miércoles, 16 de enero de 2019

Diálogo de Besugos


No podía dejar de reírme. Casi por casualidad hoy he visto en redes sociales un par de referencias directas a un artículo mío de hace unas semanas, una a favor y otra en contra. La gracia de la cuestión es que la voz que me critica es, justamente, alguien que defiende públicamente el mismo postulado sobre el que se sustenta mi reflexión argumental (por lo que estoy de acuerdo con él o ella), mientras que quien me defiende, por contra, es alguien que critica públicamente mi discurso argumental (por lo que estoy en desacuerdo con él o ella). Una escena propia de “El contrato” de los hermanos Marx de la comedia musical “Una noche en la opera”.

Deduzco rápidamente, por no ser la primera vez que me ocurre, que ambos opinadores opuestamente polarizados no se han leído, ni de ojeada, mi artículo de reflexión en cuestión al que hacen referencia. Pues el mismo no es ambiguo o dado a erróneas interpretaciones, sino que resulta una exposición argumental meridianamente clara y explícita sobre mi posición como pensador sobre la temática que abordo. En su lugar, los opinadores tan solo se han fijado en el título del artículo (“¿Normalizar la violencia política es Democracia?”), seguramente también en los tags relacionados (#cataluña, #democracia, #estado, #independencia, #jóvenes, #legítimo, #manifestación, #política, #violencia), y quizás asimismo en la imagen seleccionada para ilustrar el texto (instantánea periodística de un enfrentamiento callejero entre jóvenes radicales independentistas y la policía), y a partir de estos limitados parámetros han sacado sus respectivas conclusiones. Cada cual barriendo para su casa, claro está.

Este hecho, que aun siendo circunstancial resulta ser tristemente una pauta general de manifestación intelectual en el entorno actual de las redes sociales, nos ofrece tres mensajes diáfanos: Uno, que los opinadores son unos vagos, por no dedicar ni un minuto y medio de esfuerzo (tiempo máximo que requiere la lectura) a leerse aquello sobre lo que opinan; Dos, y derivado del primero, que los opinadores son unos fundamentalistas que no les interesa abrir un debate para contrastar ideas sino tan solo iniciar una batalla ideológica con la única finalidad de imponer sus credos; y Tres, derivado a su vez de los anteriores, que los opinadores son unos imbéciles (dícese de las personas poco inteligentes o que se comportan con poca inteligencia) por el hecho de mantener un diálogo de besugos propio de dos sordos que se hablan entre sí.

Lo cierto es que de diálogos de besugos, cogiendo como excusa alguno de mis artículos divulgados en redes sociales, me voy encontrando con mayor asiduidad de la que me gustaría, para mi siempre renovada perplejidad. El perfil siempre acaba siendo el mismo: tristes imbéciles -muchos de los cuales no tengo relación personal ni virtual alguno- que amparados en el derecho de expresión aparecen, como surgidos de la nada por generación espontánea, para vomitar sus bilis dogmáticas de corto recorrido intelectual sobre un artículo mio concreto, con la misma proximidad discursiva con mis reflexiones que el hecho de que éstas las escribo con la Times New Roman como tipografía.

Que un pensador reflexione sobre temas de sociedad y política es tan viejo y común desde los tiempos en que Platón los elevó a temas relevantes para la Filosofía (“La naturaleza social del ser humano”, “Las clases sociales en la República”, y “La educación y el gobierno en la República”), hace ya más de 25 siglos. Y que un humilde filósofo como servidor los divulgue en las redes sociales es tan habitual, en plena actualidad, por uso común y normalizado socialmente de uno de los pocos medios que quedan para la difusión del libre pensamiento. Sabedor que al campo de las redes sociales no se le pueden poner puertas, al menos en occidente, por lo que resulta irremediable presenciar o ser protagonista pasivo de escenas de diálogos de besugos. Es por ello que frente a los monólogos de sordos hace ya tiempo que decidí no intervenir, pues solo me interesa aquella comunicación donde se genera un diálogo ortodoxo para el enriquecimiento del mundo de las ideas que nos permite crecer a las personas, desde el conocimiento y el continuo aprendizaje, como seres racionales. Para lo demás, ni un segundo de dedicación vital, que la vida es tan corta como maravillosa para malgastarla en memeces.

No obstante, debo reconocer que lo único que me preocupa de los diálogos de besugos contemporáneos, desde un enfoque de la filosofía política, es justamente la proliferación de los imbéciles. Pues no hay mayor peligro que un imbécil con poder, y si además tiene licencia de uso de violencia, ¡la Democracia no lo quiera!, ya es para temblar y ponerse a correr.

Los besugos, mejor al horno, con aceite de oliva y sal, unas patatas en rodajas, pimiento en juliana fina y una guindilla troceada, acompañados de una generosa copa de vino y en buena compañía para abrir tertulia. Salud!.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano