materia en energía y viceversa tomando diferentes formas posibles, en el que almacenemos y transmitamos datos de información a través de un haz cuántico, en el que nos movamos a la velocidad de la teletransportación, modifiquemos la estructura de la realidad mediante pulsaciones electromagnéticas, e incluso utilicemos la energía propia de los fotones tanto del planeta como del resto del universo para nuestra vida diaria, podremos imaginar sin esfuerzo una nueva concepción de la luz como nueva tecnología del futuro de la humanidad.

Y todo ello mediante la gestión inteligente de un recurso que aun estando sumergidos en él desde que la vida es vida, como es la luz -tan familiar como ignorada-, nuestra primitiva especie todavía no acaba de ver todo el potencial que alberga para el salto dimensional de nuestra propia evolución. Pues el enorme potencial de la luz es tan sutil como la idea arquetípica de la belleza que capta un artista, por lo que se requiere de intelectos sensibles capaces de reconocer toda su profunda naturaleza. Aunque siendo indulgentes con nuestra propia ignorancia, cabe reconocer los primeros pasos que como bebés estamos comenzando a dar en la dirección inequívoca hacia el irremediable desarrollo de la tecnología de la luz. Y es que el camino nos viene iluminado, por lo que no hay disculpas para la pérdida, a no ser que nos encabezonemos en continuar siendo ciegos.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 25 de junio de 2019

El calor convierte al hombre en un animal violento irracional


No hay que ser demasiado avispado para observar la relación entre el aumento de tensiones socio-políticas y de casos de violencia doméstica generalizada, tal y como nos muestran los medios de comunicación a modo de termómetro del índice del civismo humano, con el aumento de temperatura global que padece el planeta. Y es que el calor ambiental tiene un efecto negativo en el conjunto del organismo humano de tipología varia, con implicaciones directas en los cambios bruscos de humor caracterizados por episodios de irritabilidad que pueden desembocar tanto en intolerancia como en violencia. Pues nuestra frágil estructura cerebral está diseñada para poder funcionar perfectamente, desde un punto de vista fisiológico, con una temperatura ambiental de entre 35 y 40 grados centígrados, temperatura a partir de la cual nuestro organismo se colapsa entrando en un estado de caos interno con consecuencias muy graves para la salud, llegando a poder provocar la muerte.

Y frente a esta realidad, la sección del tiempo de los telenoticias informaron ayer noche -con cierta alegría, por no decir despreocupación- de otra realidad de rabiosa actualidad: la entrada para esta semana de una ola de calor que en España llegará a alcanzar los 44 grados en algunos puntos del país. De hecho, es una evidencia que la temperatura media en España aumenta el doble que en el resto del mundo, habiendo aumentado en el último medio siglo 1,6 grados centígrados, media superada por puntos concretos del territorio nacional como es la ciudad de Barcelona que ha registrado una subida de 1,89 grados centígrados. Unos pocos grados que si bien pueden parecernos escasos provocarán -ya en fase de consolidación, según la comunidad científica- la desertización del 80 por cierto de España como país, con su consecuente pérdida no solo de biodiversidad sino también de la capacidad de producción agrícola, así como la desaparición de parte del actual litoral conocido por la subida del nivel del agua del mar.

Dos grados que marcan la diferencia que, asimismo, no solo afectan a España sino que tienen en jaque a toda la comunidad internacional. Pues es por todos conocido que si el mundo a nivel global aumenta hasta los 2 grados celsius con respecto a nuestra era preindustrial (límite que estamos a punto de alcanzar), el planeta tal y como lo conocemos desaparecerá. Y aún así, a pesar del principio de buenas intenciones marcado en el acuerdo climático de París de 2015 -en el que EEUU se retiró dos años más tarde con la llegada de la administración Trump-, el hombre en nuestra inconsciencia continuamos alimentando el aumento de temperatura global mediante la emisión de carbono a la atmósfera. Lo que se significa, en términos climatológicos, que si seguimos con la actual tendencia de calentamiento global llegaremos al final del presente siglo con un aumento de 3,2 grados centígrados adicionales, lo que representa un futuro inminente de graves efectos para la salud humana, así como para las economías productivas globales.

Lo que está claro es que el ser humano, en nuestro instinto de supervivencia como especie, está obligado a buscar soluciones inteligentes para limitar el aumento de temperatura -en parámetros preindustriales- a más de 1,5 grados centígrados, reduciendo las emisiones de dióxido de carbono, creando e implementado nuevas fuentes de energía limpias, redefiniendo los modelos urbanísticos y de movilidad de las ciudades, redefiniendo la cadena de valor de las economías productivas, ideando procesos de sostenibilidad para los hábitats naturales, y en caso extremo -como comienza a ser el caso- diseñando vestimentas inteligentes que mantengan una baja temperatura corporal frente al calor ambiental para la salubridad psicoemocional de las personas, pues en caso contrario los hombres vamos a comenzar a tratarnos como animales salvajes por desorientación, aturdimiento e irritabilidad mental en la simple gestión de cuestiones nimias de nuestro día a día. Y ya se sabe que cuando el hombre se transforma en animal la conducta moral destaca por su ausencia.

En este sentido, me ha venido a la memoria una prenda de chaleco refrigerado con hidrógeno líquido recargable en cuyo diseño industrial colaboré años atrás -ya en otra vida- a través de una de mis antiguas empresas junto con Corporación Capricornio Technologies, para combatir a nivel individual las altas temperaturas de un importante país de oriente medio como proyecto de I+D+I. Quién sabe si el futuro de la humanidad pasa por la sociabilización de la ropa refrigerada. Y que la lucha contra las emisiones de CO2 se combata con proyectos como el electrocatalizador que la Nasa inventó hace ya un par de años para convertir el dióxido de carbono en oxígeno, como medida para resolver la respiración de los astronautas en futuros viajes a Marte. Pues a este paso, la Tierra va camino de martelizarse, si antes no nos hemos matado por enajenación transitoria causada por el sofocante calor.

Mientras tanto, ante la evidente relación entre aumento de las temperaturas y aumento de los actos de violencia gratuitos, constatando en carne propia ciertas puntas del día en que la respiración se hace más densa y la cabeza sufre un exceso de acaloramiento, y a falta de un chaleco refrigerado a mano (a ver si en breve se comercializan en Zara), no queda más remedio que hidratarse bien con agua, buscar el cobijo de zonas lo más frescas posible, reducir el gasto de energía personal y, sobre todo, evitar el contacto directo con posibles personas que puedan mostrar la más mínima sintomatología tanto verbal como no verbal de violencia potencial. Pues del hombre al animal solo hay un pequeño paso, y más cuando la racionalidad queda anulada por determinismos biológicos, otorgando así máxima vigencia al homo homini lupus de Hobbes.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

sábado, 22 de junio de 2019

El Fuego como elemento de la vida y la muerte humana


Hoy me apetece reflexionar sobre el fuego como elemento, quizás porque dentro de pocas horas se celebra la víspera de San Juan en ocasión del solsticio de verano, íntima y ancestralmente vinculado al rito ceremonial de las hogueras. Aunque debo reconocer que me gusta más el elemento agua, sobre todo cuando sumergido en un mar apacible parece acariciarte como plasma plateado aquietando el espíritu, y el elemento aire, cuyas ráfagas sobre rostro y pecho son verdaderas bocanadas de aliento vital de libertad en estado puro. Asimismo, tampoco considero que el fuego sea el primer elemento de la naturaleza, como sostenía Heráclito, pues para que haya fuego (moléculas incandescentes en una reacción química de oxidación acelerada) debe existir el aire de Anaxímenes (nitrógeno, oxígeno, argón, etc), el cual requiere a su vez del agua de Tales de Mileto (hidrógeno y oxigeno), todos ellos dependientes a su vez de la existencia de la tierra de Jenófanes (materia y energía surgida del Big Bang).

Pero dejando de lado si el fuego fue o no el arjé o primero de los cuatro grandes elementos de la naturaleza, pues ni la propia teoría del Big Bang lo aclara por ser una paradoja matemática per se y por ende manifestarse como un continuo saco de problemas no resueltos por la física moderna -de hecho me resulta poco creíble que el tiempo, el espacio y toda la materia y la energía del universo conocida hayan surgido de una singularidad exenta de causalidad que se expande sobre sí misma-, cabe destacar la característica más relevante del fuego: su naturaleza dual, capaz tanto de generar vida como de generar muerte. Lo cual le convierte en un elemento trascendental, ya que transita tanto por el mundo de la física como de la metafísica.

Es por ello que el elemento fuego, en su doble polaridad y dimensión de la realidad, tiene rasgos bien definidos por todos observables.

1.-El fuego en su polaridad de Vida:

En su dimensión física, consideramos al fuego como generador de vida por su capacidad exotérmica, es decir, porque es capaz de emitir energía en forma de calor y luz visible.
Mientras que en su dimensión metafísica, en el marco conceptual de dicha polaridad, consideramos al fuego como un elemento arquetípico de creación de vida y de iluminación de la misma.

2.-El fuego en su polaridad de Muerte:

En su dimensión física, consideramos al fuego como generador de la muerte por su capacidad de combustión, es decir, porque es capaz de liberar la energía de una forma hasta el punto de modificarla de estado y por tanto de transformarla en una no-forma ya sea de manera completa o incompleta, dando como resultado la transferencia de estado de un ser a un no-ser.
Mientras que en su dimensión metafísica, en el marco conceptual de dicha polaridad, consideramos al fuego como un elemento arquetípico de destrucción y purificación de la vida.

No obstante, en materia de filosofía de la moral, la franja divisoria entre las ideas arquetípicas del Bien y del Mal -inherentes a la naturaleza del elemento fuego- no están tan claras con respecto a la distinción de su doble polaridad. Pues si bien podemos afirmar que el ideal del Bien como valor universal está relacionado con la creación e iluminación de la vida, no podemos decir categóricamente lo mismo respecto a la relación entre el ideal del Mal como valor universal y los rasgos metafísicos de destrucción y purificación de la vida en la polaridad de Muerte del elemento fuego. Ya que la característica de la purificación, en el fuego como Muerte, conceptualmente la entendemos más como una propiedad de la idea del Bien que del Mal. Pues purificar no es más que la acción y efecto de devolver a un cuerpo, forma o naturaleza su pureza; que es lo mismo que devolver al mismo a la vida plena.

En este sentido, y ya desde un enfoque antropológico, el fuego no es más que la alegoría creadora/destructiva del dualismo conductual del ser humano por naturaleza, capaz tanto de los mayores hitos de grandeza como de las mayores aberraciones de nuestra especie. Por lo que dominar metafísicamente al elemento fuego no solo equivale a centrar nuestra humanidad, sino a trascender nuestra propia condición humana. No en vano, el símbolo alquímico del fuego es el triángulo equilátero, el cual lo coloquemos del lado que lo pongamos siempre señalará en sentido ascendente, que no es más que la dirección que sigue el espacio-tiempo en la expansión del propio universo. Por lo que si alguno de los cuatro elementos de la naturaleza representa fidedignamente el patrón cíclico del flujo continuo del cambio y transformación de la vida, ese no es otro que el elemento fuego.

Sí, a pocas horas de la festividad de la noche de San Juan en un punto cualquiera del norte del Mediterráneo milenario, cuna de los grandes clásicos que aun se mantienen como resortes inmortales de nuestra civilización occidental, el fuego será, un año más, el protagonista de los ritos de purificación y renacimiento de los hombres bajo la atenta mirada del astro rey reenergizado y lleno de vida, tal como si fuéramos aves fénix que resurgimos de nuestras mundanas cenizas. Aunque, personalmente, me atrae más la iconografía griega del fuego propia del mito de Prometeo, en el que el fuego -que el titán robó a los dioses para beneficio de los mortales- representa ni más ni menos que la iluminación del conocimiento humano, que bien falta nos hace en estos tiempos que corren mal le pese a Zeus. Fiat lux!



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viernes, 14 de junio de 2019

La industria española se extingue, ¿cómo revertimos el ciclo?


El peso de la industria española (incluyendo energía y excluyendo la construcción) cae hasta el 12,6 por ciento en su peso respecto al PIB nacional, y sigue descendiendo con su consecuente destrucción de empleo, según datos oficiales hechos públicos hace tan solo un par de días por el Ministerio de Industria y corroborados tanto por la Fundación BBVA, como por el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas. Una evolución pareja, no obstante, al del conjunto de la eurozona, aunque ésta se encuentra a seis puntos por encima de España.

El actual panorama nada alentador para nuestro país pone de relieve dos aspectos clave: Una, que la economía española sigue sujeta a un modelo productivo basado en los servicios de bajo valor añadido como son la hostelería, el comercio, y los servicios auxiliares, lo que subyuga al país a una crisis estructural caracterizada por el empleo precario y los salarios bajos. Lo cual sitúa en una posición de jaque no solo a la calidad de vida del conjunto de los ciudadanos (que viven en una continua inflación), sino al mismo sistema público basado en el Estado de Bienestar Social (acomodado en los tipos de interés bajos por miedo a no alimentar aún más al monstruo de su sobredimensionada deuda pública). Y dos, que la apuesta por la innovación y la productividad no son garantes de la sostenibilidad y el desarrollo del modelo industrial que, por otro lado, se ha mostrado impermeable a las hipotéticas bonanzas de los sucesivos planes institucionales de rescate sectoriales.

Un contexto que augura un cambio de ciclo, en el que el actual modelo industrial no tiene encaje como motor tractor de la economía del país. Dos de las razones principales, como ya apunté en el artículo “Vivimos en un mundo de ángulos rectos en peligro de extinción, por la llegada de una nueva realidad”, es la escasez en ideas innovadoras que nos permitan evolucionar como sociedad por la complejidad que ha alcanzado nuestro conocimiento científico (ley de Moore), y el efecto techo de dicho conocimiento por la necesidad que tiene la ciencia de seguir desarrollándose fuera de nuestra caja euclidiana.

Así pues, el dilema está servido. Si la industria, que en el modelo capitalista clásico hasta la fecha ha ejercido de motor de la economía de los países desarrollados, hace fallida, ¿qué sistema económico productivo va a sustituir su papel?. La respuesta, aun por compleja, tan solo discurre por dos líneas de estudio posible. Una en la que cambiamos de modelo económico de organización social, la cual resulta inviable en un mundo estructurado sobre un mercado global. Y otra en la que transformamos el actual modelo industrial con el objetivo de revalorizar su potencialidad de generar riqueza social.

Llegados a este punto, la pregunta obligada no es otra que ¿cómo mejoramos el modelo industrial para que retome el rol de motor económico del país si no es suficiente con la apuesta por la innovación y la productividad como sinónimos de competitividad?. Lo que está claro es que si continuamos haciendo lo que hasta el momento hemos hecho, ya no solo conseguiremos los mismos resultados, sino que incluso empeoraremos la situación como demuestra el punto de inflexión actual, pues se conjugan nuevas variables en la ecuación económico-social hasta ahora desconocidas. El actual enfoque de la era disruptiva, a la luz inequívoca del balance resultante, no es suficiente.

Lo que está claro es que el principio tácito de conservación de la economía implica simetría con respecto a los cambios sociales, y que el principio explícito de conservación de calidad de vida de los ciudadanos en una sociedad de mercado se relaciona con la simetría del crecimiento orgánico de su modelo económico. Manifestándose la simetría en nuestra realidad de diversos tipos, entre los que se encuentra la axial (de rotación y traslación). Ergo, si el ciclo de crecimiento económico deviene negativo su sistema de referencia debe rotar y trasladarse axisimetricamente hasta el punto de conseguir el principio de conservación de calidad de vida de los ciudadanos. Y esto, en parámetros del sector industrial, ¿qué representa?.

Para que la economía industrial pueda realizar una simetría axial con respecto al principio de conservación del bienestar social de un país como fin último, debe superar la competitividad (innovación más productividad) real que solo se mueve en un plano lineal -de pasado a futuro- lleno de singularidades (picos oscilatorios), para incorporar una competitividad alternativa que se desplace de manera perpendicular al plano lineal de manera que permita trabajar la dimensión económica igual que si fuera una dimensión espacial, transgrediendo así las singularidades de cualquier ciclo económico, lo que nos permitiría armonizar las simetrías socioeconómicas. Asimismo, hacer referencia a una competitividad alternativa equivale a una innovación y una productividad alternativas, como contraposición a las reales, para lo que se requiere por tanto de un pensamiento alternativo o imaginario.

Debemos entender como pensamiento alternativo (al real) o imaginario a aquel que discurre tanto dentro como fuera de la caja euclidiana, facultad que ya en la actualidad es exclusiva de la inteligencia artificial mediante el proceso de aprendizaje profundo. Por lo que la industria española, al igual que el conjunto del sector productivo a nivel mundial, requiere incorporar un alto nivel de intensidad tecnológica no solo para revertir el ciclo económico, sino para devolver a la industria su papel de motor de las economías desarrolladas. (Ver: “La IA sustituirá a los humanos en los departamentos de Innovación de las empresas” y “El futuro es del Project Manager artificial”)

No cabe decir que en este sentido el Estado -como garante del bienestar social- debe jugar un papel destacado en la alta tecnologización del sector industrial, más si cabe cuando el 90 por ciento de su tejido empresarial está constituido por pymes, con una política activa y decidida de carácter transversal que acometa reformas paradigmáticas tanto en el ámbito educacional, como laboral y empresarial. Y sin caer en el autoengaño simplista de la cultura emprendedora -más propia del esquema Ponzi- [Ver: La estafa de ser pobre (modelo Ponzi)], pues la integración social de la alta tecnología en materia de reversión del ciclo económico mediante el cambio de modelo del sector industrial y sobre la base de una competitividad alternativa no es emprendedoría, sino conocimiento y gestión de la inteligencia artificial.

Así pues, ante la pregunta inicial de cómo cambiamos la tendencia de ciclo de una industria en fase de extinción, en términos de peso respecto al PIB nacional, la respuesta es diafanamente clara: cambiando el modelo de competitividad real por otro modelo de competitividad alternativo basado en el pensamiento artificial imaginario. Ante una nueva realidad, un nuevo paradigma. El tiempo de los seres artificiales se inicia, para continuar manteniendo el tiempo de los hombres.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

La presencia de la ausencia


Esta mañana, paseando por el puerto de pescadores de mi ciudad natal (la Tarraco scipionum opus), he percibido la presencia de la ausencia de manera reiterada en pequeños detalles de la vida cotidiana: un cabo amarrado al noray del muelle flotando en el agua sin embarcación que sujetar, una ofrenda floral a un difunto en el minúsculo mástil de una pequeña barca de pesca, sogas esforzándose en mantener a flote cascos de madera tapizados de algas y crustáceos, de lo que ya solo es un recuerdo lejano de un bello estilo de vida de subsistencia de los extintos hombres de mar. Una pesada sensación de ausencia, debo reconocer, seguramente amplificado por un cielo encapotado, soportable gracias a una brisa marina atemperada que, desdramatizando la existencia, anuncia la llegada del verano.

La presencia de la ausencia, si bien es un concepto complejo (por compuesto) al que se han referido diversos pensadores -desde Epicuro a Sartre, pasando por Shopenhauer-, y artistas -tantos, que solo mencionaré a la amiga de familia Carmen Riera- a lo largo de la humanidad, lo reconocí de manera consciente a través de una serie temática fotográfica de mi mujer Teresa años atrás. Un despertar del que desde entonces engendró en mi la semilla del interés reflexivo, que hoy explota humildemente y tiempo mediante como fruta madura.

La presencia de la ausencia parece una paradoja en sí misma, pero lo cierto es que hay ausencias que se hacen notar hasta tal punto que el vacío que provocan se hacen presente, por evidentes, en un espacio ya sea físico (lugar) o psíquico (en la mente de una persona). Hasta que el tiempo, que como arena del desierto lo recubre todo de nuevo, convierte la presencia de la ausencia primero en tan solo ausencia despojada de presencia, para posteriormente transformar la ausencia en olvido, que es lo mismo que la nada. Por lo que podemos decir que la ausencia nunca es vacío, ya que pasa de ser a no-ser sin previo espacio transitorio indeterminado e indefinible. A no ser que lo consideremos, en sus primeros estadios, como un vacío lleno.

La ausencia, por tanto, es un concepto metafísico por antonomasia, pues se haya más allá de la naturaleza de la realidad. Y aún así, su influjo se hace presente en nuestro lado de la realidad, en el mundo de las formas. ¿Cómo puede, entonces, algo que no existe en nuestra realidad (mundo no-fenomenológico) manifestarse como una presencia en la misma (mundo fenomenológico)? La respuesta aun siendo simple es reveladora: si la ausencia no es una forma stricto sensu, es entonces una idea de esa forma. Ergo, podemos afirmar que la ausencia es, como idea, el residuo o eco existencial de una forma que ya no-es.

Siendo pues la ausencia una idea de una forma que no-es, ésta como idea forma parte del mundo epistemológico, lo que posibilita al ser humano poderla reconocer cognitivamente. He aquí el haz que ilumina el hecho de que la ausencia, por ser un residuo o eco existencial de una forma que no-es, pervive en el conocimiento humano en tanto en cuanto perdura en la consciencia del hombre como individuo o colectividad. Es decir, el puente entre la idea que es (ausencia) y la forma que no-es (presencia de la ausencia) no es otro que la consciencia humana.

Y es justamente esta consciencia humana la que puede esforzare por mantener viva la presencia de la ausencia de manera sostenible en el tiempo (salto generacional) a través de una actitud proactiva respecto a la misma (recordatorios, ceremonias, conmemoraciones, etc). Lo que equivale a que la forma que no-es (inexistente en la realidad) solo puede perdurar en nuestra dimensión espacio-temporal mediante el apoyo y participación de otras formas que son (existentes en la realidad).

Asimismo, cabe destacar que la persistencia de la presencia de una ausencia en la línea del continuo cambio y transformación del devenir cotidiano de los hombres no se asegura por un vínculo afectivo contraído previamente con la susodicha forma, de la que se sustrae la posterior idea de la ausencia, sino por el valor de dos factores claves: la tipología de idea que proyecta la ausencia y el grado de interés de dicha idea, ambos íntimamente ligados a su forma apriorística (profundamente determinada por los determinismos ambientales). Así, a mayor proximidad con los valores arquetípicos universales y a mayor grado de interés social de la idea, mayor es la constante de la idea -en términos físicos- en el continuo espacio-temporal. E ídem ocurre en sentido contrario en su proporcionalidad inversa. Es decir, que el tiempo de presencia de una ausencia en nuestra realidad formal es igual al producto del valor de la idea proyectada por la ausencia y al grado de interés social de la misma.

Pero metafísica, epistemología y sociología a parte, lo cierto es que la naturaleza de la ausencia como presencia en nuestra realidad formal tiene una manifestación propia y singular en nuestro mundo emocional. Y la evocación de la ausencia como idea, ya sea ésta arquetípica o real, genera un espectro sentimental en las personas relacionado con una de las cuatro emociones básicas humanas: la tristeza, la cual puede conducir a sentimientos como la desazón, la angustia, la impotencia o la rabia (entre otros), llegando incluso a poder desembocar en estados de desequilibrio psicoemocional como la depresión. En este sentido, sí que el grado de afectividad contraído con la forma ausente es relevante para la condición humana, profundamente humana, de la consciencia individual reconocedora del sujeto u objeto ausente en nuestro mundo de las formas. Siendo el único remedio de cura existente frente al sentimiento de tristeza una firme actitud de desapego emocional a la forma que ya no-es, cuya medicina no es otra mas que el propio tiempo (del que no en vano reza el refrán que todo lo cura). Pues el hombre como especie sintiente siempre necesita, para su salud psicoemocional, recubrir sus vacíos existenciales.

Enfrentarse emocionalmente a la ausencia es, por tanto, equiparable a gestionar un proceso de duelo por muerte real o metafórica, de la que la frágil mente humana no sabe diferenciar. Una experiencia de aprendizaje inevitable de la vida cuyo resultado depende de cada persona y sus circunstancias (como diría Ortega y Gasset), pues aun sin quererlo somos parte indisociable de nuestro contexto, como vértice que forma parte de un poliedro. Es por ello que cuando camino en mi continuo caminar diario y percibo la presencia de una ausencia, como las halladas esta mañana en el puerto de pescadores bajo un cielo encapotado -ya a estas horas de la tarde despejado por un amable sol-, no puedo más que guardar un instante de respetuoso silencio imaginando el mundo que representó ese vacío lleno que ya no-es, para a continuación intentar intuir sobre la lógica probabilista del entorno cómo en un futuro próximo la vida volcará ese vació lleno -incluso sin dejarlo llegar a ser nada- en una nueva forma que es. Pues la vida siempre sigue, al menos sino para la mayoría, sí para el conjunto de los hombres como especie.

La vida sigue -dicen-, / pero no siempre es verdad / a veces la vida no sigue / a veces solo pasan los días”. (Pablo Neruda)


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miércoles, 12 de junio de 2019

Somos cuerpos geométricos con un centro existencial que nos da estabilidad y sentido a la vida

Geometry Body by Fomkin Konstantin

En un mundo euclidiano los seres humanos somos cuerpos geométricos por estar constituidos por las tres dimensiones espaciales de nuestra naturaleza. Y como en todo cuerpo geométrico (ya sea regular o irregular), el origen de dichos cuerpos no se haya en ninguno de los puntos que lo componen, es decir que no está en el cuerpo geométrico mismo sino en su centro: un punto espacio-temporal invisible y equidistante (El ejemplo más clarificador lo encontramos en el círculo). Ergo, por extrapolación, el origen que da forma, sentido y significado a toda persona, organizando y alineando los cuatros niveles de cuerpos diferentes que componen la estructura existencial de un ser humano (físico, emocional, mental y energético, por orden de mayor a menor densidad corporal), se haya en su centro de naturaleza intangible.

Un centro al que podemos denominar centroide si observamos el cuerpo geométrico como una forma del sistema, centro de masas si lo observamos desde su distribución de materia, o centro de gravedad si lo observamos dependiendo del campo gravitatorio, pero que al fin y al cabo y con independencia de la nomenclatura que hagamos uso, siempre nos referenciamos a un mismo fenómeno: un punto espacio-temporal invisible y equidistante que organiza desde su origen al conjunto de las partes que configuran el cuerpo geométrico de referencia. En el caso específico del ser humano, dicho centro intangible desde una observación metafísica existencial no es otro que la consciencia. (Ver: ¿Qué es la consciencia?).

La consciencia, por tanto, es el centro de origen intangible de la estructura existencial del ser humano, que organiza los diversos elementos que componen los cuatro niveles de cuerpos que posee toda persona. No obstante, en esta breve reflexión solo me ocuparé de los elementos singulares que dan forma a nuestro cuerpo energético particular por personal e intransferible, que a su vez determinan de manera directa a los subsiguientes cuerpos del ámbito mental y emocional de todo individuo, y más indirectamente -pero no por ello con menor eficacia temporal- al cuerpo físico o material por residual en su efecto cascada.

Sí, la consciencia es el punto de origen espacio-temporal intangible por invisible y equidistante que organiza los elementos del cuerpo energético, también denominado cuerpo espiritual, de la estructura existencial del ser humano. Pero, ¿cuáles son estos elementos que conforman nuestro cuerpo energético o espiritual? La respuesta a dicha pregunta no es única, ya que cada persona en su naturaleza individual tiene sus propios elementos que le confieren singularidad propia. No obstante, mediante el conocimiento introspectivo (autoconocimiento) que nos ofrece nuestra propia consciencia, como elemento originario y vertebrador, podemos reconocer nuestros propios elementos a título individual. Entendiendo como elementos del cuerpo energético aquellos rasgos vitales que no solo nos definen como personas individuales más allá del contexto cultural, sino que a su vez su desarrollo personal otorgan sentido -en el más amplio concepto existencial- a nuestras propias vidas.

En mi caso, como ejemplo expositivo, los elementos esenciales que conforman la estructura de mi cuerpo energético o espiritual son seis, en mi actual nivel de madurez cognitiva de consciencia personal: La Filosofía, la Libertad, la Creatividad, la Ética, el Amor, y la Espiritualidad. Seis elementos que -permítanme ser un poco platónico- dan forma geométrica a una estrella tetraédrica, en cuyo centro del cuerpo energético se haya mi consciencia individual. No obstante, llegados a este punto, cabe subrayar que la consciencia, como punto de origen espacio-temporal vertebrador de nuestro cuerpo energético en este caso, no organiza -en el sentido de ordenar armónicamente los elementos personales para nuestra positiva percepción íntima existencial, generando así un sentido de vida propio saludable- si no es a través de una actitud de consciencia activa o despierta. Pues solo una consciencia activa o despierta vela, en nuestro día a día, por la organización armónica de dichos elementos que confieren significado existencial al Yo Soy.

Así pues, ¿qué ocurre cuando la consciencia no organiza los elementos del cuerpo energético? Pues que estos se disgregan y actúan sin un centro vertebrador, pudiendo llegar a trasmutar la esencia de su naturaleza en sus propios opuestos por determinismos del mundo exterior de las formas. Es decir, y retomando los ejemplos anteriores, la Filosofía podría convertirse en una apatía por la búsqueda de la sabiduría, la Libertad en sometimiento, la Creatividad en sumisión a la realidad, la Ética en inmoralidad, el Amor en egoísmo, y la Espiritualidad en materialismo. Lo cual evidencia una clara desarmonización de los elementos estructurales del cuerpo energético de la persona objeto de estudio, con profundas implicaciones en su nivel de salubridad existencial individual por antinatural (vivir fuera de su centro), afectando directamente al resto de cuerpos mental (lo que piensa) y emocional (lo que siente) de la persona. Un desequilibrio vital que, sin lugar a dudas, acabará manifestándose finalmente en el cuerpo físico a modo de alteración fisiobiológica, llegando inclusive a generar algún tipo de enfermedad. Pues no hay ser humano que resista impunemente a las tensiones derivadas de la desalineación entre cómo se manifiesta consigo mismo y ante el mundo (Ser), y su propia naturaleza esencial (Es).

Reconocer y velar por nuestro centro existencial al que denominamos consciencia, es reconocer y velar por nuestra mismidad (condición de ser uno mismo). La cual, como todo centro de cualquier cuerpo geométrico en nuestro universo tetradimensional conocido, equivale a mantener la estabilidad en la vida frente a un entorno en continuo cambio y transformación. En caso contrario, la física elemental ya nos indica de manera explícita los efectos nocivos que experimenta todo cuerpo que pierde su centro de equilibrio estructural.

La disgregación y desarmonización de los elementos que dan significado a nuestra mismidad, tanto en el mundo de las ideas como de las formas, por la pérdida de nuestro centro originario y organizador, no solo tiene repercusiones contraproducentes para el individuo mismo (ya que nuestros actos son un reflejo de lo que pensamos y sentimos, y éstos son una consecuencia directa de la salubridad de nuestro cuerpo energético o espiritual), sino que a su vez tiene repercusiones contraproducentes para la misma sociedad en la que nos relacionamos. Es por ello que resulta fácil imaginar las implicaciones positivas, por sanas, que tendría para el conjunto de la sociedad el hecho de que las personas, a título individual, viviéramos desde nuestro centro existencial. Aunque ya se sabe que para ello, como hemos señalado con anterioridad, las personas no solo deben despertar la conciencia sobre sí mismas (estado de consciencias activas y despiertas), sino ejercerla proactiva y respetuosamente. ¿El primer paso?: obviamente desconectarse del mundo exterior para reconectarnos con nuestros centros de consciencia individual. Pero, ¿quién quiere despertar de un hedonista mundo virtual, verdad?.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 11 de junio de 2019

Resituemos el concepto de Amistad en su justa medida


Que el hombre es un ser social por naturaleza, es por todos sabido, más allá del famoso aforismo instaurado popularmente por el ilustrado Rousseau (a través de El contrato social), quien por cierto no hizo más que copiar literalmente a Aristóteles (en la Política, Libro Primero, capítulo I). Lo cual no tiene nada de recriminable, ya que todos los pensadores no hacemos más que reescribirnos los unos a los otros para adaptar el apriorístico mundo de las ideas atemporales en la singularidad del contexto espacio-temporal que nos toca vivir. Mismo mensaje con diferentes palabras y paisajes. No en vano todo el pensamiento occidental no deja de ser más que un apunte en el margen de la filosofía de la antigüedad clásica (presocrática, sofista, socrática, platónica y aristotélica, principalmente).

La naturaleza social del hombre contiene múltiples significados (ya sean éstos antropológicos, sociológicos, jurídicos, culturales, económicos, etc), pero todos parten de una premisa principal que no es otra que la relación existente entre dos o más personas de una misma comunidad, de la que deseo destacar como objeto de reflexión en este breve artículo la relación específica que denominamos como amistad.

Lo cierto es que hay tantos conceptos de amistad como relaciones humanas existen. No obstante, el elemento nuclear característico de la amistad es la afectividad. Es decir, sin afectividad no existe la amistad humana. Pero, asimismo, dicha afectividad debe ser bidireccional, ya que si tan solo se manifiesta de manera unilateral tampoco podemos hablar de amistad. Por otro lado, una relación afectiva significa que aquellas personas que participan de la amistad comparten una misma escala de valores personales y sociales, ya que en caso contrario no puede desarrollarse la afectividad. En resumidas cuentas, podemos afirmar que la amistad es una relación de afectividad recíproca en la que los actores se alinean en un mismo nivel de moralidad humana.

Cierto es que existen diversos niveles de relación de amistad, y por tanto diferentes grados de amistad, pues las relaciones humanas son ricas y variadas en forma y contenido. Aristóteles ya las dividía en tres categorías: la amistad interesada (en la que las personas nos instrumentalizamos para beneficio común), la amistad que solo busca placer (en la que las personas nos utilizamos para disfrutar de la vida), y la amistad perfecta (que trasciende el beneficio personal en pos del altruismo sincero y bondadoso por la otra persona). Aunque personalmente, y contradiciendo al viejo maestro, no considero las dos primeras catalogaciones como amistad sino como una acción más propia del ámbito del compañerismo, pues el nivel de moral manifestado es de baja talla (o moralina como diría Nietzsche), es decir, que el comportamiento derivado de dichas relaciones no ayuda a trascender al hombre hacia la consecución de ideales mayores como son los valores universales, sino que se fundamenta en valores morales superficiales y/o falsos. (Ver: Cuando la Moral se impone a los Valores Universales la humanidad siempre pierde). Y es que, debo reconocer, mi concepto personal de la amistad está profundamente influenciado por la idea arquetípica conductual de amistad de la obra de Alexandre Dumas “Los tres mosqueteros”. Que le vamos a hacer, además de romántico, uno no puede substraerse de su propio determinismo cultural, hondamente humanista a su vez que icónicamente clásico.

Son, por tanto, los valores universales (respeto, verdad, justicia, amor, bondad, libertad, honradez, responsabilidad, etc) manifestados en la moral humana los que ponen a prueba el concepto que dos o más personas tienen de la amistad verdadera. Tanto es así que la fragilidad de la relación humana a la que llamamos amistad no reside tanto en la mayor o menor intensidad de la afectividad (de fácil y alegre expresión), sino en el juicio a examen sobre el nivel de alineación de los valores universales que somete las circunstancias de la vida a aquellas personas que participan de una misma relación de amistad. Cuando los valores universales se evidencian desalineados, a causa de las pruebas tan azarosas como inpermanentes a las que nos reta la vida mundana, la amistad se despoja de su falso ropaje convirtiendo la afectividad en desafectividad, lo que produce una rotura en las relaciones personales. (No en vano las iconografías alegóricas de la antigüedad clásica representaban la amistad con personajes con pecho descubierto).

Es por ello que no se puede catalogar una relación humana como de amistad hasta que la misma idea conceptual de amistad queda verificada por ambas partes, pues el ser humano tiende a proyectar sobre un tercero su propio concepto de amistad (de naturaleza profundamente cultural) sin confirmar, previamente, que la otra persona participa del mismo arquetipo de amistad. Solo a través de las pruebas que nos pone la vida en el camino compartido es cuando se puede certificar la existencia o no de una relación de amistad stricto sensu, sabedores que toda persona, al igual que la vida misma, fluye en un continuo cambio y transformación de desarrollo personal.

Por otro lado, ciertamente, en una sociedad altamente hedonista e individualista como la contemporánea, muchas son las personas que se limitan a vivir sus vidas en la órbita de las mal denominadas amistades interesadas y de placer, y pocas son las que buscan las amistades perfectas (haciendo uso de la terminología aristotélica). Un efecto sociológico que divide a las personas en aquellas que cuentan en su haber con muchos “amigos” y aquellas que, contrariamente, cuentan con tan pocos amigos que no alcanzan para contarse con los dedos de una sola mano, dependiendo de si pertenecen al primero o al segundo grupo de concepto de amistad, respectivamente.

Asimismo, cabe apuntar que el estado de una potencial amistad perfecta o verdadera -aquella que ayuda a trascender como seres humanos a los participantes de una relación sobre la base de la defensa de los valores universales- solo se alcanza desde un proposición previa: el estado de una amistad verdadera con uno mismo (con su mismidad). Pues solo si una persona alcanza el estado de amistad consigo misma, fruto del desarrollo y crecimiento personal de su Autoridad Interna que le permite mostrarse consigo y ante el mundo tal y como Es (máxima manifestación del Yo Soy), puede entablar una relación de amistad lo más perfecta posible con otro semejante (un no-Yo). Es por ello que las amistades perfectas o verdaderas destacan por su excepcionalidad, pues se forjan desde la madurez del centro de gravedad de aquellas personas que se trabajan su mundo interior. Una característica de rara avis en un mundo que vive desde, por y para el exterior.

Resumiremos pues, a modo de conclusión axiomática de ésta breve reflexión, afirmando que solo puede entenderse como amistad verdadera aquella relación de afectividad recíproca en la que los participantes se alinean en un mismo nivel de moral humana fundamentada en los valores universales, estado de relación humana a la que se accede única y exclusivamente mediante un trabajo previo personal de amistad con nuestra propia mismidad. Más allá de esta manifestación, más vale vivir en soledad que con malos amigos acompañado. (Ver: La soledad voluntaria, un bien preciado desprestigiado).

Y no hay que decir, por si hubiera algún resquicio de duda al respecto, que obviamente no existe amistad sin relación humana alguna, cuya preexistencia requiere inexorablemente de que las partes implicadas cuiden de manera recíproca dicha relación. Es decir, la amistad o es bilateral o no es. Dixi!



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 6 de junio de 2019

La vida personal y colectiva no es lineal, sino que sigue un patrón geométrico cíclico


Las personas vivimos nuestras vidas como si éstas fluyesen por una constante en progresión lineal simple que, de manera irremediable, nos conduce a la muerte. Lo cual nos hace creer que en nuestro caminar existencial tan solo consumimos etapas de experiencia y no ciclos de vida propia. Una creencia falsa quizás debida ya sea en parte a la corta visión de conjunto que tenemos los seres humanos, ya sea en parte a la escasez de memoria retenida sobre la trayectoria de nuestra particular historia mortal. No obstante, sea cual sea la razón, nada más lejos de la realidad, pues la vida del ser humano, al igual que toda existencia en el universo, no avanza siguiendo una progresión lineal simple sino que sigue una secuencia cíclica, lo cual implica que nuestras vidas humanas se desarrollan bajo un patrón singular. (Ver: Dime en qué caos estás, y te diré qué patrón de futuro te espera).

Pero, ¿qué significa que transitamos sobre un patrón de secuencias cíclicas?. Pues que la suma de historias de nuestras vidas se desarrolla concatenando ciclos caracterizados por un proceso secuencial de inicio, madurez y declive de una experiencia vital, para seguidamente dar paso a un nuevo ciclo y así de manera reiterada hasta el fin de nuestros días, pero con la característica particular de que los diversos ciclos secuenciales siempre tienen un punto de convergencia común, lo que produce una cierta sensación de efecto bucleriano, equiparable a la percepción de que el pasado acaba por repetirse en el futuro (cambia el contexto pero persiste una tendencia que se manifiesta con naturaleza periódica, como ballena que de manera regular debe emerger a la superficie para volver a perderse en las insondables profundidades del océano). Y aun así, el ser humano vive con el ímpetu cegador del que se cree que no solo no existe más futuro que el presente, sino que incluso no existió pasado alguno, y menos que éste pasado pueda llegar a repetirse en un futuro próximo.

[Pensamiento matinal reflexivo en el día en que se celebra el 75 aniversario del Desembarco de Normadía. Es decir, ¡sólo hace 75 años que Europa estaba sumida bajo el terror de Hitler!, lo que es lo miso que decir que fue ayer mismo en términos históricos. Y aún así ya no nos acordamos..., pues a las nuevas generaciones les parece toda una eternidad.]

La siguiente pregunta, por tanto, no puede ser otra que aquella que nos despeje la incógnita principal de la ecuación de la secuencia cíclica: el tiempo. ¿Cada cuánto se suceden los ciclos en la vida de una persona, y por extensión de una sociedad?.

Cuando nos referimos a la existencia de una secuencia estamos aludiendo directamente a un estado de ordenamiento de la realidad, en la que aunque los elementos que la componen puedan parecernos a primera instancia desordenados e incluso caóticos (pues el hombre tiende a la megalomanía de creerse la unidad de medida de tiempo sobre el Todo), conforman un conjunto ordenado. Y cuando estamos hablando, por consecuencia, de secuencia y orden, nos situamos frente a una de las filosofías más antiguas tratadas ya por los presocráticos: las matemáticas. Una ciencia en sí misma que, en un universo euclidiano, es igual que hablar de geometría. Por lo que en materia de secuencias cíclicas existenciales, ya sean para una persona como individuo o para una colectividad como sociedad, tanto su espacio como su tiempo se someten a la geometría. O dicho en otras palabras, los ciclos de la vida de los hombres siguen un patrón geométrico.

Que la naturaleza se estructura a partir de patrones geométricos es por todos sabido a través del conocimiento del número aúreo, la secuencia de Fibonacci, el número e, y el número Pi, principalmente. Pero, ¿es posible equiparar la geometría de la naturaleza con el desarrollo de las circunstancias de la vida de una persona, que en principio tiene libre albedrío a diferencia de una planta o de una onda eléctrica, en términos de secuencia matemática?. La respuesta, para pesar de nuestra egolatría, es que sí, pues ambos participamos de una misma realidad euclidiana. (Ver: Venimos de la esfera y, tras una vida en espiral, a la esfera regresamos).

Por lo que, por tanto, podemos afirmar de la existencia de un patrón secuencial cíclico en la vida de las personas y de las sociedades que se repite una y otra vez en diversos niveles fractales de tiempo, en el que cada individuo, cada sociedad, cada país, y cada mercado económico tiene sus propias frecuencias cíclicas, que se repiten en forma de estructuras espirales a través de todos los niveles y órdenes espaciales de nuestra naturaleza dimensional.

¿Y cuál es esa constante de la secuencia cíclica humana?, podemos preguntarnos. Para responder a dicho interrogante está claro que lo único que debemos hacer es analizar las múltiples variables registradas a lo largo del pasado de la historia de la humanidad para poder extraer nuestro particular patrón geométrico espacio-temporal (método propio del pensamiento computacional). Tarea que nos debería resultar relativamente sencilla gracias a los avances en materia de tecnología informática e inteligencia artifiical. No obstante, la buena noticia es que ya disponemos de algunos estudios al respecto (aunque desconozcamos su código fuente), como son los realizados en el campo de la economía por el analista estadounidense Martin A. Armstrong, quien a través de su famoso modelo de computación basado en el número irracional Pi (sobre el análisis de 32.000 variables mundiales registradas) determinó en la pasada década de los ochenta que los ciclos económicos duran 3.141 días, es decir, 8,6 años. Un modelo de estudio que permite a Armstrong predecir a futuro el auge o declive de países y mercados desde un punto de vista financiero, e incluso augurar futuras guerras. Todo un oráculo científico.

Sí, de igual manera que el número aúreo es el mismo que determina la disposición de los pétalos de las flores o de las hojas de un tallo, y determina la distancia entre el ombligo y la planta de los pies de una persona respecto a su altura, el número Pi tanto calcula la circunferencia de un círculo o el volumen de los sólidos, como describe el movimiento pendular, la vibración de las cuerdas o la duración de los ciclos económicos de los humanos. El tiempo y el espacio en la naturaleza euclidiana se someten a la geometría, incluida la propia vida de los humanos, por muy prepotentes que nos pongamos.

Lo cual nos aboca a la última pregunta de esta breve reflexión: si el hombre y el desarrollo de sus sociedades está sometido a la constante de una secuencia cíclica de naturaleza geométrica por tratarse de un hecho espacio-temporal, ¿podemos calificar las singularidades de dichos ciclos como de destino humano?, y si así fuera, ¿puede el hombre evitar dicho destino?. Entendiendo aquí destino, en sentido clásico, como ese poder sobrenatural inevitable e ineludible que guía la realidad humana y la vida de todo ser humano.

La respuestas, aunque no nos gusten, parecen categóricas: La singularidades del patrón de secuencia cíclico se elevan a la categoría de destino humano stricto sensu. Y, no, el ser humano no puede sustraerse de su destino, pues en un universo euclidiano el destino forma parte intrínseca de la misma estructura de la realidad geométrica humana. (Ver: ¿Existe el Destino o es otra cosa?).

Y con este amargo (por desacostumbrado e inapetente) cáliz, doy por concluida esta reflexión efímera. Sabedores que no hay mayor seguridad para afrontar el futuro personal y colectivo que conociendo, y por extensión previniendo, la mecánica de nuestros propios patrones existenciales. Que el ayer no exista para olvidar, sino que sirva para aprender a resolver con inteligencia racional y emocional el mañana.



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miércoles, 5 de junio de 2019

La estafa de ser pobre (modelo Ponzi)


Ser pobre es una estafa, y los ricos lo saben; ya que en el mundo de las finanzas se tiene muy estudiado los diversos modelos de estafa posibles con el objetivo de minimizar los riesgos de inversión y asegurar el capital. Pero, cuando hablamos de que la pobreza es una estafa, ¿a qué nos referimos exactamente?.

En primer lugar, debemos tener claro qué es una estafa. En este sentido, se entiende como estafa un acto de daño o perjuicio contra el patrimonio (bienes tangibles o intangibles) de una persona, y que suele estar considerado como delito en la mayoría de los códigos penales del mundo. Pero, para que haya estafa, debe existir la voluntad del engaño deliberado, es decir: una persona cree adquirir algo que realmente no existe, puesto que le han afirmado de su (falsa) existencia. Como por ejemplo puede ser el pago (fijo o a plazos) a cuenta para la adquisición de una vivienda que realmente no existe.

Y en segundo lugar, y vista la naturaleza conceptual de la estafa, ¿a qué tipo de estafa en concreto aludimos cuando la relacionamos con el sistema de vida social propio de los pobres?. Pues aquel sistema económico caracterizado por captar miembros que se endeudan para aportar un dinero con el cual pagar una deuda antigua contraída por el mismo sistema con anteriores miembros. Un esquema económico fraudulento conocido en el ámbito financiero como modelo Ponzi.

Pero, ¿por qué se considera un fraude el esquema Ponzi?, podría alguien preguntarse. Principalmente por dos factores claves: Uno, porque este sistema no produce dinero, es decir que no invierte en producto financiero alguno que genere beneficios sobre el capital invertido, sino que tan solo redistribuye el dinero de unos miembros (participantes / inversionistas) hacia otros miembros más antiguos. Y dos, porque esta rueda nunca es eterna, ya que siempre llega un momento en el que dejan de entrar nuevos miembros al sistema, por lo que el sistema se ve impedido de cumplir su promesa con antiguos y nuevos miembros, dando como resultado un colapso de la rueda económica.

La estafa Ponzi, llamada así por el fraude realizado por el italiano Carlos Ponzi en 1920, si bien está muy regulada en los mercados financieros (donde se genera dinero), paradójicamente está plenamente aceptada sociológicamente en los Estados modernos, con independencia del régimen político imperante. Tanto es así que las nuevas deudas que los Estados contraen para pagar deudas antiguas siguen al pié de la letra el esquema Ponzi, con todos los peligros a futuro que ello conlleva.

Pero bajando de los estratos de la macroeconomía a la microeconomía, podemos observar como los propios sistemas públicos de prestaciones sociales de los Estados democráticos occidentales de la órbita del Bienestar Social hacen un Ponzi, ya que los ciudadanos son obligados a cotizar (endeudarse) en la Seguridad Social para poder pagar las prestaciones sociales (deudas) de antiguos cotizantes para cubrir la promesa futura de cobertura por jubilación, desempleo, viudedad, etc. Un esquema que como todos sabemos colapsa desde el momento en el que no hay suficientes entradas de nuevos miembros al sistema, en el caso específico occidental por el denominado suicidio demográfico: Más ancianos que nacimientos (inversión de la pirámide poblacional).

Una situación de microeconomía de un país extrapolable, asimismo, a la economía doméstica de una persona pobre (entendiendo pobre como todo individuo que sobrevive mediante las rentas del trabajo, y no del capital). Pues el pobre, con independencia de su renta por ingresos de trabajo siempre incierta y volátil, vive endeudándose por un futuro prometido que en los tiempos que corren no suele existir: Un joven que se endeuda económicamente estudiando para alcanzar un trabajo futuro presumiblemente inexistente, un trabajador precario que se endeuda económicamente en un mercado laboral para alcanzar la estabilidad futura de un trabajo seguro y de calidad que no existe, un emprendedor que se endeuda económicamente en una idea de negocio para alcanzar un nicho de mercado futuro inalcanzable por impermanente y altamente obsoleto, un trabajador fijo o discontinuo que se endeuda económicamente en un sistema público de pensiones para alcanzar una jubilación futura a todos visos inexistente, etc. Una dinámica económica a la que, bajo los parámetros del esquema Ponzi, podemos calificar sin rubor como de estafa social.

Paralelamente, la crisis económica global ha favorecido a las rentas más altas, generando que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres, aumentado así la brecha de desigualdad social. La razón es simple: las personas que viven de las rentas del trabajo -el pan ganado con el sudor de su frente- fundamentan su economía doméstica en los denominados activos reales (bienes físicos tangibles de uso y consumo para la vida cotidiana de las personas), los cuales están sometidos a las reglas del juego del esquema Ponzi. Mientras que las personas que viven de las rentas de capital -el pan obtenido sin necesidad de trabajar, que “viven de renta”- fundamentan su economía doméstica en los denominados activos financieros (productos propios del mercado financiero que ayudan a mantener y aumentar la riqueza de una persona, y que no se contabilizan como PIB de un país), los cuales se desarrollan lo más alejados posible ¡Dios lo quiera! de un sistema económico Ponzi. Por lo que cuando la economía real colapsa por el fraude del modelo Ponzi, sus bienes tangibles de uso y consumo (viviendas, vehículos, joyas, cuadros, propiedades varias...) son fácilmente adquiridos a bajo precio por la capacidad de liquidez de las personas que viven dentro de los parámetros de la economía financiera. Produciéndose así un daño o perjuicio contra el patrimonio de la persona (pobre), definición reglada del concepto de estafa [sic].

Sí, ser pobre es una estafa. Y lo grave de la situación no es que los ricos, que representan un porcentaje minoritario de la población de la sociedad, lo sepan y se aprovechen por profunda condición humana -como diría Nietzsche- mediante la sociabilización de un sistema de libre mercado. Sino que lo esperpéntico de la situación radica en la propia sociabilización del esquema Ponzi, el cual se erige como sistema vertebrador de la economía real de las sociedades contemporáneas. Pues un Ponzi es pan para hoy y hambre para mañana, con todas las posibles consecuencias sociológicas que ello puede comportar. Así pues, hágase la luz (fiat lux!), pues como ya preconizó Platón la ignorancia es el origen de todos los males.



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domingo, 2 de junio de 2019

Breve diserción sobre el Ruido y el Silencio personal y social


Ruido y silencio son dos dimensiones contrapuestas que pueden coexistir en un mismo plano de realidad, donde la existencia (alborotada) o ausencia del sonido marcan la respectiva diferencia. Como estados naturales ambientales o de hábitat el ruido podría equipararse a un espacio geométrico amorfo y abrupto, cuyo medio natural está sometido a las continuas deformaciones producidas por una o más fuentes mezcladas de ondas mecánicas; mientras que el silencio sería similar a un espacio geométrico cristalino (patrón armónicamente definido) y suave, cuyo medio natural está exento de la perturbación producida por ondas mecánicas de cualquier tipo (al menos audibles para el ser humano).

Es por ello que si bien tanto desde el ruido como desde el silencio se pueden crear realidades existenciales humanas concretas, aquellas que se desarrollan sobre un hábitat de ruido las podemos caracterizar por tres factores singulares, que son:

1.-Una vida altamente azarosa.
(Ya que en un espacio geométrico amorfo sus parámetros estructurales se distribuyen sin un patrón lógico predefinido y condicionado por las alteraciones aleatorias del propio ruido ambiental).

2.-Una vida expuesta a potenciales cambios experimentables.
(Ya que dicho espacio geométrico amorfo está sujeto de manera continua a una fuerza de transición indefinible entre varias formas existenciales posibles -suma de historias potenciales-, propio de su naturaleza indeterminada por condicionamiento azaroso del ruido ambiental).

y, 3.-Una vida marcada por un incremento sustancial en la velocidad media de creación de nuevos ciclos de redefinición existencial continua.
(Ya que cuando el espacio geométrico amorfo transita de un cambio de forma a otro reubica irremediablemente su posición espacio-temporal con respecto a su realidad de referencia, reiniciando un nuevo ciclo de vida existencial dentro del azaroso e indeterminable ruido ambiental).

Todo lo contrario, por otra parte y como es obvio suponer, de lo que sucede con aquellas realidades existenciales humanas desarrolladas sobre un hábitat de silencio.

No obstante, cabe señalar que las dimensiones de ruido y silencio como manifestaciones de una misma realidad pueden ser tanto exógenas (estados naturales ambientales o de hábitat), como endógenas (estados personales de conciencia y/o de naturaleza interior psicoemocional). Por lo que si bien la multiplicación de los factores del ruido exógeno y del ruido endógeno tienden a un valor exponencial de ruido superior, al igual que sucede con la multiplicación de los factores del ruido endógeno y del silencio exógeno, no asimismo sucede con la multiplicación de los factores del ruido exógeno y del silencio endógeno en el que el resultado tiende a cero, siendo éste el valor más próximo a un estado personal de máximo silencio. Entendiendo el silencio, en el ámbito intrapersonal, como la manifestación de un estado de paz y equilibrio psicoemocional interior.

Expuesto lo cual, la pregunta que debemos hacernos es ¿sobre qué realidad se construyen nuestras sociedades desarrolladas, sobre el ruido o sobre el silencio?. Desde un punto de vista de colectividad, como suma de individuos que configuran una misma sociedad, es una evidencia empírica que nos desarrollamos desde la realidad existencial humana del ruido exógeno. Y desde un punto de vista individual, como unidades independientes que conformamos la colectividad social, el alto índice de adicción a las redes sociales apunta a que también nos desarrollamos desde la realidad existencial humana del ruido endógeno. Por lo que podemos afirmar que la realidad de ruido social se transfiere por contagio directo a la realidad de ruido personal, el cual retroalimenta al primero en un círculo vicioso.

Así pues, si estamos desarrollando una realidad social de individuos con vidas azarosas, altamente indeterminables y de múltiples ciclos vitales en una misma vida, podría significar en un primer análisis superficial que nos hayamos frente a una sociedad impredecible por antonomasia, aunque lo cierto es que, contrariamente, si ahondamos en el objeto de reflexión percibiremos diáfanamente que nos encontramos ante una estructura orgánica social profundamente dúctil por su alto grado de plasticidad y de determinismo ambiental. O en otras palabras, no es el hombre quien construye el hábitat, sino el hábitat quien construye al hombre a golpe de ruidoso cincel.

Personalmente debo reconocer que me gusta el silencio exógeno, y que el ruido ambiental no solo me molesta sino que incluso me agota (como si el sonido desagradable por no deseado fuera capaz de alimentarse sin permiso de mi energía vital). Para ruido, por tanto, prefiero el endógeno al exógeno o ambiental, pues es uno como sujeto cognoscente en la intimidad de su libre pensamiento quien lo organiza sensitiva y lógicamente en una combinación coherente de ideas melódicas, armónicas y rítmicas con sentido intelectual propio. Un proceso para el que se requiere, condición sine qua non, del silencio endógeno. Es decir, solo desde el silencio endógeno se puede transformar el ruido personal y/o ambiental en un pensamiento crítico por libre e intelectualmente coherente. Aunque ya se sabe que éste se concibe, hoy en día, como una nota suelta o discordante en medio de la ruidosa sinfonía ambiental.

Así pues, esta breve y efímera disertación debería hacernos reflexionar del por qué y sus causas del hecho que estamos construyendo una realidad en la que se ha exiliado forzosamente al silencio de la sociedad, así como plantearnos la pregunta de si ¿deberíamos reintroducir el silencio en la vida de los seres humanos contemporáneos?. Ya que, a todas luces, es previsible que el silencio como estado endógeno individual acabe desapareciendo -como una actitud personal y discrecional humana- a medida que se vaya completando el cambio intergeneracional entre personas nacidas en la era pretecnológica (con disposición al silencio endógeno por motu propio) y pos tecnológica (con disposición al ruido endógeno por contagio ambiental). No en vano, y recordando los ecos pitagóricos, el silencio es el comienzo de la sabiduría, por lo que representa la primera piedra de la Filosofía (el arte de conocer la verdad última de la realidad).

Hágase el ruido, para que desde el desconcierto colectivo se ejerza un control general, sin que nadie disponga de resquicios de silencio alguno que pueda generar pensamientos independientes por sí mismo. Que desde el caos aparente (de los muchos) emerja la imposición de un orden preestablecido (de unos pocos). Se promulga el silencio endógeno individual como un acto de resistencia revolucionaria anti-sistema.


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