jueves, 21 de febrero de 2019

Vivimos en la Sociedad de la Posverdad donde solo importa la mentira que impera


La búsqueda de la verdad, como razón última del hombre pensante, se muestra hoy más que nunca ya no solo como una empresa esquiva sino incluso de alto riesgo, por incómoda y por virar a contra corriente. Los hombres siempre habíamos creído que la información, confundiéndola ingenuamente con el conocimiento, nos haría libres como individuos y sociedad. Pero lo cierto es que la ecuación social no ha dado el resultado esperado. En una era en que la tecnología, a través de las redes sociales, nos provee de información a tiempo real las veinticuatro horas del día a lo largo de los trescientos sesenta y cinco días que tiene un año, dicho flujo ingente de información más que liberarnos ha provocado el efecto contrario al privarnos de libertad individual y social, por manipulación directa del libre pensamiento.

Vivimos unos tiempos en que el uso y la gestión social de la información ha sido viciada de raíz, en la práctica, por la condición humana, alterando cualquier resultado esperado y anhelado en un ejercicio teórico de desarrollo de libertad humana trascendental mediante la sociabilización del libre acceso a la información. La naturaleza codiciosa del hombre no se ha podido resistir. Y en lugar de utilizar la libre información como vía de acceso hacia la libertad individual y social, la hemos convertido en el medio por excelencia de control y manipulación de las masas. En otras palabras: he aquí que hemos creado la Sociedad de la Posverdad, que no es más -y no por ello es menos- que la distorsión deliberada de la realidad con el fin de modelar la opinión colectiva e influir en las actitudes sociales, despreciando cualquier hecho objetivo (fundamento de la razón del Principio de Realidad) que contradiga un intencionado imaginario construido sobre falsas creencias y promovido desde la exhortación emocional.

La Sociedad de la Posverdad es de tal perniciosidad para el ser humano que no solo es capaz de atentar contra la lógica matemática, pudiendo hacer creer al individuo que dos más dos tiene cualquier otro resultado a excepción de cuatro, sino que atenta directamente contra los procesos básicos de la lógica del razonamiento humano, llegando incluso a hacer creer a una persona o colectivo, por ejemplo, que una dictadura es una democracia y a la inversa.

Lo que es evidente es que la Sociedad de la Posverdad, si bien tiene su origen en las conductas humanas más reprobables moralmente, ha encontrado en las redes sociales de base tecnológica su hábitat de crecimiento y desarrollo óptimo. Pues la libre accesibilidad, la hiperconectividad, la fácil publicación, el alto volumen de tráfico de datos, y el posible anonimato en las redes sociales permite la divulgación impune de cualquier tipo de información que tenga como objetivo influir en el pensamiento, la conducta y la toma de decisiones de las personas, con independencia de que la información sea verídica o falsa. Un hecho que tanto personas a títuo individual como grupos organizados bajo la apariencia de ciberejércitos (los conocidos como bots y trolls) lo aprovechan para generar noticias falsas (fake news) o informaciones imprecisas, incorrectas o exageradas para manipular, influir y controlar la opinión colectiva sobre un sujeto en particular o una realidad concreta. De hecho, ya se vislumbra en el horizonte inmediato el uso de inteligencia artificial, como es el caso de los algoritmos GPT2, capaces de crear textos informativos falsos sobre cualquier tema con una apariencia plausible de veracidad. Y todo ello potenciado y cerrando el círculo por la industria tecnológica cuyas aplicaciones tecnológicas de redes sociales se desarrollan, para beneficio comercial propio, sobre la base de la denominada psicología persuasiva que tiene como objetivo crear un nivel de adicción a sus miembros equiparable a la zombificación. Un verdadero atentado directo contra la libertad de pensamiento (pues se consumen paquetes de estado de opinión precocinados expresamente) y contra la salud mental de las personas (por la generación de patologías derivadas del comportamiento adictivo que afecta directamente a la autoestima individual), además de representar un peligro real tanto para la sociedad en general (que es objeto de manipulación), como para la Democracia en particular (por su afección directa en la influencia partidista sobre los comicios electorales, entre otros).

Y es que en la Sociedad de la Posverdad hemos convertido al ciudadano de a pie en un consumidor compulsivo-obsesivo de datos de información (muchas veces sin traspasar el umbral de los titulares amañados para mayor manipulación de los consumidores), incapaz de verificar la veracidad o falsedad de la información consumida por el alto volumen de datos bombardeados a los que se ve sometido, en una perfecta y orquestada operación de control mental colectiva por parte de los hacedores de las informaciones interesadas que corren por las redes sociales. Por lo que en la Sociedad de la Posverdad en la que vivimos, no importa tanto la verdad del hecho como el relato de la mentira que impera por imposición masiva de recursos comunicativos. Hasta tal punto que la era de la Posverdad contemporánea, ampliamente explotada hasta la saciedad por grupos de interés políticos y económicos, se ha transformado velozmente y sin darnos cuenta en una verdadera era de la Supramentira.

Malos tiempos corren para la verdad (como substancia del Principio de Realidad) y sus partidarios, pues éstos son tachados de radicales e insociables, e incluso pueden ser perseguidos o sufrir la agónica muerte pública de su reputación personal en el peor de los casos, cuando se enfrentan aun por oposición pasiva a la mentira instaurada socialmente.

La Posverdad es una gran araña mentirosa cuya trampa para sus víctimas teje con los hilos de las redes sociales, en la que nadie está a salvo y todo el mundo queda expuesto, algunos más inconscientes que otros. Pues hoy en día sociedad y redes sociales son conceptos orgánicos sinónimos, sin que podamos diferenciar quién tiene mayor ascendencia sobre la otra. Ante esta tesitura, solo resta esforzarse con empeñado esmero en mantenerse cuerdo sobre la firme convicción de que es el hombre como ser racional y libre pensador quien controla las redes sociales, y no éstas al hombre como individuo, ser social y ciudadano. En ello nos jugamos nuestra libertad personal, nuestra salud mental, y nuestro concepto de Democracia como sistema de organización social.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano