domingo, 13 de enero de 2019

La Forma, en la actualidad, está disociada del cambio y la experiencia como manifestación


Hacer alusión al mundo de las formas es hacer alusión al mundo perceptible, pues más allá del mundo perceptible la forma se nos niega, con independencia que ésta se haga real o no intervención mediante de nuestra consciencia. Esta es una obviedad elevada a categoría de axioma. Asimismo, que la forma sea una unidad indivisible o divisible de la materia es un tema que ha protagonizado uno de los grandes debates filosóficos a lo largo de la humanidad, dando origen a dos grandes líneas de pensamiento encontradas con mayor o menor éxito, por parte de cada una de ellas, en épocas diferentes de la historia. No obstante, la física moderna -que no deja de filosofear sobre la vida- ha demostrado que la forma puede ser dependiente e independiente a la vez de la materia, como pone de manifiesto la naturaleza de la energía como máximo exponente, sin necesidad de entrar en el campo de la metafísica. La franja divisoria, por tanto, entre física entendida como forma indisoluble de la materia, y metafísica como forma disoluble e independiente de la materia, resulta una idea obsoleta a todas luces.

Es por ello que en esta breve reflexión me refiero al concepto de la forma superando las acotaciones propias de la física y la metafísica para enfocarme desde un punto de vista estrictamente ontológico, entendiendo aquí la ontología como materia diferenciada de la metafísica (simulando la prote phylosophia aristotélica) centrada en todo aquello que es o existe, y contextualizado a la estructura del pensamiento contemporáneo fiel a mi filosofía efímera. Pues el filósofo, aunque lo pretenda, no puede descontexualizarse de su tiempo, de su determinismo cultural, ni de su capacidad de gestión del conocimiento como base de desarrollo intelectual para la creación (por deducción e intuición) de nuevas reflexiones.

Dicho lo cual, es una evidencia que vivimos en una sociedad en que las apariencias sí que importan, derivado -ahora más que nunca- de una era tecnológica eminentemente visual. Apariencia, imagen, así como figura, son las tres definiciones sustanciales del concepto de forma, originario del vocablo latino forma, formae. Lo que significa, desde el prisma sociológico, que vivimos en un tiempo de exaltación de la forma. Una forma que es más que una idea (el eidos platónico), que representa sustancia y realidad individual y concreta a la vez (pero sin la indisolubilidad aristotélica con la materia), y que a su vez es apriorística a la experiencia (amén a la visión kantiana). Es decir, vivimos actualmente en un mundo donde el culto a la forma no requiere ni de la esencia de su materia como manifestación formal equivalente, ni de la experiencia posterior como juicio de valor que nos aporta significado a dicha forma presentada. La forma se reduce a una simple apariencia que, por quedar eximida de la experiencia, es vacua en contenido. Una forma vigente que, en resumidas cuentas, bien puede describirse como postureo de una idea con realidad propia efímera.

La connotación sociológica de un mundo moderno donde se exime de experiencia y contenido a la forma resulta diáfano: consumimos esencias en detrimento de las sustancias. Lo que quiere decir que, como sociedad, promovemos el culto al conjunto de características permanentes e invariables que determinan a un ser o a una cosa, en oposición frontal a los componentes de los cuerpos de dichas formas que son susceptibles de cambios. Lo cual es un camino directo a la idealización de las ideas como conceptos, una tendencia muy rentable para el campo del marketing en una sociedad de consumo, pero que va en contra de dos de las principales leyes de la vida: el cambio (que toda forma experimenta a lo largo de su existencia) y la madurez (que solo es posible mediante la experiencia vivida).

La forma es esencia, pero en el mundo de las formas (que es el percibido) es a su vez sustancia cambiante y experimentable. No obstante, es cierto que en la realidad virtual en la que cada vez estamos más inmersos, contrariamente a la realidad natural, es capaz de disociar la esencia de la forma del resto de su causa formal o cuerpo manifestado, pero no por ello es menos cierto que dicha disociación tiene una incidencia directa en la escala de valores derivados de nuestra relación como seres humanos con dichas formas. Pues los valores no son más que cualidades que atribuimos a un sujeto u objeto, y que determinan en consecuencia nuestro comportamiento y actitud hacia los mismos. Si ensalzamos las formas a expensas de sus sustancias cambiantes y experimentables, no cabe extrañarse que estemos construyendo una sociedad superficial, con clara e impulsiva tendencia a desechar -tras un primer uso- una forma que es y existe porque su sustancia haya cambiado per se o tras haber sido experimentada. Valores como el respeto, el compromiso, la paciencia o la madurez, entre otros, sí que son indisolubles, en este caso, al mundo de las formas que concebimos.

La forma nos atrae, pero es la sustancia la que enamora de manera sostenible en el tiempo.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano