viernes, 14 de junio de 2019

La industria española se extingue, ¿cómo revertimos el ciclo?


El peso de la industria española (incluyendo energía y excluyendo la construcción) cae hasta el 12,6 por ciento en su peso respecto al PIB nacional, y sigue descendiendo con su consecuente destrucción de empleo, según datos oficiales hechos públicos hace tan solo un par de días por el Ministerio de Industria y corroborados tanto por la Fundación BBVA, como por el Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas. Una evolución pareja, no obstante, al del conjunto de la eurozona, aunque ésta se encuentra a seis puntos por encima de España.

El actual panorama nada alentador para nuestro país pone de relieve dos aspectos clave: Una, que la economía española sigue sujeta a un modelo productivo basado en los servicios de bajo valor añadido como son la hostelería, el comercio, y los servicios auxiliares, lo que subyuga al país a una crisis estructural caracterizada por el empleo precario y los salarios bajos. Lo cual sitúa en una posición de jaque no solo a la calidad de vida del conjunto de los ciudadanos (que viven en una continua inflación), sino al mismo sistema público basado en el Estado de Bienestar Social (acomodado en los tipos de interés bajos por miedo a no alimentar aún más al monstruo de su sobredimensionada deuda pública). Y dos, que la apuesta por la innovación y la productividad no son garantes de la sostenibilidad y el desarrollo del modelo industrial que, por otro lado, se ha mostrado impermeable a las hipotéticas bonanzas de los sucesivos planes institucionales de rescate sectoriales.

Un contexto que augura un cambio de ciclo, en el que el actual modelo industrial no tiene encaje como motor tractor de la economía del país. Dos de las razones principales, como ya apunté en el artículo “Vivimos en un mundo de ángulos rectos en peligro de extinción, por la llegada de una nueva realidad”, es la escasez en ideas innovadoras que nos permitan evolucionar como sociedad por la complejidad que ha alcanzado nuestro conocimiento científico (ley de Moore), y el efecto techo de dicho conocimiento por la necesidad que tiene la ciencia de seguir desarrollándose fuera de nuestra caja euclidiana.

Así pues, el dilema está servido. Si la industria, que en el modelo capitalista clásico hasta la fecha ha ejercido de motor de la economía de los países desarrollados, hace fallida, ¿qué sistema económico productivo va a sustituir su papel?. La respuesta, aun por compleja, tan solo discurre por dos líneas de estudio posible. Una en la que cambiamos de modelo económico de organización social, la cual resulta inviable en un mundo estructurado sobre un mercado global. Y otra en la que transformamos el actual modelo industrial con el objetivo de revalorizar su potencialidad de generar riqueza social.

Llegados a este punto, la pregunta obligada no es otra que ¿cómo mejoramos el modelo industrial para que retome el rol de motor económico del país si no es suficiente con la apuesta por la innovación y la productividad como sinónimos de competitividad?. Lo que está claro es que si continuamos haciendo lo que hasta el momento hemos hecho, ya no solo conseguiremos los mismos resultados, sino que incluso empeoraremos la situación como demuestra el punto de inflexión actual, pues se conjugan nuevas variables en la ecuación económico-social hasta ahora desconocidas. El actual enfoque de la era disruptiva, a la luz inequívoca del balance resultante, no es suficiente.

Lo que está claro es que el principio tácito de conservación de la economía implica simetría con respecto a los cambios sociales, y que el principio explícito de conservación de calidad de vida de los ciudadanos en una sociedad de mercado se relaciona con la simetría del crecimiento orgánico de su modelo económico. Manifestándose la simetría en nuestra realidad de diversos tipos, entre los que se encuentra la axial (de rotación y traslación). Ergo, si el ciclo de crecimiento económico deviene negativo su sistema de referencia debe rotar y trasladarse axisimetricamente hasta el punto de conseguir el principio de conservación de calidad de vida de los ciudadanos. Y esto, en parámetros del sector industrial, ¿qué representa?.

Para que la economía industrial pueda realizar una simetría axial con respecto al principio de conservación del bienestar social de un país como fin último, debe superar la competitividad (innovación más productividad) real que solo se mueve en un plano lineal -de pasado a futuro- lleno de singularidades (picos oscilatorios), para incorporar una competitividad alternativa que se desplace de manera perpendicular al plano lineal de manera que permita trabajar la dimensión económica igual que si fuera una dimensión espacial, transgrediendo así las singularidades de cualquier ciclo económico, lo que nos permitiría armonizar las simetrías socioeconómicas. Asimismo, hacer referencia a una competitividad alternativa equivale a una innovación y una productividad alternativas, como contraposición a las reales, para lo que se requiere por tanto de un pensamiento alternativo o imaginario.

Debemos entender como pensamiento alternativo (al real) o imaginario a aquel que discurre tanto dentro como fuera de la caja euclidiana, facultad que ya en la actualidad es exclusiva de la inteligencia artificial mediante el proceso de aprendizaje profundo. Por lo que la industria española, al igual que el conjunto del sector productivo a nivel mundial, requiere incorporar un alto nivel de intensidad tecnológica no solo para revertir el ciclo económico, sino para devolver a la industria su papel de motor de las economías desarrolladas. (Ver: “La IA sustituirá a los humanos en los departamentos de Innovación de las empresas” y “El futuro es del Project Manager artificial”)

No cabe decir que en este sentido el Estado -como garante del bienestar social- debe jugar un papel destacado en la alta tecnologización del sector industrial, más si cabe cuando el 90 por ciento de su tejido empresarial está constituido por pymes, con una política activa y decidida de carácter transversal que acometa reformas paradigmáticas tanto en el ámbito educacional, como laboral y empresarial. Y sin caer en el autoengaño simplista de la cultura emprendedora -más propia del esquema Ponzi- [Ver: La estafa de ser pobre (modelo Ponzi)], pues la integración social de la alta tecnología en materia de reversión del ciclo económico mediante el cambio de modelo del sector industrial y sobre la base de una competitividad alternativa no es emprendedoría, sino conocimiento y gestión de la inteligencia artificial.

Así pues, ante la pregunta inicial de cómo cambiamos la tendencia de ciclo de una industria en fase de extinción, en términos de peso respecto al PIB nacional, la respuesta es diafanamente clara: cambiando el modelo de competitividad real por otro modelo de competitividad alternativo basado en el pensamiento artificial imaginario. Ante una nueva realidad, un nuevo paradigma. El tiempo de los seres artificiales se inicia, para continuar manteniendo el tiempo de los hombres.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

La presencia de la ausencia


Esta mañana, paseando por el puerto de pescadores de mi ciudad natal (la Tarraco scipionum opus), he percibido la presencia de la ausencia de manera reiterada en pequeños detalles de la vida cotidiana: un cabo amarrado al noray del muelle flotando en el agua sin embarcación que sujetar, una ofrenda floral a un difunto en el minúsculo mástil de una pequeña barca de pesca, sogas esforzándose en mantener a flote cascos de madera tapizados de algas y crustáceos, de lo que ya solo es un recuerdo lejano de un bello estilo de vida de subsistencia de los extintos hombres de mar. Una pesada sensación de ausencia, debo reconocer, seguramente amplificado por un cielo encapotado, soportable gracias a una brisa marina atemperada que, desdramatizando la existencia, anuncia la llegada del verano.

La presencia de la ausencia, si bien es un concepto complejo (por compuesto) al que se han referido diversos pensadores -desde Epicuro a Sartre, pasando por Shopenhauer-, y artistas -tantos, que solo mencionaré a la amiga de familia Carmen Riera- a lo largo de la humanidad, lo reconocí de manera consciente a través de una serie temática fotográfica de mi mujer Teresa años atrás. Un despertar del que desde entonces engendró en mi la semilla del interés reflexivo, que hoy explota humildemente y tiempo mediante como fruta madura.

La presencia de la ausencia parece una paradoja en sí misma, pero lo cierto es que hay ausencias que se hacen notar hasta tal punto que el vacío que provocan se hacen presente, por evidentes, en un espacio ya sea físico (lugar) o psíquico (en la mente de una persona). Hasta que el tiempo, que como arena del desierto lo recubre todo de nuevo, convierte la presencia de la ausencia primero en tan solo ausencia despojada de presencia, para posteriormente transformar la ausencia en olvido, que es lo mismo que la nada. Por lo que podemos decir que la ausencia nunca es vacío, ya que pasa de ser a no-ser sin previo espacio transitorio indeterminado e indefinible. A no ser que lo consideremos, en sus primeros estadios, como un vacío lleno.

La ausencia, por tanto, es un concepto metafísico por antonomasia, pues se haya más allá de la naturaleza de la realidad. Y aún así, su influjo se hace presente en nuestro lado de la realidad, en el mundo de las formas. ¿Cómo puede, entonces, algo que no existe en nuestra realidad (mundo no-fenomenológico) manifestarse como una presencia en la misma (mundo fenomenológico)? La respuesta aun siendo simple es reveladora: si la ausencia no es una forma stricto sensu, es entonces una idea de esa forma. Ergo, podemos afirmar que la ausencia es, como idea, el residuo o eco existencial de una forma que ya no-es.

Siendo pues la ausencia una idea de una forma que no-es, ésta como idea forma parte del mundo epistemológico, lo que posibilita al ser humano poderla reconocer cognitivamente. He aquí el haz que ilumina el hecho de que la ausencia, por ser un residuo o eco existencial de una forma que no-es, pervive en el conocimiento humano en tanto en cuanto perdura en la consciencia del hombre como individuo o colectividad. Es decir, el puente entre la idea que es (ausencia) y la forma que no-es (presencia de la ausencia) no es otro que la consciencia humana.

Y es justamente esta consciencia humana la que puede esforzare por mantener viva la presencia de la ausencia de manera sostenible en el tiempo (salto generacional) a través de una actitud proactiva respecto a la misma (recordatorios, ceremonias, conmemoraciones, etc). Lo que equivale a que la forma que no-es (inexistente en la realidad) solo puede perdurar en nuestra dimensión espacio-temporal mediante el apoyo y participación de otras formas que son (existentes en la realidad).

Asimismo, cabe destacar que la persistencia de la presencia de una ausencia en la línea del continuo cambio y transformación del devenir cotidiano de los hombres no se asegura por un vínculo afectivo contraído previamente con la susodicha forma, de la que se sustrae la posterior idea de la ausencia, sino por el valor de dos factores claves: la tipología de idea que proyecta la ausencia y el grado de interés de dicha idea, ambos íntimamente ligados a su forma apriorística (profundamente determinada por los determinismos ambientales). Así, a mayor proximidad con los valores arquetípicos universales y a mayor grado de interés social de la idea, mayor es la constante de la idea -en términos físicos- en el continuo espacio-temporal. E ídem ocurre en sentido contrario en su proporcionalidad inversa. Es decir, que el tiempo de presencia de una ausencia en nuestra realidad formal es igual al producto del valor de la idea proyectada por la ausencia y al grado de interés social de la misma.

Pero metafísica, epistemología y sociología a parte, lo cierto es que la naturaleza de la ausencia como presencia en nuestra realidad formal tiene una manifestación propia y singular en nuestro mundo emocional. Y la evocación de la ausencia como idea, ya sea ésta arquetípica o real, genera un espectro sentimental en las personas relacionado con una de las cuatro emociones básicas humanas: la tristeza, la cual puede conducir a sentimientos como la desazón, la angustia, la impotencia o la rabia (entre otros), llegando incluso a poder desembocar en estados de desequilibrio psicoemocional como la depresión. En este sentido, sí que el grado de afectividad contraído con la forma ausente es relevante para la condición humana, profundamente humana, de la consciencia individual reconocedora del sujeto u objeto ausente en nuestro mundo de las formas. Siendo el único remedio de cura existente frente al sentimiento de tristeza una firme actitud de desapego emocional a la forma que ya no-es, cuya medicina no es otra mas que el propio tiempo (del que no en vano reza el refrán que todo lo cura). Pues el hombre como especie sintiente siempre necesita, para su salud psicoemocional, recubrir sus vacíos existenciales.

Enfrentarse emocionalmente a la ausencia es, por tanto, equiparable a gestionar un proceso de duelo por muerte real o metafórica, de la que la frágil mente humana no sabe diferenciar. Una experiencia de aprendizaje inevitable de la vida cuyo resultado depende de cada persona y sus circunstancias (como diría Ortega y Gasset), pues aun sin quererlo somos parte indisociable de nuestro contexto, como vértice que forma parte de un poliedro. Es por ello que cuando camino en mi continuo caminar diario y percibo la presencia de una ausencia, como las halladas esta mañana en el puerto de pescadores bajo un cielo encapotado -ya a estas horas de la tarde despejado por un amable sol-, no puedo más que guardar un instante de respetuoso silencio imaginando el mundo que representó ese vacío lleno que ya no-es, para a continuación intentar intuir sobre la lógica probabilista del entorno cómo en un futuro próximo la vida volcará ese vació lleno -incluso sin dejarlo llegar a ser nada- en una nueva forma que es. Pues la vida siempre sigue, al menos sino para la mayoría, sí para el conjunto de los hombres como especie.

La vida sigue -dicen-, / pero no siempre es verdad / a veces la vida no sigue / a veces solo pasan los días”. (Pablo Neruda)


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 



miércoles, 12 de junio de 2019

Somos cuerpos geométricos con un centro existencial que nos da estabilidad y sentido a la vida

Geometry Body by Fomkin Konstantin

En un mundo euclidiano los seres humanos somos cuerpos geométricos por estar constituidos por las tres dimensiones espaciales de nuestra naturaleza. Y como en todo cuerpo geométrico (ya sea regular o irregular), el origen de dichos cuerpos no se haya en ninguno de los puntos que lo componen, es decir que no está en el cuerpo geométrico mismo sino en su centro: un punto espacio-temporal invisible y equidistante (El ejemplo más clarificador lo encontramos en el círculo). Ergo, por extrapolación, el origen que da forma, sentido y significado a toda persona, organizando y alineando los cuatros niveles de cuerpos diferentes que componen la estructura existencial de un ser humano (físico, emocional, mental y energético, por orden de mayor a menor densidad corporal), se haya en su centro de naturaleza intangible.

Un centro al que podemos denominar centroide si observamos el cuerpo geométrico como una forma del sistema, centro de masas si lo observamos desde su distribución de materia, o centro de gravedad si lo observamos dependiendo del campo gravitatorio, pero que al fin y al cabo y con independencia de la nomenclatura que hagamos uso, siempre nos referenciamos a un mismo fenómeno: un punto espacio-temporal invisible y equidistante que organiza desde su origen al conjunto de las partes que configuran el cuerpo geométrico de referencia. En el caso específico del ser humano, dicho centro intangible desde una observación metafísica existencial no es otro que la consciencia. (Ver: ¿Qué es la consciencia?).

La consciencia, por tanto, es el centro de origen intangible de la estructura existencial del ser humano, que organiza los diversos elementos que componen los cuatro niveles de cuerpos que posee toda persona. No obstante, en esta breve reflexión solo me ocuparé de los elementos singulares que dan forma a nuestro cuerpo energético particular por personal e intransferible, que a su vez determinan de manera directa a los subsiguientes cuerpos del ámbito mental y emocional de todo individuo, y más indirectamente -pero no por ello con menor eficacia temporal- al cuerpo físico o material por residual en su efecto cascada.

Sí, la consciencia es el punto de origen espacio-temporal intangible por invisible y equidistante que organiza los elementos del cuerpo energético, también denominado cuerpo espiritual, de la estructura existencial del ser humano. Pero, ¿cuáles son estos elementos que conforman nuestro cuerpo energético o espiritual? La respuesta a dicha pregunta no es única, ya que cada persona en su naturaleza individual tiene sus propios elementos que le confieren singularidad propia. No obstante, mediante el conocimiento introspectivo (autoconocimiento) que nos ofrece nuestra propia consciencia, como elemento originario y vertebrador, podemos reconocer nuestros propios elementos a título individual. Entendiendo como elementos del cuerpo energético aquellos rasgos vitales que no solo nos definen como personas individuales más allá del contexto cultural, sino que a su vez su desarrollo personal otorgan sentido -en el más amplio concepto existencial- a nuestras propias vidas.

En mi caso, como ejemplo expositivo, los elementos esenciales que conforman la estructura de mi cuerpo energético o espiritual son seis, en mi actual nivel de madurez cognitiva de consciencia personal: La Filosofía, la Libertad, la Creatividad, la Ética, el Amor, y la Espiritualidad. Seis elementos que -permítanme ser un poco platónico- dan forma geométrica a una estrella tetraédrica, en cuyo centro del cuerpo energético se haya mi consciencia individual. No obstante, llegados a este punto, cabe subrayar que la consciencia, como punto de origen espacio-temporal vertebrador de nuestro cuerpo energético en este caso, no organiza -en el sentido de ordenar armónicamente los elementos personales para nuestra positiva percepción íntima existencial, generando así un sentido de vida propio saludable- si no es a través de una actitud de consciencia activa o despierta. Pues solo una consciencia activa o despierta vela, en nuestro día a día, por la organización armónica de dichos elementos que confieren significado existencial al Yo Soy.

Así pues, ¿qué ocurre cuando la consciencia no organiza los elementos del cuerpo energético? Pues que estos se disgregan y actúan sin un centro vertebrador, pudiendo llegar a trasmutar la esencia de su naturaleza en sus propios opuestos por determinismos del mundo exterior de las formas. Es decir, y retomando los ejemplos anteriores, la Filosofía podría convertirse en una apatía por la búsqueda de la sabiduría, la Libertad en sometimiento, la Creatividad en sumisión a la realidad, la Ética en inmoralidad, el Amor en egoísmo, y la Espiritualidad en materialismo. Lo cual evidencia una clara desarmonización de los elementos estructurales del cuerpo energético de la persona objeto de estudio, con profundas implicaciones en su nivel de salubridad existencial individual por antinatural (vivir fuera de su centro), afectando directamente al resto de cuerpos mental (lo que piensa) y emocional (lo que siente) de la persona. Un desequilibrio vital que, sin lugar a dudas, acabará manifestándose finalmente en el cuerpo físico a modo de alteración fisiobiológica, llegando inclusive a generar algún tipo de enfermedad. Pues no hay ser humano que resista impunemente a las tensiones derivadas de la desalineación entre cómo se manifiesta consigo mismo y ante el mundo (Ser), y su propia naturaleza esencial (Es).

Reconocer y velar por nuestro centro existencial al que denominamos consciencia, es reconocer y velar por nuestra mismidad (condición de ser uno mismo). La cual, como todo centro de cualquier cuerpo geométrico en nuestro universo tetradimensional conocido, equivale a mantener la estabilidad en la vida frente a un entorno en continuo cambio y transformación. En caso contrario, la física elemental ya nos indica de manera explícita los efectos nocivos que experimenta todo cuerpo que pierde su centro de equilibrio estructural.

La disgregación y desarmonización de los elementos que dan significado a nuestra mismidad, tanto en el mundo de las ideas como de las formas, por la pérdida de nuestro centro originario y organizador, no solo tiene repercusiones contraproducentes para el individuo mismo (ya que nuestros actos son un reflejo de lo que pensamos y sentimos, y éstos son una consecuencia directa de la salubridad de nuestro cuerpo energético o espiritual), sino que a su vez tiene repercusiones contraproducentes para la misma sociedad en la que nos relacionamos. Es por ello que resulta fácil imaginar las implicaciones positivas, por sanas, que tendría para el conjunto de la sociedad el hecho de que las personas, a título individual, viviéramos desde nuestro centro existencial. Aunque ya se sabe que para ello, como hemos señalado con anterioridad, las personas no solo deben despertar la conciencia sobre sí mismas (estado de consciencias activas y despiertas), sino ejercerla proactiva y respetuosamente. ¿El primer paso?: obviamente desconectarse del mundo exterior para reconectarnos con nuestros centros de consciencia individual. Pero, ¿quién quiere despertar de un hedonista mundo virtual, verdad?.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 11 de junio de 2019

Resituemos el concepto de Amistad en su justa medida


Que el hombre es un ser social por naturaleza, es por todos sabido, más allá del famoso aforismo instaurado popularmente por el ilustrado Rousseau (a través de El contrato social), quien por cierto no hizo más que copiar literalmente a Aristóteles (en la Política, Libro Primero, capítulo I). Lo cual no tiene nada de recriminable, ya que todos los pensadores no hacemos más que reescribirnos los unos a los otros para adaptar el apriorístico mundo de las ideas atemporales en la singularidad del contexto espacio-temporal que nos toca vivir. Mismo mensaje con diferentes palabras y paisajes. No en vano todo el pensamiento occidental no deja de ser más que un apunte en el margen de la filosofía de la antigüedad clásica (presocrática, sofista, socrática, platónica y aristotélica, principalmente).

La naturaleza social del hombre contiene múltiples significados (ya sean éstos antropológicos, sociológicos, jurídicos, culturales, económicos, etc), pero todos parten de una premisa principal que no es otra que la relación existente entre dos o más personas de una misma comunidad, de la que deseo destacar como objeto de reflexión en este breve artículo la relación específica que denominamos como amistad.

Lo cierto es que hay tantos conceptos de amistad como relaciones humanas existen. No obstante, el elemento nuclear característico de la amistad es la afectividad. Es decir, sin afectividad no existe la amistad humana. Pero, asimismo, dicha afectividad debe ser bidireccional, ya que si tan solo se manifiesta de manera unilateral tampoco podemos hablar de amistad. Por otro lado, una relación afectiva significa que aquellas personas que participan de la amistad comparten una misma escala de valores personales y sociales, ya que en caso contrario no puede desarrollarse la afectividad. En resumidas cuentas, podemos afirmar que la amistad es una relación de afectividad recíproca en la que los actores se alinean en un mismo nivel de moralidad humana.

Cierto es que existen diversos niveles de relación de amistad, y por tanto diferentes grados de amistad, pues las relaciones humanas son ricas y variadas en forma y contenido. Aristóteles ya las dividía en tres categorías: la amistad interesada (en la que las personas nos instrumentalizamos para beneficio común), la amistad que solo busca placer (en la que las personas nos utilizamos para disfrutar de la vida), y la amistad perfecta (que trasciende el beneficio personal en pos del altruismo sincero y bondadoso por la otra persona). Aunque personalmente, y contradiciendo al viejo maestro, no considero las dos primeras catalogaciones como amistad sino como una acción más propia del ámbito del compañerismo, pues el nivel de moral manifestado es de baja talla (o moralina como diría Nietzsche), es decir, que el comportamiento derivado de dichas relaciones no ayuda a trascender al hombre hacia la consecución de ideales mayores como son los valores universales, sino que se fundamenta en valores morales superficiales y/o falsos. (Ver: Cuando la Moral se impone a los Valores Universales la humanidad siempre pierde). Y es que, debo reconocer, mi concepto personal de la amistad está profundamente influenciado por la idea arquetípica conductual de amistad de la obra de Alexandre Dumas “Los tres mosqueteros”. Que le vamos a hacer, además de romántico, uno no puede substraerse de su propio determinismo cultural, hondamente humanista a su vez que icónicamente clásico.

Son, por tanto, los valores universales (respeto, verdad, justicia, amor, bondad, libertad, honradez, responsabilidad, etc) manifestados en la moral humana los que ponen a prueba el concepto que dos o más personas tienen de la amistad verdadera. Tanto es así que la fragilidad de la relación humana a la que llamamos amistad no reside tanto en la mayor o menor intensidad de la afectividad (de fácil y alegre expresión), sino en el juicio a examen sobre el nivel de alineación de los valores universales que somete las circunstancias de la vida a aquellas personas que participan de una misma relación de amistad. Cuando los valores universales se evidencian desalineados, a causa de las pruebas tan azarosas como inpermanentes a las que nos reta la vida mundana, la amistad se despoja de su falso ropaje convirtiendo la afectividad en desafectividad, lo que produce una rotura en las relaciones personales. (No en vano las iconografías alegóricas de la antigüedad clásica representaban la amistad con personajes con pecho descubierto).

Es por ello que no se puede catalogar una relación humana como de amistad hasta que la misma idea conceptual de amistad queda verificada por ambas partes, pues el ser humano tiende a proyectar sobre un tercero su propio concepto de amistad (de naturaleza profundamente cultural) sin confirmar, previamente, que la otra persona participa del mismo arquetipo de amistad. Solo a través de las pruebas que nos pone la vida en el camino compartido es cuando se puede certificar la existencia o no de una relación de amistad stricto sensu, sabedores que toda persona, al igual que la vida misma, fluye en un continuo cambio y transformación de desarrollo personal.

Por otro lado, ciertamente, en una sociedad altamente hedonista e individualista como la contemporánea, muchas son las personas que se limitan a vivir sus vidas en la órbita de las mal denominadas amistades interesadas y de placer, y pocas son las que buscan las amistades perfectas (haciendo uso de la terminología aristotélica). Un efecto sociológico que divide a las personas en aquellas que cuentan en su haber con muchos “amigos” y aquellas que, contrariamente, cuentan con tan pocos amigos que no alcanzan para contarse con los dedos de una sola mano, dependiendo de si pertenecen al primero o al segundo grupo de concepto de amistad, respectivamente.

Asimismo, cabe apuntar que el estado de una potencial amistad perfecta o verdadera -aquella que ayuda a trascender como seres humanos a los participantes de una relación sobre la base de la defensa de los valores universales- solo se alcanza desde un proposición previa: el estado de una amistad verdadera con uno mismo (con su mismidad). Pues solo si una persona alcanza el estado de amistad consigo misma, fruto del desarrollo y crecimiento personal de su Autoridad Interna que le permite mostrarse consigo y ante el mundo tal y como Es (máxima manifestación del Yo Soy), puede entablar una relación de amistad lo más perfecta posible con otro semejante (un no-Yo). Es por ello que las amistades perfectas o verdaderas destacan por su excepcionalidad, pues se forjan desde la madurez del centro de gravedad de aquellas personas que se trabajan su mundo interior. Una característica de rara avis en un mundo que vive desde, por y para el exterior.

Resumiremos pues, a modo de conclusión axiomática de ésta breve reflexión, afirmando que solo puede entenderse como amistad verdadera aquella relación de afectividad recíproca en la que los participantes se alinean en un mismo nivel de moral humana fundamentada en los valores universales, estado de relación humana a la que se accede única y exclusivamente mediante un trabajo previo personal de amistad con nuestra propia mismidad. Más allá de esta manifestación, más vale vivir en soledad que con malos amigos acompañado. (Ver: La soledad voluntaria, un bien preciado desprestigiado).

Y no hay que decir, por si hubiera algún resquicio de duda al respecto, que obviamente no existe amistad sin relación humana alguna, cuya preexistencia requiere inexorablemente de que las partes implicadas cuiden de manera recíproca dicha relación. Es decir, la amistad o es bilateral o no es. Dixi!



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jueves, 6 de junio de 2019

La vida personal y colectiva no es lineal, sino que sigue un patrón geométrico cíclico


Las personas vivimos nuestras vidas como si éstas fluyesen por una constante en progresión lineal simple que, de manera irremediable, nos conduce a la muerte. Lo cual nos hace creer que en nuestro caminar existencial tan solo consumimos etapas de experiencia y no ciclos de vida propia. Una creencia falsa quizás debida ya sea en parte a la corta visión de conjunto que tenemos los seres humanos, ya sea en parte a la escasez de memoria retenida sobre la trayectoria de nuestra particular historia mortal. No obstante, sea cual sea la razón, nada más lejos de la realidad, pues la vida del ser humano, al igual que toda existencia en el universo, no avanza siguiendo una progresión lineal simple sino que sigue una secuencia cíclica, lo cual implica que nuestras vidas humanas se desarrollan bajo un patrón singular. (Ver: Dime en qué caos estás, y te diré qué patrón de futuro te espera).

Pero, ¿qué significa que transitamos sobre un patrón de secuencias cíclicas?. Pues que la suma de historias de nuestras vidas se desarrolla concatenando ciclos caracterizados por un proceso secuencial de inicio, madurez y declive de una experiencia vital, para seguidamente dar paso a un nuevo ciclo y así de manera reiterada hasta el fin de nuestros días, pero con la característica particular de que los diversos ciclos secuenciales siempre tienen un punto de convergencia común, lo que produce una cierta sensación de efecto bucleriano, equiparable a la percepción de que el pasado acaba por repetirse en el futuro (cambia el contexto pero persiste una tendencia que se manifiesta con naturaleza periódica, como ballena que de manera regular debe emerger a la superficie para volver a perderse en las insondables profundidades del océano). Y aun así, el ser humano vive con el ímpetu cegador del que se cree que no solo no existe más futuro que el presente, sino que incluso no existió pasado alguno, y menos que éste pasado pueda llegar a repetirse en un futuro próximo.

[Pensamiento matinal reflexivo en el día en que se celebra el 75 aniversario del Desembarco de Normadía. Es decir, ¡sólo hace 75 años que Europa estaba sumida bajo el terror de Hitler!, lo que es lo miso que decir que fue ayer mismo en términos históricos. Y aún así ya no nos acordamos..., pues a las nuevas generaciones les parece toda una eternidad.]

La siguiente pregunta, por tanto, no puede ser otra que aquella que nos despeje la incógnita principal de la ecuación de la secuencia cíclica: el tiempo. ¿Cada cuánto se suceden los ciclos en la vida de una persona, y por extensión de una sociedad?.

Cuando nos referimos a la existencia de una secuencia estamos aludiendo directamente a un estado de ordenamiento de la realidad, en la que aunque los elementos que la componen puedan parecernos a primera instancia desordenados e incluso caóticos (pues el hombre tiende a la megalomanía de creerse la unidad de medida de tiempo sobre el Todo), conforman un conjunto ordenado. Y cuando estamos hablando, por consecuencia, de secuencia y orden, nos situamos frente a una de las filosofías más antiguas tratadas ya por los presocráticos: las matemáticas. Una ciencia en sí misma que, en un universo euclidiano, es igual que hablar de geometría. Por lo que en materia de secuencias cíclicas existenciales, ya sean para una persona como individuo o para una colectividad como sociedad, tanto su espacio como su tiempo se someten a la geometría. O dicho en otras palabras, los ciclos de la vida de los hombres siguen un patrón geométrico.

Que la naturaleza se estructura a partir de patrones geométricos es por todos sabido a través del conocimiento del número aúreo, la secuencia de Fibonacci, el número e, y el número Pi, principalmente. Pero, ¿es posible equiparar la geometría de la naturaleza con el desarrollo de las circunstancias de la vida de una persona, que en principio tiene libre albedrío a diferencia de una planta o de una onda eléctrica, en términos de secuencia matemática?. La respuesta, para pesar de nuestra egolatría, es que sí, pues ambos participamos de una misma realidad euclidiana. (Ver: Venimos de la esfera y, tras una vida en espiral, a la esfera regresamos).

Por lo que, por tanto, podemos afirmar de la existencia de un patrón secuencial cíclico en la vida de las personas y de las sociedades que se repite una y otra vez en diversos niveles fractales de tiempo, en el que cada individuo, cada sociedad, cada país, y cada mercado económico tiene sus propias frecuencias cíclicas, que se repiten en forma de estructuras espirales a través de todos los niveles y órdenes espaciales de nuestra naturaleza dimensional.

¿Y cuál es esa constante de la secuencia cíclica humana?, podemos preguntarnos. Para responder a dicho interrogante está claro que lo único que debemos hacer es analizar las múltiples variables registradas a lo largo del pasado de la historia de la humanidad para poder extraer nuestro particular patrón geométrico espacio-temporal (método propio del pensamiento computacional). Tarea que nos debería resultar relativamente sencilla gracias a los avances en materia de tecnología informática e inteligencia artifiical. No obstante, la buena noticia es que ya disponemos de algunos estudios al respecto (aunque desconozcamos su código fuente), como son los realizados en el campo de la economía por el analista estadounidense Martin A. Armstrong, quien a través de su famoso modelo de computación basado en el número irracional Pi (sobre el análisis de 32.000 variables mundiales registradas) determinó en la pasada década de los ochenta que los ciclos económicos duran 3.141 días, es decir, 8,6 años. Un modelo de estudio que permite a Armstrong predecir a futuro el auge o declive de países y mercados desde un punto de vista financiero, e incluso augurar futuras guerras. Todo un oráculo científico.

Sí, de igual manera que el número aúreo es el mismo que determina la disposición de los pétalos de las flores o de las hojas de un tallo, y determina la distancia entre el ombligo y la planta de los pies de una persona respecto a su altura, el número Pi tanto calcula la circunferencia de un círculo o el volumen de los sólidos, como describe el movimiento pendular, la vibración de las cuerdas o la duración de los ciclos económicos de los humanos. El tiempo y el espacio en la naturaleza euclidiana se someten a la geometría, incluida la propia vida de los humanos, por muy prepotentes que nos pongamos.

Lo cual nos aboca a la última pregunta de esta breve reflexión: si el hombre y el desarrollo de sus sociedades está sometido a la constante de una secuencia cíclica de naturaleza geométrica por tratarse de un hecho espacio-temporal, ¿podemos calificar las singularidades de dichos ciclos como de destino humano?, y si así fuera, ¿puede el hombre evitar dicho destino?. Entendiendo aquí destino, en sentido clásico, como ese poder sobrenatural inevitable e ineludible que guía la realidad humana y la vida de todo ser humano.

La respuestas, aunque no nos gusten, parecen categóricas: La singularidades del patrón de secuencia cíclico se elevan a la categoría de destino humano stricto sensu. Y, no, el ser humano no puede sustraerse de su destino, pues en un universo euclidiano el destino forma parte intrínseca de la misma estructura de la realidad geométrica humana. (Ver: ¿Existe el Destino o es otra cosa?).

Y con este amargo (por desacostumbrado e inapetente) cáliz, doy por concluida esta reflexión efímera. Sabedores que no hay mayor seguridad para afrontar el futuro personal y colectivo que conociendo, y por extensión previniendo, la mecánica de nuestros propios patrones existenciales. Que el ayer no exista para olvidar, sino que sirva para aprender a resolver con inteligencia racional y emocional el mañana.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

miércoles, 5 de junio de 2019

La estafa de ser pobre (modelo Ponzi)


Ser pobre es una estafa, y los ricos lo saben; ya que en el mundo de las finanzas se tiene muy estudiado los diversos modelos de estafa posibles con el objetivo de minimizar los riesgos de inversión y asegurar el capital. Pero, cuando hablamos de que la pobreza es una estafa, ¿a qué nos referimos exactamente?.

En primer lugar, debemos tener claro qué es una estafa. En este sentido, se entiende como estafa un acto de daño o perjuicio contra el patrimonio (bienes tangibles o intangibles) de una persona, y que suele estar considerado como delito en la mayoría de los códigos penales del mundo. Pero, para que haya estafa, debe existir la voluntad del engaño deliberado, es decir: una persona cree adquirir algo que realmente no existe, puesto que le han afirmado de su (falsa) existencia. Como por ejemplo puede ser el pago (fijo o a plazos) a cuenta para la adquisición de una vivienda que realmente no existe.

Y en segundo lugar, y vista la naturaleza conceptual de la estafa, ¿a qué tipo de estafa en concreto aludimos cuando la relacionamos con el sistema de vida social propio de los pobres?. Pues aquel sistema económico caracterizado por captar miembros que se endeudan para aportar un dinero con el cual pagar una deuda antigua contraída por el mismo sistema con anteriores miembros. Un esquema económico fraudulento conocido en el ámbito financiero como modelo Ponzi.

Pero, ¿por qué se considera un fraude el esquema Ponzi?, podría alguien preguntarse. Principalmente por dos factores claves: Uno, porque este sistema no produce dinero, es decir que no invierte en producto financiero alguno que genere beneficios sobre el capital invertido, sino que tan solo redistribuye el dinero de unos miembros (participantes / inversionistas) hacia otros miembros más antiguos. Y dos, porque esta rueda nunca es eterna, ya que siempre llega un momento en el que dejan de entrar nuevos miembros al sistema, por lo que el sistema se ve impedido de cumplir su promesa con antiguos y nuevos miembros, dando como resultado un colapso de la rueda económica.

La estafa Ponzi, llamada así por el fraude realizado por el italiano Carlos Ponzi en 1920, si bien está muy regulada en los mercados financieros (donde se genera dinero), paradójicamente está plenamente aceptada sociológicamente en los Estados modernos, con independencia del régimen político imperante. Tanto es así que las nuevas deudas que los Estados contraen para pagar deudas antiguas siguen al pié de la letra el esquema Ponzi, con todos los peligros a futuro que ello conlleva.

Pero bajando de los estratos de la macroeconomía a la microeconomía, podemos observar como los propios sistemas públicos de prestaciones sociales de los Estados democráticos occidentales de la órbita del Bienestar Social hacen un Ponzi, ya que los ciudadanos son obligados a cotizar (endeudarse) en la Seguridad Social para poder pagar las prestaciones sociales (deudas) de antiguos cotizantes para cubrir la promesa futura de cobertura por jubilación, desempleo, viudedad, etc. Un esquema que como todos sabemos colapsa desde el momento en el que no hay suficientes entradas de nuevos miembros al sistema, en el caso específico occidental por el denominado suicidio demográfico: Más ancianos que nacimientos (inversión de la pirámide poblacional).

Una situación de microeconomía de un país extrapolable, asimismo, a la economía doméstica de una persona pobre (entendiendo pobre como todo individuo que sobrevive mediante las rentas del trabajo, y no del capital). Pues el pobre, con independencia de su renta por ingresos de trabajo siempre incierta y volátil, vive endeudándose por un futuro prometido que en los tiempos que corren no suele existir: Un joven que se endeuda económicamente estudiando para alcanzar un trabajo futuro presumiblemente inexistente, un trabajador precario que se endeuda económicamente en un mercado laboral para alcanzar la estabilidad futura de un trabajo seguro y de calidad que no existe, un emprendedor que se endeuda económicamente en una idea de negocio para alcanzar un nicho de mercado futuro inalcanzable por impermanente y altamente obsoleto, un trabajador fijo o discontinuo que se endeuda económicamente en un sistema público de pensiones para alcanzar una jubilación futura a todos visos inexistente, etc. Una dinámica económica a la que, bajo los parámetros del esquema Ponzi, podemos calificar sin rubor como de estafa social.

Paralelamente, la crisis económica global ha favorecido a las rentas más altas, generando que los ricos sean más ricos y los pobres más pobres, aumentado así la brecha de desigualdad social. La razón es simple: las personas que viven de las rentas del trabajo -el pan ganado con el sudor de su frente- fundamentan su economía doméstica en los denominados activos reales (bienes físicos tangibles de uso y consumo para la vida cotidiana de las personas), los cuales están sometidos a las reglas del juego del esquema Ponzi. Mientras que las personas que viven de las rentas de capital -el pan obtenido sin necesidad de trabajar, que “viven de renta”- fundamentan su economía doméstica en los denominados activos financieros (productos propios del mercado financiero que ayudan a mantener y aumentar la riqueza de una persona, y que no se contabilizan como PIB de un país), los cuales se desarrollan lo más alejados posible ¡Dios lo quiera! de un sistema económico Ponzi. Por lo que cuando la economía real colapsa por el fraude del modelo Ponzi, sus bienes tangibles de uso y consumo (viviendas, vehículos, joyas, cuadros, propiedades varias...) son fácilmente adquiridos a bajo precio por la capacidad de liquidez de las personas que viven dentro de los parámetros de la economía financiera. Produciéndose así un daño o perjuicio contra el patrimonio de la persona (pobre), definición reglada del concepto de estafa [sic].

Sí, ser pobre es una estafa. Y lo grave de la situación no es que los ricos, que representan un porcentaje minoritario de la población de la sociedad, lo sepan y se aprovechen por profunda condición humana -como diría Nietzsche- mediante la sociabilización de un sistema de libre mercado. Sino que lo esperpéntico de la situación radica en la propia sociabilización del esquema Ponzi, el cual se erige como sistema vertebrador de la economía real de las sociedades contemporáneas. Pues un Ponzi es pan para hoy y hambre para mañana, con todas las posibles consecuencias sociológicas que ello puede comportar. Así pues, hágase la luz (fiat lux!), pues como ya preconizó Platón la ignorancia es el origen de todos los males.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

domingo, 2 de junio de 2019

Breve diserción sobre el Ruido y el Silencio personal y social


Ruido y silencio son dos dimensiones contrapuestas que pueden coexistir en un mismo plano de realidad, donde la existencia (alborotada) o ausencia del sonido marcan la respectiva diferencia. Como estados naturales ambientales o de hábitat el ruido podría equipararse a un espacio geométrico amorfo y abrupto, cuyo medio natural está sometido a las continuas deformaciones producidas por una o más fuentes mezcladas de ondas mecánicas; mientras que el silencio sería similar a un espacio geométrico cristalino (patrón armónicamente definido) y suave, cuyo medio natural está exento de la perturbación producida por ondas mecánicas de cualquier tipo (al menos audibles para el ser humano).

Es por ello que si bien tanto desde el ruido como desde el silencio se pueden crear realidades existenciales humanas concretas, aquellas que se desarrollan sobre un hábitat de ruido las podemos caracterizar por tres factores singulares, que son:

1.-Una vida altamente azarosa.
(Ya que en un espacio geométrico amorfo sus parámetros estructurales se distribuyen sin un patrón lógico predefinido y condicionado por las alteraciones aleatorias del propio ruido ambiental).

2.-Una vida expuesta a potenciales cambios experimentables.
(Ya que dicho espacio geométrico amorfo está sujeto de manera continua a una fuerza de transición indefinible entre varias formas existenciales posibles -suma de historias potenciales-, propio de su naturaleza indeterminada por condicionamiento azaroso del ruido ambiental).

y, 3.-Una vida marcada por un incremento sustancial en la velocidad media de creación de nuevos ciclos de redefinición existencial continua.
(Ya que cuando el espacio geométrico amorfo transita de un cambio de forma a otro reubica irremediablemente su posición espacio-temporal con respecto a su realidad de referencia, reiniciando un nuevo ciclo de vida existencial dentro del azaroso e indeterminable ruido ambiental).

Todo lo contrario, por otra parte y como es obvio suponer, de lo que sucede con aquellas realidades existenciales humanas desarrolladas sobre un hábitat de silencio.

No obstante, cabe señalar que las dimensiones de ruido y silencio como manifestaciones de una misma realidad pueden ser tanto exógenas (estados naturales ambientales o de hábitat), como endógenas (estados personales de conciencia y/o de naturaleza interior psicoemocional). Por lo que si bien la multiplicación de los factores del ruido exógeno y del ruido endógeno tienden a un valor exponencial de ruido superior, al igual que sucede con la multiplicación de los factores del ruido endógeno y del silencio exógeno, no asimismo sucede con la multiplicación de los factores del ruido exógeno y del silencio endógeno en el que el resultado tiende a cero, siendo éste el valor más próximo a un estado personal de máximo silencio. Entendiendo el silencio, en el ámbito intrapersonal, como la manifestación de un estado de paz y equilibrio psicoemocional interior.

Expuesto lo cual, la pregunta que debemos hacernos es ¿sobre qué realidad se construyen nuestras sociedades desarrolladas, sobre el ruido o sobre el silencio?. Desde un punto de vista de colectividad, como suma de individuos que configuran una misma sociedad, es una evidencia empírica que nos desarrollamos desde la realidad existencial humana del ruido exógeno. Y desde un punto de vista individual, como unidades independientes que conformamos la colectividad social, el alto índice de adicción a las redes sociales apunta a que también nos desarrollamos desde la realidad existencial humana del ruido endógeno. Por lo que podemos afirmar que la realidad de ruido social se transfiere por contagio directo a la realidad de ruido personal, el cual retroalimenta al primero en un círculo vicioso.

Así pues, si estamos desarrollando una realidad social de individuos con vidas azarosas, altamente indeterminables y de múltiples ciclos vitales en una misma vida, podría significar en un primer análisis superficial que nos hayamos frente a una sociedad impredecible por antonomasia, aunque lo cierto es que, contrariamente, si ahondamos en el objeto de reflexión percibiremos diáfanamente que nos encontramos ante una estructura orgánica social profundamente dúctil por su alto grado de plasticidad y de determinismo ambiental. O en otras palabras, no es el hombre quien construye el hábitat, sino el hábitat quien construye al hombre a golpe de ruidoso cincel.

Personalmente debo reconocer que me gusta el silencio exógeno, y que el ruido ambiental no solo me molesta sino que incluso me agota (como si el sonido desagradable por no deseado fuera capaz de alimentarse sin permiso de mi energía vital). Para ruido, por tanto, prefiero el endógeno al exógeno o ambiental, pues es uno como sujeto cognoscente en la intimidad de su libre pensamiento quien lo organiza sensitiva y lógicamente en una combinación coherente de ideas melódicas, armónicas y rítmicas con sentido intelectual propio. Un proceso para el que se requiere, condición sine qua non, del silencio endógeno. Es decir, solo desde el silencio endógeno se puede transformar el ruido personal y/o ambiental en un pensamiento crítico por libre e intelectualmente coherente. Aunque ya se sabe que éste se concibe, hoy en día, como una nota suelta o discordante en medio de la ruidosa sinfonía ambiental.

Así pues, esta breve y efímera disertación debería hacernos reflexionar del por qué y sus causas del hecho que estamos construyendo una realidad en la que se ha exiliado forzosamente al silencio de la sociedad, así como plantearnos la pregunta de si ¿deberíamos reintroducir el silencio en la vida de los seres humanos contemporáneos?. Ya que, a todas luces, es previsible que el silencio como estado endógeno individual acabe desapareciendo -como una actitud personal y discrecional humana- a medida que se vaya completando el cambio intergeneracional entre personas nacidas en la era pretecnológica (con disposición al silencio endógeno por motu propio) y pos tecnológica (con disposición al ruido endógeno por contagio ambiental). No en vano, y recordando los ecos pitagóricos, el silencio es el comienzo de la sabiduría, por lo que representa la primera piedra de la Filosofía (el arte de conocer la verdad última de la realidad).

Hágase el ruido, para que desde el desconcierto colectivo se ejerza un control general, sin que nadie disponga de resquicios de silencio alguno que pueda generar pensamientos independientes por sí mismo. Que desde el caos aparente (de los muchos) emerja la imposición de un orden preestablecido (de unos pocos). Se promulga el silencio endógeno individual como un acto de resistencia revolucionaria anti-sistema.


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viernes, 31 de mayo de 2019

El ser humano es distópico por naturaleza (Test social de Distopía)


Cuando nos referimos a la distopía, rápidamente nuestra mente viaja por el recuerdo de novelas y películas de ciencia ficción en la que se muestran sociedades ficticias indeseables en sí mismas, ya que la distopía no es más que una expectativa de un futuro utópico que ha salido tan mal que ha acabado convirtiéndose en su propio antagonismo. Entre las novelas distópicas más conocidas popularmente encontramos “1984” del británico George Orwell, “Un mundo feliz” del británico Aldous Hukley, “Fahrenheit 451” del estadounidense Ray Bradbury, o “Ensayo sobre la ceguera” del portugués y premio nobel de literatura José Saramago. Mientras que entre las películas distópicas más emblemáticas destacan tantas que tenemos todo un abanico de ofertas dónde elegir: “Metrópolis”, “Doce Monos”, “Akira”, “Matrix”, “Yo Robot”, “Dark City” “Minority Report”, “El libro de Eli”, “La naranja mecánica”, “El planeta de los simios”, “Blade runner”, “In Time”, “El último hombre sobra la Tierra (Soy leyenda)”, “Ex machina”, “Divergente”, “Los Juegos del Hambre”, “La Isla”, entre muchas otras. Por lo que siempre que tratamos la distopía, la psiqué humana se escuda en el autoconvencimiento de que se trata de una realidad inexistente propia del género de la ciencia ficción. Pero, ¿y si realmente viviéramos en una sociedad distópica?.

Para salir de dudas, nada mejor que un pequeño cuestionario a modo de test de 10 preguntas sobre la realidad social contemporánea, tomando como base reflexiva los grandes temas de preocupación del hombre contemporáneo. ¿Comenzamos?:

1.-¿Vivimos en un mundo utópico donde el hombre gestiona los recursos naturales de manera sostenible, o vivimos en un mundo distópico en el que el hombre explota los recursos naturales hasta su posible agotamiento?

2.-¿Vivimos en un mundo utópico donde la vida de todo ser humano está salvaguardada bajo la protección inviolable del valor al respeto de la diversidad social, cultural y religiosa, o vivimos en un mundo distópico en el que existen seres humanos cuyo valor de la vida no vale nada?

3.-¿Vivimos en un mundo utópico donde impera la paz como bien común supremo, o vivimos en un mundo distópico en el que existe la guerra como medio para el beneficio partidista y/o particular?

4.-¿Vivimos en un mundo utópico donde el bienestar social es un estado compartido por todos los seres humanos, o vivimos en un mundo distópico en el que existen millones de personas que viven bajo el umbral de la pobreza?

5.-¿Vivimos en un mundo utópico donde el trabajo es un derecho inalienable para el desarrollo digno de todo ser humano, o vivimos en un mundo distópico en el que o bien no hay trabajo para todos, o bien existen trabajos que no aseguran la subsistencia material de millones de personas?

6.-¿Vivimos en un mundo utópico donde las personas tienen valor social por lo que son, o vivimos en un mundo distópico en el que las personas tienen valor social por lo que tienen?

7.-¿Vivimos en un mundo utópico donde el libre conocimiento está al alcance de todos los seres humanos del planeta para su desarrollo personal y social, o vivimos en un mundo distópico en el que el acceso al conocimiento es un privilegio?

8.-¿Vivimos en un mundo utópico donde los seres humanos deciden las políticas sociales y económicas del mundo mediante la elección democrática de sus gestores públicos vía sufragio universal, o vivimos en un mundo distópico en el que el poder de unos pocos poderosos no electos gobierna por encima incluso de los gobiernos legítimos de los países democráticos?

9.-¿Vivimos en un mundo utópico donde el ser humano tiene libre albedrío mediante el ejercicio de su libertad de pensamiento crítico, o vivimos en un mundo distópico en el que el ser humano tiene subyugados tanto su pensamiento como su acción mediante instrumentos de control psicoemocional masivos?

10.-¿Vivimos en un mundo utópico donde los robots ayudan a mejorar el nivel de calidad de vida de los seres humanos, o vivimos en un mundo distópico en el que los robots desplazan al ser humano de la vida productiva impidiéndoles el acceso a una economía doméstica personal que asegure un estado mínimo de confort social?

Un pequeño test de diez preguntas, entre otras muchas que podríamos añadir, cuyo resultado es incuestionable por abrumador: el ser humano contemporáneo vive en una realidad distópica. Otra cosa bien diferente, como reza el sabio refranero popular, es que no hay más ciego que el que no quiere ver. De lo que se deduce que las carteleras distópicas de cine de ciencia ficción, que tantos ingresos recaudan en sus estrenos, no son más que caricaturas exageradas (por deformación en exceso de los rasgos característicos) de la propia realidad. Es por ello que, justamente, novelas y películas distópicas, aunque se encuadren argumentalmente en futurables inexistentes, resuenan con fuerza en el seno intelecto-emocional del espectador. En este sentido, podríamos incluso aludir al hecho que dicho género artístico, ya sea plasmado en novela o en rollo de película fotográfica, cumple las mismas funciones de catarsis de las antiguas tragedias griegas, aunque en éste caso se trata de filosofía social.

A modo de conclusión de este pequeño ejercicio reflexivo, podemos decir que si bien el ser humano anhela la utopía (que no es más que la búsqueda de los valores universales arquetípicos), su naturaleza es profundamente distópica, por lo que distópica es la realidad humana que crea como medio de desarrollo personal y social. Ergo, solo transformaremos la realidad distópica humana en utópica mediante la transmutación de la propia naturaleza del ser humano. Una tarea que se presenta, a día de hoy, a todas luces utópica per ipsum.



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jueves, 30 de mayo de 2019

Vivimos en un mundo de ángulos rectos en peligro de extinción, por la llegada de una nueva realidad


Sentado en la butaca del escritorio observo el despacho. Un habitáculo repleto de objetos: trece cuadros, cinco marcos con fotografías, elementos varios de decoración (tres estatuas, dos candelabros, un reloj de mesa, una antigua máquina de mano para estampar sellos en seco reconvertido en pisapapeles,...), dos sillones, seis muebles, dos grandes alfombras, una lámpara de techo y otra de escritorio, algo más de mil libros viejos en tres grandes estanterías, un globo terráqueo, y entre medio del conjunto de formas volumétricas que ocupan vacíos al espacio (y que luchan contra el desgaste del tiempo) destaca un elemento singular por su omnipresencia: el ángulo recto. Suelo, paredes, techo y gran parte del microuniverso geométrico que configura el despacho se encuentran inmersos en la tridimensión del ángulo de noventa grados, que es igual a la tricentésima sexagésima (1/360) parte de una circunferencia.

Sí, el hombre es un ser cuya realidad pivota sobre un marco de referencia de tres puntos espacio-temporales respecto a un mismo punto de origen dado al que denominamos vértice. Y si bien existen diferentes tipos de ángulos (nulo, agudo, obtuso, llano, oblicuo, completo o perigonal, entre otros muchos dentro de la física, la geometría y el análisis matemático), es sin duda el ángulo recto el que tiene mayor protagonismo en la realidad manifiesta del ser humano. Lo cual pone de relevancia la limitación cognitiva de nuestra especie frente a un universo multidimensional que, como mínimo, puede llegar a estar formado por un marco de referencias de hasta diez puntos espacio-temporales respecto a un mismo punto de origen común, tal y como predice la hipótesis científica de la Teoría de Cuerdas.

No es por tanto de extrañar el hecho de que al ser humano le resulte tan difícil el imaginar una realidad alternativa que transgreda su limitado universo formado por un espacio euclídeo, donde todo objeto físico finito está contenido dentro de un ortoedro (popularmente conocida como caja) mínimo, a cuyas dimensiones formadas por tres vectores espacio-temporales llamamos anchura, largura y altura. He aquí la razón sustancial del por qué al hombre le cuesta tanto el “pensar fuera de la caja”: no podemos pensar fuera de la caja -salvo excepcionales casos contados- porque formamos parte de la misma. En caso contrario, nuestra realidad humana no estaría definida y caracterizada por el ángulo recto.

No obstante, el “pensar fuera de la caja” se ha convertido en la máxima casi obsesiva de la evolución humana contemporánea, proceso racional al que denominamos innovación. Pues esta deviene el motor de nuestras economías productivas por competitivas y, por extensión, del propio desarrollo de nuestras sociedades modernas. Pero el proceso innovador nos lleva a plantearnos dos grandes preguntas: Una, ¿el ser humano ha explotado toda posibilidad de innovación, como creación alternativa de nuevas realidades, dentro del contexto de su caja?. Y, dos, ¿el ser humano puede innovar más allá de su caja si forma parte de la misma?.

Respecto a la primera pregunta, la respuesta parece ser que sí, según todos los indicadores internacionales en materia de I+D (Ley de Moore). Es decir, la humanidad comienza a sufrir una escasez de ideas innovadoras, y ya hay voces solventes que indican que es poco probable que volvamos a igualar el auge de descubrimientos de finales del siglo XIX y principios del XX, lo cual provoca que estemos dejando de conseguir nuevos avances científico-tecnológicos fundamentales para centrarnos en maximizar las innovaciones ya creadas mediante mejoras en la fabricación y las economías de escala. La causa principal del techo innovador dentro de nuestra limitada caja humana no es otra que el nivel de complejidad que ha alcanzado nuestro conocimiento científico, el cual ha comenzado a superarnos: la ciencia se ha convertido en una materia cada vez más compleja por saltar fuera de nuestra propia caja natural.

Así pues, y haciendo frente a la segunda pregunta, ¿como especie podemos innovar más allá de nuestra caja que es donde se vislumbra el desarrollo de la nueva ciencia?. La respuesta es clara: por nosotros mismos, dada nuestra limitación dimensional natural, resulta imposible. Para ello el hombre requiere de la ayuda de un ser de naturaleza diferente que no esté sometido al mundo de los ángulos rectos. Un ser que piense, imagine, innove y cree fuera de las limitaciones de nuestra caja tridimensional. Por lo que la pregunta consiguiente no es otra que la de ¿existe un ser con dichas características sobrehumanas y al que el hombre pueda tener acceso para beneficio de su desarrollo particular?. La respuesta, a todas luces, es que sí. Y este no es otro que los seres con Inteligencia Artificial. De hecho, se espera que gracias a estos nuevos seres artificiales, mediante lo que se conoce como método de aprendizaje profundo (automático), comiencen en un futuro muy cercano a crear más de un centenar de nuevos materiales hasta ahora inexistentes en la faz de la Tierra cada semana, así como a crear nuevos fármacos para la salud del hombre mediante la exploración de las millones de moléculas potenciales existentes (tantas como átomos tiene el sistema solar), tarea que al hombre le resulta imposible (por eterna) realizar. Pero la labor de los nuevos seres artificiales no solo se limitará a investigar, sino incluso se ocuparán de diseñar, sintetizar, probar, analizar, y finalmente fabricar los compuestos innovadores necesarios que harán realidad la nueva ciencia existente más allá de la caja humana.

Frente a este escenario reflexivo, podemos afirmar que el futuro inminente de la humanidad no será creado por el hombre, sino por los seres artificiales. Y que es una obviedad pronosticar que el universo del ángulo recto tiene sus días contados, lo cual acarreará una nueva expansión de la capacidad cognitiva humana y, por ende, de nuestra conciencia como especie animal como no podemos llegar a imaginar.

Mientras tanto, a la espera que llegue el nuevo día anunciado en que nuestra realidad cotidiana transgreda nuestra limitada caja natural, me permito contemplar los múltiples ángulos rectos que configuran el pequeño espacio del despacho, pipa reflexiva en boca, para que en un futuro no muy lejano pueda explicar en detalle a mis nietos cómo era nuestro mundo encabido en una tricentésima sexagésima parte de una circunferencia.



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martes, 28 de mayo de 2019

¿Y si la inmortalidad se pudiera comprar?


Si poco aún sabemos de la Vida, menos sabemos de la Muerte. La única certeza que tenemos es que la Muerte representa una singularidad en el ciclo continuo de la Naturaleza, y que quien muere ya no regresa al mundo de los vivos (sin intención de debatir en este punto con espiritistas como los cristianos y reencarnacionistas como los budistas, entre otros). Tan poco sabemos de la Muerte, que el hombre incluso se ha visto obligado a redefinir a lo largo de la historia de la humanidad el momento en el que debe entenderse el justo momento de la Muerte stricto sensu, derivado de las experiencias empíricas con la misma. El último concepto sobre la Muerte consensuado socialmente que tenemos es de hace 50 años - establecido por la Escuela de Medicina de Harvard-, que la define, desde un punto de vista clínico, como la falta de función del encéfalo, los hemisferios cerebrales y el tronco cerebral de un ser vivo animal, aunque otros órganos vitales puedan continuar funcionando. Es decir, entendemos hoy en día como Muerte cuando no existe actividad eléctrica alguna en el cerebro. Y aún más, concebimos que la muerte cerebral es irreversible pasados los cinco minutos, periodo tras el cual la ciencia contemporánea certifica el estado de Muerte total y absoluta en un ser humano, reafirmando así la máxima platónica en boca de Cicerón de que la vida de un hombre es una commentatio mortis.

Pero para nuestro profundo desconcierto, la Muerte no está muerta en términos absolutos, como hace poco más de un mes nos reveló mediáticamente la comunidad científica mundial tras el asombroso experimento realizado por parte de un equipo americano que ha conseguido la resurrección cerebral de un total de 32 cerdos decapitados en un matadero tras pasadas cuatro horas de la certificación de su muerte. De hecho, los investigadores mantuvieron vivos los cerebros porcinos resucitados durante un periodo de hasta seis horas (y porque no prolongaron más el experimento). Todo ello gracias a una tecnología denominada BrainEX que conecta un cerebro a un circuito cerrado de tubos que hace circular sangre artificial llena de nutrientes mediante un sistema de bombas y calentada a través de los vasos cerebrales a temperatura corporal, lo que permite que el oxígeno vuelva a fluir a través de las células más remotas consiguiendo que el cerebro recupere tanto su forma como su función cerebral (restauración de moléculas y células, reconexión de las neuronas, reactivación de la actividad eléctrica, etc). Todo un imaginario propio del doctor Víctor Frankestein de la filósofa y novelista Mary Shelley.

Este hito de la ciencia shelleyriano que conllevará, sin lugar a dudas en un futuro no muy lejano, una revolución sanitaria en la rehabilitación de pacientes con resultado de muerte cerebral por accidente, e incluso posibles futuros transplantes de cabeza en cuerpos mejorados biotecnológicamente (tiempo al tiempo), nos abre el campo hacia tres grandes líneas de reflexión:

1.-Desde un punto de vista metafísico, nos obliga a replantearnos sobre los límites de la Vida y de la Muerte. Si entendemos que la Vida de un ser humano radica en la plena funcionalidad de su cerebro, y éste podemos llegar a mantenerlo en vida aun post mortem, ¿debemos entender la Muerte como una singularidad del continuo del ciclo de la naturaleza de características plástica, relativa y reversible, en contraposición de la creencia vigente de un estado rígido, absoluto e irreversible?. La respuesta no puede ser otra que afirmativa. Por lo que podemos asemejar la Vida, intervención humana mediante, como una singularidad de la Muerte con capacidad de provocar una diferencia de fuerzas con tendencia potencial hacia un valor infinito, equiparable en física a la curvatura del espacio-tiempo provocado por la singularidad gravitacional.

2.-Desde un punto de vista ontológico, nos obliga a replantearnos la naturaleza y dimensión de la Conciencia. Si entendemos que la Conciencia de un ser humano radica en su cerebro, al tratarse la Conciencia de un proceso neurológico racional, y que ésta puede llegar a existir aun post mortem tras la resucitación (o en la continuidad tras la discontinuidad) del cerebro, ¿debemos entender que un ser humano pueda mantener la Conciencia fuera de su cuerpo o privado de las facultades de sus órganos sensitivos?. La respuesta, aún por verificar científicamente, presumiblemente también podría ser afirmativa. Por lo que podemos asemejar la Conciencia a una unidad de inteligencia humana transportable y almacenable, equiparable a un chip cognoscente artificial insertable y descargable en una diversidad de dispositivos móviles homologados.

y, 3.-Desde un punto de vista ético, nos obliga a replantearnos un modelo social futuro en el que las personas puedan llegar a alargar exponencialmente la Vida en términos próximos al concepto humano de la eternidad. Si entendemos que la Muerte se puede postergar ciencia mediante, y que el modelo de organización económico de las sociedades humanas tiende hacia la globalización de un mercado de libre competencia, ¿debemos entender que todas las personas tendrán acceso a una vida cercana a la eternidad?. La respuesta, en este caso, seguramente será negativa. Por lo que previsiblemente existirá una división social de clases entre los que se puedan comprar o no la Vida post mortem, semejante al argumento de la película americana de ciencia ficción distópica In Time de Andrew Niccol donde el tiempo es dinero, y con dinero se puede comprar un tiempo de vida ilimitado. O dicho en otras palabras, la Muerte será un estado inevitable de los pobres y, por tanto, representará un rasgo sociológico. Un problema ético a futuro que, asimismo, vendrá inevitablemente acompañado de otros retos éticos colaterales a afrontar como podría llegar a ser, entre otros, el control de natalidad de la humanidad para una especie que ha alcanzado la potencialidad de la eternidad. Profundos dilemas éticos que vislumbran una nueva y disruptiva moral humana, tanto a nivel individual como social.

Sí, el horizonte de la resurrección cerebral transgrede los conceptos que tenemos de la Vida, la Muerte y la Conciencia.Ya que desciende hasta el reino de los mortales una idea hasta ahora reservada en exclusiva a los dioses: la “inmortalidad”. Pues al hombre se le ha concedido su particular cáliz del Santo Grial, que en vez de contener la sangre del hijo de Dios contiene el milagroso BrainEX. Por lo que ahora más que nunca en la historia de nuestra especie humana se presenta de manera verosímil, por potencialmente factible, una pregunta hasta la fecha imposible: ¿y si la inmortalidad se pudiera comprar?. En caso afirmativo, ¿de qué seremos capaces los seres humanos por adquirirla? Y, lo más relevante: ¿qué uso personal haremos de la inmortalidad?.

Tomad y bebed de él todos los que podáis comprarlo, porque este es el cáliz de mi resurrección, la resurrección de la alianza nueva y eterna, que será derramada por vosotros y por muchos para la inviolabilidad de vuestros pecados. Haced esto en conmemoración de la nueva tecnosociedad inmortal”.

Plegaria Eucarística I: “Canon PostRomano”
S. I d. BrainEx




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