viernes, 26 de abril de 2019

Ante la imparable robotización social, ¿de qué vamos a vivir y a qué nos vamos a dedicar los humanos?


Que la robótica, que no las máquinas en sentido decimonónico, van a copar la economía productiva, monopolizando por selección negativa el mercado laboral tal y como lo conocemos hoy en día, es una predicción que se cumple a cada nuevo día que pasa y que ya nadie pone en duda a estas alturas de la película. Pues la perfección productiva de los seres con inteligencia artificial ha llegado para solventar y mejorar la imperfección productiva de los seres humanos.

En este sentido, no deja de resultar paradójico el hecho que si bien las máquinas entraron en nuestras sociedades de la mano de la primera revolución industrial a mediados del siglo XVIII para mejorar las condiciones laborales y de vida de los seres humanos, sean las mismas máquinas quienes, ya evolucionadas y en menos de tres siglos, sean ahora y en gran parte las responsables de la exclusión del mercado laboral y por extensión de la precariedad del nivel de calidad de vida -en términos de renta- de los seres humanos del siglo XXI. De hecho, si bien nos encontramos en la cuarta era de la revolución industrial desde 2011, es de prever que en los próximos años venideros entremos en la quinta era de la revolución industrial marcada por los cambios disruptivos en la sociedad que nos traerá ya no la inteligencia artificial, sino la consciencia artificial. (Recomiendo en este punto la lectura del artículo “La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana”).

Así pues, si vamos hacia un modelo económico en el que los robots van a sustituir a las personas en sus puestos de trabajo, ¿qué tipo de sociedad nos depara?. En primera instancia podemos deducir una sociedad tipo en la que el estrato social de población activa no productiva sea muy amplio, lo que equivale a altas tasas de desempleo y por tanto al repunte de elevados índices de empobrecimiento familiar. Y en segunda instancia, a un menguamiento del Estado de Bienestar Social derivado de un aumento de la masa social no contributiva. Por lo que la pregunta obligada no es otra que, ¿cómo vamos a solucionar dicho desequilibrio para la estabilidad social y económica de nuestras sociedades?.

El escenario de respuesta posible más sencillo, por lógico, ante el doble reto planteado que se nos presenta es el caso del mantenimiento del Estado de Bienestar Social, a través de una obligación contributiva por parte de los robots al sistema de servicios sociales (dentro de la praxis de una economía de mercado). Es decir, que las cotizaciones a las arcas del Estado, en vez de venir vía la fuerza laboral humana (los sustituidos), provengan de manera directa por parte del trabajo de los robots (los sustitutos). Pues alguien debe pagar el coste de los Estados Sociales, en un mundo que aunque imperen los robots es por derecho natural de los seres humanos, al menos mientras no se diga lo contrario. Un razonamiento que ya planea de manera más o menos seria sobre los órganos de gobierno de la comunidad internacional.

Otro cantar es el relativo a cómo aseguramos una vida digna a las millones de personas que se van a quedar sin trabajo por la imposición del imperio laboral de la robotización. Pues por todos es conocido que, hasta la fecha y desde que el hombre tiene consciencia como ser racional, la fórmula clásica milenaria de ganarse la vida por parte de una familia no es otra que a través de las rentas del trabajo, y que sin ésta fuente de ingresos solo cabe un escenario posible: la condena a la pobreza. Una alternativa que, si bien podría considerarse como un efecto colateral aceptable en épocas pasadas de la historia de la evolución humana, resulta totalmente inaceptable para el nivel de madurez de la consciencia colectiva alcanzado por las sociedades contemporáneas. No teniendo cabida dicha proposición ni en el imaginario de la política económica capitalista más ultraliberal del siglo XXI, bien sea por sensibilidad moral integrada, bien sea por pragmatismo ante la necesidad de una masa crítica consumista capaz de retroalimentar de manera sostenible la economía de mercado.

Una de las soluciones que la sociedad occidental plantea, cada vez con mayor fuerza y número de voces coincidentes, al reto de asegurar una vida digna para el amplio espectro de personas no productivas, y por tanto no contributivas, es la renta básica universal. Una propuesta que, si bien en la actualidad genera controversia por su novedad y por chocar de frente contra prejuicios morales y estereotipos sociales instaurados, es claramente viable desde un enfoque económico mediante la reformulación de las políticas físcales de los mercados, como pueda ser la instauración de un ínfimo impuesto directo a las millones de transacciones bancarias que se realizan diariamente en los mercados financieros. Ya que, tan solo con una tasa de 20 céntimos por cada 100 dólares se podría financiar en la actualidad todo el gasto público del mundo, como apuntan varios economistas, entre los que destaca el español Juan Torres, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla.

No obstante, con independencia de la medida sociopolítica a aplicar para solventar la carencia de las rentas del trabajo tanto creciente como ingente que se auguran en el horizonte laboral próximo (y que la apuesta en exclusiva por capacitaciones profesionales cualificadas no va ha solventar), lo que parece una evidencia es que los Estados Sociales y Democráticos de Derecho deberán buscar una solución real para la dignificación de la vida de las personas no productivas en estado civil de población activa. Lo cual nos genera una nueva pregunta: aun pudiendo vivir dichas personas por una redefinición de la política del Estado en materia de Bienestar Social vía prestaciones sociales directas, ¿a qué se dedicarán dichas personas?. La respuesta es obvia: a actividades básicamente no productivas; es decir: al ocio y a la cultura. En este punto, quiero creer, dada la naturaleza inquieta y curiosa del ser humano, que si bien el ocio será una actividad que sin lugar a dudas contará con su particular cuota de porcentaje social, la mayoría de la masa social no productiva provocará un renacimiento de las humanidades, cuyas disciplinas han sido denostadas hasta la fecha por situarse fuera de la lógica de la competitiva economía productiva en contraposición con las áreas de conocimiento técnico-científico.

Así pues, no resulta difícil imaginar una sociedad dividida en dos grandes grupos, donde mayormente unos, los robots, se dediquen a la actividad productiva en términos económicos, y donde otros, más de la mitad de la población humana del mundo desarrollado, se dedique a la actividad no productiva, haciendo florecer el conjunto de disciplinas relacionadas con la cultura humana como son el arte, la música, la filosofía, la filología, la antropología, la historia, la geografía, la ciencia política, la sociología, o los estudios de religión, principalmente.

Sí, el camino imparable de la robotización de manera tanto transversal como integral en nuestras vidas no solo va a conllevar un profundo cambio de paradigma en la economía y por ende en el mercado laboral, sino también va a representar un revolucionario cambio de modelo de sociedad sin parangón en la historia de la humanidad. Quizás éste sea el principio de una nueva era dorada del ser humano, en cuanto a equidad y bienestar social, y en materia de ilustración colectiva. No obstante, todo cambio social conlleva una transición, y no existe transición alguna sin tensiones sociales, políticas y económicas. El tiempo evaluará si estamos a la altura necesaria para paliar los grandes retos que nos depara ya no el futuro, sino el presente mismo. Pues el vertiginoso proceso de la robotización social no espera a que el resto de los mortales estemos preparados.

… Mientras tanto, ya hace tres años que los robots doctores hacen diagnósticos médicos, y que el primer robot cirujano operó el corazón de un joven italiano sin intervención humana, por coger el sector sanitario como ejemplo de la imparable robotización social. Amigos, como dijo el César: alea iacta est!.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano