sábado, 12 de enero de 2019

Las fobias, el abismo más allá de los límites de la razón


Ni el hombre más cuerdo está salvo de la locura, por muy de baja intensidad que sea. En un mundo donde la cordura se relaciona con la salud y la locura con la enfermedad, nadie escapa de la enfermedad de la locura por muy racional que uno se aprecie. Aunque, paradógicamente, en este mundo loco que nos toca vivir, la cordura puede representar un síntoma de enfermedad, pues no hay mayor enfermo que aquel que vive normalizado en un entorno de locura sociabilizada. Es decir, somos cuerdos locos o locos cuerdos, según como se quiera mirar.

La razón, como cimiento y anclaje de la cordura, tiene sus límites. La razón no lo puede todo. Tanto es así que el ser humano siente irremediablemente -a veces de manera más manifiesta, a veces de manera más disimulada-, miedos intensos, desproporcionados, y ciertamente irracionales que no puede llegar a controlar. Una manifestación humana que escapa al control de la razón adentrándose en las tierras movedizas de las fobias. Fobias a objetos, fobias a animales, fobias a circunstancias, fobias a personas. La irracionalidad se viste de fobia en la persona cuerda. Y cada cual convive con su fobia como mejor puede mediante pequeños trucos a modo de muletillas que le permiten sobrellevar con digna cordura su cotidianidad. Aquella persona que diga que no padece ninguna fobia miente, quizás aun sin saberlo. Todo es cuestión de buscar para encontrarla, o al menos para hacerla emerger a la superficie consciente. Sabiendo que no hay fobia pequeña, pues éstas tienen la capacidad, por muy ridícula que se manifieste, de crecerse hasta alcanzar tal tamaño capaz de engullirnos. Y es entonces que la racionalidad se tiñe de irracionalidad, y el cuerdo loco acaba despojándose de su frágil patina de cordura. La diferencia, al fin y al cabo, entre un cuerdo loco y un loco cuerdo es que el primero controla el crecimiento de su fobia irracional para no dejarse arrastrar por ella, como entregado vigía que impide que la bestia asome la cabeza por su cueva, mientras que el segundo ha perdido toda batalla de control contra su fobia dejándose fagocitar por ésta.

Personalmente no me preocupan mucho las fobias como trastornos de salud mental, pues forman parte de la imperfecta naturaleza del ser humano en calidad de máquinas biológicas individuales, asunto que la medicina ya se ocupa, quizás con un exceso de celo por corregir nuestras imperfecciones en una cultura que exalza el comportamiento robótico. Más bien me interesan las fobias sociales como sentimientos colectivos de rechazo, antipatía intensa, e incluso odio hacia alguien o algo en concreto. Un tipo de fobias que en la actualidad están muy de moda por sus continuas tensiones sociales objeto de dramatización por unos, los detractores, y de desdramatización por otros, los defensores.

Sin entrar en dichas fobias sociales en concreto de rabiosa actualidad (xenofobia, homofobia, carnifobia, masculinofobia, etc), pues la presente reflexión solo pretende tratar la fobia como concepto, lo cierto es que dicho sentimiento de miedo intenso colectivo se caracteriza por dos factores transversales: es común a todas las culturas humanas, con independencia de la época y nivel de desarrollo de las diferentes sociedades; y no es un valor universal, por lo que genera discrepancias de opinión encontradas en el seno de una misma sociedad.

No en vano la fobia procede, etimológicamente y conforme a nuestra tradición clásica, del mítico Fobo, hijo de Ares, dios de la guerra, y de Afrodita, diosa del amor y la belleza. Por lo que la fobia social es un claro reflejo del instinto ancestral de la naturaleza del ser humano en su lucha eterna personal entre la guerra y el amor. Que no deja de ser una variante manifiesta de la eterna lucha que mantiene el hombre, como animal social, entre el bien y el mal. No obstante, si bien la fobia no es un valor universal, así como tampoco lo es la guerra como acción (ni las emociones derivadas de ella), sí que lo son el amor y la belleza. Ergo podemos afirmar que la fobia social es la forma imperfecta del ser humano por intentar alcanzar un valor supremo, como es un estado colectivo de belleza y amor, desde la descontrolada irracionalidad de la violencia manifestada como palabra, sentimiento y acción por proteger un bien común. Lo cual pone en evidencia las limitaciones que tenemos los seres humanos en manifestar en el mundo de las formas conceptos no-formales, como son las ideas arquetípicas -y por tanto apriorísticas- más propias del universo de los dioses. Pues los conceptos singulares de los valores universales, aun siendo una guía y un anhelo para el comportamiento de la naturaleza de la especie humana, traspasan los límites de nuestra razón cognoscente. Admitámoslo. Y allí donde acaba la razón solo cabe el peso determinista de la cultura -humana, profundamente humana- como último centro de gravedad para la cordura de las personas que conforman una misma comunidad social.

Sí, la irracionalidad se viste de fobia en la persona cuerda, pero en un mundo imperfecto y dual donde los extremos se tocan y retroalimentan, las fobias sociales ayudan a preservar la racionalidad de los cuerdos locos, que somos casi todos. El resto o son locos stricto sensu, o son aquellos minoritarios que, excepcionalmente, accedieron al conocimiento directo de los valores universales más allá del mundo de las formas, por lo que hace tiempo que dejaron de pertenecer a la dimensión de los humanos, y que por tanto no cuentan -para interés colectivo- más que para inspirar películas de ficción desde una visión tan etnocentrista como subjetiva, pero nada práctica y realista.

Mientras el hombre sea hombre continuará sintiendo fobias cada vez que se asome al abismo del límite de la razón humana.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano