martes, 28 de mayo de 2019

¿Y si la inmortalidad se pudiera comprar?


Si poco aún sabemos de la Vida, menos sabemos de la Muerte. La única certeza que tenemos es que la Muerte representa una singularidad en el ciclo continuo de la Naturaleza, y que quien muere ya no regresa al mundo de los vivos (sin intención de debatir en este punto con espiritistas como los cristianos y reencarnacionistas como los budistas, entre otros). Tan poco sabemos de la Muerte, que el hombre incluso se ha visto obligado a redefinir a lo largo de la historia de la humanidad el momento en el que debe entenderse el justo momento de la Muerte stricto sensu, derivado de las experiencias empíricas con la misma. El último concepto sobre la Muerte consensuado socialmente que tenemos es de hace 50 años - establecido por la Escuela de Medicina de Harvard-, que la define, desde un punto de vista clínico, como la falta de función del encéfalo, los hemisferios cerebrales y el tronco cerebral de un ser vivo animal, aunque otros órganos vitales puedan continuar funcionando. Es decir, entendemos hoy en día como Muerte cuando no existe actividad eléctrica alguna en el cerebro. Y aún más, concebimos que la muerte cerebral es irreversible pasados los cinco minutos, periodo tras el cual la ciencia contemporánea certifica el estado de Muerte total y absoluta en un ser humano, reafirmando así la máxima platónica en boca de Cicerón de que la vida de un hombre es una commentatio mortis.

Pero para nuestro profundo desconcierto, la Muerte no está muerta en términos absolutos, como hace poco más de un mes nos reveló mediáticamente la comunidad científica mundial tras el asombroso experimento realizado por parte de un equipo americano que ha conseguido la resurrección cerebral de un total de 32 cerdos decapitados en un matadero tras pasadas cuatro horas de la certificación de su muerte. De hecho, los investigadores mantuvieron vivos los cerebros porcinos resucitados durante un periodo de hasta seis horas (y porque no prolongaron más el experimento). Todo ello gracias a una tecnología denominada BrainEX que conecta un cerebro a un circuito cerrado de tubos que hace circular sangre artificial llena de nutrientes mediante un sistema de bombas y calentada a través de los vasos cerebrales a temperatura corporal, lo que permite que el oxígeno vuelva a fluir a través de las células más remotas consiguiendo que el cerebro recupere tanto su forma como su función cerebral (restauración de moléculas y células, reconexión de las neuronas, reactivación de la actividad eléctrica, etc). Todo un imaginario propio del doctor Víctor Frankestein de la filósofa y novelista Mary Shelley.

Este hito de la ciencia shelleyriano que conllevará, sin lugar a dudas en un futuro no muy lejano, una revolución sanitaria en la rehabilitación de pacientes con resultado de muerte cerebral por accidente, e incluso posibles futuros transplantes de cabeza en cuerpos mejorados biotecnológicamente (tiempo al tiempo), nos abre el campo hacia tres grandes líneas de reflexión:

1.-Desde un punto de vista metafísico, nos obliga a replantearnos sobre los límites de la Vida y de la Muerte. Si entendemos que la Vida de un ser humano radica en la plena funcionalidad de su cerebro, y éste podemos llegar a mantenerlo en vida aun post mortem, ¿debemos entender la Muerte como una singularidad del continuo del ciclo de la naturaleza de características plástica, relativa y reversible, en contraposición de la creencia vigente de un estado rígido, absoluto e irreversible?. La respuesta no puede ser otra que afirmativa. Por lo que podemos asemejar la Vida, intervención humana mediante, como una singularidad de la Muerte con capacidad de provocar una diferencia de fuerzas con tendencia potencial hacia un valor infinito, equiparable en física a la curvatura del espacio-tiempo provocado por la singularidad gravitacional.

2.-Desde un punto de vista ontológico, nos obliga a replantearnos la naturaleza y dimensión de la Conciencia. Si entendemos que la Conciencia de un ser humano radica en su cerebro, al tratarse la Conciencia de un proceso neurológico racional, y que ésta puede llegar a existir aun post mortem tras la resucitación (o en la continuidad tras la discontinuidad) del cerebro, ¿debemos entender que un ser humano pueda mantener la Conciencia fuera de su cuerpo o privado de las facultades de sus órganos sensitivos?. La respuesta, aún por verificar científicamente, presumiblemente también podría ser afirmativa. Por lo que podemos asemejar la Conciencia a una unidad de inteligencia humana transportable y almacenable, equiparable a un chip cognoscente artificial insertable y descargable en una diversidad de dispositivos móviles homologados.

y, 3.-Desde un punto de vista ético, nos obliga a replantearnos un modelo social futuro en el que las personas puedan llegar a alargar exponencialmente la Vida en términos próximos al concepto humano de la eternidad. Si entendemos que la Muerte se puede postergar ciencia mediante, y que el modelo de organización económico de las sociedades humanas tiende hacia la globalización de un mercado de libre competencia, ¿debemos entender que todas las personas tendrán acceso a una vida cercana a la eternidad?. La respuesta, en este caso, seguramente será negativa. Por lo que previsiblemente existirá una división social de clases entre los que se puedan comprar o no la Vida post mortem, semejante al argumento de la película americana de ciencia ficción distópica In Time de Andrew Niccol donde el tiempo es dinero, y con dinero se puede comprar un tiempo de vida ilimitado. O dicho en otras palabras, la Muerte será un estado inevitable de los pobres y, por tanto, representará un rasgo sociológico. Un problema ético a futuro que, asimismo, vendrá inevitablemente acompañado de otros retos éticos colaterales a afrontar como podría llegar a ser, entre otros, el control de natalidad de la humanidad para una especie que ha alcanzado la potencialidad de la eternidad. Profundos dilemas éticos que vislumbran una nueva y disruptiva moral humana, tanto a nivel individual como social.

Sí, el horizonte de la resurrección cerebral transgrede los conceptos que tenemos de la Vida, la Muerte y la Conciencia.Ya que desciende hasta el reino de los mortales una idea hasta ahora reservada en exclusiva a los dioses: la “inmortalidad”. Pues al hombre se le ha concedido su particular cáliz del Santo Grial, que en vez de contener la sangre del hijo de Dios contiene el milagroso BrainEX. Por lo que ahora más que nunca en la historia de nuestra especie humana se presenta de manera verosímil, por potencialmente factible, una pregunta hasta la fecha imposible: ¿y si la inmortalidad se pudiera comprar?. En caso afirmativo, ¿de qué seremos capaces los seres humanos por adquirirla? Y, lo más relevante: ¿qué uso personal haremos de la inmortalidad?.

Tomad y bebed de él todos los que podáis comprarlo, porque este es el cáliz de mi resurrección, la resurrección de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para la inviolabilidad de vuestros pecados. Haced esto en conmemoración de la nueva tecnosociedad inmortal”.

Plegaria Eucarística I: “Canon PostRomano”
S. I d. BrainEx




Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano