miércoles, 30 de enero de 2019

La sociedad que promueve la Lujuria controla la razón de sus ciudadanos

"El descubrimiento de la lujuria" de El Bronzino

¡Con el sexo hemos topado! Lo cierto es que reflexionar sobre la lujuria en plena era de la revolución sexual, donde el sexo libre es objeto de culto en una sociedad occidental con una fuerte concepción lícita de la cultura del deseo carnal exacerbado, es ponerse en camisa de once varas. Pero si algo caracteriza a la filosofía a lo largo de la historia de la humanidad, es que es justamente incómoda y muchas veces provocativa. Por lo que en esta breve reflexión vamos a dilucidar si la lujuria es un valor humano virtuoso o vicioso, más allá de los valores sociales de moda imperantes, y sus respectivas connotaciones sociológicas.

Entendemos como lujuria un deseo y una actividad sexual desmesurada, desordenada y en muchos casos incontrolable. Y es justo observar que todas las civilizaciones antiguas con mitología propia la personalizaban en una deidad moralmente viciosa: Lilith de origen mesopotámico, Anuket en Egipto, Afrodita en Grecia (cuyas “siervas sagradas” debían prostituirse en su rito iniciático), Cupido -hijo de Venus y Marte- en Roma, Kamadeva en el hinduismo, Tlazoltéotl en la mitología mexicana, etc. Mientras que contrariamente, la sociedad contemporánea de corte liberal la considera una manifestación tácita propia de la virtud de la libertad personal.

La idea de la concepción actual de la lujuria se constituye, sin lugar a dudas, por la convergencia de tres líneas de pensamiento sociabilizadas: el derecho a la libertad personal, la búsqueda lícita del placer sensorial inmediato como el fin de un bien superior en si mismo, y la cultura sexual abierta como moral social aceptada. Tres líneas de pensamiento convergentes fruto, seamos conscientes, de una sociedad de economía de libre mercado donde lo sustantivo (la experiencia) es más importante que lo sustancial (la esencia del objeto experimentado). No en vano el porno es una de las industrias más lucrativas en nuestros tiempos, la cual está exenta de cualquier tipo de barrera de acceso en la era de las tecnologías de la comunicación.

La lujuria, como todos sabemos, no representa ningún camino de trascendencia para el hombre, sino que al contrario es una conducta que explota los instintos sexuales más bajos de la condición humana, allí donde la ética como disciplina de la razón no tiene cabida. Y una conducta carente de ética no puede ser bajo ningún concepto considerada como virtuosa.

Por otro lado, las consecuencias de una conducta desmesurada, desordenada y desenfrenada sexualmente tienen claras consecuencias negativas tanto para el perfil de personalidad del individuo, así como para la naturaleza moral del conjunto de la sociedad, como pueden ser la imposibilidad de crear vínculos afectivos duraderos propios de una relación de pareja comprometida (lo que afecta al concepto de familia), como es la falta de respeto por el prójimo (lo que afecta al ámbito de la libertad personal), como es asimismo la carencia de autocontrol sobre los deseos (lo que afecta a la salud mental del individuo), e incluso como afección directa sobre la incapacidad de amar (lo que afecta a la capacidad emocional equilibrada de la persona).

La lujuria, por tanto, como deseo descontrolado y voraz, es un exceso.Y todos los excesos son perjudiciales, pues conducen a trastornos psicoemocionales, pudiendo generar cuadros patológicos e incluso actos contrarios al ordenamiento jurídico. Por lo que la lujuria no se puede enmarcar más que en el ámbito de los vicios capitales, por ser contrario a la moral de los valores humanos.

Pero lo grave de la lujuria, no es tanto su comportamiento individual moralmente reprobable, sino su cobertura y promoción social. Una sociedad que promulga la lujuria, aunque sea a través de eufemismos maestralmente gestionados por la economía de mercado como instrumento de gestión de marketing comercial, es una sociedad que no aboga por la libertad personal sino por el libertinaje que abre las puertas de la depravación, y donde el respeto por el prójimo queda confinado dentro del campo de actuación del egoísmo personal como ética de vida.

La lujuria es propio de hombres que no controlan los impulsos de sus deseos, sino que éstos los controlan y subyugan a ellos. Y siendo éste el caso, la pregunta que debemos hacernos es ¿dónde está el hombre como ser racional? Seguramente, de vuelta al mundo animal. Quizás ésta sea la respuesta de la existencia de una cultura sexual lujuriosamente abierta como moral social aceptada, pues al hombre racional no se le puede manipular fácilmente, pues en él reside la conciencia del libre albedrío, pero sí al hombre cautivo de sus propios deseos más primitivos, que por tener la conciencia nublada (por no decir atada a la entrepierna) carece de capacidad de razonamiento.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

La gula como virtud es característico de sociedades moralmente desordenadas


Siempre he pensado que si existe algún vicio capital, cogiendo como equivalencia referencial los sietes pecados capitales católicos, que podría incluirse como variante de otro vicio capital, éste sería sin lugar a dudas la gula por tratarse, en definitiva, de una avaricia específica en materia de comida y de bebida. Al fin y al cabo la gula es un vicio del deseo desordenado de una persona por el placer de comer y de beber aun sin necesidad alimenticia alguna, un comportamiento compulsivo obsesivo íntimamente ligado a la ostentación del lujo y de la riqueza que se manifiesta de manera externa.

Justamente por la vinculación de la gula con lo boato, el comportamiento desmedido frente a la comida y la bebida también puede encajarse dentro de la actitud propia de la soberbia como manifestación del poder económico, por lo que en éste sentido han existido culturas que han considerado la gula no como un vicio sino como una virtud. Tal es el caso de la Antigua Roma, donde los notables de la época realizaban ostentosos banquetes interminables en que los comensales, ya hartos de injerir alimentos, acostumbraban a provocarse el vómito para poder retomar nuevamente la ingesta de alimentos que les volviese a llenar a continuación más allá de la saciedad.

Entonces, ¿por qué la gula se ha considerado en los últimos siglos como un vicio capital?. La respuesta la debemos encontrar en la filosofía cristiana, y más especialmente en la relación entre la gula con el egoísmo, entendiendo éste como la búsqueda exclusiva de la satisfacción personal en detrimento de las necesidades ajenas. En otras palabras, la gula se consideraba un vicio al violentar el principio de equidad social y de redistribución de los bienes bajo la lógica de la consideración, la solidaridad, y la caridad hacia el prójimo más necesitado.

No obstante, las sociedades liberales contemporáneas estructuradas en los preceptos del capitalismo vuelven a reinvertir el valor moral de la gula convirtiéndolo en una virtud, recuperando así la filosofía hedonista que tanto caracterizó a nuestros antepasados romanos: la satisfacción sensorial como fin del bien superior y fundamento existencial de la vida. Solo hay que observar la ostentación propia de la gula que diversos “influencers” publicitan a través de las diversas redes sociales. En éste punto cabe aclarar que disfrutar de los alimentos -por caros que sean-, propio de perfiles gourmet, no es gula, ya que ésta sólo tiene cabida cuando se sobrepasa el umbral de la cobertura de las necesidades personales y, además, se incurre en un acto deliberado de desperdiciar los alimentos.

Así pues, ¿cómo debemos considerar la gula, como un vicio o como una virtud?. Todo depende del modelo de sociedad que adoptemos. Si nos acogemos a la cultura de una sociedad egoísta, la gula la concebiremos como una virtud. Si nos acogemos a la cultura de una sociedad solidaria, la gula la concebiremos como un vicio. No obstante, el concepto virtuoso de la gula en sociedades egoístas está viciado a priori, ya que ninguna conducta derivada del egoísmo puede ser elevada a la categoría de virtud por esencia. Ya que toda virtud contempla en su naturaleza, al menos, los siete valores humanos más importantes: la honestidad, la sensibilidad, la gratitud, la humildad, la prudencia, el respeto, y la responsabilidad. Es por ello que la gula, al representar todo lo opuesto a los valores fundamentales del ser humano, a la luz del humanismo que es la única doctrina que trasciende al hombre a la categoría de humano, debemos considerarla no solo como un vicio, sino como un vicio capital.

Al final, cuando nos referimos a la gula, como igual sucede con el resto de vicios capitales, siempre nos encontramos frente a un mismo diagnóstico: distorsión de conductas moralmente aceptables por un determinismo sociocultural tóxico, que llevan a las personas a padecer trastornos de la conducta normal o funcional como es la incapacidad de autocontrol ante los deseos (de consumo), y una mala o nula educación en gestión emocional. Es por ello que la persona que vive desde la gula, patologías endógenas a parte, no es más que una víctima de una sociedad moralmente desordenada, pues la moral no es más que el conjunto costumbres y normas que se consideran buenas para la dirección y guía del comportamiento de las personas en una sociedad. Ergo, si una persona es el producto moral de su sociedad, dicha sociedad es la autora responsable de la conducta moral de dicha persona.

La gula es voracidad, y la voracidad nunca se llena, por lo que es uno de los orígenes de las mayores atrocidades humanas consigo mismo y con los demás. Es por ello que solo los hombres desalmados pueden concebir la gula como una virtud, pues a través de ella excusan, como filosofía de vida, la falta de respeto que caracterizan el resto de sus actos frente al mundo.



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martes, 29 de enero de 2019

Frente a la debilidad de la Ira, la fuerza de la razón

Escultura de arena de la Ira

¿Quién no se enfada alguna vez, verdad? Lo cierto es que el enfado es un sentimiento normal manifestado por el ser humano como efecto del rechazo ante algo o alguien que nos disgusta, a veces como reacción lógica, otras tantas como reacción ilógica -fruto de una mala gestión emocional de la situación- y, en demasiadas ocasiones, como un mal hábito conductual de relacionarnos con el mundo. Hasta aquí, solo podemos hablar de sentimientos y comportamientos. Pero cuando el enfado es muy grande e incluso violento, nos enfrentamos ante la ira, y cuando ésta se manifiesta como un estado mental alterado de carácter demencial estamos frente a la furia. Y es en este caso, cuando nos situamos ya en la órbita de la ira y la furia, que entramos en la dimensión de los vicios humanos.

Si tuviéramos que definir el espectro emocional del rechazo frente a un objeto, sujeto, circunstancia o hecho que nos disgusta, marcaríamos una línea gradual de menor a mayor intensidad que sería la siguiente: enfado-rabia-ira-furia. Hay quién podría pensar también en el enojo y la cólera, pero ambos están incluidos en los anteriores: el enojo es una variante del enfado, y la cólera asimismo es una variante del enojo que raya con la rabia, aunque popularmente se vincula a la ira. Ramificaciones significantes de los caracteres sustanciales a parte, lo interesante es observar la línea divisoria entre sentimientos negativos y comportamientos reprobables moralmente stricto sensu, y los vicios; frontera que se sitúa en la ira como sentimiento de enfado muy grande y violento. De hecho, no es baladí que se considere a la ira como uno de los siete vicios o pecados capitales.

Por otro lado, en esta breve reflexión sobre la ira, ésta la entenderemos a su vez como furia sin distinción conceptual entre ambas, ya que la ira tanto pasiva como agresiva también se enmarca dentro de cuadros patológicos de estados mentales demenciales que caracterizan a la furia, como pueden ser los síntomas de ira propios del comportamiento obsesivo, del autosacrificio, del destructivismo, del grandiosismo, de los comportamientos maniáticos, o de la venganza, por poner algunos ejemplos. Por lo que aquí, lo que nos interesa entender es el hecho claro que la ira es, pues, una reacción desmesurada e irracional de violencia, propio de personas que han perdido el juicio de manera temporal o de manera permanente, frente a situaciones derivadas del resentimiento, la irritabilidad, la frustración o la amenaza, principalmente.

El hecho incontestable que la ira comporta perjuicios moralmente reprobables a terceros, es por lo que justamente debemos considerarlo un vicio capital. Con independencia de si la ira es el resultado conductual de una persona frente a una situación que moralmente consideramos injusta, como por ejemplo matar a alguien que ha procurado daño a un ser querido, como pueda ser un asesino, un violador, o un estafador, entre otros. La ira por tanto, no solo es un acto irrefrenable de tomarnos la justicia por nuestra mano -independientemente de si la causa es objetivamente justa o no, y si el acto ejecutorio es consciente o inconsciente-, sino que representa el deseo irrefrenable de producir daño a aquello que nos ha producido daño.

Si, contrariamente, no considerásemos la ira como un vicio, sino incluso como una virtud propia del ámbito de ejecutar una ley ya sea personal o universal, el hombre como ser social estaría dinamitando el contrato social por el que se rigen las reglas de convivencia entre miembros partícipes de una misma comunidad humana. En otras palabras, desataríamos la ley de la selva más propio del argumento de la película de terror “La Purga” dirigida por el estadounidense James DeMonaco.

Es por ello que desde tiempos históricos, la humanidad ha buscado maneras de protegerse socialmente de la destructiva ira humana. Ya en la Grecia Clásica, la ira se dejaba en manos de las divinidades femeninas de la venganza, denominadas Erinias, que perseguían a los culpables de ciertos delitos. Mientras que en la Antigua Roma eran las Furias, asimismo tres divinidades vengadoras, las que acometían el mismo propósito. Ya más tarde en el mundo occidental católico se ocupaban los mismos demonios en el infierno, siendo Satanás (ángel caído en desgracia de Dios) quien encarna la ira. Y en la era contemporánea, de perfil laico, es el poder judicial -dentro de la separación de poderes de un estado democrático- quien se encarga de dicho menester, junto a los cuerpos y fuerzas del orden público.

Lo que está claro es que la ira es la manifestación de la ausencia de autocontrol que lleva a una persona a la pérdida de la razón (sobre el bien y el mal), por lo que por ser la razón una característica de los hombres, la ira es propia de la condición humana. Es por ello que hay pensadores quienes, como Aristóteles, consideraban que la ira es necesaria, pero bajo el dominio de la razón. Pero al situarse la ira siempre fuera de la razón, está claro que hay que contradecir al viejo filósofo griego al ser innecesaria por inútil y perjudicial socialmente al estar exenta de la razón. Es por ello que, se mire por donde se mire, no se puede considerar la ira como una virtud, ni en todo caso como un comportamiento positivo excepcional, pues no solo se sitúa fuera del ámbito de la razón humana sobre la que se cimientan las sociedades modernas, sino porque incluso está excesivamente vinculada por contagio de trastorno mental con la venganza personal.

La ira, en verdad, no es más que desatar la furia de nuestras carencias psicoemocionales personales en los demás. Por lo que no puede haber mayor vicio moral que vengar en los otros nuestras propias debilidades como seres humanos. Frente a la debilidad de la ira, la fuerza de la razón.



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lunes, 28 de enero de 2019

Las dos caras de la Soberbia: vicio y virtud a elegir


En el amplio espectro de los colores resulta interesante observar como éstos pueden variar de una tonalidad a otra según la percepción del observador o el foco de luz que reciben. Y lo mismo pasa en el ámbito moral de las virtudes y de los vicios, encontrándonos valores que no son absolutos, sino que su caracterización depende tanto del protagonista, como del observador, como asimismo del contexto. Este es el caso de la soberbia.

La soberbia, como bien sabemos por definición, es la creencia de superioridad que una persona siente tener sobre el prójimo, ya sea por sus cualidades personales, o por su posición social o económica, y que manifiesta una actitud de trato distante o despreciativa hacia los demás. Así pues, ¿cuándo podemos entenderla como un vicio o como una virtud?. Para la mayoría de las personas, la soberbia es claramente un vicio, derivado de la gran influencia moralista católica. Pero realmente no está tan claro como parece. De hecho, la soberbia en el mundo medieval se representaba bajo la figura del león, que ya me explicará alguien qué tipo de soberbia desprende el rey de la sabana (consciente que no se puede descontextualizar la simbología de su cultura de origen), mientras que los griegos clásicos -por poner un ejemplo como contraste ajeno al catolicismo- solo entendían la soberbia como aquella actitud humana que transgredía los límites del destino (moira) que los dioses imponían a los hombres, concepto al que denominaban hibris. Así pues, para dilucidar cuándo debemos entender la soberbia como una virtud o como un vicio, en un ejercicio de esterilizarla de determinismos culturales, debemos separar la idea de la forma.

La soberbia diseccionada como idea queda reducida al orgullo del ego. Y éste, a priori, no puede considerarse moralmente reprobable, pues equivale a la reafirmación de la mismidad de un individuo, a la autoestima del Yo Soy. Tesis que profundizo en la reflexión sobre el Ego bajo el título “Reivindico el ego como instinto básico de existencia y supervivencia personal”. Diferente es el caso si dicho orgullo del ego se presenta, por un trastorno de la personalidad, como consolidación de una idea personal de egocentrismo y/o narcisismo, las cuales van ítimamente ligadas a conceptos como el egoísmo, la falta de empatía y la carencia de consideración ajena.

Mientras que la soberbia diseccionada como forma queda reducida a dos manifestaciones conductuales posibles: al distanciamiento o al desprecio respecto a terceros. En este caso, la línea roja que separa la virtud del vicio se haya en el respeto como valor por la otra persona. Es evidente que el desprecio, en cualquiera de sus modalidades (indiferencia, crítica, acción hiriente, etc), es una carencia de respeto, por lo que moralmente se debe considerar como un vicio. Por su parte, el distanciamiento, exento de desprecio, no atenta contra el respeto ajeno, por lo que moralmente se debe considerar como una virtud.

Si ponemos como ejemplo el concepto de soberbia de Nietzsche (pensador calificado como soberbio por excelencia), el cual consideraba que era una virtud elevada propia de hombres superiores, que conducía a la honestidad absoluta consigo mismo (donde no cabe la trampa ni la deshonestidad), así como a la valentía y superación constante siempre buscando estar por encima de los demás y sin ocultarlo ante nadie en todos los aspectos y momentos de la vida; con independencia de dicha concepción virtuosa propia que tenía el filósofo alemán sobre la soberbia, podemos decir que ésta, en idea y forma, aunque pudiera parecernos por lo menos irritante, no cabe definirla como vicio siempre y cuando no atente contra el respeto de terceras personas.

Así pues, a modo de conclusión, la soberbia podemos considerarla como una virtud si en idea se presenta como orgullo del ego, y en forma se manifiesta con una conducta de distanciamiento frente a terceros, sin transgredir el valor del respeto personal ajeno, pues esta postura es reflejo de un nivel de autoestima alto consigo mismo, propio de personas emocionalmente sanas y de una firme autoridad interna. Estaríamos, pues, ante una soberbia personal con educación y buenos modales. Contrariamente, consideraremos la soberbia como un vicio si en idea se presenta como egocentrismo y/o narcicismo, y en forma se manifiesta con una conducta de desprecio frente a terceros, trasgrediendo el valor del respeto personal ajeno, pues esta postura es reflejo de una dudosa seguridad e inestable autoestima, propio de personas desequilibradas psicoemocionalmente y de una falsa autoridad interna. En este caso, estaríamos ante una soberbia personal sin educación y con malos modales.

Expuesto lo cual, solo cabe acabar la presente reflexión restituyendo las virtuosas cualidades del león por naturaleza, al que sin venirle a cuento se le colgó durante siglos el sambenito de la personalización de la soberbia como envanecimiento y arrogancia. Al hombre, lo que es del hombre, y al león, lo que es del león.



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Reflexiones del Filósofo Efímero sobre los Vicios o Pecados Capitales del Ser Humano


El hombre es un ser social que tiende por naturaleza humana ha inclinarse a cometer un conjunto de vicios, que por esencia son moralmente reprobables a la luz del humanismo a causa de su afección negativa no solo para el ser humano como individuo trascendental, sino para la equidad y la justicia necesaria que requiere el bien común de una sociedad. De estos vicios, existen unos pocos que son, a su vez, el origen de muchos otros, característica que les confiere la calidad de principales. Vicios principales, o más conocidos como pecados capitales por la tradición judeocristiana, se conocen un total de siete: lujuria, ira, soberbia, envidia, avaricia, pereza, y gula, que realmente no sobra ni falta ninguno pues incluyen la totalidad de vicios humanos conocidos.

Como filósofo, mi interés personal en los vicios capitales del ser humano no radica en su dimensión religiosa que los eleva a la categoría de pecado (pues éstos derivan de preceptos dogmáticos), sino en su dimensión laica moral como determinantes de los valores sociales sobre los que se construye una sociedad y determinan la percepción de la realidad y el perfil conductual de sus miembros como individuos.

Es por ello que en este breve artículo a modo recopilatorio, se recogen las diferentes reflexiones personales que como filósofo efímero voy elaborando, sin prisas pero sin pausa a lo largo del tiempo, para cada uno de los diversos vicios o pecados capitales:

2.-Ira
6.-Pereza
7.-Gula

Dichos conceptos, asimismo, cuentan con entrada propia en el glosario de términos de mi obra el Vademécum del Ser Humano.



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La Avaricia, un medio aceptado para alcanzar el éxito social como fin

DiCaprio como Belfort en "El lobo de Wall Street"

Es curioso observar el hecho de que cuando hacemos alusión a la avaricia en seguida nos viene a la mente el señor Scrooge, el avaro arquetípico por excelencia que protagoniza el famoso cuento de navidad de Charles Dickens, popularizado en la actual era -dos siglos después- gracias a las diversas películas realizadas de corte más o menos infantil. Y, como segundo recurso memorístico, siempre solemos contar con Belfort, el protagonista de la hollywoodiana película contemporánea “El lobo de Wall Street”, interpretado por el actor Leonardo DiCaprio y dirigida por Scorsese. Pero, contrariamente, prácticamente en ninguna ocasión relacionamos la avaricia como un comportamiento característico por parte de alguna persona de nuestro entorno social conocido. Cuando, realmente, vivimos en un mundo rodeados y dirigido por avaros.

Pero, ¿qué es la avaricia?. Podemos sintetizarlo en una conducta humana que practica activamente el deseo excesivo, incluso insaciable en muchos casos, por la búsqueda de riquezas, estatus o poder, más allá de las necesidades básicas requeridas para una vida cómoda y digna como ser humano. Justamente en la descripción de dicha naturaleza conductual es donde se esconde, a los ojos de la gran mayoría, el vicio de la avaricia. Ya que ésta se confunde con un valor social elevado a virtud en las sociedades capitalistas de libre mercado: la consecución del éxito personal. En otras palabras, el vicio de la avaricia desde un punto de vista humanista, ha sido transmutado en virtud de éxito personal y social desde un punto de vista capitalista. Y ya sabemos que, en estos casos como en muchos otros, no hay más ciego que el que no quiere ver, y más si nos referimos a una conducta personal aceptada socialmente.

La avaricia, que va íntimamente relacionada con la codicia (tanto que ambas se confunden por su estrecha interrelación), por manifestarse diáfanamente normalizada -casi de manera insultante por su descarada exposición pública- en la realidad sociológica de nuestros tiempos, tiene una clara incidencia tanto en la psicología del ser humano contemporáneo, como en la continua revisión de los valores sociales que el conjunto de individuos como comunidad promulgan en su actualización.

Desde un punto de vista psicoemocional, la avaricia transformada en virtud de éxito personal genera personas desequilibradas por su insaciable deseo de satisfacción, ya que no solo nada nunca es suficiente, puesto que tras cubrir una necesidad de manera casi ipso facta y por una clara tendencia impulsiva-compulsiva, pierden el interés por el deseo cumplido para focalizar su motivación en una necesidad de nueva creación objeto de un reciente deseo anhelado. Lo cual demuestra una alteración mental tanto en la incapacidad de controlar los deseos, como en la incapacidad de satisfacer las necesidades, como asimismo en la incapacidad de dirimir prioridades existenciales. Un lujo de perfil conductual para la cultura del consumismo, y un éxito social de la filosofía capitalista al conseguir relacionar la felicidad con lo material y la apariencia. Nada más lejos de la verdad de la naturaleza de la felicidad, que no es una búsqueda continua por la acaparación de deseos exteriores cuyo hábito provoca cuadros de inestabilidad mental y emocional en los individuos, sino un estado de consciencia personal que aporta un estado psicoemocional de paz y autorealización interior. (En este punto recomiendo las diversas reflexiones sobre la felicidad recopiladas en el glosario del Vademécum del Ser Humano).

Mientras que desde un punto de vista de los valores sociales, el hecho de que la avaricia se aprecie como medio que justifica el éxito personal como fin, permite transmutar valores tradicionalmente humanistas negativos, como pueden ser el egoísmo, la desigualdad social, la corrupción, la estafa, la mentira, la traición, la deslealtad, el robo, o incluso la violencia, como valores positivos con mayor o menor grado de aceptación o permisividad social. Es decir, los valores inmorales se convierten en morales, y los valores morales clásicos se destierran de la sociedad contemporánea por ineficacia social, recuperando la picaresca del Lazarillo de Tormes como manual de conducta estándar en los diferentes estratos de la sociedad. Todo un despropósito de desvirtuación consciente del conjunto de valores reconocidos como parte del comportamiento social que se espera de los individuos que forman parte de dicha comunidad. Y es que, no en vano, la avaricia se simboliza con la figura de un lobo hambriento. No habiendo peor sociedad que aquella compuesta de lobos que comen lobos, reafirmando así la famosa cita de Hobbes “homo homini lupus” (el hombre es un lobo para el hombre).

Sí, aunque no queramos reconocerlo, vivimos en una sociedad donde la avaricia prácticamente es ley. La avaricia, como impulso de un deseo descontrolado propio de un trastorno mental y emocional que solo genera personas inestables por desequilibradas, puede convertirse en un hábito de conducta, incluso normalizado como podemos observar en la actualidad. Pero la grandeza del hombre está justamente en su capacidad de trascenderse, a través de reflexionar sobre su comportamiento y las consecuencias del mismo con su realidad más inmediata, y de modificarlo si así lo considera necesario a la luz de la razón del bien común. De nosotros depende qué tipo de sociedad queremos desarrollar, y así mismo qué tipo de valores sociales deseamos como guía e inspiración en la vida personal de sus miembros. Sin reflexión no hay conciencia, y sin éstos no existe el pensamiento crítico capaz de hacer emerger una mente colectiva lúcida. Personalmente abogo por luchar contra la desnaturalización del humanismo, pues fuera del humanismo involucionamos hacia sociedades más propias del mundo de las bestias, donde no hay mayor moral que la que se impone por la fuerza de la violencia, ya sea física o intelectual, como lo es la avaricia. Pues aunque pueda parecer utópico, anhelo una sociedad en la que el hombre sea un ser humano para el hombre. Fiat lux!



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sábado, 26 de enero de 2019

La dependencia material no es reprobable moralmente, pero sí lo es la dependencia emocional


Hay diversos tipos de dependencias en la vida de los hombres. Hay dependencias materiales, propias de un mundo desigual y en muchas ocasiones injusto, pues existen personas que carecen de los recursos necesarios para disfrutar de una vida digna, mientras los hay quienes viven en la abundancia e incluso la sobreabundancia. La dependencia material de un ser humano respecto a otro no es reprobable moralmente (aunque sí en política de equidad social y/o de igualdad de oportunidades), pues manifiesta generosidad y solidaridad por parte del que comparte, y humildad por parte del que recibe. Siendo conscientes que la humildad no es una actitud de debilidad, sino de fortaleza de espíritu propio de personas que se han trabajado en la actitud de la aceptación del principio de realidad de una circunstancia, situación o hecho, como resultado de una lucha íntima previa con el orgullo propio y natural de un ego alimentado por los prejuicios sociales estándares (más si cabe en el caso de los hombres como género de estereotipo ancestral de provisión y cobertura de las necesidades familiares). Una aceptación real manifestada como humildad que, elevada a la categoría de gratitud sincera, engrandece al individuo como ser humano, pues lo libera de sentimientos autocorrosivos y ambientalmente tóxicos como son la rabia, el resentimiento, la culpa o la envidia, permitiéndole continuar el camino de su crecimiento personal de manera positiva y constructiva desde el punto de partida existencial en el que se encuentra dentro de la cronohistoria de su vida.

Hay, asimismo y por otro lado, dependencias emocionales, propias de un mundo sembrado de personas llenas de carencias psicoemocionales. La dependencia emocional de un ser humano respecto a otro sí que es objeto de reprobación moral y social.

Moralmente, porque el individuo atenta en primera persona contra uno de los valores morales más importantes: el respeto por sí mismo. Un ser humano que no se respeta, es una persona que cede su poder personal a terceros, lo que implica que la reafirmación de su propia identidad como individuo dependiente del estado de opinión y enjuiciamiento ajeno. Lo cual equivale a que su debilidad como ser pensante y sintiente, derivado de un cuadro psicológico de carencia emocional, representa la fortaleza del prójimo. Una falta de capacidad de respetarse a sí mismo cuyas consecuencias directas son el autosabotaje de su libertad personal, y por extensión de su libre albedrío -pues su consciencia está condicionada por la conciencia de la mentalidad externa de la que es dependiente-; y por una clara manifestación de carencia en materia de Autoridad Interna, que no es más que la valentía personal de mostrarse consigo mismo y ante el mundo tal y como Es, pues dicha autoridad ha sido cedida a terceros. Es decir, la persona no vive la vida por sí misma, sino que contrariamente la vive los demás en su lugar. Un postulado absolutamente inaceptable para la dignidad de la vida humana.

Y, socialmente, porque el hombre es un ser social por naturaleza, y como tal es asimismo un producto cultural desde el momento incluso anterior a su concepción. Por lo que un sistema social, educación mediante, es autor, partícipe y cómplice necesario a la vez del acto moralmente reprobable de permitir la existencia de personas con dependencia emocional. Lo cual es un efecto directo de atentar contra uno de los valores sociales más importantes: el respeto por el prójimo, que a su vez no es más que la culminación de la violación social del resto del paquete moral que constituyen los valores sociales básicos como son la tolerancia, la generosidad, la solidaridad, la lealtad, la sensibilidad, la honestidad, la prudencia o la bondad, principalmente. Puesto que toda sociedad tiene la responsabilidad, como valor social fundamental, de educar a sus miembros en la libertad y la dignidad personal, objetivo que solo puede alcanzarse mediante una diligente formación sociológica transversal en materia de gestión emocional.

Es por ello que podemos afirmar que la dependencia material no es reprobable desde el enfoque de la moral individual, pero no así la dependencia emocional, que tanto es reprobable desde la moral personal como desde la moral social. Asimismo, no podemos caer en el reduccionismo de la dependencia emocional como una consecuencia directa de la dependencia material, pues la una no es condición sine qua non para la otra. Desde la dependencia material puede existir la libertad individual y el respeto por uno mismo, pero no así desde la dependencia emocional. Ya que si bien la dependencia material afecta al mundo exterior de la persona, con todas las limitaciones que ello puede representar, la dependencia emocional afecta a su mundo interior.

En un mundo desigual por antonomasia, no hay mayor vida digna que aquella que se vive desde la libertad y el respeto individual de la Autoridad Interna.

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viernes, 25 de enero de 2019

La triple naturaleza de la Alegría


Hoy me siento alegre, más si cabe de lo normal, por un pequeño pero grato acontecimiento que he protagonizado. Y lo cierto es que me gusta la sensación, ya que la alegría produce un estado de bienestar personal e íntimo que provoca que todo nuestro cuerpo, ya sea de manera verbal o no verbal, se exprese con júbilo. Si tuviéramos que darle una tonalidad a la alegría, diríamos que es luminosa. Si fuera un color, seguramente el amarillo intenso, como recuerdo reflejo de un radiante sol de verano. Y si fuera energía, la calificaríamos como de las más altas en el arco de frecuencias de vibración y longitud de ondas senoidales. Pero, realmente, ¿qué es la alegría?. Como respuesta, podemos afirmar que la alegría se caracteriza por una triple naturaleza:

1.-La alegría como emoción.
La alegría es una de las cuatro emociones básicas de los seres humanos, junto y como contraste a la tristeza, la rabia y el miedo. Por lo que la alegría es una de las primeras descodificaciones de las reacciones psicofisiológicas (liberación de neurotransmisores y hormonas) que experimenta una persona, a través de los sentidos físicos como medios para percibir el mundo, respecto a los estímulos recibidos desde nuestra realidad más inmediata: percibir un sujeto, un objeto, un lugar, un suceso, un recuerdo, etc.

La alegría, asimismo, es una emoción de apertura, y cumple la función de ayudarnos a crear vínculos hacia los demás, siendo una emoción básica expansiva. Puede manifestarse de diversas maneras, siendo las más frecuentes la ternura, la sensualidad y el erotismo. Y en el caso que seamos capaces de gestionar adecuadamente la alegría, podremos alcanzar estados emocionales propios de la serenidad y la plenitud, mientras que en caso contrario nos conducirá hacia la tristeza, la euforia o la frustración.

2.-La alegría como sentimiento.
En cambio, la alegría como sentimiento no es más -que no por ello es de menor importancia- que la carga de vibración emocional de un pensamiento, el cual es el resultado de una intelectualización o acción neurológica, en que las células del cerebro se comunican entre sí a través de un proceso electroquímico para crear estructuras de pensamiento, derivado de la emoción básica de la alegría. O dicho en otras palabras, la alegría como sentimiento es creado por un pensamiento positivo, el cual es creado a su vez -en un contexto cultural de moralidad equilibrada- por la emoción básica de la alegría.

Este sentimiento de alegría, prolongado en el tiempo, crea lo que conocemos como un estado emocional conductual positivo, de grandes beneficios para la vida de una persona, cuyos efectos inciden directamente en la salubridad del cuerpo humano. Como así ya ha demostrado ampliamente tanto la medicina psicosomática, como la neurociencia e incluso la epigenética.

Tanto las dimensiones de la alegría como emoción básica y como sentimiento, las desarrollo con mayor profundidad en mi obra “Manual de la Persona Feliz”, por lo que no me alargaré en esta breve reflexión.

3.-La alegría como manifestación de un estado de conciencia.
Personalmente, me interesa mucho más la alegría como manifestación del estado de conciencia de la felicidad. Ya que la diferencia entre los dos estadios anteriormente presentados y éste es, justamente, que mientras la alegría como emoción y sentimiento son un fin, la alegría como manifestación de un estado de conciencia es un medio. Es decir, si bien en los primeros existe una clara casuística psicofisiológica, en este tercer estadio la alegría se presenta como resultado de una profunda reacción racional consciente como hábito de comportamiento personal en relación con uno mismo y respecto al mundo exterior. La alegría no está en el objetivo a conseguir, sino en el viaje a transitar. Es por ello que al ser la alegría un hábito conductual, éste se puede aprender e integrar como opción de desarrollo y crecimiento personal frente a la vida, dando lugar a un estado de conciencia que denominamos felicidad. Sabedores que la felicidad en verdad es un camino de sabiduría y autoconocimiento personal.

En este punto, recomiendo la reflexión “Conoce la fórmula de la Felicidad”, ampliamente desarrollado, para los interesados, en mi obra “Tratado de Habilidología”.

En todo caso, es indiscutible que la alegría es el reflejo de una persona sana y equilibrada mental y emocionalmente, y que su poderosa disposición hacia comportamientos y actos personales y sociales constructivos es merecedora de nuestra mayor atención, educación mediante. Pues, como bien todos sabemos, el cielo en la tierra solo es meritorio para las personas con espíritu alegre.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 23 de enero de 2019

Crítica y Envidia, las dos caras de la mediocridad


El filósofo alemán Shopenhauer decía que “lo que más odia el rebaño (refiriéndose a la gente como masa) es aquel que piensa de modo distinto, no tanto por la opinión en sí, sino por la osadía de querer pensar por sí mismo, algo que ellos no saben hacer”. Debo reconocer, como ya hice en mi pequeña obra “Árbol Genealógico Filosófico Personal”, que Shopenhauer representa un genoma de pensamiento de mi estructura pensante personal -más concretamente de mi veintidosava línea generacional heredada- que debo reconocer que ha marcado pasajes de mi propia y contradictoria existencia humana, profundamente humana, en cuanto al tránsito entre el ocaso del idealismo y el amanecer del pesimismo existencial, pero cuya influencia se ha ido desvaneciendo a lo largo de los años ya entrada la madurez. Una clara influencia que pervive hasta la actualidad, no obstante, en cuanto a la creencia en declive de que el hombre es un ser social bueno por naturaleza, a favor de que en realidad es un ser social malo corrompido por la propia sociedad (de mercado), como afirmaría Rousseau un siglo antes.

Una de las características principales que manifiesta el hombre como ser social malo, entendiendo malo como aquella persona que actúa de manera contraria a la moral, es la crítica derivada de la envidia. Pero no una crítica positiva y constructiva, como ya damos por supuesto, sino una crítica negativa, correosa e incluso difamadora que busca perjudicar a la persona objeto de su atención. Puesto que la envidia, de la que parte la crítica negativa, es un sentimiento o estado mental en el cual la persona envidiosa manifiesta dolor o desdicha por no poseer en sí misma lo que tiene el otro, sean bienes, cualidades superiores u otra clase de cosas tangibles e intangibles. En definitiva, la envidia no solo representa un estado de insalubridad emocional, sino a su vez una clara manifestación de desequilibrio mental. Tanto es así que ya los antiguos griegos la representaban bajo la horrorosa forma de un viejo espectro femenino con la cabeza ceñida de culebras, los ojos fieros y hundidos, el color lívido, una flaqueza horrible, con serpientes en las manos y otra que le roía el seno, e incluso algunas veces se le colocaba al lado de una hidra de siete cabezas, y en otras se la pintaba también despedazando un corazón y con un perro a su lado. Y es que los clásicos tenían ya muy claro que uno de los principales empleos de la envidia era el servir de guía a la calumnia, que no es ni más ni menos -poca broma- que la imputación falsa a una persona a la cual se culpa de un hecho que la ley califique como delito, a sabiendas de que éste no existe o de que el imputado no es el que lo cometió.

Sí, la crítica como manifestación externa de la envidia es propia de mentes retorcidas por desequilibradas. -¡Oh envidia, raíz de infinitos males y carcoma de las virtudes! Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rancores y rabias. -dice Don Quijote en la célebre obra cervantina. Afirmación cuyo colofón lo aporta Unamuno al describirla como “íntima gangrena española” al referirse al rasgo de carácter más propio de los españoles. Lo cierto es que no sé si los españoles somos más envidiosos que otros pueblos, aunque nos sobra para guardar y repartir. Hasta tal punto que es una evidencia el hecho que destacar por méritos propios en la milenaria Hispania resulta una actitud de alto riesgo, rayando la imprudencia y la insensatez, lo cual no deja de ser contradictorio en una sociedad moderna de gestión del conocimiento donde el desarrollo del talento personal es esencial para la innovación y la competitividad social.

Sociología nacional a parte, lo preocupante de la situación es verificar el uso y costumbre generalizado de la crítica negativa como hábito conductual, lo cual denota una sociedad cuyos miembros están enfermos emocional y mentalmente. Lo cual tiene una afección directa en todos los resortes sobre los que se cimienta una sociedad: educación, sanidad, política, justicia, economía y cultura, elevando la envidia a la categoría de podredumbre de un sistema. Un fenómeno cuyos efectos son visibles en la devaluación social de valores positivos como puedan ser el mérito, la generosidad, la solidaridad, la equidad, la justicia, la aceptación o el reconocimiento, entre otros.

La crítica, por ser un hábito de comportamiento, se puede corregir en pos de un hábito más saludable tanto para la vida personal de un individuo como para el conjunto de la sociedad. Y asimismo la envidia, que por ser un sentimiento de carencia y/o impotencia derivado directamente de una disfuncionalidad de las emociones básicas del miedo, la tristeza y la rabia, se puede sanar a través de una adecuada educación en gestión emocional (a excepción de los que padecen patologías mentales, que requieren de la psiquiatría). De lo que se deduce que en una sociedad en la que impera la crítica y la envidia, como dos caras de una misma moneda propias de espíritus mediocres, o bien no interesa educar en técnicas psicoemocionales de hábitos del cambio para una mejor y más saludable vida mental y emocional de sus conciudadanos, o bien no se sabe cómo afrontarlo, lo cual no tiene disculpa alguna en una era conocedora de la ciencia de la inteligencia emocional. Seguramente, para la lógica agresiva de una economía de libre consumo como la actual, la crítica y la envidia sean dos grandes aliados orgánicos como fuente de energía motriz. Pues en mar revuelto, ganancias de pescadores.

Como decía Aristóteles, educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto. Y en una sociedad en la que no se educa el corazón, resulta inevitable la presencia de la envidia como desequilibrio emocional, conscientes que son las emociones quienes determinan la salubridad mental de una persona y, por extensión, de una sociedad. Alea iacta est.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 


lunes, 21 de enero de 2019

Lo fantasmas del pasado existen para mejorarnos como personas

Fantasma del pasado de Dickens

Tres son los fantasmas humanos. Los más conocidos son los fantasmas de los no-vivos, manifestaciones espectrales de percepción visual o sensitiva, que gozan de una vasta literatura desde los albores de la humanidad. Pero también existen los fantasmas de experiencias personales pasadas, y los fantasmas generados a partir de miedos personales, que tanto pueden manifestarse de manera conjunta en una misma entidad o de forma independiente como entidades con sustancia propia diferente. Tres tipologías de espectros cuyo denominador común es la alteración y desestabilización del estado de bienestar interior de una persona. No obstante, en esta breve reflexión tan solo me centraré en los fantasmas de experiencias personales pasadas.

Los fantasmas de experiencias personales pasadas son colas de circunstancias vividas tiempo atrás que se arrastran, como acto incontinente propio o por voluntad deliberada ajena, a lo largo de los años hasta nuestro tiempo presente. De esta categoría de fantasmas hay que diferenciar los que son consecuencia de un acto negativo personal consciente o inconsciente, y los que son el resultado de un acto positivo personal consciente.

Si el fantasma de experiencia personal pasada es el resultado de una mala acción tanto consciente desde el principio, como semiconsciente o inconsciente en su origen pero que se hizo plenamente consciente a posteriori, estamos ante el recuerdo espectral de un acto de naturaleza inmoral, capaz de producir un sentimiento íntimo de mala conciencia que acompaña al individuo de manera sostenible a lo largo de su vida, por lo que es atemporal hasta que no se resuelva el conflicto psicoemocional interior que lo produce. En este caso, entenderemos que dependiendo de la naturaleza de la mala acción pasada protagonizada, nos encontraremos ante una mayor, menor, o nula capacidad de redención. Pues no tiene el mismo grado de mala conciencia una mentira, que un robo o un asesinato. La capacidad de sanar la mala conciencia es directamente proporcional al valor inmoral realizado, así como al daño ajeno ocasionado por éste. En este caso nos encontramos ante la cola de un fantasma pasado que, por generar mala conciencia, se arrastra en el tiempo por incontinencia propia.

Si en cambio, el fantasma de experiencia personal pasada es el resultado de una buena acción consciente, estamos ante el recuerdo espectral de un acto de naturaleza moral. Pero, ¿cómo puede convertirse una acción moral, y por tanto exenta del sentimiento de mala conciencia, en un fantasma del pasado que afecta la estabilidad psicoemocional del presente? La respuesta la debemos encontrar en la percepción subjetivamente negativa del acto, como consecuencia de su efecto, por parte de uno o más involucrados en la situación o circunstancia. Es decir, si el acto, aun por justo y moral en su ejecución, conllevó algún tipo de perjuicio para alguien, y éste alguien desde una escala de valores distorsionado lo considera injusto e inmoral o amoral, manteniendo vivo el conflicto personal a lo largo del tiempo -por inmadurez intelectual o inestabilidad emocional-, el fantasma del pasado pervive. Si bien en realidad nos situamos ante un fantasma de experiencia personal pasada propio de una tercera persona, al focalizarlo sobre la persona que fue la causa del origen del supuesto agravio, le puede hacer partícipe a éste de dicho fantasma personal como propio y con similar intensidad, pues la difamación siempre genera angustia. En este sentido, podemos hablar de un fantasma originado por una persona ajena y desde el resentimiento. Por lo que, en este caso, nos encontramos ante la cola de un fantasma pasado que, por estar exento de mala conciencia por parte del causante, se arrastra en el tiempo por voluntad deliberada ajena.

Cierto es que la tendencia natural de las personas es cambiar (salvo excepciones), y que en dicho proceso de continua impermanencia cada cual actúa de la mejor manera que sabe y puede en cada momento de su vida, pues la madurez y la sabiduría se adquieren transitando por el camino del aprendizaje, sabedores que no existe la experiencia del aprendizaje sin errar. Algo muy humano. Por lo que toda persona tiene el derecho inalienable, a la luz del aprendizaje de sus errores, a desear una vida mejor. El delito del hombre no es errar, sino no aprender de sus errores para evolucionar. Y ciertamente no yerra el que no vive, busca y experimenta.

Los fantasmas de experiencias personales pasadas son inherentes a la condición humana. Algunos solo los tienen como consecuencia de malas acciones conscientes, semiconscientes o inconscientes. Otros solo los acumulan como consecuencia de buenas acciones conscientes (muchas veces cargadas de ingenuidad). Y los hay que cuentan en su haber con ambas. Pero, en todo caso, son justamente estos espectros personales con los que convivimos en la intimidad los que nos permiten, como fuerza revulsiva propia de los maestros de vida, trascendernos como seres humanos a imagen y semejanza de la flor de loto que surge a partir del lodo.

Bendito tú que lidias con fantasmas de experiencias personales pasadas, pues en tu lucha por superarlos te esfuerzas en convertirte en una mejor persona. Fiat Lux!


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

La Espiritualidad como realidad de la naturaleza humana


El ser humano tiende hacia la espiritualidad siempre en busca de un estado de bienestar o liberación, ya sea como medio idílico de trascendencia personal, ya sea como fuga de escape frente a unos fantasmas interiores que la luz de la razón no consigue disipar. Sea como fuere, incluso los ateos son personas espirituales. Pero, ¿qué es la espiritualidad?. A rasgos generales podemos entenderla como una conducta humana que tiene una predisposición principalmente moral, psicoemocional, o cultural, a profundizar y experimentar los estados propios del espíritu. ¡Con la metafísica hemos topado, amigo Sancho!. Y, ¿qué es el espíritu?, nos preguntamos.

Los creyentes de las diversas religiones del mundo lo tienen claro, cada cual en base a su respectiva nomenclatura conceptual con denominación de origen. Pero si bien es cierto que todas las religiones son espirituales (unas más que otras), la espiritualidad no es solo religión. Pues la espiritualidad es un estado de conciencia personal, íntimo e intransferible, mientras que la religión es un cómputo de normas sociales de comportamiento de corte dogmático. Por lo que para las personas no religiosas, el espíritu -con independencia de que crean en su existencia o no-, es lo opuesto a la materia: un ser con consciencia propia, y por tanto con voluntad e inteligencia, separado del cuerpo o incorpóreo.

Llegados a este punto no vamos a diferenciar, en esta breve reflexión, sobre espíritu y alma, ya que éstos dos conceptos se entrelazan, mezclan y confunden dependiendo de las diversas escuelas filosóficas habidas y por haber, teologías incluidas. De hecho, el vocablo espíritu nos viene del latín spiritus y éste del verbo spirare que significa soplar, mientras que la palabra alma procede del latín ánima que viene del griego anemos que significa viento. Tal es la fina línea que separa ambos términos que spiritus representa, a su vez, aliento, vida, alma, mente y espíritu. Cada cual que elija a su gusto. Por lo que personalmente me gusta conceptualizar el espíritu como el “Yo Superior”, a imagen y semejanza de la idea arquetípica platónica o de la noética aristotélica del Ser, donde reside nuestro yo personal originario, puro en esencia, apriorístico a nuestra mortalidad, y por tanto interconectado con la consciencia creadora del Todo del que formamos parte. (Recomiendo el artículo “¿Qué es la consciencia?”, recogido en el glosario de términos del Vademécum del Ser Humano).

En un mundo materialista que tiende a negar lo intangible, la idea del Yo Superior resulta un reductio ad absurdum. No obstante, si algo tiene de humano la espiritualidad es que su metodología, más allá de las técnicas utilizadas, son empíricas. Es decir, que puede experimentarse y observarse los resultados. Por lo que si entendemos, en la actual era científico-tecnológica, que la única fuente de conocimiento humano es la experiencia, y la espiritualidad puede experimentarse, ergo la espiritualidad es un medio más para estudiar el origen, la estructura y el conocimiento del ser humano (lo que en filosofía se denomina epistemología).

Que la práctica del estudio, profundización y desarrollo personal en el espíritu o Yo Superior supone una actividad empírica, es una evidencia no solo para la ciencia contemporánea, y más particularmente para la neurociencia o la epigenética, sino principalmente para la persona que la experimenta. Puesto que en la práctica de la espiritualidad se observa cómo aumenta el estado de bienestar personal (físico y psicoemocional), en una clara recodificación interna del estado de conciencia que afecta positivamente la relación con uno mismo y con el resto del mundo exterior que nos rodea. Una transmutación, en términos de física clásica, de la energía de la persona como generador de campos electromagnéticos (una de las cuatro grandes fuerzas fundamentales existentes en la naturaleza terrestre conocidas), que afecta a su vez a la reordenación de la realidad más inmediata del individuo. Pues, si algo nos ha enseñado de manera complementaria la joven física cuántica, es el principio sobre el cual el mundo de las formas de la materia sigue a la energía, y ésta sigue a la conciencia y no al revés (experimento de Young o de la doble rendija). Por lo que el camino espiritual o del Yo Superior no solo es un camino de autoconocimiento, sino también de cocreación.

Evidencias empíricas a parte, una de las características principales de la conexión con nuestro mundo espiritual o Yo Superior, es que su práctica conecta a la persona con ideas virtuosas como el bien, la verdad, la justicia, la belleza y el amor, como valores supremos y universales. Por lo que podemos afirmar que la espiritualidad es una práctica trascendental, ya que trasciende al ser humano sobre la cotidianidad mundana de su contexto socio-temporal. Contrariamente, aquella supuesta práctica espiritual que se aleja de dichas ideas virtuosas como arquetipos universales apriorísticos puede ser cualquier otra cosa menos espiritualidad. El hábito, de apariencia o de comportamiento, no hace al monje, y los caminos de las personas de espíritu encarnado enfermo son vastos aunque escrutables. Pues si algo caracteriza al Yo Superior es, justamente, su radiante naturaleza luminosa.Y la oscuridad, aunque sea ténua, no es más que ausencia de luz.

Sí, es una evidencia que el hombre es un ser espiritual, tanto si hace uso o no de la práctica de la espiritualidad. Así como es una evidencia de la existencia de la naturaleza del Yo Superior como camino de autoconocimiento personal y trascendental, y asimismo de cocreación de realidades personales, aunque lo neguemos por desconocimiento o determinismo cultural. Pues el ser humano no solo es una realidad física, sino también una realidad metafísica que participa de éste gran misterio incognoscible que es la Vida.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

viernes, 18 de enero de 2019

La sociedad de no-dolor no permite el sufrimiento como crecimiento personal


Al ser humano, como al resto de seres vivos, no nos gusta el dolor. Lo contrario forma parte de indicativos de trastornos mentales más propios del amplio mundo sadomasoquista. Pero como norma general, las personas evitamos el dolor por asociación directamente relacionada con el sufrimiento. Tanto es así que el hombre se ha esforzado, a lo largo de la historia de la humanidad, por construir una sociedad de no-dolor como es la contemporánea.

El sistema paliativo del sufrimiento en las sociedades modernas de no-dolor (que por ser paliativo lo encubre o disimula, no lo erradica) es complejo por integral, ya que incide en las diversas dimensiones del cuerpo del ser humano: la física, la psicoemocional, y la espiritual. A nivel del cuerpo físico, las sociedades de no-dolor cuentan con los avances farmacológicos necesarios, en formato de analgésicos, antiinflamatorios o relajantes musculares, que nos permiten prácticamente a antojo huir de esa percepción corpórea, más o menos intensa, molesta o desagradable. A nivel del cuerpo psicoemocional, las sociedades de no-dolor han creado una dinámica de interrelación de las personas como individuos con respecto a nosotros mismos y con el resto del mundo basado en la cultura del hedonismo, que no es más que la identificación del bien propio y colectivo con el placer sensorial e inmediato, máxime si cabe con la sociabilización de la nueva era tecnológica virtual. Y a nivel del cuerpo espiritual, las sociedades de no-dolor han conseguido derrocar a los viejos dioses castigadores e intransigentes, algunos más ancestrales que otros, para sustituirlos por unos nuevos dioses vitalistas regocijados en los credos de la celebración y el disfrute existencial, acordes a los valores arquetípicos promulgados por un omnipotente mercado de libre consumo.

Sí, el hombre moderno ha creado sociedades de no-dolor con el objetivo de intentar por todos los medios que el dolor sea desterrado de la vida cotidiana de las personas. Y al hacerlo, de manera consciente, busca erradicar el sufrimiento en el ser humano. Con independencia del hecho que no hay sociedad más manejable políticamente que aquella que vive en la complacencia, mediante los diversos tipos de opios sociales que eximen de la amarga experiencia del dolor propio, debemos preguntarnos qué consecuencias tiene para la naturaleza humana la erradicación del sentimiento del sufrimiento.

Si entendemos que la sabiduría personal surge del aprendizaje mediante la experiencia, y que éste solo se alcanza a través de la mecánica dualista del éxito-fracaso, siendo el fracaso una experiencia de aprendizaje que genera sufrimiento. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no hay sabiduría.

Si entendemos que la resilencia, como capacidad de superación frente a una adversidad para reinventarnos en una mejor, renovada y actualizada versión de nosotros mismos, parte como reacción del sufrimiento personal. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no hay resilencia ni reivención.

Si entendemos que la resistencia, como actitud básica del compromiso y la responsabilidad, es el comportamiento conductual que nos fortalece frente las dificultades y que nos permite persistir para lograr un objetivo sostenible en el tiempo o a largo plazo, lleva implícito algún grado de sufrimiento en la vida del proceso. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no hay resistencia, y por extensión compromiso y responsabilidad.

Si entendemos que la compasión y la empatía es el resultado directo del sufrimiento que se siente al ver padecer a alguien, y que nos impulsa a aliviar, remediar o evitar su dolor. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no hay compasión ni empatía.

Si entendemos que somos seres sensibles en cuanto somos capaces de sentir y expresar sentimientos, y que una de las capacidades emocionales básicas del ser humano es sentir y expresar el sufrimiento. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no hay cabida para la sensibilidad como seres sensibles.

Si entendemos que la superficialidad y la frivolidad se caracterizan, entre otros factores determinantes, por la evasiva consciente ante estados propios o ajenos de sufrimiento. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento tiene lugar la superficialidad y la frivolidad.

Si entendemos que la felicidad es un estado de consciencia, cuyo viaje interior es un camino de sabiduría personal, y que no hay sabiduría sin el sufrimiento necesario generado por el fracaso como experiencia del aprendizaje. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no se alcanza la felicidad personal.

Si entendemos que el sufrimiento forma parte intrínseca de la realidad natural de los seres vivos, como ley de vida universal, que nos permite aceptar y respetar el Principio de Realidad de la vida. Ergo, podemos afirmar que sin sufrimiento no existe la aceptación y el respeto por la Realidad.

El hecho que vivamos en una sociedad de no-dolor, no debe hacernos entender que el sufrimiento que acompaña al dolor sea taxativamente negativo. Pues forma parte en gran medida de lo que somos como seres humanos, y es la base emocional de la filosofía humanista que nos ha llevado hasta los actuales estados de bienestar social que busca la dignificación de la vida de las personas. La erradicación del dolor en campos como la medicina es un logro loable para la humanidad, pero ello no equivale que su extrapolación a otros campos más propios de las ciencias sociales relacionadas con la sociedad y el comportamiento humano (la educación, la psicología, la política, la economía, etc) sea igual de positivo para el desarrollo de una sociedad como colectivo. El sufrimiento no deja de ser parte del crecimiento personal. Para lo demás, ibuprofeno o paracetamol.



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jueves, 17 de enero de 2019

Madama Butterfly, la cultura como anulador de la voluntad individual

La soprano Lianna Haroutounian como Butterfly en El Liceo 

La cultura se puede entender como un ecosistema de tradiciones y costumbres locales, o bien como el crisol del conocimiento. Un mismo nombre, para dos maneras muy diferentes, por no decir antagónicas, de enfrentar, entender y enjuiciar la realidad más inmediata. Si bien el peso de la cultura exclusivamente como tradición empobrece la mente humana, por limitación de miras, el bagaje de la cultura como conocimiento enriquece el saber humano, justamente por un enriquecimiento continuo de horizontes tanto aprehendidos como percibidos.

El significado restrictivo del concepto cultura como tradición no solo empobrece la visión que podemos tener del mundo, sino que incluso puede llegar a anular la voluntad individual de sus miembros. Un claro exponente de esta tesis la encontramos desarrollada en una de las óperas más famosas: Madama Butterfly, del compositor Giacomo Puccini y basada en una obra teatral de David Belasco. La ópera, inspirada en hechos reales, se sitúa en el Japón de finales del siglo XIX, y versa sobre la relación (o mejor dicho carencia de la misma, por ausencia del marido) de un matrimonio de conveniencia entre una geisha y un teniente de la marina norteamericana. Si bien la obra afronta diversas temáticas dignas de análisis filosófico, como es el papel de la mujer desde la desigualdad de género, las relaciones de poder basadas en la economía, el contraste de mentalidades entre civilizaciones denominadas modernas y tradicionales, los estigmas sociales propios de una comunidad conservadora, o el supramicismo desde un enfoque de profundo clasismo cultural, personalmente me interesa enfocarme en la presente reflexión en la anulación de la voluntad individual que sufre la protagonista de la ópera, el personaje japonés Cio-Cio-San (que se hace llamar Madama Butterfly en la obra).

En Madama Butterfly la anulación de la voluntad individual por parte de una tradición cultural restrictiva de la concepción de la vida, y por extensión del ser humano y más particularmente de la mujer, se manifiesta mediante tres caracteres bien definidos. En primer lugar, la protagonista no tiene libertad ni de decisión ni de movimiento fuera de la estructura organizativa familiar (en primera instancia de su familia de origen y, en segunda instancia una vez desposada, de su nueva unidad familiar de marcado perfil patriarcal). En segundo lugar, la protagonista se muestra como una persona plenamente dependiente psicoemocional y de acción respecto a su marido, careciendo de la capacidad de libre albedrío más allá de la sombra del cónyuge, y entendiendo el amor marital desde la obediencia debida. Y, en tercer lugar, la protagonista manifiesta un sentido propio de la vida como individuo única y exclusivamente dentro del contexto social y tradicional al que pertenece, fuera del cual la existencia como ser viviente no tiene sentido. (De hecho en el tercer y último acto de la ópera acaba suicidándose)

Salvando la distancia histórica en el que se desarrolla el drama operístico, donde la mujer carece de muchos de los derechos civiles estando supeditada por ley al hombre (no hay que olvidar que en Europa hasta mediados del siglo pasado no comienzan a equipararse los derechos entre géneros a favor de la mujer: participación en sufragio político, acceso a las universidades, igualdad frente al matrimonio, etc), Madama Butterfly se caracteriza por ser una mujer con un nivel cultural bajo en conocimientos generales (entendiendo conocimiento a la luz del concepto contemporáneo de conjunto de saberes académicos o pseudoacadémicos que otorgan a una persona un desarrollo competencial óptimo en materia de cultura general), y altamente dependiente de la cultura tradicional como uso y costumbres locales. En este sentido la ópera nos muestra, por tanto, una persona carente de libre albedrío, por un lado por falta de capacidad de pensamiento crítico ante un estado de gestión del conocimiento inexistente, así como una persona falta de capacidad de libre pensamiento, por otro lado al encontrarse limitado su proceso de raciocinio dentro de la estructura de pensamiento de la mente colectiva conservadora de su comunidad local. En otras palabras, una persona limitada a su caja existencial y fácilmente manipulada por la misma. Una persona sin autoridad interna, ni libertad personal.

Tristemente, de Madamas Butterflyes aun existen muchas mujeres en nuestro mundo, especialmente en aquellas zonas del planeta menos desarrolladas, como bien es conocido por todos. Por lo que es una obviedad que no podemos entender la cultura única y exclusivamente como hábito social de tradiciones y costumbres, sin una correspondiente cultura de la gestión del conocimiento para el desarrollo libre y digno de las personas. De hecho, nos parece inconcebible para aquellos que vivimos en las latitudes occidentales del globo terráqueo. Pues si bien las tradiciones nos aportan identidad social y arraigo natural a nuestras raíces de origen, el conocimiento como saber nos ayuda a trascendernos como seres humanos, tanto a nivel individual como sociedad, en un mundo complejo, cambiante, e interconectado, como es el actual. Y más si cabe cuando hace ya tiempo que dejamos de evolucionar biológicamente, para pasar a evolucionar culturalmente, conocimiento mediante.

Que la cultura no sea nunca un anulador de la voluntad individual, sino un potenciador de los talentos personales para la plena autorealización individual. La libertad se conquista a través del Saber.



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