lunes, 28 de enero de 2019

Las dos caras de la Soberbia: vicio y virtud a elegir


En el amplio espectro de los colores resulta interesante observar como éstos pueden variar de una tonalidad a otra según la percepción del observador o el foco de luz que reciben. Y lo mismo pasa en el ámbito moral de las virtudes y de los vicios, encontrándonos valores que no son absolutos, sino que su caracterización depende tanto del protagonista, como del observador, como asimismo del contexto. Este es el caso de la soberbia.

La soberbia, como bien sabemos por definición, es la creencia de superioridad que una persona siente tener sobre el prójimo, ya sea por sus cualidades personales, o por su posición social o económica, y que manifiesta una actitud de trato distante o despreciativa hacia los demás. Así pues, ¿cuándo podemos entenderla como un vicio o como una virtud?. Para la mayoría de las personas, la soberbia es claramente un vicio, derivado de la gran influencia moralista católica. Pero realmente no está tan claro como parece. De hecho, la soberbia en el mundo medieval se representaba bajo la figura del león, que ya me explicará alguien qué tipo de soberbia desprende el rey de la sabana (consciente que no se puede descontextualizar la simbología de su cultura de origen), mientras que los griegos clásicos -por poner un ejemplo como contraste ajeno al catolicismo- solo entendían la soberbia como aquella actitud humana que transgredía los límites del destino (moira) que los dioses imponían a los hombres, concepto al que denominaban hibris. Así pues, para dilucidar cuándo debemos entender la soberbia como una virtud o como un vicio, en un ejercicio de esterilizarla de determinismos culturales, debemos separar la idea de la forma.

La soberbia diseccionada como idea queda reducida al orgullo del ego. Y éste, a priori, no puede considerarse moralmente reprobable, pues equivale a la reafirmación de la mismidad de un individuo, a la autoestima del Yo Soy. Tesis que profundizo en la reflexión sobre el Ego bajo el título “Reivindico el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal”. Diferente es el caso si dicho orgullo del ego se presenta, por un trastorno de la personalidad, como consolidación de una idea personal de egocentrismo y/o narcisismo, las cuales van ítimamente ligadas a conceptos como el egoísmo, la falta de empatía y la carencia de consideración ajena.

Mientras que la soberbia diseccionada como forma queda reducida a dos manifestaciones conductuales posibles: al distanciamiento o al desprecio respecto a terceros. En este caso, la línea roja que separa la virtud del vicio se haya en el respeto como valor por la otra persona. Es evidente que el desprecio, en cualquiera de sus modalidades (indiferencia, crítica, acción hiriente, etc), es una carencia de respeto, por lo que moralmente se debe considerar como un vicio. Por su parte, el distanciamiento, exento de desprecio, no atenta contra el respeto ajeno, por lo que moralmente se debe considerar como una virtud.

Si ponemos como ejemplo el concepto de soberbia de Nietzsche (pensador calificado como soberbio por excelencia), el cual consideraba que era una virtud elevada propia de hombres superiores, que conducía a la honestidad absoluta consigo mismo (donde no cabe la trampa ni la deshonestidad), así como a la valentía y superación constante siempre buscando estar por encima de los demás y sin ocultarlo ante nadie en todos los aspectos y momentos de la vida; con independencia de dicha concepción virtuosa propia que tenía el filósofo alemán sobre la soberbia, podemos decir que ésta, en idea y forma, aunque pudiera parecernos por lo menos irritante, no cabe definirla como vicio siempre y cuando no atente contra el respeto de terceras personas.

Así pues, a modo de conclusión, la soberbia podemos considerarla como una virtud si en idea se presenta como orgullo del ego, y en forma se manifiesta con una conducta de distanciamiento frente a terceros, sin transgredir el valor del respeto personal ajeno, pues esta postura es reflejo de un nivel de autoestima alto consigo mismo, propio de personas emocionalmente sanas y de una firme autoridad interna. Estaríamos, pues, ante una soberbia personal con educación y buenos modales. Contrariamente, consideraremos la soberbia como un vicio si en idea se presenta como egocentrismo y/o narcicismo, y en forma se manifiesta con una conducta de desprecio frente a terceros, trasgrediendo el valor del respeto personal ajeno, pues esta postura es reflejo de una dudosa seguridad e inestable autoestima, propio de personas desequilibradas psicoemocionalmente y de una falsa autoridad interna. En este caso, estaríamos ante una soberbia personal sin educación y con malos modales.

Expuesto lo cual, solo cabe acabar la presente reflexión restituyendo las virtuosas cualidades del león por naturaleza, al que sin venirle a cuento se le colgó durante siglos el sambenito de la personalización de la soberbia como envanecimiento y arrogancia. Al hombre, lo que es del hombre, y al león, lo que es del león.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano