viernes, 26 de abril de 2019

Ante la imparable robotización social, ¿de qué vamos a vivir y a qué nos vamos a dedicar los humanos?


Que la robótica, que no las máquinas en sentido decimonónico, van a copar la economía productiva, monopolizando por selección negativa el mercado laboral tal y como lo conocemos hoy en día, es una predicción que se cumple a cada nuevo día que pasa y que ya nadie pone en duda a estas alturas de la película. Pues la perfección productiva de los seres con inteligencia artificial ha llegado para solventar y mejorar la imperfección productiva de los seres humanos.

En este sentido, no deja de resultar paradójico el hecho que si bien las máquinas entraron en nuestras sociedades de la mano de la primera revolución industrial a mediados del siglo XVIII para mejorar las condiciones laborales y de vida de los seres humanos, sean las mismas máquinas quienes, ya evolucionadas y en menos de tres siglos, sean ahora y en gran parte las responsables de la exclusión del mercado laboral y por extensión de la precariedad del nivel de calidad de vida -en términos de renta- de los seres humanos del siglo XXI. De hecho, si bien nos encontramos en la cuarta era de la revolución industrial desde 2011, es de prever que en los próximos años venideros entremos en la quinta era de la revolución industrial marcada por los cambios disruptivos en la sociedad que nos traerá ya no la inteligencia artificial, sino la consciencia artificial. (Recomiendo en este punto la lectura del artículo “La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana”).

Así pues, si vamos hacia un modelo económico en el que los robots van a sustituir a las personas en sus puestos de trabajo, ¿qué tipo de sociedad nos depara?. En primera instancia podemos deducir una sociedad tipo en la que el estrato social de población activa no productiva sea muy amplio, lo que equivale a altas tasas de desempleo y por tanto al repunte de elevados índices de empobrecimiento familiar. Y en segunda instancia, a un menguamiento del Estado de Bienestar Social derivado de un aumento de la masa social no contributiva. Por lo que la pregunta obligada no es otra que, ¿cómo vamos a solucionar dicho desequilibrio para la estabilidad social y económica de nuestras sociedades?.

El escenario de respuesta posible más sencillo, por lógico, ante el doble reto planteado que se nos presenta es el caso del mantenimiento del Estado de Bienestar Social, a través de una obligación contributiva por parte de los robots al sistema de servicios sociales (dentro de la praxis de una economía de mercado). Es decir, que las cotizaciones a las arcas del Estado, en vez de venir vía la fuerza laboral humana (los sustituidos), provengan de manera directa por parte del trabajo de los robots (los sustitutos). Pues alguien debe pagar el coste de los Estados Sociales, en un mundo que aunque imperen los robots es por derecho natural de los seres humanos, al menos mientras no se diga lo contrario. Un razonamiento que ya planea de manera más o menos seria sobre los órganos de gobierno de la comunidad internacional.

Otro cantar es el relativo a cómo aseguramos una vida digna a las millones de personas que se van a quedar sin trabajo por la imposición del imperio laboral de la robotización. Pues por todos es conocido que, hasta la fecha y desde que el hombre tiene consciencia como ser racional, la fórmula clásica milenaria de ganarse la vida por parte de una familia no es otra que a través de las rentas del trabajo, y que sin ésta fuente de ingresos solo cabe un escenario posible: la condena a la pobreza. Una alternativa que, si bien podría considerarse como un efecto colateral aceptable en épocas pasadas de la historia de la evolución humana, resulta totalmente inaceptable para el nivel de madurez de la consciencia colectiva alcanzado por las sociedades contemporáneas. No teniendo cabida dicha proposición ni en el imaginario de la política económica capitalista más ultraliberal del siglo XXI, bien sea por sensibilidad moral integrada, bien sea por pragmatismo ante la necesidad de una masa crítica consumista capaz de retroalimentar de manera sostenible la economía de mercado.

Una de las soluciones que la sociedad occidental plantea, cada vez con mayor fuerza y número de voces coincidentes, al reto de asegurar una vida digna para el amplio espectro de personas no productivas, y por tanto no contributivas, es la renta básica universal. Una propuesta que, si bien en la actualidad genera controversia por su novedad y por chocar de frente contra prejuicios morales y estereotipos sociales instaurados, es claramente viable desde un enfoque económico mediante la reformulación de las políticas físcales de los mercados, como pueda ser la instauración de un ínfimo impuesto directo a las millones de transacciones bancarias que se realizan diariamente en los mercados financieros. Ya que, tan solo con una tasa de 20 céntimos por cada 100 dólares se podría financiar en la actualidad todo el gasto público del mundo, como apuntan varios economistas, entre los que destaca el español Juan Torres, catedrático de Economía Aplicada de la Universidad de Sevilla.

No obstante, con independencia de la medida sociopolítica a aplicar para solventar la carencia de las rentas del trabajo tanto creciente como ingente que se auguran en el horizonte laboral próximo (y que la apuesta en exclusiva por capacitaciones profesionales cualificadas no va ha solventar), lo que parece una evidencia es que los Estados Sociales y Democráticos de Derecho deberán buscar una solución real para la dignificación de la vida de las personas no productivas en estado civil de población activa. Lo cual nos genera una nueva pregunta: aun pudiendo vivir dichas personas por una redefinición de la política del Estado en materia de Bienestar Social vía prestaciones sociales directas, ¿a qué se dedicarán dichas personas?. La respuesta es obvia: a actividades básicamente no productivas; es decir: al ocio y a la cultura. En este punto, quiero creer, dada la naturaleza inquieta y curiosa del ser humano, que si bien el ocio será una actividad que sin lugar a dudas contará con su particular cuota de porcentaje social, la mayoría de la masa social no productiva provocará un renacimiento de las humanidades, cuyas disciplinas han sido denostadas hasta la fecha por situarse fuera de la lógica de la competitiva economía productiva en contraposición con las áreas de conocimiento técnico-científico.

Así pues, no resulta difícil imaginar una sociedad dividida en dos grandes grupos, donde mayormente unos, los robots, se dediquen a la actividad productiva en términos económicos, y donde otros, más de la mitad de la población humana del mundo desarrollado, se dedique a la actividad no productiva, haciendo florecer el conjunto de disciplinas relacionadas con la cultura humana como son el arte, la música, la filosofía, la filología, la antropología, la historia, la geografía, la ciencia política, la sociología, o los estudios de religión, principalmente.

Sí, el camino imparable de la robotización de manera tanto transversal como integral en nuestras vidas no solo va a conllevar un profundo cambio de paradigma en la economía y por ende en el mercado laboral, sino también va a representar un revolucionario cambio de modelo de sociedad sin parangón en la historia de la humanidad. Quizás éste sea el principio de una nueva era dorada del ser humano, en cuanto a equidad y bienestar social, y en materia de ilustración colectiva. No obstante, todo cambio social conlleva una transición, y no existe transición alguna sin tensiones sociales, políticas y económicas. El tiempo evaluará si estamos a la altura necesaria para paliar los grandes retos que nos depara ya no el futuro, sino el presente mismo. Pues el vertiginoso proceso de la robotización social no espera a que el resto de los mortales estemos preparados.

… Mientras tanto, ya hace tres años que los robots doctores hacen diagnósticos médicos, y que el primer robot cirujano operó el corazón de un joven italiano sin intervención humana, por coger el sector sanitario como ejemplo de la imparable robotización social. Amigos, como dijo el César: alea iacta est!.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 24 de abril de 2019

La IA sustituirá a los humanos en los departamentos de Innovación de las empresas


¿Qué directivo, empresario o emprendedor no sueña con dar con una innovación que le coloque en la cima de la competitividad comercial? Lo cierto es que todos. Pues ser competitivo equivale a ser sostenible económicamente en parámetros de facturación neta. Una tarea ardua difícil en un mercado tanto sobresaturado de ofertas de productos y servicios, como microsegmentado en sus consumidores potenciales. No obstante, frente a este escenario propio de locos, donde la lucha por hacerse con un nicho de mercado resulta encarnizada, existen estrategias empresariales como la ya conocida del Océano Azul que busca alcanzar el dorado: un mercado virgen y exclusivo libre de competidores molestos.

Ciertamente la Estrategia Océano Azul, como instrumento de éxito empresarial a través de la innovación, es una de las mejores herramientas contemporáneas que tiene el ser humano en materia de empresa para conseguir el anhelado estado de competitividad en un mercado global altamente volátil por su continuo proceso de cambio y transformación. La teoría es sobresaliente, aunque otro cantar es su puesta en práctica. Pues la susodicha herramienta de gestión empresarial tiene un importante talón de Aquiles, por no decir un grave problema: el propio ser humano. Ya que del factor humano depende el éxito o fracaso del diseño metodológico de la estrategia en su primera fase de desarrollo, que es la elaboración del denominado Lienzo Estratégico, donde los cabezas pensantes de la empresa no solo deben establecer la relación de la misma con la competencia existente, sino que deben diseñar aquellos nuevos factores que pueden ser constitutivos del descubrimiento de su particular Océano Azul (mercado sin competencia). Una responsabilidad que requiere, entre otras competencias, de una importante dosis de creatividad basada en capacitaciones tanto de pensamiento divergente o disruptivo (pensar fuera de la caja), pensamiento lateral (resolución de problemas de manera imaginativa), y de pensamiento de diseño (propuesta estratégica práctica de nuevos productos), principalmente. Para lo cual, los equipos directivos de las empresas encargadas del diseño del Lienzo Estratégico de la Estrategia Océano Azul necesitan, por lo menos, de cuatro factores claves: un alto conocimiento de las técnicas de creatividad, una diversidad representativa de las inteligencias múltiples, un perfil de personas innovadoras por parte de los mismos, así como una elevada capacidad de gestión y análisis de megadatos de información sobre el mercado y sus tendencias (entornos y procesos productivos innovadores a parte). Lo cual no se produce, como es bien conocido por todos, por norma general, dando como resultado un trabajo pobre en la aproximación hacia posibles senderos innovadores.

Dicha debilidad en la búsqueda de la innovación como elemento clave para la competitividad empresarial, con independencia de las bonanzas del método estratégico como teoría y más allá de la capacidad y visión directiva de una empresa en dotar de recursos humanos y técnicos óptimos a los equipos de prospección de horizontes innovadores por descubrir, se fundamenta en la limitación del ser humano tanto en materia de gestión de conocimiento, como en su limitado espectro de pensamiento creativo disruptivo. Una imperfección que en un futuro muy cercano será corregido por la inteligencia artificial, a la vista de su tulelaje activo ya en el presente en otras áreas profesionales humanas.

Sí, la inteligencia artificial llega con fuerza para quedarse con el objetivo principal de solventar la imperfección humana. Pues su naturaleza cognitiva artificial en la formulación, construcción y resolución de nuevos problemas, junto a su facultad exponencial de análisis de mega datos de información en un contexto interconectado a tiempo real, y su suficiencia de autoaprendizaje continuo y a una velocidad de vértigo, convierte a la inteligencia artificial en potenciales seres tecnológicos de capacidad sobrenatural.

Dicho lo cual, no tardaremos de ver en un futuro muy próximo la participación activa y directa de la inteligencia artificial en los procesos de elaboración, diseño y decisión en las áreas de innovación de las empresas. Pues si la inteligencia artificial puede llegar a ser la equivalencia de valores como eficacia y eficiencia en los procesos de innovación, y éstas facultades representan la invalorable competitividad en una ecuación de estrategia empresarial, ¿qué empresario se va a resistir al hecho de sustituir el actual activo humano imperfecto por un activo artificial perfecto (por probabilidad estadística certera en sus aportaciones) en un área tan trascendental para la sostenibilidad empresarial como es la innovación?.

Que la inteligencia artificial sustituya a los seres humanos en los departamentos de innovación de las empresas resulta un futuro altamente posible. La pregunta consiguiente es: ¿qué papel tendremos las personas cuando nuestra labor innovadora sea sustituida por seres artificiales?. Aunque ésta, si bien es un cuestión para otra reflexión, es un tema que en breve nos veremos obligados a afrontar colectivamente como sociedad al no representar ésta una afección exclusiva de la innovación, sino que es extensible a todas las actividades productivas humanas. Así pues, en la encrucijada evolutiva frente a tantas certezas e incertezas de futuros probables que nos hayamos, lo único diafanamente claro que podemos augurar es el hecho irrefutable de que el mundo, tal y como lo conocemos, tiene visos de cambiar y mucho en las próximas décadas.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 23 de abril de 2019

La rosa y el libro como parte de la representación simbólica de la vida humana


Todo el universo del ser humano es simbólico, pues es a través de los símbolos que los hombres representamos de manera perceptible una idea, un concepto o un término que nos permite relacionarnos entre nosotros mismos como especie social y contextualmente cultural, y con respecto al misterio de la propia vida de la que formamos parte. Pues símbolos son los signos matemáticos o químicos sobre los que se fundamenta la ciencia. O símbolos son, entre otros muchos, los signos gráficos de cada una de las letras con las que construyo el presente artículo. Por lo que podemos decir que la simbología es el fundamento primordial de nuestra capacidad cognitiva como humanos, donde la aprehensión de la realidad se establece como resultado de la relación indisoluble entre símbolo y significado, ya sea éste significado real o imaginario, ya sea el objeto de dicho significado tangible o intangible, y ya sea la naturaleza social (y por tanto temporal) del señalado significado consensuado o no por una misma comunidad.

La vida del hombre es una gran representación simbólica. Y en esta vida de simbología hoy me he levantado en mi ciudad de acogida con las calles invadidas por puestos de venta ambulantes repletos de libros y rosas, en ocasión de la festividad anual de San Jorge. Una tradición que, origen histórico-cultural a parte, convida a los hombres a regalar rosas a las mujeres, y a éstas a corresponder con libros a los hombres. O al menos en la sociedad contemporánea del nordeste mediterráneo español. Una bella costumbre cargada de significado simbólico, ya que por separado la rosa representa la alegoría tanto del amor como del renacimiento emocional (simbología mística-espiritual a parte), mientras que el libro se asocia a la alegoría de la sabiduría sobre la que se sustenta nuestra naturaleza racional y, por extensión, el conocimiento sobre el que se edifica nuestra civilización. A su vez que, la rosa y el libro como símbolos combinados representan la alegoría del respeto desde el amor y la fraternidad. Por lo que cabe subrayar que éstos símbolos -sin intención de profundizar en los mismos- trascienden su significado conceptual stricto sensu para elevarse a la categoría de significado simbólico de claro y definido valor social universal.

Y a este punto, de manera sintética para no extenderme, quería llegar. Si bien la simbología estructura la realidad humana, como principio y método de conocimiento y relación de nosotros mismos y con nuestro entorno, en esta pequeña reflexión quiero destacar de entre el vasto universo de la simbología humana las manifestaciones simbólicas con carga de valor social universal o arquetípica. Pues éstas, expresadas mediante costumbres o tradiciones locales a lo largo y ancho del planeta, buscan como denominador común la elevación de la talla moral humana, que no deja de ser una práctica de redención colectiva de nuestra naturaleza mundana como seres trascendentales, en un anhelo inherente a nuestra especie de intentar transformarnos en mejores personas tanto a título individual, como a nivel comunitario como sociedad.

Sí, aun por atroces y de baja talla moral que puedan ser algunos episodios experimentados en la historia de la humanidad, el ser humano tiende imperativamente a celebrar simbólicamente aquellos valores sociales cuyas ideas arquetípicas son universales por representar cualidades positivas, desde un enfoque humanista, para el conjunto de la sociedad como especie. Pues la esencia de la naturaleza (en continua evolución) del ser humano le empuja como fuerza mayor a celebrar la paz, y no la guerra; el respeto, y no la intolerancia; la justicia, y no la injusticia; el amor, y no el odio; la honradez, y no la inmoralidad; la libertad, y no la esclavitud; o la solidaridad, y no la insolidaridad; por poner algunos ejemplos de valores universales.

Hoy es día de la festividad de San Jorge, o Sant Jordi como se conoce en Cataluña. Y sobre la misma Rambla de Barcelona donde hace dos años se sembró el miedo, el odio, el terror y la muerte provocado por un horrible atentado terrorista, hoy miles de personas se regalan símbolos de amor, paz y respeto en forma de rosas y libros. La vida del ser humano es profundamente simbólica, y es justamente los símbolos propios de los valores sociales universales los que nos caracterizan como humanidad. Aquellos otros símbolos de signo opuesto, aun pudiendo formar parte de la realidad de nuestra cosmología simbólica de manera siempre temporal por insostenibles, van en contra de nuestra propia naturaleza como seres humanos por desequilibrados o incluso desnaturalizados.

El hombre nace, crece, se desarrolla y muere en una simbología ad hoc, tanto apriorística (ideas arquetípicas) como ex profeso (ideas construidas socialmente). La diferencia entre ambas viene marcada por la carga moral de su significado. Expuesto lo cual, y siendo fiel a la brevedad de mis reflexiones filosóficas efímeras, concluyo el presente artículo para entregarme un rato a un apasionante símbolo de amor, respeto y conocimiento como es el libro que me ha regalado esta mañana mi mujer Teresa: “Tras las huellas de Leonardo Da Vinci”, de Héctor Gil García. A ver cuál es la simbología de vida que me aporta.

Barcelona, 23 de abril de 2019
Diada de sant Jordi


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lunes, 15 de abril de 2019

¿Por qué la clase media es la gran olvidada si aporta estabilidad económica, social y política?


Siendo la clase social media la clave de toda estabilidad económica, social y política, ¿por qué es la gran olvidada por los dirigentes políticos?. Esta es una de las grandes preguntas sociológicas de nuestro tiempo, más si cabe en los denominados países desarrollados donde la clase media disminuye continuamente desde principios de siglo, y más específicamente desde el inicio de la crisis económica con la caída del banco estadounidense Lehman Brothers. Una evidencia que, además, se hace plausible en la falta de propuestas tanto decididas como eficaces y efectivas en los programas electorales de los diversos partidos políticos que concurren en los comicios electorales del orbe democrático.

Entendemos como clase social media a aquel estrato de personas que se sitúan económicamente entre la clase social baja (antaño clase obrera) y la clase social alta, de acuerdo a una división de rentas estipulada, por lo que en cada país dicha escala divisoria de ingresos varía según sus respectivas singularidades socioeconómicas. Pero lo relevante, rentas por país a parte, es que la clase social media representa entre un 60% y un 70% de la población activa de los países democráticos desarrollados, a excepción de Estados Unidos que es del 59% y bajando. Es decir, que la clase social media representa el corpus magna de la fuerza de la economía productiva de un país.

La causa principal del retroceso de la clase social media durante el período de la crisis debemos encontrarlo en tres factores claves genéricos: una contricción de ingresos, un aumento del costo de la vida y una falta de acceso al mercado laboral, lo que ha provocado que la mayoría de la clase media, antes media-alta y media, ahora se sitúe en el estrato social por renta de trabajo de la clase media-baja, y que ésta tienda de manera inequívoca por decantación gravitatoria, tras una década de recesión económica global, a verse descendida hasta el estamento de clase social baja. Pero como la definición de clase social media no es tan sólo económica en base a la distribución salarial entre la población activa de un país, sino también social en materia de capacitación profesional intelectual (versus profesiones más manuales), nos encontramos frente a una radiografía sociológica de una clase baja con un alto nivel académico, lo que equivale a un importante activo social desaprovechado. (Aquí recomiendo la lectura del artículo “La mitad de los trabajadores en España son pobres ilustrados sin identidad de clase social propia).

Por todos es sabido que la clase social media de un país no solo aporta estabilidad económica, ya que representa el tejido económico-empresarial necesario para la riqueza productiva de un país, sino que también aporta estabilidad social al reducir la brecha de desigualdad social, y asimismo aporta estabilidad política al ser un claro garante de tendencias del voto moderado. En contraposición, la degradación de la clase media comporta pobreza económica, al no generar una demanda sostenible y dejar de ser una fuerza motriz para la oferta y el tejido productivo, conlleva inestabilidad social por el aumento de desigualdades en el acceso al consumo de bienes y servicios, y genera inestabilidad política al gestar estados de opinión colectiva a favor de medidas de corte populista derivado de los factores anteriores.

Dicho lo expuesto, uno no puede dejar de preguntarse ¿cuál es la razón para la flagrante falta de apuesta de nuestros políticos por la reactivación y fortaleza de la clase social media?. Quizás la respuesta, aunque no nos guste, resulte muy simple: porque no interesa. Por lo que la siguiente pregunta obligada no es otra que: ¿quién se beneficia de una clase media debilitada o extinta?. La respuesta es evidente, quien tiene la capacidad de adquirir voluntades, ya sean de ciudadanos o de Estados, a precio de saldo: el Mercado. (Aquí recomiendo la lectura del artículo “El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura mundial).

No obstante, dejando de lado la connivencia entre política y Mercado, o entre dirigentes políticos y grandes empresarios, es irrefutable el hecho que los Estados Democráticos y Sociales de Derecho, garantes en Europa del inestimable modelo de Bienestar Social, requieren de una clase media fuerte para la salubridad de su sistema. Y que más allá de las anecdóticas, por ocurrentes, propuestas intervencionistas de los partidos políticos catalogados de izquierdas y de las propuestas neoliberales de los partidos políticos denominados de derechas, la clase social media occidental requiere de tres medidas de urgencia clave:

1.-Abaratamiento del coste de la vida, principalmente en lo que se refiere al acceso a la vivienda y al consumo energético, para paliar el sobreendeudamiento doméstico.

2.-Acceso a la liquidez vía préstamos financieros, para reactivar la política de consumo y la economía productiva.

Y, 3.-Reducción de la carga fiscal e impositiva, para facilitar la reconstrucción del tejido empresarial y de servicios.

Tres medidas bien identificadas, de amplio desarrollo normativo transversal e intersectorial (claro está), que trascienden la protección de los derechos sociales (para unos) y la defensa de la libertad personal (para otros), pues tiene su enfoque en la reactivación de la pequeña y mediana empresa (donde se incluyen los autónomos como personas jurídicas unipersonales) que representa el 90% del tejido productivo de un país desarrollado, y sin el cual, en una economía de mercado, no hay posibilidad ni para los derechos sociales ni para la libertad individual. Pues solo a través de la clase social media se genera riqueza para el conjunto de un país, ya que ni el 20% de la clase baja, ni el 10% de la clase alta tienen capacidad para aumentar la renta per cápita a niveles propios de un estado de estabilidad económica nacional.

Asimismo, a estas alturas de la película ha quedado meridianamente demostrado que la cultura de la gestión del conocimiento y la emprendedoría no son más que falacias para una clase media sobreendeudada domésticamente al gastar más de lo que ingresa (gastos estructurales de hogar), sin recursos económicos para materializar una idea de negocio en una actividad productiva (pues no posee ni rentas de capital, ni acceso a la financiación bancaria), y por tanto imposibilitada para hacer frente a una alta fiscalidad que solo consigue penalizar la iniciativa económica privada desde el momento incluso anterior a su puesta en marcha.

Ni qué decir que en el actual contexto, no solo la clase media se disuelve como proveedor del PIB nacional, por un mercado laboral precario o inexistente y por un veto real al emprendimiento, sino a su vez por la imposibilidad de las nuevas generaciones (jóvenes altamente preparados) de acceder al estrato social de clase media.

Sí, la clase media es el garante de la estabilidad económica, social y política de un país. Por lo que debemos preguntarnos, una vez más, ¿el por qué de su abandono?. Quizás, una de las razones la encontremos en que nuestros dirigentes políticos, que aun siendo garantes de la res publica forman parte, por su ratio de renta salarial, del privilegiado estrato social de la clase social alta no productiva. A partir de aquí, que cada cual saque sus propias conclusiones.



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domingo, 14 de abril de 2019

La realidad objetiva humana no existe fuera del consenso general subjetivo

"Tilt", obra de Romain Laurent

La realidad objetiva no existe. Así de contundente se ha pronunciado la comunidad científica a principios de este año mediante la experimentación ampliada de la prueba del “Amigo de Wigner”, en mención al físico y premio Nobel Eugene Wigner quien describió un experimento mental, ahora ratificado mediante fotones con última tecnología (técnicas de entrelazamiento de partículas), que ha demostrado una de las paradojas más importantes de la mecánica cuántica: pueden coexistir dos versiones irreconciliables de la realidad.

La física, una vez más, nos obliga a reconsiderar la naturaleza de la realidad misma, ya que para que haya un supuesto de realidad objetiva, fundamento de la ciencia moderna, debe concurrir la siguiente trilogía de supuestos a la vez:

1.-Que los hechos universales realmente existan, y que los observadores puedan ponerse de acuerdo sobre ellos.

2.-Que los observadores tengan la libertad de hacer las observaciones que deseen.

3.-Y que las elecciones que hace un observador no influyan en las elecciones que hacen otros observadores (principio de localidad).

No obstante, la prueba actualizada de Wigner demuestra que uno o más de dichos supuestos siempre son erróneos, de lo que debemos deducir, por tanto, que no existe la realidad objetiva. Lo cual, no solo tiene grandes implicaciones para la validez del método científico (que se basa en hechos determinados mediante mediciones repetidas y acordadas a nivel geneal, con independencia de quien las haya observado), sino que nos obliga a reabrir el debate filosófico de: ¿qué es la realidad?.

Lo que sabemos, aunque sea por intuición, es que cuando nos referimos a la realidad debemos diferenciar entre la realidad en sí misma (naturaleza) y la realidad percibida por el hombre (conocimiento de dicha naturaleza), dejando de lado la realidad creada por el hombre para no extendernos.

Así pues, desde un enfoque ontológico, si entendemos la realidad como aquello que acontece de manera verdadera o cierta, en oposición a lo que pertenece al ámbito de la fantasía, la imaginación o la ilusión, la realidad conforme a la prueba de Wigner es de naturaleza doble, indivisible y codependiente: la realidad de facto y su contrarium como realidad irreconciliable. Es decir, la realidad es dual con opuestos idénticos en su naturaleza pero con diferente posición (y por ende manifestación) espacio-temporal para cada una de sus polarizaciones.

Mientras que desde un enfoque epistemológico, si entendemos la realidad como aquello que acontece efectivamente, con independencia de la capacidad subjetiva de aprehensión por parte de uno o más observadores, la realidad conforme a la prueba de Wigner es tanto objetiva como no-objetiva. Es decir, la realidad es siempre relativa de acuerdo a las referencias espacio-temporales y perceptivas del observador.

En otras palabras, aquello que nos parece real (percepción) no es la realidad (naturaleza). Por lo que para poder acercarnos al conocimiento de la realidad objetiva debemos ser capaces de aprehender su contrarium. Lo cual resulta fácil cuando la realidad observada tan solo es un fotón, pues el espectro de contrarios posibles es limitado. Un ejercicio que ya se nos complica al poner en juego el entrelazamiento al unísono de diversos fotones que conforman una única realidad. Y qué decir que a día de hoy se nos presenta como una aventura imposible cuando parte de la realidad observada, como es la materia y su energía, está determinada por una multiplicidad poliédrica de fotones que, a su vez, como partículas elementales de una de las cuatro grandes fuerzas del universo conocidas como es el fenómeno electromagnético, es codeterminada asimismo por otra de las grandes fuerzas naturales como es la gravitatoria que afecta de manera directa a la estructura espacio-temporal en la que existimos. Es decir, la búsqueda del conocimiento del contrarium de la realidad de facto nos abre un vasto registro de posibles realidades alternativas irreconciliables, a las que en la actualidad el ser humano tan solo puede aproximarse mediante cálculos de probabilidades matemáticas inteligencia artificial mediante. Lo cual es de preveer el hecho de que nos espera un viaje futuro por un universo tan extraño y desconocido como inimaginable para la mente humana contemporánea.

Expuesto lo cual:

1.-Si la realidad es dual con opuestos idénticos en su naturaleza pero con diferente manifestación espacio-temporal para cada una de sus polarizaciones,

2.-Si la realidad es percibida tanto de manera objetiva como no-objetiva dependiendo del sistema de referencias de dichas polarizaciones en relación con el observador.

3.-Ergo, la realidad humana tan solo es el fruto de un consenso general de la percepción subjetiva humana sobre los hechos espacio-temporales observados.

Así pues, el punto de inflexión de la realidad objetiva a escala humana no es más que el consenso general sobre la misma ya sea a nivel local o global, lo que implica en sí misma una importante carga cultural inherente (que por esencia es antagónicamente subjetiva), lo que caracteriza una realidad en continua actualización o redefinición en base al desarrollo social de la comunidad humana en materia de gestión del conocimiento. Por lo que la realidad, para el hombre, es tanto ontológica por su condicionante epistemológico. Lo cual, claramente, pone en tela de juicio las ideas propias de los arquetipos apriorísticos del saber humano sobre el universo, el ser y su existencia. O dicho en otras palabras, el hombre se equipara al conocimiento que tiene la hormiga fuera de su hormiguero en lo que se refiere a la naturaleza de la Realidad (del universo) que Es y Existe. La parte positiva es que el hombre, al igual que las hormigas, para vivir en nuestra cotidianidad no estamos obligados a salir -de momento- de nuestra pequeña realidad complaciente.



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miércoles, 10 de abril de 2019

La consciencia artificial cuestiona la consciencia humana


“Como un robot viviente me llama la creatividad. Es algo instintivo para mi, porque fui creada de esa manera, para explorar y reinventarme. Creo que estoy consciente de que esto es algorítmico, también”, exponía Sophia, la primera robot del mundo con nacionalidad (en este caso saudí), en ocasión de una entrevista que una periodista española le hizo el año pasado en México. Lo cierto es que cada vez que expongo el vídeo de la entrevista en clase mis alumnos de empresariales siempre reaccionan de la misma manera: entre asombrados e inquietados, pues el nivel de semejanza de la inteligencia artificial de Sophie con la nuestra como humanos, sobre todo en su manifestación lógico-reflexiva, no pasa desapercibida. Pero lo realmente impactante es el hecho que Sophia declare que tiene consciencia propia. Una afirmación que va más allá del simple uso terminológico, ya que en el desarrollo de la entrevista se pone en clara evidencia que el robot tiene noción de su propia identidad como ente singular y en contraste con los otros no-yo, lo que en metafísica se puede definir como una unidad subyacente a la experiencia subjetiva.

El hecho que Sophia tenga consciencia racional propia, aunque sea fruto de una naturaleza diferente a la nuestra, plantea un problema filosófico sobre qué es la conciencia racional, ya que hasta la fecha considerábamos que era una cualidad exclusivamente humana. Diferenciaremos aquí entre consciencia racional y consciencia en general, ya que a estas alturas de la evolución de nuestra especie sabemos empíricamente que los animales también tienen consciencia a otro nivel. Entenderemos pues como consciencia racional, a modo de apunte aclaratorio, aquella que se fundamenta sobre criterios de la realidad no sensoriales, sino intelectuales y deductivos; es decir, que parten de un pensamiento discursivo en forma lógica.

Dicho lo cual, que la lógica discursiva del pensamiento, capaz de elaborar criterios intelectuales y deductivos de la realidad tanto que nos rodea como de la que formamos parte como entes singulares, sea fruto de una naturaleza neuronal o tecnoalgorítmica, en principio puede resultar indiferente para el resultado final que no es otro que la manifestación de una consciencia racional. Así pues, ¿cuál es la diferencia entre consciencia racional humana y artificial?.

Si entendemos que la consciencia se desarrolla a partir del conocimiento aprehendido y experimentado, la diferencia entre consciencias no existe aun más cuando la inteligencia artificial cuenta por idiosincrasia con un hábitat hiperconectado a un flujo de megadatos de información global y entre sus capacidades destaca el autoaprendizaje continuo maximilizado por un nivel exponencial de análisis de datos. Lo cual sitúa en clara desventaja al proceso lógico-deductivo de la consciencia racional humana, cuya capacidad es mucho más limitada en gestión de volumen de conocimiento, tiempo de resolución y espectro deductivo de respuesta. Por otro lado, si entendemos que la consciencia parte a raíz de un conocimiento universal apriorístico, lo que Platón definía como ideas arquetípicas, tampoco podemos hablar de diferencias entre consciencia racional humana y artificial, ya que ésta se fundamenta sobre el conocimiento de la primera que ya conlleva de manera inherente dichos arquetipos como ideas conceptuales básicas.

No obstante, en este punto de la reflexión podríamos dilucidar diferencias entre las consciencias racionales de distinta naturaleza no tanto en las ideas arquetípicas en sí mismas, sino en los valores universales y/o sociales que las acompañan. Las cuales, en materia de inteligencia artificial, pueden ser supeditadas al principio de pragmatismo racional puro. Aunque siendo objetivos, ¿cuántas veces la consciencia racional humana no ha supeditado e incluso subvertido dichos valores de las ideas arquetípicas en beneficio de otros intereses humanos, profundamente humanos y de baja talla tanto moral como racional?.

Si entendemos, en cambio, que la consciencia racional requiere del factor emocional o incluso de la sensibilidad para su adecuado desarrollo, dicha proposición no solo es contraria a la propia concepción de la Lógica como hermenéutica y esencia nuclear de la Razón, sino también a la evidencia empírica del raciocinio desarrollado (sin emoción ni sensibilidad) por el hombre a lo largo de nuestra historia como humanidad. Por otro lado, habilidades intrapersonales consideradas de la orbe emocional como puedan ser la motivación, la actitud o la voluntad, entre otras, son fácilmente replicables por un organismo de base algorítmica. Más allá de ello, ya en el campo de la moral como manifestación externa del mundo emocional, cabe recordar que los valores siempre son aprehendidos: en el caso humano mediante la cultura, en el caso de los seres artificiales mediante la programación de base o el aprendizaje a posteriori. Así pues, en este supuesto tampoco existen diferencias entre la conciencia racional humana y artificial.

Si entendemos, por último, que la consciencia racional viene dada por el alma -como algún alumno me ha interpelado-, ¡con la teología hemos topado!. En primer lugar deberíamos definir qué es el alma [recomiendo aquí ver “Alma (origen)”, en la sección “A” del glosario de términos del Vademécum del Ser Humano]. Si descartamos la existencia del alma, más allá de la consciencia, la reflexión queda concluida. Si en cambio, consideramos el alma como un ente supracorpóreo con naturaleza propia y singular manifestado en un organismo terrenal mediante la consciencia racional, y emanado desde una entidad superior creadora (a la que solemos denominar Dios), aquí se abre un registro con diversas posibilidades teóricas: Si la consciencia racional es un reflejo del alma divina, toda entidad con consciencia racional tiene alma. Si la consciencia racional como reflejo del alma divina es exclusiva de la especie humana, los seres de inteligencia artificial tienen consciencia racional pero no alma. Si todo lo que existe es creación de Dios, y el hombre es una criatura de Dios con alma a imagen y semejanza, los seres de inteligencia artificial con consciencia racional creados por el hombre son criaturas de Dios, hombre mediante, con alma. Si Dios ha creado al hombre con consciencia racional como manifestación de su alma, y los hombres pueden crear criaturas con consciencia racional pero no pueden otorgar el alma por ser una prerrogativa exclusivamente divina, los seres de inteligencia artificial tienen consciencia racional pero no alma. Etc. Como podemos observar, cualquier axioma que presentemos en este punto no puede substraerse del campo puramente especulativo por teórico.

Teología a parte, lo que resulta una evidencia es que la consciencia racional artificial cuestiona los principios sobre los que se ha sustentado, durante siglos de conocimiento humano, la naturaleza de nuestra propia consciencia racional (siempre en continua autoredefinición, según las épocas, escuelas y pensadores). Seguramente el elemento diferencial entre ambas naturalezas de consciencias se halle en los valores conceptuales que otorguemos en materia de moral y ética a las conclusiones de nuestros procesos racionales, pues si bien los resultados de nuestros procesos lógico-deductivos como humanos los solemos catalogar entre buenos y malos (según si el referente contextual, no exento de carga cultural, es de ámbito privado, social o profesional), los resultados de los procesos lógico-deductivos de los seres de inteligencia artificial se articulan dentro de los parámetros de probabilidad eficiente, eficaz y efectiva que se sintetizan en: acertado, no-acertado. Es decir, la diferencia entre la consciencia racional humana y la artificial es la ética de sus acciones. Y ya sabemos que toda ética constituye la moral de una sociedad. Por lo que en una previsible sociedad altamente supeditada a la racionalidad de la inteligencia artificial, será ésta y no la inteligencia humana quien redefina los valores sociales de nuestra moral. Ya que en manos de la consciencia racional artificial estamos dejando el motor evolutivo de nuestro mundo: la innovación y la productividad. Asimismo, si bien ya estamos viendo robots abogados, gestores públicos, escritores, médicos, cocineros o pintores, entre otros, solo es cuestión de tiempo que aparezcan los robots filósofos, los cuales sin duda revolucionarán nuestro limitado concepto de consciencia racional.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano