jueves, 30 de mayo de 2019

Vivimos en un mundo de ángulos rectos en peligro de extinción, por la llegada de una nueva realidad


Sentado en la butaca del escritorio observo el despacho. Un habitáculo repleto de objetos: trece cuadros, cinco marcos con fotografías, elementos varios de decoración (tres estatuas, dos candelabros, un reloj de mesa, una antigua máquina de mano para estampar sellos en seco reconvertido en pisapapeles,...), dos sillones, seis muebles, dos grandes alfombras, una lámpara de techo y otra de escritorio, algo más de mil libros viejos en tres grandes estanterías, un globo terráqueo, y entre medio del conjunto de formas volumétricas que ocupan vacíos al espacio (y que luchan contra el desgaste del tiempo) destaca un elemento singular por su omnipresencia: el ángulo recto. Suelo, paredes, techo y gran parte del microuniverso geométrico que configura el despacho se encuentran inmersos en la tridimensión del ángulo de noventa grados, que es igual a la tricentésima sexagésima (1/360) parte de una circunferencia.

Sí, el hombre es un ser cuya realidad pivota sobre un marco de referencia de tres puntos espacio-temporales respecto a un mismo punto de origen dado al que denominamos vértice. Y si bien existen diferentes tipos de ángulos (nulo, agudo, obtuso, llano, oblicuo, completo o perigonal, entre otros muchos dentro de la física, la geometría y el análisis matemático), es sin duda el ángulo recto el que tiene mayor protagonismo en la realidad manifiesta del ser humano. Lo cual pone de relevancia la limitación cognitiva de nuestra especie frente a un universo multidimensional que, como mínimo, puede llegar a estar formado por un marco de referencias de hasta diez puntos espacio-temporales respecto a un mismo punto de origen común, tal y como predice la hipótesis científica de la Teoría de Cuerdas.

No es por tanto de extrañar el hecho de que al ser humano le resulte tan difícil el imaginar una realidad alternativa que transgreda su limitado universo formado por un espacio euclídeo, donde todo objeto físico finito está contenido dentro de un ortoedro (popularmente conocida como caja) mínimo, a cuyas dimensiones formadas por tres vectores espacio-temporales llamamos anchura, largura y altura. He aquí la razón sustancial del por qué al hombre le cuesta tanto el “pensar fuera de la caja”: no podemos pensar fuera de la caja -salvo excepcionales casos contados- porque formamos parte de la misma. En caso contrario, nuestra realidad humana no estaría definida y caracterizada por el ángulo recto.

No obstante, el “pensar fuera de la caja” se ha convertido en la máxima casi obsesiva de la evolución humana contemporánea, proceso racional al que denominamos innovación. Pues esta deviene el motor de nuestras economías productivas por competitivas y, por extensión, del propio desarrollo de nuestras sociedades modernas. Pero el proceso innovador nos lleva a plantearnos dos grandes preguntas: Una, ¿el ser humano ha explotado toda posibilidad de innovación, como creación alternativa de nuevas realidades, dentro del contexto de su caja?. Y, dos, ¿el ser humano puede innovar más allá de su caja si forma parte de la misma?.

Respecto a la primera pregunta, la respuesta parece ser que sí, según todos los indicadores internacionales en materia de I+D (Ley de Moore). Es decir, la humanidad comienza a sufrir una escasez de ideas innovadoras, y ya hay voces solventes que indican que es poco probable que volvamos a igualar el auge de descubrimientos de finales del siglo XIX y principios del XX, lo cual provoca que estemos dejando de conseguir nuevos avances científico-tecnológicos fundamentales para centrarnos en maximizar las innovaciones ya creadas mediante mejoras en la fabricación y las economías de escala. La causa principal del techo innovador dentro de nuestra limitada caja humana no es otra que el nivel de complejidad que ha alcanzado nuestro conocimiento científico, el cual ha comenzado a superarnos: la ciencia se ha convertido en una materia cada vez más compleja por saltar fuera de nuestra propia caja natural.

Así pues, y haciendo frente a la segunda pregunta, ¿como especie podemos innovar más allá de nuestra caja que es donde se vislumbra el desarrollo de la nueva ciencia?. La respuesta es clara: por nosotros mismos, dada nuestra limitación dimensional natural, resulta imposible. Para ello el hombre requiere de la ayuda de un ser de naturaleza diferente que no esté sometido al mundo de los ángulos rectos. Un ser que piense, imagine, innove y cree fuera de las limitaciones de nuestra caja tridimensional. Por lo que la pregunta consiguiente no es otra que la de ¿existe un ser con dichas características sobrehumanas y al que el hombre pueda tener acceso para beneficio de su desarrollo particular?. La respuesta, a todas luces, es que sí. Y este no es otro que los seres con Inteligencia Artificial. De hecho, se espera que gracias a estos nuevos seres artificiales, mediante lo que se conoce como método de aprendizaje profundo (automático), comiencen en un futuro muy cercano a crear más de un centenar de nuevos materiales hasta ahora inexistentes en la faz de la Tierra cada semana, así como a crear nuevos fármacos para la salud del hombre mediante la exploración de las millones de moléculas potenciales existentes (tantas como átomos tiene el sistema solar), tarea que al hombre le resulta imposible (por eterna) realizar. Pero la labor de los nuevos seres artificiales no solo se limitará a investigar, sino incluso se ocuparán de diseñar, sintetizar, probar, analizar, y finalmente fabricar los compuestos innovadores necesarios que harán realidad la nueva ciencia existente más allá de la caja humana.

Frente a este escenario reflexivo, podemos afirmar que el futuro inminente de la humanidad no será creado por el hombre, sino por los seres artificiales. Y que es una obviedad pronosticar que el universo del ángulo recto tiene sus días contados, lo cual acarreará una nueva expansión de la capacidad cognitiva humana y, por ende, de nuestra conciencia como especie animal como no podemos llegar a imaginar.

Mientras tanto, a la espera que llegue el nuevo día anunciado en que nuestra realidad cotidiana transgreda nuestra limitada caja natural, me permito contemplar los múltiples ángulos rectos que configuran el pequeño espacio del despacho, pipa reflexiva en boca, para que en un futuro no muy lejano pueda explicar en detalle a mis nietos cómo era nuestro mundo encabido en una tricentésima sexagésima parte de una circunferencia.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano