martes, 5 de febrero de 2019

Allí donde se ilumina el Fundamentalismo se apaga la Razón, y se involuciona socialmente


Si alguien entre los presentes (lectores) cogiera un libro cualquiera, incluso el de mayor predilección personal, y afirmase que todos debemos someternos a su relato como verdad única y autoridad máxima, ante la cual ninguna otra autoridad puede interferir y que incluso se impone sobre todas y cada una de las leyes propias de las sociedades democráticas, ciertamente lo rechazaríamos como un loco, no sin antes desahogarnos en grandes carcajadas por tal delirante ocurrencia. No obstante, a pesar del reductio ad absurdum de la exposición de dicho planteamiento conductual, éste encaja a la perfección con la definición de un fundamentalista.

El hecho que rechacemos una conducta fundamentalista como la descrita es, sencillamente, porque atenta de manera flagrante contra la razón humana. Es decir, el fundamentalismo se basa en un dogma de fe (un sistema de pensamiento que se tiene por cierto y que no puede ponerse en duda dentro del mismo), mientras que la razón se basa en llegar a una conclusión o formar juicios de valor a partir del pensamiento y la reflexión, mediante la inestimable herramienta de la lógica que nos permite dilucidar sobre la veracidad o falsedad de un planteamiento. O como diría Kant, en su Crítica de la Razón Pura, la razón es la facultad de las argumentaciones (que junto a la sensibilidad y el entendimiento son las tres facultades cognitivas principales del ser humano, lo cual subscribo).

Es por ello que podemos afirmar que allí donde se ilumina el fudamentalismo se apaga la razón, y donde se ilumina la razón se apaga el fundamentalismo, por ser incompatibles la una con la otra. Una persona que vive desde la razón se relaciona con el mundo a través de la facultad de alcanzar el conocimiento sobre el Ser y la Realidad mediante un proceso discursivo, pasando por el tamiz de la lógica (que analiza los principios de demostración y la inferencia válida, las falacias, las paradojas y la noción de verdad) cualquier premisa que parta de un argumento, un significado o una certeza planteada para llegar a alguna conclusión propia que se derive de aquellas. Mientras que una persona que vive desde el fundamentalismo se relaciona con el mundo a través de la facultad de alcanzar el conocimiento sobre el Ser y la Realidad mediante un proceso estrictamente de fe ciega al dogma que abraza, desterrando de su capacidad cognoscitiva la razón por incómoda y contestataria para los principios en los que se fundamenta y desarrolla su doctrina. El pensamiento crítico queda excluido del reino del fundamentalismo.

En este sentido, no hay persona más peligrosa que un fundamentalista, pues aun sin ver (por analfabetismo o por miopía o autoamputación de la visión racional) concibe de forma firme, cierta e innegable aquello que cree ver. Y para más inri, el fundamentalista suele mantener una actitud activa en su pretensión de intentar imponer su sinrazón a los demás. Lo que se podría denominar como la paradoja del ciego. Y cuando no lo consigue, su comportamiento más característico suele ser la exclusión de su círculo más íntimo de aquellos que no comulgan con sus ideas absolutistas, reforzando así su hábitat de corte endogámico para mayor confort de sus participantes y preservación de su imaginario mental.

De fudamentalismos existen varias tipologías, siendo los religiosos y los políticos los más comunes. Si bien también se pueden encontrar planteamientos fundamentalistas en otras dimensiones de la vida del hombre, como puede ser el ámbito académico-científico, el ámbito sociocultural, o el ámbito económico-financiero. Pues al final el fundamentalismo no es tanto una doctrina en sí misma, sino un comportamiento humano respecto a una doctrina en particular. Aunque, en todos los casos sin distinción, el fundamentalismo acaba replegándose por fuerza gravitatoria frente al Principio de Realidad (cuando lo que Es se impone a lo que se cree que es), pilar central de la lógica de la razón humana.

En este punto resulta interesante observar como en la vida del ser humano coexisten dos principios que pueden llegar a ser antagónicos: el Principio de Realidad, y el Principio de Creer una Realidad que cada cual, en su libre albedrío, ha decidido creer. No obstante, si bien ambas posturas forman parte de la capacidad cognitiva del hombre, solo aquella facultad de aprehensión del conocimiento de la realidad que se deriva de la razón nos hace humanos. Pues la razón, más allá que ésta sea deductiva (la conclusión está comprendida en las premisas) o inductiva (se logra conclusiones generales de algo en particular), no puede disociarse de la lógica como capacidad del ser humano, en tanto que ser pensante, para argumentar un alegato que pruebe mediante una exposición razonada aquello que defiende como verdad o certeza. O dicho en otras palabras, el uso de la razón nos hace humanos, mientras que el uso de la sinrazón (propia del fundamentalismo) solo nos hace hombres. Y ya sabemos que la línea divisoria entre el hombre racional y el hombre animal que somos, capaces de las mayores atrocidades de la humanidad, es extremadamente fina.

El fundamentalismo es una forma de pensar y proceder del hombre que nos encadena, como especie, a nuestra condición primogénita animal, lo que si bien no es incompatible con la evolución tecnológica, sí que lo es con la evolución social, pues el fundamentalismo es por esencia socialmente involucionista. Es por ello que cabe abogar por una sociedad de humanos a la luz de la razón, en contraposición de una sociedad de hombres a la sombra de la sinrazón, que nos ayude a paliar los grandes males de nuestra sociedad y a trascendernos como humanidad. Pues solo desde el humanismo podemos evolucionar como seres humanos. Fiat lux!



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano