martes, 26 de febrero de 2019

Los influencers, el desalentador polígrafo de la sociedad

"El Cejas", influencer español

Si de algo sirven las redes sociales, además de zombificar al ciudadano de a pie para mayor manipulación de los grupos de opinión, es para disponer de una radiografía a tiempo real de las pulsaciones vitales de la sociedad. Y de entre los diversos indicadores sociales de las redes sociales, si tuviéramos que elegir uno como polígrafo del nivel cultural -y por extensión intelectual- de la sociedad, éste no sería otro que los llamados influencers (también conocidos como youtubers o instagramers, entre otros, según el medio de internet al uso): personas referentes de un comportamiento conductual de moda que cuentan con un volumen ingente de ciberseguidores. Un fenómeno social equiparable a los nuevos héroes del pueblo elegidos por sufragio universal y mediante un sistema de democracia directa en un entorno digital, móvil en mano.

Lo interesante del fenómeno es observar el perfil conductual de la mayoría de éstos nuevos héroes sociales que, salvando alguna notable excepción, se caracterizan por personificar un arquetipo común: bajo nivel cultural y carencia de valores sociales elevados. Por decirlo de alguna manera, éstos héroes contemporáneos representan el antiUlises, renegando de cualquier Odisea que les requiera esfuerzo de superación alguno para alcanzar la meritoria inmortalidad de la fama, limitándose a exponer sus sandeces entre postureos sin ni siquiera despeinarse frente a una cámara con conexión a internet. Si Homero viviera en la actualidad concluiría su epopeya en un solo canto, en lugar de los 24 que componen su obra de referencia junto con la Ilíada.

Lo cierto es que el fenómeno de los influencers como reflejo de los valores que priman en nuestra sociedad, por laureados, resulta desalentador. Pero no nos debe extrañar en un tiempo en que el contraste de pensamientos -ya que no me atrevo ni a mencionar el debate (como arte mayor) o la tertulia (como arte menor)-, destaca por su ausencia. Los ambientes sociales para el intercambio de ideas que enriquecen el conocimiento es un lujo escaso en nuestra sociedad. Y la causa no es otra que el hecho contrastado de que el hombre contemporáneo ha dejado de pensar, para simplemente consumir datos a modo de informaciones prepaquetizadas (mayoritariamente visuales). Es decir, los cajones de las opiniones y de los criterios propios del ciudadano medio están vacíos, así como los destinados a la cultura general. En su lugar, solo hay cabida para relatos de experiencias emocionales efímeras, que solo tienen como objetivo entretener a propios y ajenos, y para vociferar eslóganes publicitarios, más o menos dogmáticos, en un diálogo de sordos en el que el Yo individual se regocija como un narciso frente al reflejo de su propia imagen en el espejo de su monólogo. La opinión de contraste del otro ni se la espera, ni importa.

Las causas sociológicas tanto del nuevo arquetipo de héroe contemporáneo, como del hombre medio no pensante actual como promotor activo del primero, son variadas, si bien cabe destacar tres claramente identificadas: la promoción de la cultura hedonista en las sociedades de libre consumo, la hegemonía de las redes sociales como medio de comunicación normalizado, y el enaltecimiento de la tecnología como materia educativa en detrimento de las humanidades. De ésta trilogía podemos extraer sin mayor dificultad la visión diáfana de que la primera incide sobre los valores sociales, la segunda incide sobre las relaciones interpersonales, y la tercera incide sobre los cimientos de la cultura. Tres factores, como elementos estructurales de nuestra sociedad, que se retroalimentan entre sí.

Pero la reflexión sobre los influencers, como revelado en negativo de la sociedad, pasa a castaño oscuro cuando nos referimos a los valores sociales que representan y promulgan, pues a nadie se le escapa que dicho fenómeno sociológico representa la normalización de alcanzar el éxito social sin necesidad de talento alguno. Lo cual atenta contra los principios básicos de cualquier sociedad saludable que se precie como son la meritocracia, la cultura del esfuerzo, la preparación académica y/o el nivel intelectual, e incluso la corrección de modales propio de una buena educación. ¡Todo unas joyas, vamos!. Un despropósito que, por otro lado, no tendría ascendencia alguna sobre el conjunto de la sociedad si no gozaran de cobertura por parte de marcas comerciales multisectoriales, entre ellos programas televisivos de entretenimiento, que pautan con plena impunidad las tendencias de moda y por extensión los hábitos de comportamiento -para beneficio exclusivo de sus balances económicos- en nuestra sociedad de consumo cada vez más capitalista y menos humanista.

Sí, enséñame qué influencers destacan y te diré qué sociedad estás construyendo. Un escenario cuyo punto de fuga señala un horizonte social nada atractivo por su presumible futura mala calidad. Pues todo futuro se crea a partir del presente, incluido los pilares fundamentales de los Estados Sociales y Democráticos de Derecho del mañana. ¿O a caso nos creemos que los resortes de un Estado, como estructura organizativa de una sociedad, son impermeables a los valores sociales que imperan dentro de la misma?. Así pues, más vale que comencemos a cambiar el modelo de héroe. Y ya puestos, no estaría de más volver la mirada hacia la buena influencia de los clásicos como fuente inspiradora de nuestra civilización humanista. Más Ulises, por favor, y menos influencers de medio pelo.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 21 de febrero de 2019

Vivimos en la Sociedad de la Posverdad donde solo importa la mentira que impera


La búsqueda de la verdad, como razón última del hombre pensante, se muestra hoy más que nunca ya no solo como una empresa esquiva sino incluso de alto riesgo, por incómoda y por virar a contra corriente. Los hombres siempre habíamos creído que la información, confundiéndola ingenuamente con el conocimiento, nos haría libres como individuos y sociedad. Pero lo cierto es que la ecuación social no ha dado el resultado esperado. En una era en que la tecnología, a través de las redes sociales, nos provee de información a tiempo real las veinticuatro horas del día a lo largo de los trescientos sesenta y cinco días que tiene un año, dicho flujo ingente de información más que liberarnos ha provocado el efecto contrario al privarnos de libertad individual y social, por manipulación directa del libre pensamiento.

Vivimos unos tiempos en que el uso y la gestión social de la información ha sido viciada de raíz, en la práctica, por la condición humana, alterando cualquier resultado esperado y anhelado en un ejercicio teórico de desarrollo de libertad humana trascendental mediante la sociabilización del libre acceso a la información. La naturaleza codiciosa del hombre no se ha podido resistir. Y en lugar de utilizar la libre información como vía de acceso hacia la libertad individual y social, la hemos convertido en el medio por excelencia de control y manipulación de las masas. En otras palabras: he aquí que hemos creado la Sociedad de la Posverdad, que no es más -y no por ello es menos- que la distorsión deliberada de la realidad con el fin de modelar la opinión colectiva e influir en las actitudes sociales, despreciando cualquier hecho objetivo (fundamento de la razón del Principio de Realidad) que contradiga un intencionado imaginario construido sobre falsas creencias y promovido desde la exhortación emocional.

La Sociedad de la Posverdad es de tal perniciosidad para el ser humano que no solo es capaz de atentar contra la lógica matemática, pudiendo hacer creer al individuo que dos más dos tiene cualquier otro resultado a excepción de cuatro, sino que atenta directamente contra los procesos básicos de la lógica del razonamiento humano, llegando incluso a hacer creer a una persona o colectivo, por ejemplo, que una dictadura es una democracia y a la inversa.

Lo que es evidente es que la Sociedad de la Posverdad, si bien tiene su origen en las conductas humanas más reprobables moralmente, ha encontrado en las redes sociales de base tecnológica su hábitat de crecimiento y desarrollo óptimo. Pues la libre accesibilidad, la hiperconectividad, la fácil publicación, el alto volumen de tráfico de datos, y el posible anonimato en las redes sociales permite la divulgación impune de cualquier tipo de información que tenga como objetivo influir en el pensamiento, la conducta y la toma de decisiones de las personas, con independencia de que la información sea verídica o falsa. Un hecho que tanto personas a títuo individual como grupos organizados bajo la apariencia de ciberejércitos (los conocidos como bots y trolls) lo aprovechan para generar noticias falsas (fake news) o informaciones imprecisas, incorrectas o exageradas para manipular, influir y controlar la opinión colectiva sobre un sujeto en particular o una realidad concreta. De hecho, ya se vislumbra en el horizonte inmediato el uso de inteligencia artificial, como es el caso de los algoritmos GPT2, capaces de crear textos informativos falsos sobre cualquier tema con una apariencia plausible de veracidad. Y todo ello potenciado y cerrando el círculo por la industria tecnológica cuyas aplicaciones tecnológicas de redes sociales se desarrollan, para beneficio comercial propio, sobre la base de la denominada psicología persuasiva que tiene como objetivo crear un nivel de adicción a sus miembros equiparable a la zombificación. Un verdadero atentado directo contra la libertad de pensamiento (pues se consumen paquetes de estado de opinión precocinados expresamente) y contra la salud mental de las personas (por la generación de patologías derivadas del comportamiento adictivo que afecta directamente a la autoestima individual), además de representar un peligro real tanto para la sociedad en general (que es objeto de manipulación), como para la Democracia en particular (por su afección directa en la influencia partidista sobre los comicios electorales, entre otros).

Y es que en la Sociedad de la Posverdad hemos convertido al ciudadano de a pie en un consumidor compulsivo-obsesivo de datos de información (muchas veces sin traspasar el umbral de los titulares amañados para mayor manipulación de los consumidores), incapaz de verificar la veracidad o falsedad de la información consumida por el alto volumen de datos bombardeados a los que se ve sometido, en una perfecta y orquestada operación de control mental colectiva por parte de los hacedores de las informaciones interesadas que corren por las redes sociales. Por lo que en la Sociedad de la Posverdad en la que vivimos, no importa tanto la verdad del hecho como el relato de la mentira que impera por imposición masiva de recursos comunicativos. Hasta tal punto que la era de la Posverdad contemporánea, ampliamente explotada hasta la saciedad por grupos de interés políticos y económicos, se ha transformado velozmente y sin darnos cuenta en una verdadera era de la Supramentira.

Malos tiempos corren para la verdad (como substancia del Principio de Realidad) y sus partidarios, pues éstos son tachados de radicales e insociables, e incluso pueden ser perseguidos o sufrir la agónica muerte pública de su reputación personal en el peor de los casos, cuando se enfrentan aun por oposición pasiva a la mentira instaurada socialmente.

La Posverdad es una gran araña mentirosa cuya trampa para sus víctimas teje con los hilos de las redes sociales, en la que nadie está a salvo y todo el mundo queda expuesto, algunos más inconscientes que otros. Pues hoy en día sociedad y redes sociales son conceptos orgánicos sinónimos, sin que podamos diferenciar quién tiene mayor ascendencia sobre la otra. Ante esta tesitura, solo resta esforzarse con empeñado esmero en mantenerse cuerdo sobre la firme convicción de que es el hombre como ser racional y libre pensador quien controla las redes sociales, y no éstas al hombre como individuo, ser social y ciudadano. En ello nos jugamos nuestra libertad personal, nuestra salud mental, y nuestro concepto de Democracia como sistema de organización social.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 12 de febrero de 2019

Entre Metaradicales y Radicales se juega la Democracia


Cierto es que el radicalismo social ha existido desde que el hombre es hombre, ya que en definitivas cuentas no es más que una actitud individual o colectiva que pretende reformar de raíz una realidad concreta que considera desequilibrada e incluso injusta. Una postura frente a la vida que da el salto como movimiento político a las puertas del siglo XX, caracterizado por su intransigencia frente a todo orden social, político, económico o moral que no defendiese los principios humanistas, racionalistas, laicos, republicanos y anticlericales, en su busca de una nueva sociedad liberal progresista cuyo anhelo no era otro que implementar un conjunto de derechos civiles que en la actualidad asumimos como norma general. Nos encontramos, pues, en la era predemocrática y del prebienestar social. Un contexto histórico a todas luces comprensible desde la distancia, siglo y medio largo después, para la mirada retrospectiva de nuestra sociedad desarrollada.

Pero el radicalismo, para asombro de unos, júbilo de otros y temor de terceros, ha vuelto. En plena era contemporánea de los estados democráticos y sociales de derecho, cuando en principio el radicalismo ya no tiene sentido de existir por la esencia propia de la naturaleza del Estado de Bienestar Social (que da cobertura a los derechos sociales) por un lado, y por los mecanismos instaurados que posibilitan el cambio y la mejora social como proceso funcional inherente a los Estados Democráticos de Derecho (que dan cobertura a los derechos políticos) por otra parte, resurge paradógicamente en nuestro tiempo presente el radicalismo como movimiento social y político, aunque bajo una nueva concepción y variedad a diferenciar: los Radicales y los Metaradicales. Veamos sus características:

Entenderemos como movimientos políticos y sociales Radicales a aquellos que defienden, a ultranza, los principios y fundamentos (como equivalentes de la etimología latina de la palabra “raíz”) del orden democrático. Mientras que, en contraposición, entenderemos como movimientos políticos y sociales Metaradicales a aquellos que defienden, decididamente, el ir más allá y cambiar (como equivalentes de la etimología griega del prefijo “meta”), dichos principios y fundamentos del orden democrático. O, definido en otras palabras, los Radicales defienden el statu quo del orden democrático, mientras que los Metaradicales atentan contra el mismo con el objetivo de derrocarlo.

Cabe apuntar el hecho que desde un punto de vista cronológico político, los Radicales surgen como reacción contraria a los Metaradicales, los cuales se agrupan por desigual, tanto en volumen como en representación territorial, en tres grandes grupos: antisistemas, populistas de izquierdas (autodenominados socialdemócratas, aunque con base ideológica marxista), y nacionalistas secesionistas.

Las características fundamentales que diferencian a Radicales y Metaradicales se pueden enmarcar dentro de cinco líneas de manifestación ideológica:

1.-Principio constitucional
Los Radicales defienden el principio constitucional como marco de convivencia común, mientras que los Metaradicales fomentan la acción política fuera de los límites constitucionales.

2.-Derechos fundamentales
Los Radicales defienden principalmente los derechos de libertad de expresión, de libertad de creencias, de libertad y seguridad personal, y de igualdad ante la ley, mientras que los Metaradicales atentan de manera flagrante contra dichos derechos fundamentales en pos de su interés como instrumentalización de su acción política.

3.-Uso del espacio público
Los Radicales defienden el uso común del espacio público como medio de libertad de expresión reglada, mientras que los Metaradicales monopolizan el espacio público de manera no reglada, e incluso violenta, con carácter excluyente para la libre manifestación de su apología ideológica.

4.-Ordenamiento Jurídico
Los Radicales defienden el ordenamiento jurídico como norma conductual de organización social, mientras que los Metaradicales se sublevan frente al mismo por limitar su acción socio-política que se sitúa al margen de la Ley y la Democracia.

5.-Simbología del Estado
Los Radicales defienden los símbolos del Estado, como son la bandera y el himno nacional, como reivindicación de la identidad cultural y la unidad territorial del país, mientras que los Metaradicales los atacan activamente por su posición ideológica contraria y como estrategia de lucha política.

En resumen, se puede afirmar que en el radicalismo contemporáneo español, como movimiento de acción socio-política, los Radicales defienden un concepto de Estado basado en la Democracia como modelo de organización social y de derecho moderno, mientras que los Metaradicales atacan dicho concepto como vía para alcanzar de manera unilateral sus intereses políticos, resucitando la famosa frase marxista trasnochada de “conseguir en la calle (e incluso a través de las instituciones) aquello que no se ha conseguido por las urnas”.

Ante el actual estado de la situación, es por tanto comprensible que un demócrata se radicalice en la defensa de los principios y valores democráticos. Aunque asimismo, resulta triste que por dicha defensa -que entra dentro de la lógica de personas de razón- se tilde al ciudadano demócrata como Radical. Por lo que en este sentido, debo reconocer que me considero un Radical más entre los millones de ciudadanos españoles que creemos en la defensa de nuestra joven Democracia, con todos sus defectos aun por solventar como sociedad moderna.

Y a los Metaradicales que alegremente y sin pudor tildan de fascistas a los Radicales contemporáneos mediante la distorsión deliberada de la realidad (posverdad), por favor, que alguien los devuelva de regreso a la escuela para paliar su ignorancia. Pues no hay persona más peligrosa, para la Democracia y el conjunto de la sociedad, que un ignorante con poder.



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lunes, 11 de febrero de 2019

¿Cuál es el origen del hombre?


Una de las preguntas más famosas de la filosofía es, sin lugar a dudas, ¿de dónde venimos los seres humanos?. Para las grandes culturas monoteístas (Judaísmo, Islamismo y Cristianismo), está claro: venimos de Adán y Eva, una pareja que tuvo como descendencia tres varones, primero Caín y Abel y, posteriormente tras el asesinato de Caín a Abel, un tercer hijo llamado Set. Según el relato bíblico del Génesis, la primera pareja de humanos fue creada por Dios, lo cual no esclarece cómo se creó la humanidad a partir de la segunda generación humana íntegramente masculina. No obstante, cuatro siglos antes el filósofo Platón, en su obra El Banquete, ya lo había resuelto a su manera: el ser humano fue creado por el padre de todos los dioses, Zeus, pero su creación no era hombre o mujer, sino las dos cosas al mismo tiempo denominado Androginia, un ser con dos caras, dos sexos opuestos, cuatro piernas y cuatro brazos, a imagen y semejanza de dos personas de género distinto unidos por la espalda, que luego el mismo Zeus separó. Pero fue su discípulo Aristóteles quien presentó una idea del origen del hombre más creíble al presentar vagamente la noción de la Scala Naturae o Cadena de los Seres, apuntando que el ser humano es una evolución ascendente de los organismos más simples hasta nuestra actual estructura biológica más compleja. Teoría que, sin lugar a dudas y tras ser recuperada por los renacentistas, culmina en la famosa Teoría de la Evolución de las Especies de Darwin, que actualmente se enseña en las escuelas.

No obstante, la actual teoría evolucionista que apunta que procedemos de los primates, también tiene sus vacíos. Destacaré tres de los más relevantes.

El primer gran vacío de la teoría evolucionista es el conocido como eslabón perdido, que si bien no se trata de un solo eslabón en una cadena lineal sino de muchos como partes de un arbol evolutivo muy ramificado, no es más que la carencia de un registro fósil o antropológico mediante la arqueología que conecte nuestra especie de manera directa con un homínido antepasado común.

El segundo gran vacío de la teoría evolucionista es la incongruencia en la línea temporal de la prehistoria humana, tal y como van demostrando los recientes descubrimientos arqueológicos. Uno, de tantos, de los ejemplos más recientes es la ciudad de la isla de Triquet, en Canadá, de hace 14.000 años, dos veces más antigua que la invención de la rueda y tres veces anterior a las pirámides de Egipto, y cuyos pobladores se cree pudieron llegar en barco a través de las costas desde Rusia. Cuando en teoría, según nuestra historia de la evolución humana, el hombre de la época (más conocido como Homo Heidelbergensis) aun vivía en cuevas, hacia uso del fuego y cazaba los últimos mamuts existentes hasta su extinción hace 10.000 años atrás, en plena era del mesolítico (entre el paleolítico y el neolítico). Sin contar con el fenómeno conocido como Diluvio Universal, recogido en las tradiciones de más de 12.000 culturas diferentes en todo el planeta (siendo el más conocido el relato bíblico de Noé), que se supone científicamente que tuvo lugar entre el 10.000 y el 6.000 antes de nuestra era, fecha a partir de la cual el ser humano tuvo que volver a partir prácticamente de cero desde un punto de vista evolutivo. Y que la arqueología contemporánea nos evidencia de civilizaciones avanzadas anteriores a dicha época, como son los diversos mapas antidiluvianos, previos a la historia escrita, como el de Piri Reis, de una precisión y un alto nivel de detalle cartográfico más propio de la edad moderna.

Y el tercer gran vacío de la teoría evolucionista es, sin lugar a dudas y con mayor fuerza si cabe, el misterio del adn humano que nos hace seres especialmente singulares con respecto al resto de seres animales del planeta, y en un periodo de tiempo evolutivo en muchos casos infinitamente menor al resto. Como dicen los genetistas, si algo existe de no natural en la naturaleza es, justamente, el ser humano. Una declaración de principios basada en descubrimientos epigenéticos como es, por ejemplo, nuestra área cerebral neurolinguística que nos posibilita el habla y su razonamiento simbólico, la cual parece haber aparecido en la biología del hombre de un día para otro, pues no hay evidencias de una evolución formativa previa. O el caso del genoma HAR1, único en el ser humano y que nos diferencia del adn del resto de animales, del que los científicos afirman que 500 o 600 millones de años de vida en la Tierra no es tiempo suficiente para haberlo hecho evolucionar intencionadamente. Pues, como decía uno de los padres de la estructura del adn, James D. Watson, nuestro genoma es un misterio equiparable a deshacer palabra por palabra la enciclopedia británica y lanzarlas todas al aire por separado para después dejarlas caer en el suelo, donde acabarían constituyendo de nuevo de manera lógica y ordenada la misma enciclopedia británica, un hecho en cuya ecuación no tiene cabida el azar.

Visto lo expuesto, resulta una evidencia -a la luz del conocimiento cada vez mayor en materia genética, antropológica e histórica- que el ser humano no sigue el patrón de la teoría de la evolución propia de la historia de la biología. Por lo que volvemos a la pregunta de la casilla de salida: ¿cuál es nuestro origen?. La respuesta nos presenta un trilema epicuriano:

1.-¿Procedemos de los primates, pero no encontramos prueba demostrativa definitoria?, entonces tenemos otro origen animal.

2.-¿Tenemos otro origen animal en nuestra línea cronológica evolutiva, pero ésta misma no se cumple como especie?, entonces procedemos de otras líneas cronohistóricas.

3.-¿Procedemos de otras líneas cronohistóricas, pero genéticamente tenemos un adn diferente al resto de seres animales?, entonces nuestro origen no es animal.

Lo que está claro es que toda singularidad, como el ser humano, tiene un principio u origen. Cuyo misterio, en gran medida, responde a la naturaleza de nuestra propia evolución como especie. Del trilema presentado, cuyas opciones son contradictorias entre sí, personalmente abogo por la última proposición. Pues la mano invisible de una voluntad que interviene de manera intencionada en la estructura nuclear de la biología humana, a través del diseño de nuestro adn diferencial, ha dejado de ser mera intuición para convertirse en una realidad científicamente demostrada. Por lo que podemos afirmar, sin ningún atisbo de duda, que el origen del hombre no es de este mundo, aunque se haya podido contar con material biológico de base de nuestro planeta.

Llegados a éste punto, la pregunta de obligada formulación no es otra que cuestionarnos quién nos ha creado. Para nuestros ancestros potsdiluvianos, no hay más respuesta que Dios en sus múltiples formas culturales. Pero, ¿podría ser nuestro creador un ente inteligente superior a nuestra especie, sin que cumpla con las características divinas de un dios arquetípico tal y como lo concebimos mitológica y religiosamente?. (Un pensamiento nada descabellado en una era en que la ingeniería genética humana, sobre nosotros mismos y otros seres tanto animales como vegetales, forma parte de nuestra realidad diaria). Y si fuera así y nuestro origen no partiese de ningún Dios, ¿quién habría creado a esos seres creadores de nuestra especie humana? O, en otras palabras, ¿cuál es su Dios?. Y, en todo caso, ¿dichos seres mantienen algún tipo de tutelaje con su creación, nosotros los hombres?, y ¿es el ser humano una creación a imagen y semejanza de sus creadores?. Como vemos, la exposición de suma de historias posibles resulta tan compleja como adentrarnos en la irresoluble materia del multiverso. Solo queda esperar a que un día nos sea revelada la verdad, y que llegado el momento estemos mentalmente preparados para recibirla. Pues la verdad, a veces, puede ser como una gran luz abrasadora. Por el momento, ya tenemos más que suficiente por comenzar a integrar la idea de que el hombre no es producto de la naturaleza.


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sábado, 9 de febrero de 2019

En una era postgeocéntrica, la noción del Universo es un baño de realidad para el egocentrismo humano


Siempre me han fascinado los globos terráqueos. De hecho, me gusta contar con su compañía allí donde escribo, no solo por que los encuentro un elemento de decoración hermoso que simbiotiza con la estética de las librerías, sino porque me evocan tanto la vasta riqueza de nuestro planeta como la justa medida que nuestra especie ocupa en el cosmos. Y justamente sobre el cosmos poco sabemos, más que es tan grande que nos parece infinito (93 mil millones de años luz), y eso solo refiriéndonos a la porción del Universo observable, pues más allá del Universo que podemos observar existe otro Universo infinitamente mayor no observable. En resumidas cuentas, que nuestro bello planeta azul se asemeja a una mota de polvo en una vasta estora llena de galaxias, agujeros negros, quásares, púlsares, y otras estructuras a la que nuestra vista no puede alcanzar, dentro de un posible complejo sistema de multiverso o universos paralelos como apunta la famosa teoría de cuerdas, cuyo contacto gravitatorio entre los diversos universos existentes pueden dar lugar a nuevos Big Bangs que crean otros universos. Una locura.

Pero junto a la locura de la referencia de escalas dimensionales, cabe sumarle el sentido de fragilidad que como planeta nos produce los peligros del inmenso espacio exterior, como es el caso de la posible colisión de asteroides -de rabiosa actualidad en los medios de comunicación por la amenazadora aproximación de algunos notables entre su espécimen- cuyo irremediable envite puede provocarnos daños equiparables a la devastadora energía liberada por varias decenas de bombas atómicas explosionadas como la de Hiroshima, y a lo que el hombre moderno con toda nuestra tecnología poco o nada podemos remediar. El hito jaleado en el norteamericano film de Armagedón es, a día de hoy, todavía materia de ciencia ficción.

Está claro que tanto la noción dimensional del Universo, como la noción de su poderosa naturaleza incontrolable por desequilibrio de fuerzas opuestas, es un verdadero baño de realidad para el egocentrismo humano, que hasta hace bien poco nos creíamos no solo el centro del Universo, sino la razón de la existencia del mismo. Y en cambio, ahora ya somos conscientes que nuestro planeta es tan frágil como lo pueda ser un jarrón chino a la intemperie en plena granizada.

Dicho lo cual, uno no puede dejar de preguntarse, observando las ingentes hileras de libros de múltiples materias que acurrucan al globo terráqueo del despacho desde el que escribo, cuál sería el futuro de nuestro conocimiento -desarrollado como especie inteligente a lo largo de siglos de evolución- tras una posible aniquilación de la raza humana, al igual que le sucedió a los imponentes dinosaurios, por causas de fuerza externa mayor. Conscientes que nuestro saber es uno de los mayores orgullos del ser humano. La respuesta, aunque desoladora, es clara: el destino de nuestro conocimiento no sería otro que el de perderse en el abismo de la memoria de la historia del universo cual libro se consume para siempre jamás entre las llamas de una hoguera. Por lo que el hombre, con toda nuestra soberbia propia de seres autoconsiderados relevantes por especiales, nos convertiríamos en parte de la nada al ya no-ser en el vasto e indiferente Universo de energía y materia espacio-temporal.

No obstante, el mundo del conocimiento parte del mundo de las ideas, y entre éstas existen las ideas universales por apriorísticas de las que parten todas las demás, como arquetipos madre atemporales que dotan de substancia al mundo de las formas, tales son la idea de la justicia o la idea de la belleza, entre otras. La pregunta obligada es, por tanto, si las ideas universales apriorísticas perviven o no a la existencia de la especie humana. O, formulado de otra manera, si las ideas universales apriorísticas son de naturaleza precognitivas o postcognitivas. En el caso que fueran postcognitivas, queda claro que serían exclusivamente un producto neurológico humano por organizar la realidad perceptible, por lo que se desvanecerían con el propio ocaso del hombre. Mientras que si fueran precognitivas, significaría que son de naturaleza independiente al hombre. Si fuera tal el caso, formarían parte de la esencia de la naturaleza del propio Universo, cuya proposición nos conduciría seguramente hacia la hipótesis de una conciencia creadora, de la que participarían en mayor o menor medida consciente el resto de seres vivos del cosmos (porque a estas alturas, aunque sea por pura estadística, no nos vamos a creer que somos los únicos seres inteligentes que existen, ¿verdad?). No obstante, dicha proposición nos resulta en la actualidad imposible de refrendar por falta de una comparativa empírica con seres de otros mundos de igual o superior capacidad cognitiva, por lo que todo lo que se diga al respecto de las ideas universales apriorísticas por precognitivas son pura especulación intelectual.

Desde un punto de vista filosófico, todas las materias propias de la ontología (el Ser, y las relaciones de éste con lo que Es) resultaban más fácil de teorizar cuando teníamos un concepto etnocéntrico del Universo, pues tan solo necesitábamos de nuestra capacidad deductiva, inductiva e incluso intuitiva -humana, profundamente humana- para discurrir en la búsqueda de la noción de la verdad, aunque fuera falso, pues de mentiras autocreídas también vive el hombre (desde los presocráticos hasta los últimos filósofos de la mitad del siglo pasado). Pero ahora que sabemos más, sin ser ni mucho menos suficiente, de la indefinible e indeterminable naturaleza del Universo en el que habitamos desde nuestro planeta azul, se nos reabren muchas de las grandes cuestiones filosóficas con resultado de irresoluble solución, por falta de un conocimiento suficiente y certero para validar los procesos discursivos. Lo cual, por otro lado, amplía la caja de la filosofía en una nueva era postgeocéntrica.

Sí, la actual noción del Universo es un baño de realidad cosmológica para el limitado egocentrismo humano, lo que de una vez por todas nos debería hacer entrar en razón para ser más respetusos con nuestro propio planeta, e imbuirnos de un mayor espíritu de responsabilidad como organización social global en favor de un mundo más justo, equitativo y solidario. Pero bueno, conociéndonos, eso es igual que pedir peras al olmo para un ser cuyo centro de gravedad en su ombligo. Así que, desdramatizando los problemas propios y de la humanidad en su conjunto tras fijar la mirada reflexiva nuevamente en el globo terráqueo de la estantería de libros, continuo con mis quehaceres como minúsculo organismo del cosmos que se esfuerza, cada día un poco más, en intentar ser menos endogámico y más trascendental. Nota mental: cuando acabe el artículo me levantaré para mover la esfera terrestre unos centímetros estante adentro, no sea que al sacar el polvo con el plumero se caiga y pereceramos todos. Y un rezo en mi altar personal para que la furia de los dioses ancestrales que habitan más allá del Olimpo no se desate contra nosotros asteroides mediante.



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martes, 5 de febrero de 2019

Allí donde se ilumina el Fundamentalismo se apaga la Razón, y se involuciona socialmente


Si alguien entre los presentes (lectores) cogiera un libro cualquiera, incluso el de mayor predilección personal, y afirmase que todos debemos someternos a su relato como verdad única y autoridad máxima, ante la cual ninguna otra autoridad puede interferir y que incluso se impone sobre todas y cada una de las leyes propias de las sociedades democráticas, ciertamente lo rechazaríamos como un loco, no sin antes desahogarnos en grandes carcajadas por tal delirante ocurrencia. No obstante, a pesar del reductio ad absurdum de la exposición de dicho planteamiento conductual, éste encaja a la perfección con la definición de un fundamentalista.

El hecho que rechacemos una conducta fundamentalista como la descrita es, sencillamente, porque atenta de manera flagrante contra la razón humana. Es decir, el fundamentalismo se basa en un dogma de fe (un sistema de pensamiento que se tiene por cierto y que no puede ponerse en duda dentro del mismo), mientras que la razón se basa en llegar a una conclusión o formar juicios de valor a partir del pensamiento y la reflexión, mediante la inestimable herramienta de la lógica que nos permite dilucidar sobre la veracidad o falsedad de un planteamiento. O como diría Kant, en su Crítica de la Razón Pura, la razón es la facultad de las argumentaciones (que junto a la sensibilidad y el entendimiento son las tres facultades cognitivas principales del ser humano, lo cual subscribo).

Es por ello que podemos afirmar que allí donde se ilumina el fudamentalismo se apaga la razón, y donde se ilumina la razón se apaga el fundamentalismo, por ser incompatibles la una con la otra. Una persona que vive desde la razón se relaciona con el mundo a través de la facultad de alcanzar el conocimiento sobre el Ser y la Realidad mediante un proceso discursivo, pasando por el tamiz de la lógica (que analiza los principios de demostración y la inferencia válida, las falacias, las paradojas y la noción de verdad) cualquier premisa que parta de un argumento, un significado o una certeza planteada para llegar a alguna conclusión propia que se derive de aquellas. Mientras que una persona que vive desde el fundamentalismo se relaciona con el mundo a través de la facultad de alcanzar el conocimiento sobre el Ser y la Realidad mediante un proceso estrictamente de fe ciega al dogma que abraza, desterrando de su capacidad cognoscitiva la razón por incómoda y contestataria para los principios en los que se fundamenta y desarrolla su doctrina. El pensamiento crítico queda excluido del reino del fundamentalismo.

En este sentido, no hay persona más peligrosa que un fundamentalista, pues aun sin ver (por analfabetismo o por miopía o autoamputación de la visión racional) concibe de forma firme, cierta e innegable aquello que cree ver. Y para más inri, el fundamentalista suele mantener una actitud activa en su pretensión de intentar imponer su sinrazón a los demás. Lo que se podría denominar como la paradoja del ciego. Y cuando no lo consigue, su comportamiento más característico suele ser la exclusión de su círculo más íntimo de aquellos que no comulgan con sus ideas absolutistas, reforzando así su hábitat de corte endogámico para mayor confort de sus participantes y preservación de su imaginario mental.

De fudamentalismos existen varias tipologías, siendo los religiosos y los políticos los más comunes. Si bien también se pueden encontrar planteamientos fundamentalistas en otras dimensiones de la vida del hombre, como puede ser el ámbito académico-científico, el ámbito sociocultural, o el ámbito económico-financiero. Pues al final el fundamentalismo no es tanto una doctrina en sí misma, sino un comportamiento humano respecto a una doctrina en particular. Aunque, en todos los casos sin distinción, el fundamentalismo acaba replegándose por fuerza gravitatoria frente al Principio de Realidad (cuando lo que Es se impone a lo que se cree que es), pilar central de la lógica de la razón humana.

En este punto resulta interesante observar como en la vida del ser humano coexisten dos principios que pueden llegar a ser antagónicos: el Principio de Realidad, y el Principio de Creer una Realidad que cada cual, en su libre albedrío, ha decidido creer. No obstante, si bien ambas posturas forman parte de la capacidad cognitiva del hombre, solo aquella facultad de aprehensión del conocimiento de la realidad que se deriva de la razón nos hace humanos. Pues la razón, más allá que ésta sea deductiva (la conclusión está comprendida en las premisas) o inductiva (se logra conclusiones generales de algo en particular), no puede disociarse de la lógica como capacidad del ser humano, en tanto que ser pensante, para argumentar un alegato que pruebe mediante una exposición razonada aquello que defiende como verdad o certeza. O dicho en otras palabras, el uso de la razón nos hace humanos, mientras que el uso de la sinrazón (propia del fundamentalismo) solo nos hace hombres. Y ya sabemos que la línea divisoria entre el hombre racional y el hombre animal que somos, capaces de las mayores atrocidades de la humanidad, es extremadamente fina.

El fundamentalismo es una forma de pensar y proceder del hombre que nos encadena, como especie, a nuestra condición primogénita animal, lo que si bien no es incompatible con la evolución tecnológica, sí que lo es con la evolución social, pues el fundamentalismo es por esencia socialmente involucionista. Es por ello que cabe abogar por una sociedad de humanos a la luz de la razón, en contraposición de una sociedad de hombres a la sombra de la sinrazón, que nos ayude a paliar los grandes males de nuestra sociedad y a trascendernos como humanidad. Pues solo desde el humanismo podemos evolucionar como seres humanos. Fiat lux!



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 4 de febrero de 2019

La sociedad fomenta vicios cuya adicción menoscaba la libre voluntad del individuo


La mayoría de los mortales tenemos en nuestro haber algún tipo de vicio entendido como adicción, sin entrar en materia moral. Los más comunes se refieren al ámbito del juego, la bebida y el tabaco, aunque también los hay tan antiguos como la humanidad como es el caso de la adicción al sexo, o de reciente incorporación sociológica como son los comportamientos viciados con respecto a la televisión, al tabajo (trabajólico), a la estética (dismorfofobia), al deporte (vigorexia), a las nuevas tecnologías (tecnofilia), a los móviles (nomofobia), o al omnipresente internet, entre tantos otros de una lista interminable.

El vicio surge del capricho personal en adquirir, aunque sea inconscientemente, un hábito insalubre. Pero una vez que el vicio se convierte en dependencia (de la persona con respecto al objeto del vicio), éste deja de ser un capricho para transformarse en una alteración mental más propia de la órbita de las patologías. No obstante, sobre el vicio distingo tres estadios bien diferentes: la raíz del vicio, la esencia del vicio, y la substancia del vicio.

1.-Raíz del vicio
Es curioso observar como el vicio, en su estado natural de capricho personal en adquirir un mal hábito (por perjudicial para el equilibrio psicoemocional de la persona), surge como efecto directo de un refuerzo social que empuja a entregarse a dicho vicio, en su amplio espectro fenomenológico. Un refuerzo o fomento social hacia la tendencia viciosa que puede ser tanto de carácter positivo como negativo en sí mismo (desde la percepción de la misma sociedad). En este sentido, entenderemos como refuerzo social positivo al vicio todo aquel que precede de tendencias conductuales de moda, como es el uso indiscriminado del móvil en la vida diaria, el uso desmesurado de la cirugía estética vinculado a los cánones de belleza principalmente femeninos, o el hábito de fumar y beber como comportamiento cultural de reafirmación del género masculino. Mientras que entenderemos como refuerzo social negativo al vicio toda aquella tendencia normalizada socialmente que permite a la persona empujarse hacia un vicio como fuga de escape de una penosa carga existencial propia, tal como es la conducta de entregarse sin medida a la televisión para no pensar, o de entregarse a la bebida desmesurada para olvidar, entre otros malos hábitos.

2.-Esencia del vicio
Pero, determinismos socioculturales a parte, si tuviéramos que caracterizar la esencia del vicio en su naturaleza pura podríamos definirla perfectamente como un comportamiento generalmente persistente en la búsqueda de la sensación del placer (como estado de recompensa), y el confort personal (como estado de alivio) a inmediato y corto plazo. Un comportamiento que, por otro lado, nos resulta humano, profundamente humano.

3.-Substancia del vicio
El problema, como todos sabemos, es cuando el vicio implica una incapacidad personal de controlar la conducta propia. Que es justamente cuando la esencia se materializa en substancia, siendo ésta caracterizada por generar dependencia y, en cuadros más agravados, estados de ansiedad propios del conocido síndrome de abstinencia. Llegados a éste punto, la persona pierde el control racional sobre su voluntad, siendo los deseos derivados de la adicción quien controla la vida del individuo y no al revés, y donde vicio y adicción se retroalimentan en un bucle sin fin aparente. En este caso se puede afirmar que la persona ha perdido su estatus de libertad personal, al encontrarse bajo los efectos de una alteración de conciencia, producido por desequilibrios tanto fisiológicos como psicoemocionales.

A la luz de la breve exposición de los tres estadios del vicio (raíz, esencia y substancia), podemos observar de manera clara y diáfana que el hombre, por ser un animal social, es un ser abocado al vicio, pues es la propia sociedad en la que se desarrolla el ser humano como individuo la que fomenta las conductas adictivas entre sus miembros a través de la cultura social imperante. Y aun más, si cabe, en una sociedad hedonista e hipercompetitiva como la contemporánea. Intentar separar el vicio del hombre es como intentar disociar a éste de su sociedad. Por lo que la pregunta no es si tenemos vicios o no, sino si éstos nos dominan o, por el contrario, nosotros los dominamos a ellos. Este es el quid de la cuestión, pues dependiendo de la respuesta podremos determinar el alcance de nuestra libertad individual como seres racionales con autocontrol sobre la voluntad propia. Pues no existe libertad personal en la voluntad del hombre que actúa sólo desde el impulso de los deseos, sino en la voluntad del hombre que actúa con lúcida consciencia racional más allá de los deseos. El hombre que tiene control sobre su voluntad no solo es libre, sino también fuerte, siendo la fortaleza de nuestra voluntad el único camino para la trascendencia personal del hombre libre.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

domingo, 3 de febrero de 2019

Bestiario Urbano del Filósofo Efímero


Un bestiario es una recopilación de animales fabulosos, cuya tradición si bien se remonta al mundo clásico greco-romano no se popularizó hasta la edad media, que recopila tanto relatos, como ilustraciones y descripciones de las bestias catalogadas. En este sentido, el Bestiario Urbano es justamente una recopilación de descripciones de bestias catalogadas que, por tener la ciudad como su hábitat natural, son urbanas. Entendiendo como bestias, metafóricamente, diversos perfiles psicológicos de ciudadanos.

El Bestiario Urbano que aquí se presenta se concibe dentro de la Filosofía de la Sociedad, no obstante y siendo fieles a la tradición medieval de los bestiarum, están acompañadas de un mensaje claramente moral, por lo que asimismo pueden considerarse como parte de la Filosofía de la Moral, aunque siempre bajo la lógica de la filosofía efímera.

La relación de las bestias catalogadas aquí presentadas es una recopilación de las diversas reflexiones personales que, como filósofo efímero, voy elaborando a lo largo del tiempo para los diferentes perfiles de urbanitas. Dichos conceptos, asimismo, cuentan con entrada propia en el glosario de términos de mi obra el Vademécum del Ser Humano.

-Desempleado (de más de 40 años)
-Desempleado (héroe)
-Emprendedor (español)
-Políticos (gestión)
-Políticos (actualización)



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