jueves, 3 de enero de 2019

La quietud como senda de la acción cocreadora


En estos primeros días de año nuevo me he propuesto comenzar las mañanas estando quieto, que no es lo mismo que no hacer nada, pues son dos cosas muy diferentes. Para alcanzar un estado de quietud interna hay que hacer, mientras que para estar en modo de no hacer nada, justamente hay que permanecer en un estado de no-hacer. La quietud implica un esfuerzo personal de control sobre uno mismo, mientras que la actitud de no hacer nada no implica esfuerzo alguno, al contrario, representa un abandono de uno mismo.

Pero no nos confundamos, no estamos hablando de un estarse quieto tensionado, del tipo “no aguanto más sin moverme para hacer algo”, sino que me refiero a la búsqueda de un estarse quieto relajado que nos transporta a un estado mental y emocional de serenidad personal. Lo cual ya es, en sí mismo, una razón de peso para practicar la quietud. Aunque la verdadera motivación de esforzarse en estarse quieto es la necesidad de volver a conectarnos con la belleza de la vida. Pues la vida -aunque ciertamente es corta- para la mayoría de los mortales nos parece tan vasta que debemos recordarnos periódicamente que es bella.

Solo en ese estado consciente de conexión con la belleza de la vida es cuando todo a nuestro alrededor toma una nueva luminosidad, mucho más intensa y llena de vitalidad. Es entonces que esa misteriosa actitud tan íntima como intransferible a la que llamamos fe en la vida se manifiesta en el seno de nuestro ser, encendiendo la llama intangible (pero no por ello menos real) de la creencia y la esperanza en la propia existencia.

Las campanas de la iglesia cercana repican en una mañana extrañamente silenciosa, tras una larga noche de festejo ritual de bienvenida al nuevo año en el que nos adentramos. El termómetro marca ocho grados en la terraza. La quietud -en su estado de serena paz interior-, y la chispa ilusionadora de la fe en la vida pueden resultar una experiencia tan gozosamente intensa como volátil. La quietud, que nos conecta con la belleza de la vida, es volátil. Y la fe, dimensión creadora a través de la cual se convierten los deseos en realidad, también deviene volátil. Es por ello que depende de cada uno de nosotros, y solamente de nosotros a título individual, el hacer sostenible dicha volatilidad alargándola el máximo posible en el tiempo, a través de incorporar en la cotidianidad de nuestras vidas el hábito del estado de conciencia de la quietud como umbral de acceso a la belleza del mundo, único camino de percepción sensorial capaz de encender la chispa cocreadora de la fe en la vida.

Sí, estarse quieto y no hacer nada son dos cosas muy diferentes. La quietud requiere de un trabajo activo personal, y más aun en un mundo que nos empuja de manera insistentemente invasivo y poco respetuoso a una actividad frenética fuera de nosotros mismos, cual barco amarrado en puerto que se resiste a dejarse arrastrar por un fuerte temporal. Y de igual manera la fe en la vida, que nos posibilita alcanzar nuestras metas personales, requiere de un trabajo activo semejante al de proteger con nuestro propio cuerpo la frágil llama de una vela en plena calle y en medio de un vendaval.

Sabedores que no podemos crear aquellas realidades que cumplan nuestros deseos sin la magia creadora de la vida, que no hay magia creadora posible sin la llama de la fe en la vida que la activa, ni fe en la vida sin la necesaria conexión con la capacidad de percibir la belleza de la propia vida, ni ésta sin un estado de consciencia de quietud interior. Entonces, y solo entonces, entenderemos el trabajo que conlleva el estar quietos. Un hacer que, asimismo, para que pueda integrarse como un estado de consciencia propio, requiere que lo convirtamos en un hábito de conducta personal mediante la voluntad activa de la disciplina interior. No hay hábito sin práctica, ni práctica sin una voluntad disciplinada.

En estos primeros días de año nuevo me he propuesto comenzar las mañanas estando quieto (del verbo estar, no del verbo permanecer), al igual que practicaba en antaño. Pues la experiencia me ha demostrado que por mucho correr no se llega antes al destino, que no todos los caminos -ni mucho menos- conducen a nuestra Roma particular, y que tampoco todas las puertas que se nos presentan a lo largo y ancho de nuestro viaje dan acceso al futuro deseado. La vida tiene sus propias leyes, a pesar que los hombres nos empeñemos en creer en otras diferentes de creación propia (equiparables a las emanadas del becerro de oro del Sinaí). Si algo nos otorga la edad es, mediante la casuística de la prueba y el error, humildad y mayor claridad de entendimiento. Y sobre este convencimiento, vuelvo a la luz de la serena, gozosa y cocreadora senda de la quietud, como un Ulises más que inicia su singular odisea de regreso a casa.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano