lunes, 20 de mayo de 2019

La apariencia, un recurso de supervivencia de la sociedad contemporánea


Estos días he priorizado, entre los diversos libros que tengo en la mesita de noche, la última novela acabada de hornear de mi viejo amigo Gustavo Hernández: “El mal de Penélope”, cuya narrativa me recuerda a “Cinco horas con Mario” de Miguel Delibes y que no puedo dejar de recomendar por su magistral ejecución literaria cargada de una tensión trágica que rememora a los clásicos. Pero sin entrar a desgranar la novela, pues no quisiera hacer ningún spoiler a posibles lectores, debo apuntar que me ha enganchado poderosamente la atención un concepto que Gustavo desarrolla en su obra: el gen del infortunio, un determinismo biológico y ambiental de transmisión intergeneracional por parte de ciertas clases sociales. Que como se puede imaginar es la antítesis de un supuesto gen de la fortuna.

Teorías aparte sobre dichos genes metafóricos, éstas alusiones me han evocado el concepto de la apariencia como objeto de reflexión. Pues en ambos casos, y con independencia del presunto gen del que pueda participar una persona, la apariencia se presenta como el factor nuclear sobre el que se vertebra la relación que el ser humano tiene con el no-yo; es decir, con el resto de personas a título individual y con el conjunto de la sociedad como colectividad.

Como todos sabemos, aunque sea intuitivamente, la apariencia va íntimamente ligada con un significado socialmente consensuado de un conjunto de caracteres que una forma, ya sea sujeto u objeto, transmite simbólicamente para el entendimiento del observador. Por lo que podemos decir que toda apariencia es vacua sin un significado predeterminado. Pero no así que la apariencia es la cualidad de lo que se muestra, pues aquello que se muestra puede ser tanto verdadero como falso a la esencia de la misma forma emisora. Por tanto, aquí nos encontramos con dos dimensiones bien diferenciadas de la apariencia: su utilidad social y su valor como conocimiento.

La apariencia como utilitario social es una proposición ampliamente explotada por una sociedad contemporánea que rinde culto a la imagen. Tanto es así, que la apariencia se ha convertido en un recurso de supervivencia para las personas, de manera transversal entre los diferentes estratos sociales, en su búsqueda por alcanzar el anhelado estadio de ciudadanos con valor comunitario. Un rango equivalente al prestigio social -cada cual en su particular medida- y que, mayormente, conlleva recompensas sociales varias para el bienestar individual. No obstante, éste hábito conductual, agudizado si cabe aún más por un entorno altamente competitivo, ha acabado por superar la máxima romana del “no solo hay que serlo, sino parecerlo”, para elevarse a la categoría del “no hay que serlo, sino solo parecerlo”. Lo cual, cabe subrayar por si a alguien se le pasa por alto, afecta de manera directa a la redefinición de la escala de valores morales del conjunto de individuos que conforman una misma sociedad.

Una dimensión social de la apariencia que contrasta con su valor como conocimiento, es decir como aprehensión cognitiva de la forma en su estado real. En este sentido debe diferenciarse la apariencia enmarcada en un contexo social, de la apariencia desenmarcada de cualquier contexto social. Solo así podremos conocer la realidad de la forma del sujeto u objeto que proyecta una apariencia concreta, la cual es determinada por el contexto social que actúa tanto de receptor como de retroalimentador del significado aparente.

No obstante, llegados a este punto nos encontramos con un problema a resolver. Si entendemos que el conocimiento se define por la realidad, y entendemos que la realidad es la forma verdadera exenta de apariencia. Debemos entender, asimismo, que en un universo relativo existen múltiples verdades. Por lo que a la hora de definir la verdad como realidad, estaremos obligados a diferenciar entre verdad primera o sustancial (lo que Es) y verdades secundarias o esenciales (aquello por lo que conocemos lo que Es). Una categorización de la verdad, y por extensión de la realidad, que por ser humana no dejará de resultar subjetiva y, paradójicamente, relativa (por limitada) a todo nivel de conocimiento. Lo cual somete a juicio de valor negativo el aforismo platónico de que “solo el conocimiento verdadero es verdadero conocimiento”.

Sí, a todas luces la apariencia no es más que una pátina de superficialidad aceptada socialmente. Que es lo mismo que decir que vivimos unos tiempos en que tiene más valor colectivo una mentira creída que una verdad descreída. Y que no se nos ocurra llevar la contraria, pues aunque la caja esté vacía hay que saber ver en ella lo que muchos han creído ver. Pues toda mirada parte de un significado predeterminado consensuado mayoritariamente, y de manera incluso anterior a la caja misma. (Ver los conceptos de Forma e Imagen en el glosario de términos de El Vademécum del Ser Humano).

Y en este juego actual de apariencias, el pobre con el gen del infortunio se esfuerza por no aparentar ser pobre, y el rico con el gen de la fortuna se esfuerza por aparentar ser culto. Ya que uno es frente al espejo de la sociedad aquello que aparenta ser, o al menos hasta que la verdad sustancial se conozca.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano