miércoles, 23 de enero de 2019

Crítica y Envidia, las dos caras de la mediocridad


El filósofo alemán Shopenhauer decía que “lo que más odia el rebaño (refiriéndose a la gente como masa) es aquel que piensa de modo distinto, no tanto por la opinión en sí, sino por la osadía de querer pensar por sí mismo, algo que ellos no saben hacer”. Debo reconocer, como ya hice en mi pequeña obra “Árbol Genealógico Filosófico Personal”, que Shopenhauer representa un genoma de pensamiento de mi estructura pensante personal -más concretamente de mi veintidosava línea generacional heredada- que debo reconocer que ha marcado pasajes de mi propia y contradictoria existencia humana, profundamente humana, en cuanto al tránsito entre el ocaso del idealismo y el amanecer del pesimismo existencial, pero cuya influencia se ha ido desvaneciendo a lo largo de los años ya entrada la madurez. Una clara influencia que pervive hasta la actualidad, no obstante, en cuanto a la creencia en declive de que el hombre es un ser social bueno por naturaleza, a favor de que en realidad es un ser social malo corrompido por la propia sociedad (de mercado), como afirmaría Rousseau un siglo antes.

Una de las características principales que manifiesta el hombre como ser social malo, entendiendo malo como aquella persona que actúa de manera contraria a la moral, es la crítica derivada de la envidia. Pero no una crítica positiva y constructiva, como ya damos por supuesto, sino una crítica negativa, correosa e incluso difamadora que busca perjudicar a la persona objeto de su atención. Puesto que la envidia, de la que parte la crítica negativa, es un sentimiento o estado mental en el cual la persona envidiosa manifiesta dolor o desdicha por no poseer en sí misma lo que tiene el otro, sean bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas tangibles e intangibles. En definitiva, la envidia no solo representa un estado de insalubridad emocional, sino a su vez una clara manifestación de desequilibrio mental. Tanto es así que ya los antiguos griegos la representaban bajo la horrorosa forma de un viejo espectro femenino con la cabeza ceñida de culebras, los ojos fieros y hundidos, el color lívido, una flaqueza horrible, con serpientes en las manos y otra que le roía el seno, e incluso algunas veces se le colocaba al lado de una hidra de siete cabezas, y en otras se la pintaba también despedazando un corazón y con un perro a su lado. Y es que los clásicos tenían ya muy claro que uno de los principales empleos de la envidia era el servir de guía a la calumnia, que no es ni más ni menos -poca broma- que la imputación falsa a una persona a la cual se culpa de un hecho que la ley califique como delito, a sabiendas de que éste no existe o de que el imputado no es el que lo cometió.

Sí, la crítica como manifestación externa de la envidia es propia de mentes retorcidas por desequilibradas. -¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabias. -dice Don Quijote en la célebre obra cervantina. Afirmación cuyo colofón lo aporta Unamuno al describirla como “íntima gangrena española” al referirse al rasgo de carácter más propio de los españoles. Lo cierto es que no sé si los españoles somos más envidiosos que otros pueblos, aunque nos sobra para guardar y repartir. Hasta tal punto que es una evidencia el hecho que destacar por méritos propios en la milenaria Hispania resulta una actitud de alto riesgo, rayando la imprudencia y la insensatez, lo cual no deja de ser contradictorio en una sociedad moderna de gestión del conocimiento donde el desarrollo del talento personal es esencial para la innovación y la competitividad social.

Sociología nacional a parte, lo preocupante de la situación es verificar el uso y costumbre generalizado de la crítica negativa como hábito conductual, lo cual denota una sociedad cuyos miembros están enfermos emocional y mentalmente. Lo cual tiene una afección directa en todos los resortes sobre los que se cimienta una sociedad: educación, sanidad, política, justicia, economía y cultura, elevando la envidia a la categoría de podredumbre de un sistema. Un fenómeno cuyos efectos son visibles en la devaluación social de valores positivos como puedan ser el mérito, la generosidad, la solidaridad, la equidad, la justicia, la aceptación o el reconocimiento, entre otros.

La crítica, por ser un hábito de comportamiento, se puede corregir en pos de un hábito más saludable tanto para la vida personal de un individuo como para el conjunto de la sociedad. Y asimismo la envidia, que por ser un sentimiento de carencia y/o impotencia derivado directamente de una disfuncionalidad de las emociones básicas del miedo, la tristeza y la rabia, se puede sanar a través de una adecuada educación en gestión emocional (a excepción de los que padecen patologías mentales, que requieren de la psiquiatría). De lo que se deduce que en una sociedad en la que impera la crítica y la envidia, como dos caras de una misma moneda propias de espíritus mediocres, o bien no interesa educar en técnicas psicoemocionales de hábitos del cambio para una mejor y más saludable vida mental y emocional de sus conciudadanos, o bien no se sabe cómo afrontarlo, lo cual no tiene disculpa alguna en una era conocedora de la ciencia de la inteligencia emocional. Seguramente, para la lógica agresiva de una economía de libre consumo como la actual, la crítica y la envidia sean dos grandes aliados orgánicos como fuente de energía motriz. Pues en mar revuelto, ganancias de pescadores.

Como decía Aristóteles, educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto. Y en una sociedad en la que no se educa el corazón, resulta inevitable la presencia de la envidia como desequilibrio emocional, conscientes que son las emociones quienes determinan la salubridad mental de una persona y, por extensión, de una sociedad. Alea iacta est.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano