viernes, 10 de mayo de 2019

Los mutantes, que vienen de la mano de la tecnología, nos obligan a redefinir la realidad


Tengo que reconocer que soy un fan del mundo Marvel, y que no dejo de entusiasmarme con los poderes sobrenaturales que hacen gala tanto héroes como villanos. Unos superpoderes que, manifestados en seres humanos, también pueden catalogarse como de mutaciones, como explota argumentalmente la saga de los X-Men. A la par que no puedo dejar de preguntarme sobre el impacto teórico que dichas superhabilidades deben tener en el concepto de realidad por parte del resto de mortales, que hacen de extras y de marco casi paisajístico en el contexto de las películas.

Pero, ¿a quién no le gustaría leer la mente? O aún más, ¿mover objetos o hacer funcionar aparatos solo con el pensamiento? Y, ¿por qué no?, volar con trajes antigravedad... Todo un maravilloso mundo de ciencia ficción que, no obstante, ya es prácticamente realidad.

En materia de leer la mente ya disponemos de tecnología al uso, tecnología que por cierto China ya aplica en su industria y en su ejército; y que incluso transforma las señales cerebrales en imágenes o frases completas, como recientemente ha hecho público la Universidad de California en San Francisco, cuyas aplicaciones sanitarias son de gran avance para personas con parálisis severa que no pueden hablar, y que como nota anecdótica Facebook ya está trabajando para convertirlo en un dispositivo comercial de consumo.

Respecto a mover objetos con la mente, ya hace años que podemos jugar a la telequinesia gracias a la firma de juguetes Mattel y su producto MindFlex (que se puede adquirir en Amazon), un juego en el que se mueve una pelota mediante la actividad neuronal del jugador. La dinámica es semejante a la levitación magnética utilizada por los trenes Maglev, como los trenes bala japoneses, pero el campo electromagnético que ejerce la fuerza antigravitatoria es creada en este caso por una de nuestras cuatro ondas cerebrales de mayor amplitud, las denominadas Theta, que son registradas y potenciadas desde la corteza cerebral por una especie de casco.

Mientras que a hacer funcionar aparatos electrónicos con el cerebro se refiere, como pueda ser interactuar con un ordenador sin teclado ni ratón, es una tecnología que combina la ciencia de los dos casos anteriores, y que la casa Microsoft, entre otros, no tardará demasiado en sacar al mercado como producto de consumo para el gran público.

Y si todo esto nos parece asombroso, qué decir de poder volar con un sistema antigravitatorio propio del traje de Iron Man, o de las naves de Star Treck o de la Guerra de las Galaxias. Una realidad a la vuelta de la esquina gracias al Moscovio, el revolucionario (por no decir extraño) elemento 115 de la tabla periódica desde 2016, que mediante una adecuada manipulación con neutrones es capaz de emitir partículas antimateria (produciendo una gran cantidad de energía en contacto con otras partículas de materia), y que genera una onda denominada “gravedad B” que tiene como efecto la creación de un fuerte campo gravitatorio propio. Aunque en este caso, por inestabilidad y brevedad de la vida de los elementos atómicos sintetizados, aún queda camino por recorrer.

Expuesto lo cual, resulta una evidencia preveer un horizonte no muy lejano en el que el ser humano contará con habilidades propias de superhéroes o mutantes gracias a la interacción entre tecnología y biología humana. Sin entrar en materia de mejoras por manipulación genética. (Ver: “El Superhombre de Nietzsche se está gestando en China”).

Un escenario futuro que entre otros efectos va a conllevar una redefinición no solo de los preceptos de la física o la neurociencia, como es obvio, sino de la propia realidad tal y como la entendemos. Lo cual tiene importantes implicaciones tanto para la antropología como para la epistemología humana. Pues desde un punto de vista sociológico, el hombre se relaciona con su realidad desde la convicción de la existencia verdadera y efectiva de algo o alguien, principio que puede verse comprometido en un contexto de interrelación y desarrollo colectivo ambiguo por virtual. Y desde un punto de vista de conocimiento, la aprehensión de la realidad como juicio certero acompañado de la razón, como diría Platón, se podría fundamentar sobre una definición poco clara y menos precisa del que se extrae el conocimiento humano: el sustrato común resultante entre las premisas de las verdades y las creencias. Pues nada será lo que parece, y todo lo que parece será. Aunque en este punto ya nos comenzamos a encontrar.

El ser humano, que desde hace siglos ya no evoluciona biológicamente sino culturalmente gracias a la tecnología, se encuentra sin lugar a dudas a las puertas de un salto cualitativo dimensional como especie. Y ya sabemos que cuando un punto espacio-temporal modifica sus parámetros de referencia, éstos a su vez también cambian, por lo que es evidente que nos hayamos frente a una inminente transformación sustancial del paradigma de la realidad y, por extensión, del mismo principio de realidad. Una realidad que se presupone más intangible y plástica que nunca en la historia de la humanidad, y que va a transformar profundamente tanto nuestra manera de relacionarnos, como nuestro modelo de sociedad y nuestra mirada respecto al mundo en el que vivimos y al universo que pertenecemos.

Y en este escenario, la pregunta por excelencia es si nos encaminamos hacia un modelo de ser tecnohumano, donde prime la lógica algorítmica propia de un pensamiento computacional colectivo excesivamente regulado, o de un ser humanotecnológico, donde prime la lógica psicoemocional propia de un pensamiento reflexivo-emocional libre en su diversidad. Una pregunta trampa cuya respuesta condicionará no solo el concepto milenario que tenemos respecto a los valores universales (como son la justicia, la equidad, la solidaridad, entre otros), sino la propia idea apriorística de la humanidad. El tiempo lo dirá.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano