miércoles, 30 de enero de 2019

La gula como virtud es característico de sociedades moralmente desordenadas


Siempre he pensado que si existe algún vicio capital, cogiendo como equivalencia referencial los sietes pecados capitales católicos, que podría incluirse como variante de otro vicio capital, éste sería sin lugar a dudas la gula por tratarse, en definitiva, de una avaricia específica en materia de comida y de bebida. Al fin y al cabo la gula es un vicio del deseo desordenado de una persona por el placer de comer y de beber aun sin necesidad alimenticia alguna, un comportamiento compulsivo obsesivo íntimamente ligado a la ostentación del lujo y de la riqueza que se manifiesta de manera externa.

Justamente por la vinculación de la gula con lo boato, el comportamiento desmedido frente a la comida y la bebida también puede encajarse dentro de la actitud propia de la soberbia como manifestación del poder económico, por lo que en éste sentido han existido culturas que han considerado la gula no como un vicio sino como una virtud. Tal es el caso de la Antigua Roma, donde los notables de la época realizaban ostentosos banquetes interminables en que los comensales, ya hartos de injerir alimentos, acostumbraban a provocarse el vómito para poder retomar nuevamente la ingesta de alimentos que les volviese a llenar a continuación más allá de la saciedad.

Entonces, ¿por qué la gula se ha considerado en los últimos siglos como un vicio capital?. La respuesta la debemos encontrar en la filosofía cristiana, y más especialmente en la relación entre la gula con el egoísmo, entendiendo éste como la búsqueda exclusiva de la satisfacción personal en detrimento de las necesidades ajenas. En otras palabras, la gula se consideraba un vicio al violentar el principio de equidad social y de redistribución de los bienes bajo la lógica de la consideración, la solidaridad, y la caridad hacia el prójimo más necesitado.

No obstante, las sociedades liberales contemporáneas estructuradas en los preceptos del capitalismo vuelven a reinvertir el valor moral de la gula convirtiéndolo en una virtud, recuperando así la filosofía hedonista que tanto caracterizó a nuestros antepasados romanos: la satisfacción sensorial como fin del bien superior y fundamento existencial de la vida. Solo hay que observar la ostentación propia de la gula que diversos “influencers” publicitan a través de las diversas redes sociales. En éste punto cabe aclarar que disfrutar de los alimentos -por caros que sean-, propio de perfiles gourmet, no es gula, ya que ésta sólo tiene cabida cuando se sobrepasa el umbral de la cobertura de las necesidades personales y, además, se incurre en un acto deliberado de desperdiciar los alimentos.

Así pues, ¿cómo debemos considerar la gula, como un vicio o como una virtud?. Todo depende del modelo de sociedad que adoptemos. Si nos acogemos a la cultura de una sociedad egoísta, la gula la concebiremos como una virtud. Si nos acogemos a la cultura de una sociedad solidaria, la gula la concebiremos como un vicio. No obstante, el concepto virtuoso de la gula en sociedades egoístas está viciado a priori, ya que ninguna conducta derivada del egoísmo puede ser elevada a la categoría de virtud por esencia. Ya que toda virtud contempla en su naturaleza, al menos, los siete valores humanos más importantes: la honestidad, la sensibilidad, la gratitud, la humildad, la prudencia, el respeto, y la responsabilidad. Es por ello que la gula, al representar todo lo opuesto a los valores fundamentales del ser humano, a la luz del humanismo que es la única doctrina que trasciende al hombre a la categoría de humano, debemos considerarla no solo como un vicio, sino como un vicio capital.

Al final, cuando nos referimos a la gula, como igual sucede con el resto de vicios capitales, siempre nos encontramos frente a un mismo diagnóstico: distorsión de conductas moralmente aceptables por un determinismo sociocultural tóxico, que llevan a las personas a padecer trastornos de la conducta normal o funcional como es la incapacidad de autocontrol ante los deseos (de consumo), y una mala o nula educación en gestión emocional. Es por ello que la persona que vive desde la gula, patologías endógenas a parte, no es más que una víctima de una sociedad moralmente desordenada, pues la moral no es más que el conjunto costumbres y normas que se consideran buenas para la dirección y guía del comportamiento de las personas en una sociedad. Ergo, si una persona es el producto moral de su sociedad, dicha sociedad es la autora responsable de la conducta moral de dicha persona.

La gula es voracidad, y la voracidad nunca se llena, por lo que es uno de los orígenes de las mayores atrocidades humanas consigo mismo y con los demás. Es por ello que solo los hombres desalmados pueden concebir la gula como una virtud, pues a través de ella excusan, como filosofía de vida, la falta de respeto que caracterizan el resto de sus actos frente al mundo.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano