martes, 8 de enero de 2019

En una sociedad visual, la palabra se destierra como medida contra la libertad de pensamiento


Vivimos en un mundo donde las imágenes acaparan la estructura formal de la comunicación. Si bien en antaño las imágenes complementaban, casi a modo de entretenimiento o de apoyo pedagógico, a la palabra escrita; en la actualidad la relación se ha invertido, siendo la palabra escrita la que complementa la carga de significado comunicativo de las imágenes. Un efecto que indudablemente encuentra su causa y su fomento en el uso de la tecnología como canal predominante de comunicación instantánea, y más particularmente en la sociabilización de los dispositivos móviles personales.

Que las nuevas tecnologías han revolucionado el modus vivendi del ser humano, es una evidencia generalizada desde el último cuarto del siglo pasado. Una revolución tecnológica que en materia de comunicación comporta, por un lado, el acceso a un volumen de información que por ser ingente nos resulta ingerible de consumir en su vertiginosa actualización continua; y, por otro lado, a la irremediable síntesis comunicativa derivada de la feroz competencia de dicho bombardeo informativo. Dos variables, como resultado de una nueva sociedad articulada sobre la comunicación a tiempo real, que han encontrado en el formato de la imagen el paquete de transmisión de datos informativos por excelencia, elevando a dogma de fe la máxima de que una imagen vale más que mil palabras.

En un mundo visual, la palabra escrita queda relegada a un comodín al uso. La consecuencia directa de esta tendencia social es la imposibilidad de profundizar en una comunicación, lo cual obliga a una sobreexposición de la imagen visualizada como paquete comunicativo reglado. Ello conlleva un doble efecto que se retroalimenta entre sí: a menor capacidad de profundizar en una comunicación, menor posibilidad de reflexionar sobre su carga de significado por falta de argumentos de un pensamiento crítico que la sustente; y a mayor sobreexposición de la imagen comunicada, menor posibilidad de fomentar un razonamiento lógico-reflexivo sobre la misma. O dicho en otras palabras: el uso abusivo de la imagen como correa de información, con claras pretensiones de trasmisión de conocimiento, empobrece el pensamiento crítico del receptor al anular el debate por falta de argumentos expuestos por parte del emisor.

Que nuestra sociedad se comunique visualmente, utilizando la palabra tan solo como elemento complementario residual, es un peligro para el empobrecimiento del pensamiento crítico del conjunto de los ciudadanos, lo cual nos convierte en consumidores de paquetes informativos plenamente manipulables al provocar el atrofio -por desuso e incluso desconocimiento metodológico- de nuestra capacidad lógico-reflexiva como seres pensantes. Una mala noticia, sin lugar a dudas, para el futuro de toda Democracia salubre que se precie.

Por otra parte, a nadie se le escapa que la comunicación visual, como acción predominante de transmisión de información entre los seres humanos, también tiene una clara incidencia en las relaciones interpersonales desde un punto de vista sociológico, pues la falta de hábito en la profundización -por reflexión- de los temas comunicados nos aboca a una sociedad de discurso superficial, sin capacidad de análisis ni de generación de criterio propio. Y no hay mayor enemigo del Saber (como conocimiento) que el ignorante por oficio y dedicación.

Ciertamente resulta imposible desarrollar ningún tipo de discurso sin las palabras justas y necesarias que permitan elaborar su argumentación, y a partir de ahí poder postular nuestra afiliación o refutación capaz de abrir un debate racional que contraste ideas para enriquecimiento de los participantes, y de la misma materia objeto de debate. Aunque, visto lo visto, la exposición de argumentos -en su tiempo y forma óptima- parece ya una batalla casi perdida en un mundo occidental visual donde la palabra se utiliza a modo de eslogan publicitario, pues pocos son los que se dignan a leer artículos de reflexión, y muchos son lo que ya opinan -sentando cátedra- desde la información premasticada de las imágenes consumidas sin levantar cabeza de sus móviles.

En una sociedad que proclama a los cuatro vientos el culto a la libertad personal resulta paradójico que, simultáneamente, se esfuerce activa y concienzudamente en privarse de libertad de pensamiento. Pues no hay libertad personal sin libertad de pensamiento, ni ésta sin reflexión y conciencia crítica sobre la realidad en la que nos desarrollamos como personas. Así como resulta imposible desarrollar un pensamiento crítico sin la palabra, y no la imagen, como medio de alcanzar un razonamiento intelectual objetivo capaz de acercarnos a los principios de realidad y de veracidad del mundo, versus las irrealidades, las medias verdades y las falsedades ofertadas socialmente aunque resulten más atractivas sensitivamente. Una persona que no tiene pensamiento crítico, fruto de un análisis lógico-reflexivo, no solo no tiene libertad de pensamiento, sino que le han hurtado su propio libre albedrío. La imagen sirve para encantar e hipnotizar, mientras que la palabra argumentada sirve para pensar. Aunque ya sabemos que el pensamiento siempre es contestatario, y ésta conducta comienza a ser un delito tácito en una sociedad de mercado que trabaja por la sumisión onírica de las personas como masa productiva y consumista. En una sociedad visual, la imagen destierra la palabra como medida estratégica contra la libertad de pensamiento.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano