lunes, 21 de enero de 2019

Lo fantasmas del pasado existen para mejorarnos como personas

Fantasma del pasado de Dickens

Tres son los fantasmas humanos. Los más conocidos son los fantasmas de los no-vivos, manifestaciones espectrales de percepción visual o sensitiva, que gozan de una vasta literatura desde los albores de la humanidad. Pero también existen los fantasmas de experiencias personales pasadas, y los fantasmas generados a partir de miedos personales, que tanto pueden manifestarse de manera conjunta en una misma entidad o de forma independiente como entidades con sustancia propia diferente. Tres tipologías de espectros cuyo denominador común es la alteración y desestabilización del estado de bienestar interior de una persona. No obstante, en esta breve reflexión tan solo me centraré en los fantasmas de experiencias personales pasadas.

Los fantasmas de experiencias personales pasadas son colas de circunstancias vividas tiempo atrás que se arrastran, como acto incontinente propio o por voluntad deliberada ajena, a lo largo de los años hasta nuestro tiempo presente. De esta categoría de fantasmas hay que diferenciar los que son consecuencia de un acto negativo personal consciente o inconsciente, y los que son el resultado de un acto positivo personal consciente.

Si el fantasma de experiencia personal pasada es el resultado de una mala acción tanto consciente desde el principio, como semiconsciente o inconsciente en su origen pero que se hizo plenamente consciente a posteriori, estamos ante el recuerdo espectral de un acto de naturaleza inmoral, capaz de producir un sentimiento íntimo de mala conciencia que acompaña al individuo de manera sostenible a lo largo de su vida, por lo que es atemporal hasta que no se resuelva el conflicto psicoemocional interior que lo produce. En este caso, entenderemos que dependiendo de la naturaleza de la mala acción pasada protagonizada, nos encontraremos ante una mayor, menor, o nula capacidad de redención. Pues no tiene el mismo grado de mala conciencia una mentira, que un robo o un asesinato. La capacidad de sanar la mala conciencia es directamente proporcional al valor inmoral realizado, así como al daño ajeno ocasionado por éste. En este caso nos encontramos ante la cola de un fantasma pasado que, por generar mala conciencia, se arrastra en el tiempo por incontinencia propia.

Si en cambio, el fantasma de experiencia personal pasada es el resultado de una buena acción consciente, estamos ante el recuerdo espectral de un acto de naturaleza moral. Pero, ¿cómo puede convertirse una acción moral, y por tanto exenta del sentimiento de mala conciencia, en un fantasma del pasado que afecta la estabilidad psicoemocional del presente? La respuesta la debemos encontrar en la percepción subjetivamente negativa del acto, como consecuencia de su efecto, por parte de uno o más involucrados en la situación o circunstancia. Es decir, si el acto, aun por justo y moral en su ejecución, conllevó algún tipo de perjuicio para alguien, y éste alguien desde una escala de valores distorsionado lo considera injusto e inmoral o amoral, manteniendo vivo el conflicto personal a lo largo del tiempo -por inmadurez intelectual o inestabilidad emocional-, el fantasma del pasado pervive. Si bien en realidad nos situamos ante un fantasma de experiencia personal pasada propio de una tercera persona, al focalizarlo sobre la persona que fue la causa del origen del supuesto agravio, le puede hacer partícipe a éste de dicho fantasma personal como propio y con similar intensidad, pues la difamación siempre genera angustia. En este sentido, podemos hablar de un fantasma originado por una persona ajena y desde el resentimiento. Por lo que, en este caso, nos encontramos ante la cola de un fantasma pasado que, por estar exento de mala conciencia por parte del causante, se arrastra en el tiempo por voluntad deliberada ajena.

Cierto es que la tendencia natural de las personas es cambiar (salvo excepciones), y que en dicho proceso de continua impermanencia cada cual actúa de la mejor manera que sabe y puede en cada momento de su vida, pues la madurez y la sabiduría se adquieren transitando por el camino del aprendizaje, sabedores que no existe la experiencia del aprendizaje sin errar. Algo muy humano. Por lo que toda persona tiene el derecho inalienable, a la luz del aprendizaje de sus errores, a desear una vida mejor. El delito del hombre no es errar, sino no aprender de sus errores para evolucionar. Y ciertamente no yerra el que no vive, busca y experimenta.

Los fantasmas de experiencias personales pasadas son inherentes a la condición humana. Algunos solo los tienen como consecuencia de malas acciones conscientes, semiconscientes o inconscientes. Otros solo los acumulan como consecuencia de buenas acciones conscientes (muchas veces cargadas de ingenuidad). Y los hay que cuentan en su haber con ambas. Pero, en todo caso, son justamente estos espectros personales con los que convivimos en la intimidad los que nos permiten, como fuerza revulsiva propia de los maestros de vida, trascendernos como seres humanos a imagen y semejanza de la flor de loto que surge a partir del lodo.

Bendito tú que lidias con fantasmas de experiencias personales pasadas, pues en tu lucha por superarlos te esfuerzas en convertirte en una mejor persona. Fiat Lux!


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano