viernes, 18 de enero de 2019

La sociedad de no-dolor no permite el sufrimiento como crecimiento personal


Al ser humano, como al resto de seres vivos, no nos gusta el dolor. Lo contrario forma parte de indicativos de trastornos mentales más propios del amplio mundo sadomasoquista. Pero como norma general, las personas evitamos el dolor por asociación directamente relacionada con el sufrimiento. Tanto es así que el hombre se ha esforzado, a lo largo de la historia de la humanidad, por construir una sociedad de no-dolor como es la contemporánea.

El sistema paliativo del sufrimiento en las sociedades modernas de no-dolor (que por ser paliativo lo encubre o disimula, no lo erradica) es complejo por integral, ya que incide en las diversas dimensiones del cuerpo del ser humano: la física, la psicoemocional, y la espiritual. A nivel del cuerpo físico, las sociedades de no-dolor cuentan con los avances farmacológicos necesarios, en formato de analgésicos, antiinflamatorios o relajantes musculares, que nos permiten prácticamente a antojo huir de esa percepción corpórea, más o menos intensa, molesta o desagradable. A nivel del cuerpo psicoemocional, las sociedades de no-dolor han creado una dinámica de interrelación de las personas como individuos con respecto a nosotros mismos y con el resto del mundo basado en la cultura del hedonismo, que no es más que la identificación del bien propio y colectivo con el placer sensorial e inmediato, máxime si cabe con la sociabilización de la nueva era tecnológica virtual. Y a nivel del cuerpo espiritual, las sociedades de no-dolor han conseguido derrocar a los viejos dioses castigadores e intransigentes, algunos más ancestrales que otros, para sustituirlos por unos nuevos dioses vitalistas regocijados en los credos de la celebración y el disfrute existencial, acordes a los valores arquetípicos promulgados por un omnipotente mercado de libre consumo.

Sí, el hombre moderno ha creado sociedades de no-dolor con el objetivo de intentar por todos los medios que el dolor sea desterrado de la vida cotidiana de las personas. Y al hacerlo, de manera consciente, busca erradicar el sufrimiento en el ser humano. Con independencia del hecho que no hay sociedad más manejable políticamente que aquella que vive en la complacencia, mediante los diversos tipos de opios sociales que eximen de la amarga experiencia del dolor propio, debemos preguntarnos qué consecuencias tiene para la naturaleza humana la erradicación del sentimiento del sufrimiento.

Si entendemos que la sabiduría personal surge del aprendizaje mediante la experiencia, y que éste solo se alcanza a través de la mecánica dualista del éxito-fracaso, siendo el fracaso una experiencia de aprendizaje que genera sufrimiento. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no hay sabiduría.

Si entendemos que la resilencia, como capacidad de superación frente a una adversidad para reinventarnos en una mejor, renovada y actualizada versión de nosotros mismos, parte como reacción del sufrimiento personal. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no hay resilencia ni reivención.

Si entendemos que la resistencia, como actitud básica del compromiso y la responsabilidad, es el comportamiento conductual que nos fortalece frente las dificultades y que nos permite persistir para lograr un objetivo sostenible en el tiempo o a largo plazo, lleva implícito algún grado de sufrimiento en la vida del proceso. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no hay resistencia, y por extensión compromiso y responsabilidad.

Si entendemos que la compasión y la empatía es el resultado directo del sufrimiento que se siente al ver padecer a alguien, y que nos impulsa a aliviar, remediar o evitar su dolor. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no hay compasión ni empatía.

Si entendemos que somos seres sensibles en cuanto somos capaces de sentir y expresar sentimientos, y que una de las capacidades emocionales básicas del ser humano es sentir y expresar el sufrimiento. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no hay cabida para la sensibilidad como seres sensibles.

Si entendemos que la superficialidad y la frivolidad se caracterizan, entre otros factores determinantes, por la evasiva consciente ante estados propios o ajenos de sufrimiento. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento tiene lugar la superficialidad y la frivolidad.

Si entendemos que la felicidad es un estado de consciencia, cuyo viaje interior es un camino de sabiduría personal, y que no hay sabiduría sin el sufrimiento necesario generado por el fracaso como experiencia del aprendizaje. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no se alcanza la felicidad personal.

Si entendemos que el sufrimiento forma parte intrínseca de la realidad natural de los seres vivos, como ley de vida universal, que nos permite aceptar y respetar el Principio de Realidad de la vida. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no existe la aceptación y el respeto por la Realidad.

El hecho que vivamos en una sociedad de no-dolor, no debe hacernos entender que el sufrimiento que acompaña al dolor sea taxativamente negativo. Pues forma parte en gran medida de lo que somos como seres humanos, y es la base emocional de la filosofía humanista que nos ha llevado hasta los actuales estados de bienestar social que busca la dignificación de la vida de las personas. La erradicación del dolor en campos como la medicina es un logro loable para la humanidad, pero ello no equivale que su extrapolación a otros campos más propios de las ciencias sociales relacionadas con la sociedad y el comportamiento humano (la educación, la psicología, la política, la economía, etc) sea igual de positivo para el desarrollo de una sociedad como colectivo. El sufrimiento no deja de ser parte del crecimiento personal. Para lo demás, ibuprofeno o paracetamol.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano