martes, 26 de febrero de 2019

Los influencers, el desalentador polígrafo de la sociedad

"El Cejas", influencer español

Si de algo sirven las redes sociales, además de zombificar al ciudadano de a pie para mayor manipulación de los grupos de opinión, es para disponer de una radiografía a tiempo real de las pulsaciones vitales de la sociedad. Y de entre los diversos indicadores sociales de las redes sociales, si tuviéramos que elegir uno como polígrafo del nivel cultural -y por extensión intelectual- de la sociedad, éste no sería otro que los llamados influencers (también conocidos como youtubers o instagramers, entre otros, según el medio de internet al uso): personas referentes de un comportamiento conductual de moda que cuentan con un volumen ingente de ciberseguidores. Un fenómeno social equiparable a los nuevos héroes del pueblo elegidos por sufragio universal y mediante un sistema de democracia directa en un entorno digital, móvil en mano.

Lo interesante del fenómeno es observar el perfil conductual de la mayoría de éstos nuevos héroes sociales que, salvando alguna notable excepción, se caracterizan por personificar un arquetipo común: bajo nivel cultural y carencia de valores sociales elevados. Por decirlo de alguna manera, éstos héroes contemporáneos representan el antiUlises, renegando de cualquier Odisea que les requiera esfuerzo de superación alguno para alcanzar la meritoria inmortalidad de la fama, limitándose a exponer sus sandeces entre postureos sin ni siquiera despeinarse frente a una cámara con conexión a internet. Si Homero viviera en la actualidad concluiría su epopeya en un solo canto, en lugar de los 24 que componen su obra de referencia junto con la Ilíada.

Lo cierto es que el fenómeno de los influencers como reflejo de los valores que priman en nuestra sociedad, por laureados, resulta desalentador. Pero no nos debe extrañar en un tiempo en que el contraste de pensamientos -ya que no me atrevo ni a mencionar el debate (como arte mayor) o la tertulia (como arte menor)-, destaca por su ausencia. Los ambientes sociales para el intercambio de ideas que enriquecen el conocimiento es un lujo escaso en nuestra sociedad. Y la causa no es otra que el hecho contrastado de que el hombre contemporáneo ha dejado de pensar, para simplemente consumir datos a modo de informaciones prepaquetizadas (mayoritariamente visuales). Es decir, los cajones de las opiniones y de los criterios propios del ciudadano medio están vacíos, así como los destinados a la cultura general. En su lugar, solo hay cabida para relatos de experiencias emocionales efímeras, que solo tienen como objetivo entretener a propios y ajenos, y para vociferar eslóganes publicitarios, más o menos dogmáticos, en un diálogo de sordos en el que el Yo individual se regocija como un narciso frente al reflejo de su propia imagen en el espejo de su monólogo. La opinión de contraste del otro ni se la espera, ni importa.

Las causas sociológicas tanto del nuevo arquetipo de héroe contemporáneo, como del hombre medio no pensante actual como promotor activo del primero, son variadas, si bien cabe destacar tres claramente identificadas: la promoción de la cultura hedonista en las sociedades de libre consumo, la hegemonía de las redes sociales como medio de comunicación normalizado, y el enaltecimiento de la tecnología como materia educativa en detrimento de las humanidades. De ésta trilogía podemos extraer sin mayor dificultad la visión diáfana de que la primera incide sobre los valores sociales, la segunda incide sobre las relaciones interpersonales, y la tercera incide sobre los cimientos de la cultura. Tres factores, como elementos estructurales de nuestra sociedad, que se retroalimentan entre sí.

Pero la reflexión sobre los influencers, como revelado en negativo de la sociedad, pasa a castaño oscuro cuando nos referimos a los valores sociales que representan y promulgan, pues a nadie se le escapa que dicho fenómeno sociológico representa la normalización de alcanzar el éxito social sin necesidad de talento alguno. Lo cual atenta contra los principios básicos de cualquier sociedad saludable que se precie como son la meritocracia, la cultura del esfuerzo, la preparación académica y/o el nivel intelectual, e incluso la corrección de modales propio de una buena educación. ¡Todo unas joyas, vamos!. Un despropósito que, por otro lado, no tendría ascendencia alguna sobre el conjunto de la sociedad si no gozaran de cobertura por parte de marcas comerciales multisectoriales, entre ellos programas televisivos de entretenimiento, que pautan con plena impunidad las tendencias de moda y por extensión los hábitos de comportamiento -para beneficio exclusivo de sus balances económicos- en nuestra sociedad de consumo cada vez más capitalista y menos humanista.

Sí, enséñame qué influencers destacan y te diré qué sociedad estás construyendo. Un escenario cuyo punto de fuga señala un horizonte social nada atractivo por su presumible futura mala calidad. Pues todo futuro se crea a partir del presente, incluido los pilares fundamentales de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho del mañana. ¿O a caso nos creemos que los resortes de un Estado, como estructura organizativa de una sociedad, son impermeables a los valores sociales que imperan dentro de la misma?. Así pues, más vale que comencemos a cambiar el modelo de héroe. Y ya puestos, no estaría de más volver la mirada hacia la buena influencia de los clásicos como fuente inspiradora de nuestra civilización humanista. Más Ulises, por favor, y menos influencers de medio pelo.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano