lunes, 11 de febrero de 2019

¿Cuál es el origen del hombre?


Una de las preguntas más famosas de la filosofía es, sin lugar a dudas, ¿de dónde venimos los seres humanos?. Para las grandes culturas monoteístas (Judaísmo, Islamismo y Cristianismo), está claro: venimos de Adán y Eva, una pareja que tuvo como descendencia tres varones, primero Caín y Abel y, posteriormente tras el asesinato de Caín a Abel, un tercer hijo llamado Set. Según el relato bíblico del Génesis, la primera pareja de humanos fue creada por Dios, lo cual no esclarece cómo se creó la humanidad a partir de la segunda generación humana íntegramente masculina. No obstante, cuatro siglos antes el filósofo Platón, en su obra El Banquete, ya lo había resuelto a su manera: el ser humano fue creado por el padre de todos los dioses, Zeus, pero su creación no era hombre o mujer, sino las dos cosas al mismo tiempo denominado Androginia, un ser con dos caras, dos sexos opuestos, cuatro piernas y cuatro brazos, a imagen y semejanza de dos personas de género distinto unidos por la espalda, que luego el mismo Zeus separó. Pero fue su discípulo Aristóteles quien presentó una idea del origen del hombre más creíble al presentar vagamente la noción de la Scala Naturae o Cadena de los Seres, apuntando que el ser humano es una evolución ascendente de los organismos más simples hasta nuestra actual estructura biológica más compleja. Teoría que, sin lugar a dudas y tras ser recuperada por los renacentistas, culmina en la famosa Teoría de la Evolución de las Especies de Darwin, que actualmente se enseña en las escuelas.

No obstante, la actual teoría evolucionista que apunta que procedemos de los primates, también tiene sus vacíos. Destacaré tres de los más relevantes.

El primer gran vacío de la teoría evolucionista es el conocido como eslabón perdido, que si bien no se trata de un solo eslabón en una cadena lineal sino de muchos como partes de un arbol evolutivo muy ramificado, no es más que la carencia de un registro fósil o antropológico mediante la arqueología que conecte nuestra especie de manera directa con un homínido antepasado común.

El segundo gran vacío de la teoría evolucionista es la incongruencia en la línea temporal de la prehistoria humana, tal y como van demostrando los recientes descubrimientos arqueológicos. Uno, de tantos, de los ejemplos más recientes es la ciudad de la isla de Triquet, en Canadá, de hace 14.000 años, dos veces más antigua que la invención de la rueda y tres veces anterior a las pirámides de Egipto, y cuyos pobladores se cree pudieron llegar en barco a través de las costas desde Rusia. Cuando en teoría, según nuestra historia de la evolución humana, el hombre de la época (más conocido como Homo Heidelbergensis) aun vivía en cuevas, hacia uso del fuego y cazaba los últimos mamuts existentes hasta su extinción hace 10.000 años atrás, en plena era del mesolítico (entre el paleolítico y el neolítico). Sin contar con el fenómeno conocido como Diluvio Universal, recogido en las tradiciones de más de 12.000 culturas diferentes en todo el planeta (siendo el más conocido el relato bíblico de Noé), que se supone científicamente que tuvo lugar entre el 10.000 y el 6.000 antes de nuestra era, fecha a partir de la cual el ser humano tuvo que volver a partir prácticamente de cero desde un punto de vista evolutivo. Y que la arqueología contemporánea nos evidencia de civilizaciones avanzadas anteriores a dicha época, como son los diversos mapas antidiluvianos, previos a la historia escrita, como el de Piri Reis, de una precisión y un alto nivel de detalle cartográfico más propio de la edad moderna.

Y el tercer gran vacío de la teoría evolucionista es, sin lugar a dudas y con mayor fuerza si cabe, el misterio del adn humano que nos hace seres especialmente singulares con respecto al resto de seres animales del planeta, y en un periodo de tiempo evolutivo en muchos casos infinitamente menor al resto. Como dicen los genetistas, si algo existe de no natural en la naturaleza es, justamente, el ser humano. Una declaración de principios basada en descubrimientos epigenéticos como es, por ejemplo, nuestra área cerebral neurolinguística que nos posibilita el habla y su razonamiento simbólico, la cual parece haber aparecido en la biología del hombre de un día para otro, pues no hay evidencias de una evolución formativa previa. O el caso del genoma HAR1, único en el ser humano y que nos diferencia del adn del resto de animales, del que los científicos afirman que 500 o 600 millones de años de vida en la Tierra no es tiempo suficiente para haberlo hecho evolucionar intencionadamente. Pues, como decía uno de los padres de la estructura del adn, James D. Watson, nuestro genoma es un misterio equiparable a deshacer palabra por palabra la enciclopedia británica y lanzarlas todas al aire por separado para después dejarlas caer en el suelo, donde acabarían constituyendo de nuevo de manera lógica y ordenada la misma enciclopedia británica, un hecho en cuya ecuación no tiene cabida el azar.

Visto lo expuesto, resulta una evidencia -a la luz del conocimiento cada vez mayor en materia genética, antropológica e histórica- que el ser humano no sigue el patrón de la teoría de la evolución propia de la historia de la biología. Por lo que volvemos a la pregunta de la casilla de salida: ¿cuál es nuestro origen?. La respuesta nos presenta un trilema epicuriano:

1.-¿Procedemos de los primates, pero no encontramos prueba demostrativa definitoria?, entonces tenemos otro origen animal.

2.-¿Tenemos otro origen animal en nuestra línea cronológica evolutiva, pero ésta misma no se cumple como especie?, entonces procedemos de otras líneas cronohistóricas.

3.-¿Procedemos de otras líneas cronohistóricas, pero genéticamente tenemos un adn diferente al resto de seres animales?, entonces nuestro origen no es animal.

Lo que está claro es que toda singularidad, como el ser humano, tiene un principio u origen. Cuyo misterio, en gran medida, responde a la naturaleza de nuestra propia evolución como especie. Del trilema presentado, cuyas opciones son contradictorias entre sí, personalmente abogo por la última proposición. Pues la mano invisible de una voluntad que interviene de manera intencionada en la estructura nuclear de la biología humana, a través del diseño de nuestro adn diferencial, ha dejado de ser mera intuición para convertirse en una realidad científicamente demostrada. Por lo que podemos afirmar, sin ningún atisbo de duda, que el origen del hombre no es de este mundo, aunque se haya podido contar con material biológico de base de nuestro planeta.

Llegados a éste punto, la pregunta de obligada formulación no es otra que cuestionarnos quién nos ha creado. Para nuestros ancestros potsdiluvianos, no hay más respuesta que Dios en sus múltiples formas culturales. Pero, ¿podría ser nuestro creador un ente inteligente superior a nuestra especie, sin que cumpla con las características divinas de un dios arquetípico tal y como lo concebimos mitológica y religiosamente?. (Un pensamiento nada descabellado en una era en que la ingeniería genética humana, sobre nosotros mismos y otros seres tanto animales como vegetales, forma parte de nuestra realidad diaria). Y si fuera así y nuestro origen no partiese de ningún Dios, ¿quién habría creado a esos seres creadores de nuestra especie humana? O, en otras palabras, ¿cuál es su Dios?. Y, en todo caso, ¿dichos seres mantienen algún tipo de tutelaje con su creación, nosotros los hombres?, y ¿es el ser humano una creación a imagen y semejanza de sus creadores?. Como vemos, la exposición de suma de historias posibles resulta tan compleja como adentrarnos en la irresoluble materia del multiverso. Solo queda esperar a que un día nos sea revelada la verdad, y que llegado el momento estemos mentalmente preparados para recibirla. Pues la verdad, a veces, puede ser como una gran luz abrasadora. Por el momento, ya tenemos más que suficiente por comenzar a integrar la idea de que el hombre no es producto de la naturaleza.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano