sábado, 9 de febrero de 2019

En una era postgeocéntrica, la noción del Universo es un baño de realidad para el egocentrismo humano


Siempre me han fascinado los globos terráqueos. De hecho, me gusta contar con su compañía allí donde escribo, no solo por que los encuentro un elemento de decoración hermoso que simbiotiza con la estética de las librerías, sino porque me evocan tanto la vasta riqueza de nuestro planeta como la justa medida que nuestra especie ocupa en el cosmos. Y justamente sobre el cosmos poco sabemos, más que es tan grande que nos parece infinito (93 mil millones de años luz), y eso solo refiriéndonos a la porción del Universo observable, pues más allá del Universo que podemos observar existe otro Universo infinitamente mayor no observable. En resumidas cuentas, que nuestro bello planeta azul se asemeja a una mota de polvo en una vasta estora llena de galaxias, agujeros negros, quásares, púlsares, y otras estructuras a la que nuestra vista no puede alcanzar, dentro de un posible complejo sistema de multiverso o universos paralelos como apunta la famosa teoría de cuerdas, cuyo contacto gravitatorio entre los diversos universos existentes pueden dar lugar a nuevos Big Bangs que crean otros universos. Una locura.

Pero junto a la locura de la referencia de escalas dimensionales, cabe sumarle el sentido de fragilidad que como planeta nos produce los peligros del inmenso espacio exterior, como es el caso de la posible colisión de asteroides -de rabiosa actualidad en los medios de comunicación por la amenazadora aproximación de algunos notables entre su espécimen- cuyo irremediable envite puede provocarnos daños equiparables a la devastadora energía liberada por varias decenas de bombas atómicas explosionadas como la de Hiroshima, y a lo que el hombre moderno con toda nuestra tecnología poco o nada podemos remediar. El hito jaleado en el norteamericano film de Armagedón es, a día de hoy, todavía materia de ciencia ficción.

Está claro que tanto la noción dimensional del Universo, como la noción de su poderosa naturaleza incontrolable por desequilibrio de fuerzas opuestas, es un verdadero baño de realidad para el egocentrismo humano, que hasta hace bien poco nos creíamos no solo el centro del Universo, sino la razón de la existencia del mismo. Y en cambio, ahora ya somos conscientes que nuestro planeta es tan frágil como lo pueda ser un jarrón chino a la intemperie en plena granizada.

Dicho lo cual, uno no puede dejar de preguntarse, observando las ingentes hileras de libros de múltiples materias que acurrucan al globo terráqueo del despacho desde el que escribo, cuál sería el futuro de nuestro conocimiento -desarrollado como especie inteligente a lo largo de siglos de evolución- tras una posible aniquilación de la raza humana, al igual que le sucedió a los imponentes dinosaurios, por causas de fuerza externa mayor. Conscientes que nuestro saber es uno de los mayores orgullos del ser humano. La respuesta, aunque desoladora, es clara: el destino de nuestro conocimiento no sería otro que el de perderse en el abismo de la memoria de la historia del universo cual libro se consume para siempre jamás entre las llamas de una hoguera. Por lo que el hombre, con toda nuestra soberbia propia de seres autoconsiderados relevantes por especiales, nos convertiríamos en parte de la nada al ya no-ser en el vasto e indiferente Universo de energía y materia espacio-temporal.

No obstante, el mundo del conocimiento parte del mundo de las ideas, y entre éstas existen las ideas universales por apriorísticas de las que parten todas las demás, como arquetipos madre atemporales que dotan de substancia al mundo de las formas, tales son la idea de la justicia o la idea de la belleza, entre otras. La pregunta obligada es, por tanto, si las ideas universales apriorísticas perviven o no a la existencia de la especie humana. O, formulado de otra manera, si las ideas universales apriorísticas son de naturaleza precognitivas o postcognitivas. En el caso que fueran postcognitivas, queda claro que serían exclusivamente un producto neurológico humano por organizar la realidad perceptible, por lo que se desvanecerían con el propio ocaso del hombre. Mientras que si fueran precognitivas, significaría que son de naturaleza independiente al hombre. Si fuera tal el caso, formarían parte de la esencia de la naturaleza del propio Universo, cuya proposición nos conduciría seguramente hacia la hipótesis de una conciencia creadora, de la que participarían en mayor o menor medida consciente el resto de seres vivos del cosmos (porque a estas alturas, aunque sea por pura estadística, no nos vamos a creer que somos los únicos seres inteligentes que existen, ¿verdad?). No obstante, dicha proposición nos resulta en la actualidad imposible de refrendar por falta de una comparativa empírica con seres de otros mundos de igual o superior capacidad cognitiva, por lo que todo lo que se diga al respecto de las ideas universales apriorísticas por precognitivas son pura especulación intelectual.

Desde un punto de vista filosófico, todas las materias propias de la ontología (el Ser, y las relaciones de éste con lo que Es) resultaban más fácil de teorizar cuando teníamos un concepto etnocéntrico del Universo, pues tan solo necesitábamos de nuestra capacidad deductiva, inductiva e incluso intuitiva -humana, profundamente humana- para discurrir en la búsqueda de la noción de la verdad, aunque fuera falso, pues de mentiras autocreídas también vive el hombre (desde los presocráticos hasta los últimos filósofos de la mitad del siglo pasado). Pero ahora que sabemos más, sin ser ni mucho menos suficiente, de la indefinible e indeterminable naturaleza del Universo en el que habitamos desde nuestro planeta azul, se nos reabren muchas de las grandes cuestiones filosóficas con resultado de irresoluble solución, por falta de un conocimiento suficiente y certero para validar los procesos discursivos. Lo cual, por otro lado, amplía la caja de la filosofía en una nueva era postgeocéntrica.

Sí, la actual noción del Universo es un baño de realidad cosmológica para el limitado egocentrismo humano, lo que de una vez por todas nos debería hacer entrar en razón para ser más respetusos con nuestro propio planeta, e imbuirnos de un mayor espíritu de responsabilidad como organización social global en favor de un mundo más justo, equitativo y solidario. Pero bueno, conociéndonos, eso es igual que pedir peras al olmo para un ser cuyo centro de gravedad en su ombligo. Así que, desdramatizando los problemas propios y de la humanidad en su conjunto tras fijar la mirada reflexiva nuevamente en el globo terráqueo de la estantería de libros, continuo con mis quehaceres como minúsculo organismo del cosmos que se esfuerza, cada día un poco más, en intentar ser menos endogámico y más trascendental. Nota mental: cuando acabe el artículo me levantaré para mover la esfera terrestre unos centímetros estante adentro, no sea que al sacar el polvo con el plumero se caiga y pereceramos todos. Y un rezo en mi altar personal para que la furia de los dioses ancestrales que habitan más allá del Olimpo no se desate contra nosotros asteroides mediante.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano