lunes, 21 de enero de 2019

La Espiritualidad como realidad de la naturaleza humana


El ser humano tiende hacia la espiritualidad siempre en busca de un estado de bienestar o liberación, ya sea como medio idílico de trascendencia personal, ya sea como fuga de escape frente a unos fantasmas interiores que la luz de la razón no consigue disipar. Sea como fuere, incluso los ateos son personas espirituales. Pero, ¿qué es la espiritualidad?. A rasgos generales podemos entenderla como una conducta humana que tiene una predisposición principalmente moral, psicoemocional, o cultural, a profundizar y experimentar los estados propios del espíritu. ¡Con la metafísica hemos topado, amigo Sancho!. Y, ¿qué es el espíritu?, nos preguntamos.

Los creyentes de las diversas religiones del mundo lo tienen claro, cada cual en base a su respectiva nomenclatura conceptual con denominación de origen. Pero si bien es cierto que todas las religiones son espirituales (unas más que otras), la espiritualidad no es solo religión. Pues la espiritualidad es un estado de conciencia personal, íntimo e intransferible, mientras que la religión es un cómputo de normas sociales de comportamiento de corte dogmático. Por lo que para las personas no religiosas, el espíritu -con independencia de que crean en su existencia o no-, es lo opuesto a la materia: un ser con consciencia propia, y por tanto con voluntad e inteligencia, separado del cuerpo o incorpóreo.

Llegados a este punto no vamos a diferenciar, en esta breve reflexión, sobre espíritu y alma, ya que éstos dos conceptos se entrelazan, mezclan y confunden dependiendo de las diversas escuelas filosóficas habidas y por haber, teologías incluidas. De hecho, el vocablo espíritu nos viene del latín spiritus y éste del verbo spirare que significa soplar, mientras que la palabra alma procede del latín ánima que viene del griego anemos que significa viento. Tal es la fina línea que separa ambos términos que spiritus representa, a su vez, aliento, vida, alma, mente y espíritu. Cada cual que elija a su gusto. Por lo que personalmente me gusta conceptualizar el espíritu como el “Yo Superior”, a imagen y semejanza de la idea arquetípica platónica o de la noética aristotélica del Ser, donde reside nuestro yo personal originario, puro en esencia, apriorístico a nuestra mortalidad, y por tanto interconectado con la consciencia creadora del Todo del que formamos parte. (Recomiendo el artículo “¿Qué es la consciencia?”, recogido en el glosario de términos del Vademécum del Ser Humano).

En un mundo materialista que tiende a negar lo intangible, la idea del Yo Superior resulta un reductio ad absurdum. No obstante, si algo tiene de humano la espiritualidad es que su metodología, más allá de las técnicas utilizadas, son empíricas. Es decir, que puede experimentarse y observarse los resultados. Por lo que si entendemos, en la actual era científico-tecnológica, que la única fuente de conocimiento humano es la experiencia, y la espiritualidad puede experimentarse, ergo la espiritualidad es un medio más para estudiar el origen, la estructura y el conocimiento del ser humano (lo que en filosofía se denomina epistemología).

Que la práctica del estudio, profundización y desarrollo personal en el espíritu o Yo Superior supone una actividad empírica, es una evidencia no solo para la ciencia contemporánea, y más particularmente para la neurociencia o la epigenética, sino principalmente para la persona que la experimenta. Puesto que en la práctica de la espiritualidad se observa cómo aumenta el estado de bienestar personal (físico y psicoemocional), en una clara recodificación interna del estado de conciencia que afecta positivamente la relación con uno mismo y con el resto del mundo exterior que nos rodea. Una transmutación, en términos de física clásica, de la energía de la persona como generador de campos electromagnéticos (una de las cuatro grandes fuerzas fundamentales existentes en la naturaleza terrestre conocidas), que afecta a su vez a la reordenación de la realidad más inmediata del individuo. Pues, si algo nos ha enseñado de manera complementaria la joven física cuántica, es el principio sobre el cual el mundo de las formas de la materia sigue a la energía, y ésta sigue a la conciencia y no al revés (experimento de Young o de la doble rendija). Por lo que el camino espiritual o del Yo Superior no solo es un camino de autoconocimiento, sino también de cocreación.

Evidencias empíricas a parte, una de las características principales de la conexión con nuestro mundo espiritual o Yo Superior, es que su práctica conecta a la persona con ideas virtuosas como el bien, la verdad, la justicia, la belleza y el amor, como valores supremos y universales. Por lo que podemos afirmar que la espiritualidad es una práctica trascendental, ya que trasciende al ser humano sobre la cotidianidad mundana de su contexto socio-temporal. Contrariamente, aquella supuesta práctica espiritual que se aleja de dichas ideas virtuosas como arquetipos universales apriorísticos puede ser cualquier otra cosa menos espiritualidad. El hábito, de apariencia o de comportamiento, no hace al monje, y los caminos de las personas de espíritu encarnado enfermo son vastos aunque escrutables. Pues si algo caracteriza al Yo Superior es, justamente, su radiante naturaleza luminosa.Y la oscuridad, aunque sea ténua, no es más que ausencia de luz.

Sí, es una evidencia que el hombre es un ser espiritual, tanto si hace uso o no de la práctica de la espiritualidad. Así como es una evidencia de la existencia de la naturaleza del Yo Superior como camino de autoconocimiento personal y trascendental, y asimismo de cocreación de realidades personales, aunque lo neguemos por desconocimiento o determinismo cultural. Pues el ser humano no solo es una realidad física, sino también una realidad metafísica que participa de éste gran misterio incognoscible que es la Vida.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano