lunes, 4 de febrero de 2019

La sociedad fomenta vicios cuya adicción menoscaba la libre voluntad del individuo


La mayoría de los mortales tenemos en nuestro haber algún tipo de vicio entendido como adicción, sin entrar en materia moral. Los más comunes se refieren al ámbito del juego, la bebida y el tabaco, aunque también los hay tan antiguos como la humanidad como es el caso de la adicción al sexo, o de reciente incorporación sociológica como son los comportamientos viciados con respecto a la televisión, al tabajo (trabajólico), a la estética (dismorfofobia), al deporte (vigorexia), a las nuevas tecnologías (tecnofilia), a los móviles (nomofobia), o al omnipresente internet, entre tantos otros de una lista interminable.

El vicio surge del capricho personal en adquirir, aunque sea inconscientemente, un hábito insalubre. Pero una vez que el vicio se convierte en dependencia (de la persona con respecto al objeto del vicio), éste deja de ser un capricho para transformarse en una alteración mental más propia de la órbita de las patologías. No obstante, sobre el vicio distingo tres estadios bien diferentes: la raíz del vicio, la esencia del vicio, y la substancia del vicio.

1.-Raíz del vicio
Es curioso observar como el vicio, en su estado natural de capricho personal en adquirir un mal hábito (por perjudicial para el equilibrio psicoemocional de la persona), surge como efecto directo de un refuerzo social que empuja a entregarse a dicho vicio, en su amplio espectro fenomenológico. Un refuerzo o fomento social hacia la tendencia viciosa que puede ser tanto de carácter positivo como negativo en sí mismo (desde la percepción de la misma sociedad). En este sentido, entenderemos como refuerzo social positivo al vicio todo aquel que precede de tendencias conductuales de moda, como es el uso indiscriminado del móvil en la vida diaria, el uso desmesurado de la cirugía estética vinculado a los cánones de belleza principalmente femeninos, o el hábito de fumar y beber como comportamiento cultural de reafirmación del género masculino. Mientras que entenderemos como refuerzo social negativo al vicio toda aquella tendencia normalizada socialmente que permite a la persona empujarse hacia un vicio como fuga de escape de una penosa carga existencial propia, tal como es la conducta de entregarse sin medida a la televisión para no pensar, o de entregarse a la bebida desmesurada para olvidar, entre otros malos hábitos.

2.-Esencia del vicio
Pero, determinismos socioculturales a parte, si tuviéramos que caracterizar la esencia del vicio en su naturaleza pura podríamos definirla perfectamente como un comportamiento generalmente persistente en la búsqueda de la sensación del placer (como estado de recompensa), y el confort personal (como estado de alivio) a inmediato y corto plazo. Un comportamiento que, por otro lado, nos resulta humano, profundamente humano.

3.-Substancia del vicio
El problema, como todos sabemos, es cuando el vicio implica una incapacidad personal de controlar la conducta propia. Que es justamente cuando la esencia se materializa en substancia, siendo ésta caracterizada por generar dependencia y, en cuadros más agravados, estados de ansiedad propios del conocido síndrome de abstinencia. Llegados a éste punto, la persona pierde el control racional sobre su voluntad, siendo los deseos derivados de la adicción quien controla la vida del individuo y no al revés, y donde vicio y adicción se retroalimentan en un bucle sin fin aparente. En este caso se puede afirmar que la persona ha perdido su estatus de libertad personal, al encontrarse bajo los efectos de una alteración de conciencia, producido por desequilibrios tanto fisiológicos como psicoemocionales.

A la luz de la breve exposición de los tres estadios del vicio (raíz, esencia y substancia), podemos observar de manera clara y diáfana que el hombre, por ser un animal social, es un ser abocado al vicio, pues es la propia sociedad en la que se desarrolla el ser humano como individuo la que fomenta las conductas adictivas entre sus miembros a través de la cultura social imperante. Y aun más, si cabe, en una sociedad hedonista e hipercompetitiva como la contemporánea. Intentar separar el vicio del hombre es como intentar disociar a éste de su sociedad. Por lo que la pregunta no es si tenemos vicios o no, sino si éstos nos dominan o, por el contrario, nosotros los dominamos a ellos. Este es el quid de la cuestión, pues dependiendo de la respuesta podremos determinar el alcance de nuestra libertad individual como seres racionales con autocontrol sobre la voluntad propia. Pues no existe libertad personal en la voluntad del hombre que actúa sólo desde el impulso de los deseos, sino en la voluntad del hombre que actúa con lúcida consciencia racional más allá de los deseos. El hombre que tiene control sobre su voluntad no solo es libre, sino también fuerte, siendo la fortaleza de nuestra voluntad el único camino para la trascendencia personal del hombre libre.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano