martes, 29 de enero de 2019

Frente a la debilidad de la Ira, la fuerza de la razón

Escultura de arena de la Ira

¿Quién no se enfada alguna vez, verdad? Lo cierto es que el enfado es un sentimiento normal manifestado por el ser humano como efecto del rechazo ante algo o alguien que nos disgusta, a veces como reacción lógica, otras tantas como reacción ilógica -fruto de una mala gestión emocional de la situación- y, en demasiadas ocasiones, como un mal hábito conductual de relacionarnos con el mundo. Hasta aquí, solo podemos hablar de sentimientos y comportamientos. Pero cuando el enfado es muy grande e incluso violento, nos enfrentamos ante la ira, y cuando ésta se manifiesta como un estado mental alterado de carácter demencial estamos frente a la furia. Y es en este caso, cuando nos situamos ya en la órbita de la ira y la furia, que entramos en la dimensión de los vicios humanos.

Si tuviéramos que definir el espectro emocional del rechazo frente a un objeto, sujeto, circunstancia o hecho que nos disgusta, marcaríamos una línea gradual de menor a mayor intensidad que sería la siguiente: enfado-rabia-ira-furia. Hay quién podría pensar también en el enojo y la cólera, pero ambos están incluidos en los anteriores: el enojo es una variante del enfado, y la cólera asimismo es una variante del enojo que raya con la rabia, aunque popularmente se vincula a la ira. Ramificaciones significantes de los caracteres sustanciales a parte, lo interesante es observar la línea divisoria entre sentimientos negativos y comportamientos reprobables moralmente stricto sensu, y los vicios; frontera que se sitúa en la ira como sentimiento de enfado muy grande y violento. De hecho, no es baladí que se considere a la ira como uno de los siete vicios o pecados capitales.

Por otro lado, en esta breve reflexión sobre la ira, ésta la entenderemos a su vez como furia sin distinción conceptual entre ambas, ya que la ira tanto pasiva como agresiva también se enmarca dentro de cuadros patológicos de estados mentales demenciales que caracterizan a la furia, como pueden ser los síntomas de ira propios del comportamiento obsesivo, del autosacrificio, del destructivismo, del grandiosismo, de los comportamientos maniáticos, o de la venganza, por poner algunos ejemplos. Por lo que aquí, lo que nos interesa entender es el hecho claro que la ira es, pues, una reacción desmesurada e irracional de violencia, propio de personas que han perdido el juicio de manera temporal o de manera permanente, frente a situaciones derivadas del resentimiento, la irritabilidad, la frustración o la amenaza, principalmente.

El hecho incontestable que la ira comporta perjuicios moralmente reprobables a terceros, es por lo que justamente debemos considerarlo un vicio capital. Con independencia de si la ira es el resultado conductual de una persona frente a una situación que moralmente consideramos injusta, como por ejemplo matar a alguien que ha procurado daño a un ser querido, como pueda ser un asesino, un violador, o un estafador, entre otros. La ira por tanto, no solo es un acto irrefrenable de tomarnos la justicia por nuestra mano -independientemente de si la causa es objetivamente justa o no, y si el acto ejecutorio es consciente o inconsciente-, sino que representa el deseo irrefrenable de producir daño a aquello que nos ha producido daño.

Si, contrariamente, no considerásemos la ira como un vicio, sino incluso como una virtud propia del ámbito de ejecutar una ley ya sea personal o universal, el hombre como ser social estaría dinamitando el contrato social por el que se rigen las reglas de convivencia entre miembros partícipes de una misma comunidad humana. En otras palabras, desataríamos la ley de la selva más propio del argumento de la película de terror “La Purga” dirigida por el estadounidense James DeMonaco.

Es por ello que desde tiempos históricos, la humanidad ha buscado maneras de protegerse socialmente de la destructiva ira humana. Ya en la Grecia Clásica, la ira se dejaba en manos de las divinidades femeninas de la venganza, denominadas Erinias, que perseguían a los culpables de ciertos delitos. Mientras que en la Antigua Roma eran las Furias, asimismo tres divinidades vengadoras, las que acometían el mismo propósito. Ya más tarde en el mundo occidental católico se ocupaban los mismos demonios en el infierno, siendo Satanás (ángel caído en desgracia de Dios) quien encarna la ira. Y en la era contemporánea, de perfil laico, es el poder judicial -dentro de la separación de poderes de un estado democrático- quien se encarga de dicho menester, junto a los cuerpos y fuerzas del orden público.

Lo que está claro es que la ira es la manifestación de la ausencia de autocontrol que lleva a una persona a la pérdida de la razón (sobre el bien y el mal), por lo que por ser la razón una característica de los hombres, la ira es propia de la condición humana. Es por ello que hay pensadores quienes, como Aristóteles, consideraban que la ira es necesaria, pero bajo el dominio de la razón. Pero al situarse la ira siempre fuera de la razón, está claro que hay que contradecir al viejo filósofo griego al ser innecesaria por inútil y perjudicial socialmente al estar exenta de la razón. Es por ello que, se mire por donde se mire, no se puede considerar la ira como una virtud, ni en todo caso como un comportamiento positivo excepcional, pues no solo se sitúa fuera del ámbito de la razón humana sobre la que se cimientan las sociedades modernas, sino porque incluso está excesivamente vinculada por contagio de trastorno mental con la venganza personal.

La ira, en verdad, no es más que desatar la furia de nuestras carencias psicoemocionales personales en los demás. Por lo que no puede haber mayor vicio moral que vengar en los otros nuestras propias debilidades como seres humanos. Frente a la debilidad de la ira, la fuerza de la razón.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano