miércoles, 22 de mayo de 2019

¿Por qué nos atrae el lujo?

Clip sirio de oro, cabeza de ave, para la bolsa de las flechas.

Ayer por la tarde me quedé fascinado de la muestra de objetos de lujo expuestos en CaixaForum de Barcelona, cedidos por The British Museum, originarios de los antiguos imperios asirio, babilónico, fenicio y persa, así como del protectorado de Alejandro Magno, el famoso joven conquistador rey de Macedonia. Piezas de marfiles, joyas, relieves, vidrio, oro y metales del antiguo Oriente Próximo que datan del 900 al 300 a.C. ¡Qué sublime ejecución!. ¡Qué formas más delicadas!. ¡Qué belleza para los sentidos!. ¡Qué caricia para el alma!. Unas verdaderas obras de arte atemporales que, además de atesorar historia, reafirma la firme convicción de que el lujo como idea arquetípica es un valor universal para el ser humano.

Pero, ¿por qué nos atrae el lujo?. En primer lugar, sin duda, porque representan objetos de excepcional talla estética, lo cual tiene la capacidad de provocar en el hombre una gran excitación psicoemocional personal. Tanto, que casi podemos decir que el lujo genera una alteración fisiológica en nuestra especie, equiparable a lo que siente un perro frente a un charco enfangado, a lo que experimenta el dragón Smaug con el oro en la película El Hobbit -de la serie El Señor de los Anillos-, o al impulso irrefrenable de deseo de un pato cuando a pleno vuelo divisa un estanque. (Exonero de esta relación a las urracas y su supuesta cleptomanía por los objetos brillantes, puesto que la ciencia ha demostrado que se trata de un prejuicio humano sin valor real). Y en segundo lugar, claro está, porque el lujo representa una exhibición de riqueza material personal y, por tanto, de pertenencia a un alto estatus social (como elemento diferenciador frente a los demás en una estructura social jerarquizada). Una manifestación derivada de la exaltación del egocentrismo y del orgullo del hombre, cuya actitud conductual se traduce mayoritariamente en la prepotencia y la ambición. Así pues, ante la pregunta del por qué nos atrae el lujo, la respuesta cabe reducirla a los factores fisiológico y sociológico.

No obstante, fisiología y sociología no son dos caras de una misma moneda, ya que puede existir la primera sin la segunda de manera disociada, sin que esta regla sirva a la inversa. El elemento bisagra que posibilita que fisiología y sociología existan de manera independiente la una de la otra o que coexistan simbióticamente en una misma persona no es otra que la conciencia individual.

Si bien es cierto que el factor de atracción fisiológico del lujo en una persona requiere, para su mayor gozo sensitivo, de una sensibilidad culturalizada en los cánones estéticos del Arte, la conciencia cultural sobre lo observado no es una condición sine qua non para que el observador se sienta atraído por el lujo. Pues con independencia del nivel cultural del observador, éste siempre sentirá una poderosa atracción por el lujo como objeto perceptible aun desprovisto de todo contexto y condicionamiento cultural; ya que, como hemos apuntado al principio, una de las características principales del lujo es su categoría de valor universal. Lo que significa que nos encontramos frente a una idea de belleza que por ser arquetípica, es apriorística al determinismo cultural del ser humano. Es decir, que el hombre aun exento de conciencia individual específica sobre el lujo se sentirá igual e irremediablemente atraído psicoemocionalmente hacia él.

Entonces, podríamos preguntarnos, ¿porqué hay personas que destruyen el lujo en forma de obras de arte?, como pueda ser el triste caso de los incalculables tesoros arqueológicos sirios (Nínive, Nimrud, etc) borrados de la faz de la Tierra en manos de los yihadistas. Justamente porque tienen conciencia de lo que son y representan y, desde un determinismo cultural en este caso fundamentalista y por ende delirante, transmutan concientemente el sentimiento del gozo por el lujo estético en una de las emociones humanas más destructivas y deplorables: el odio. Una de las capacidades naturales que posee el hombre en el ejercicio de su libre albedrío -que es mucho decir-. (Ver: Y tú, ¿tienes libre albedrío?).

Mientras que en lo que se refiere al factor sociológico del lujo, la persona debe tener plena conciencia de la relación de identidad que sustenta el lujo respecto a una realidad social y espacio-temporal concreta. Una relación en la que se establece, por convención contextual aceptada, un significado cultural de prestigio, rango social y/o de grado de riqueza del poseedor del lujo por transferencia del significado simbólico del objeto de lujo poseído. Es por ello que el lujo, desde su factor sociológico, se caracteriza tanto por su grado de prescindibilidad para la sostenibilidad de la vida humana, como por su elevado coste económico y/o de tiempo para su obtención. Dos parámetros de un mismo sistema de coordenadas que convierten al lujo en una adquirible exclusivo por su doble selección natural y artificial.

Pero si bien el conjunto de personas que conforman una sociedad participan de la misma conciencia identitaria, simbólica y significativa del lujo -más si cabe en un Mercado marketiniano, global e interconectado con los ciudadanos/consumidores a tiempo real-, otra cosa bien distinta es la relación consciente que cada persona a título individual decide mantener con el lujo, tanto a nivel abstracto o genérico como a nivel concreto o singular. Por lo que en materia del factor sociológico del lujo debemos distinguir entre conciencia social (relación de identidad social del lujo) y conciencia individual (relación personal con el lujo).

Y es justamente en el ámbito de la conciencia individual que una persona decide, en principio desde el pensamiento libre por crítico (je!), qué tipo de relación desea establecer con el lujo. Si su actitud relacional con el lujo se alinea con la conciencia social, individuo y sociedad participarán presumiblemente de la misma escala de valores vitales, en la que el lujo se sitúa en lo alto de la pirámide de necesidades humanas como máxima de la autorrealización personal. En este caso, los factores fisiológico y sociológico del lujo coexistirán simbióticamente en la idea existencial de la persona. Mientras que si, por contra, la actitud relacional con el lujo se desalinea de la conciencia social, individuo y sociedad participarán de escalas de valores vitales diferentes, en la que dentro del ámbito de la conciencia individual el lujo como valor se verá resituado en un nivel de prioridad a discreción personal. En este caso, donde el factor fisiológico del lujo existe de espaldas al factor sociológico, la conciencia individual transgrede, desde el libre pensamiento, la cultura como conciencia social.

He aquí que aunque no haya persona que no se maraville ante el lujo, sí que los hay que tanto enferman por poseerlo como quienes conscientemente viven ignorándolo. Y es que, al fin y al cabo, aunque el lujo representa una idea arquetípica de belleza y éxito por apriorística, el hombre tiene plena capacidad para reinventar el concepto del lujo a nivel personal, conciencia individual mediante, y de forma a posteriori a la propia cultura en la que se desenvuelve como ciudadano. En otras palabras, existe el lujo universal por atemporal, y el lujo individual por profundamente temporal. Y en esta tesitura, aunque reconozco que he visto una pieza de lujo en la exposición de “Los asirios a Alejandro Magno” que me ha deslumbrado, debo sincerarme que me decanto más por el lujo de fumarme una pipa en la terraza mientras finalizo estas líneas en una tarde soleada de primavera. Esto sí que es un lujo.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano