miércoles, 30 de enero de 2019

La sociedad que promueve la Lujuria controla la razón de sus ciudadanos

"El descubrimiento de la lujuria" de El Bronzino

¡Con el sexo hemos topado! Lo cierto es que reflexionar sobre la lujuria en plena era de la revolución sexual, donde el sexo libre es objeto de culto en una sociedad occidental con una fuerte concepción lícita de la cultura del deseo carnal exacerbado, es ponerse en camisa de once varas. Pero si algo caracteriza a la filosofía a lo largo de la historia de la humanidad, es que es justamente incómoda y muchas veces provocativa. Por lo que en esta breve reflexión vamos a dilucidar si la lujuria es un valor humano virtuoso o vicioso, más allá de los valores sociales de moda imperantes, y sus respectivas connotaciones sociológicas.

Entendemos como lujuria un deseo y una actividad sexual desmesurada, desordenada y en muchos casos incontrolable. Y es justo observar que todas las civilizaciones antiguas con mitología propia la personalizaban en una deidad moralmente viciosa: Lilith de origen mesopotámico, Anuket en Egipto, Afrodita en Grecia (cuyas “siervas sagradas” debían prostituirse en su rito iniciático), Cupido -hijo de Venus y Marte- en Roma, Kamadeva en el hinduismo, Tlazoltéotl en la mitología mexicana, etc. Mientras que contrariamente, la sociedad contemporánea de corte liberal la considera una manifestación tácita propia de la virtud de la libertad personal.

La idea de la concepción actual de la lujuria se constituye, sin lugar a dudas, por la convergencia de tres líneas de pensamiento sociabilizadas: el derecho a la libertad personal, la búsqueda lícita del placer sensorial inmediato como el fin de un bien superior en si mismo, y la cultura sexual abierta como moral social aceptada. Tres líneas de pensamiento convergentes fruto, seamos conscientes, de una sociedad de economía de libre mercado donde lo sustantivo (la experiencia) es más importante que lo sustancial (la esencia del objeto experimentado). No en vano el porno es una de las industrias más lucrativas en nuestros tiempos, la cual está exenta de cualquier tipo de barrera de acceso en la era de las tecnologías de la comunicación.

La lujuria, como todos sabemos, no representa ningún camino de trascendencia para el hombre, sino que al contrario es una conducta que explota los instintos sexuales más bajos de la condición humana, allí donde la ética como disciplina de la razón no tiene cabida. Y una conducta carente de ética no puede ser bajo ningún concepto considerada como virtuosa.

Por otro lado, las consecuencias de una conducta desmesurada, desordenada y desenfrenada sexualmente tienen claras consecuencias negativas tanto para el perfil de personalidad del individuo, así como para la naturaleza moral del conjunto de la sociedad, como pueden ser la imposibilidad de crear vínculos afectivos duraderos propios de una relación de pareja comprometida (lo que afecta al concepto de familia), como es la falta de respeto por el prójimo (lo que afecta al ámbito de la libertad personal), como es asimismo la carencia de autocontrol sobre los deseos (lo que afecta a la salud mental del individuo), e incluso como afección directa sobre la incapacidad de amar (lo que afecta a la capacidad emocional equilibrada de la persona).

La lujuria, por tanto, como deseo descontrolado y voraz, es un exceso.Y todos los excesos son perjudiciales, pues conducen a trastornos psicoemocionales, pudiendo generar cuadros patológicos e incluso actos contrarios al ordenamiento jurídico. Por lo que la lujuria no se puede enmarcar más que en el ámbito de los vicios capitales, por ser contrario a la moral de los valores humanos.

Pero lo grave de la lujuria, no es tanto su comportamiento individual moralmente reprobable, sino su cobertura y promoción social. Una sociedad que promulga la lujuria, aunque sea a través de eufemismos maestralmente gestionados por la economía de mercado como instrumento de gestión de marketing comercial, es una sociedad que no aboga por la libertad personal sino por el libertinaje que abre las puertas de la depravación, y donde el respeto por el prójimo queda confinado dentro del campo de actuación del egoísmo personal como ética de vida.

La lujuria es propio de hombres que no controlan los impulsos de sus deseos, sino que éstos los controlan y subyugan a ellos. Y siendo éste el caso, la pregunta que debemos hacernos es ¿dónde está el hombre como ser racional? Seguramente, de vuelta al mundo animal. Quizás ésta sea la respuesta de la existencia de una cultura sexual lujuriosamente abierta como moral social aceptada, pues al hombre racional no se le puede manipular fácilmente, pues en él reside la conciencia del libre albedrío, pero sí al hombre cautivo de sus propios deseos más primitivos, que por tener la conciencia nublada (por no decir atada a la entrepierna) carece de capacidad de razonamiento.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano