domingo, 29 de diciembre de 2019

La Productividad actual lleva a la Desigualdad Social


¿Quién puede vivir sin dinero? Hoy en día, prácticamente nadie, a no ser que se viva al margen de la sociedad. Pues toda sociedad humana se desarrolla sobre la base de un sistema económico de Mercado. Es decir, es un sistema económico en tanto en cuanto genera la riqueza y la producción, distribución y consumo de bienes y servicios requeridos para cubrir las necesidades de la sociedad, y es de Mercado porque asimismo es un espacio público en el que no solo se manifiesta la oferta y la demanda de dichos bienes y servicios, sino que a la par es donde se determina el precio, como valor monetario, de los mismos. Un sistema económico de Mercado que, por otro lado y específicamente en el mundo occidental contemporáneo, cabe señalar que se articula sobre los principios de una filosofía concreta conocida como Capitalismo, como es bien sabido por todos.

El Capitalismo, por tanto, siendo el medio natural para el desarrollo de la realidad humana occidental (al menos desde el origen de los gremios, que es tanto como aludir al origen de la civilización) se ha convertido en la naturaleza substancial del hombre contemporáneo. Aunque, ajustados a Historia, es de obligada anotación puntualizar que el Capitalismo como concepto económico de organización social stricto sensu nace a partir del siglo XVI (concretamente en Inglaterra y como sustitución del feudalismo). Pero puntualizaciones históricas a parte, lo relevante de la presente narrativa es tener clara la idea de que nuestras sociedades se desarrollan como estructuras orgánicas capitalistas, como es por todos conocido y asumido. Es decir, a nivel económico nuestras sociedades se articulan sobre tres ejes fundamentales: el derecho a la propiedad privada en los medios de producción, la importancia del capital como generador de riqueza, y la asignación pública y privada de recursos a través del mecanismo del Mercado.

Y es justamente sobre la dinámica del mecanismo del Mercado donde pretendía llegar, tras esta pequeña introducción, para despejar el quid de la presente reflexión. Así pues, centremos en este punto el nudo argumental desglosado en tres premisas:

1.-A nadie se le escapa que el rasgo característico por excelencia del Mercado en un sistema económico capitalista, además de devenir su factor clave de sostenibilidad, no es otro que la Productividad (entiéndase aquí como capacidad de producción por unidad de trabajo).

2.-La Productividad, en pleno siglo XXI, ha tomado el sendero de la aceleración exponencial a causa de factores como la globalización, la superpoblación, la saturación de la competencia sectorial en términos de oferta de productos y servicios, la carrera de la innovación como instrumento de competitividad, o la tecno sobreexplotación de recursos naturales y artificiales, entre otros.

Causas (vinculadas al principio del punto crítico) cuyo análisis descarto como objeto de la presente reflexión. Pues más que las causas me interesa los efectos sociológicos de la Productividad, no tanto en su connotación claramente negativa respecto a la capacidad real que tiene el hombre contemporáneo de desarrollar su libertad individual en este contexto [reflexión recogida en “Hemos caído en la trampa existencial dela esclavitud de la Productividad (en quiebra)”], sino en relación al aumento progresivo de la flagrante Desigualdad Social existente en nuestra sociedad.

y, 3.-La Productividad, en nuestra era, se vincula a la Desigualdad Social. Pero, ¿cómo es posible dicha asociación?, podemos preguntarnos. Ya que, contrariamente, parecen conceptos antagónicos. De hecho, lo cierto es que intuitivamente, por programación neurocultural, asociamos la Productividad a un mayor grado de Bienestar Social. Pero la realidad nos demuestra otra evidencia bien diferente: la riqueza producida por la Productividad en las últimas décadas, en lugar de generar sociedades más equitativas, han creado una galopante y profunda brecha social entre aquellos con más rentas de trabajo y de capital (ricos) versus aquellos otros con menos rentas de trabajo y mayormente exentos de rentas de capital (pobres).

La respuesta a este enigma, a modo de conclusión de las premisas presentadas por razonamiento inductivo, es sencilla: la diferencia entre Productividad y equidad social se debe a las políticas de explotación laboral, provocando que los trabajadores de nuestro tiempo trabajen más y ganen menos. O dicho en otras palabras, la Productividad en un mercado con lógica capitalista empobrece al trabajador y genera Desigualdad Social. [Ver: La estafa de ser pobre (modelo Ponzi)]

En este sentido la Productividad se comporta, en términos de concentración de capital y por tanto de riqueza, de manera semejante a la fuerza gravitatoria universal que provoca que toda la materia existente -galaxias incluidas- se vaya concentrando en un solo punto del cosmos, dejando el resto del universo inmerso en un gran vacío. Un efecto social observable en el punto actual de la historia de la humanidad causado, principalmente, por el hecho que el capitalismo como sistema económico de organización social ha alcanzado niveles críticos en materia de explotación de recursos naturales, fabriles y humanos.

Por lo que podemos afirmar, en la actualidad y como evolución natural del Capitalismo que ha alcanzado un punto de inflexión histórico, que la fuerza de Explotación Laboral que ejerce una persona puntual con Capital 1 sobre otra persona con Capital 2 es directamente proporcional al producto de los capitales, y directamente proporcional al cuadrado del estatus de la Clase Social que les separa, y donde la Producción actúa como constante que determina la intensidad de la fuerza de atracción productiva entre personas de diferente capital dentro del Mercado. Una respuesta a modo de nomenclatura que, escrita como formulación, sería como sigue:

EL = P [(C1 C2) CS²]

Donde EL es la fuerza de explotación laboral, P la constante de atracción productiva del Mercado, C el capital y CS la clase social elevada al cuadrado. Una formulación de la que podemos extraer las siguientes conclusiones:

1.-La fuerza de Explotación Laboral siempre es atractiva entre personas con Capitales diferentes. (Base del Capitalismo)

2.-La fuerza de Explotación Laboral tiene alcance infinito dentro del Mercado. Dos personas con Capitales diferentes, por muy alejados que se encuentren, experimentan esta fuerza. (Base de la Globalización)

3.-La constante de la Productividad determina la intensidad de atracción productiva de Mercado entre personas con Capitales diferentes. (Base de un sistema económico de libre competencia)

4.-A mayor distancia de Clase Social mayor fuerza de Explotación Laboral, y a menor distancia menor fuerza de Explotación Laboral. (Base del Mercado laboral)

Ante esta situación, la pregunta no puede ser otra que ¿cómo revertimos dicha tendencia?. ¿Cómo trasformamos la Productividad en una fuerza motriz de Bienestar Social en vez de ahondar en su actual naturaleza como generador de Desigualdad Social, en términos de colectividad?. La respuesta se haya en la redefinición de los principios rectores del Capitalismo, pero no desde un enfoque marxista, sino desde una misión y visión de un Capitalismo Humanista (Ver: El Capitalismo neoliberal ha muerto ¡Viva el Capitalismo Humanista!). Introducir el vector del Humanismo de manera transversal en la filosofía capitalista equivale a entender que la maximización de la libertad individual del hombre para perseguir su propio interés no es sinónimo de maximización del bienestar colectivo, como creían primero Keynes y luego Friedman con todas sus diferencias, pues el hombre si bien es un ser social por naturaleza asimismo es un ser egoísta por esencia (Ver: La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo).

En esta línea, a la formulación anteriormente descrita del fenómeno contemporáneo de la Explotación Laboral que contiene la Productividad como constante que determina la intensidad de la fuerza de atracción productiva entre personas de diferente capital dentro del Mercado, produciendo que los trabajadores trabajen más y ganen menos (fundamento de la Desigualdad Social), requiere de una urgente implementación de un Principio de Correspondencia que establezca que la Productividad del Mercado deba de emerger como una aproximación simétrica al Bienestar Social colectivo a medida que los sistemas de referencia (entiéndase aquí Mercado y Sociedad) aumentan de tamaño. Es decir, el derecho a la propiedad privada en los medios de producción, la importancia del capital como generador de riqueza, y la asignación pública y privada de recursos a través del mecanismo del Mercado deben tener una relación de complementación directa con un Estado de Bienestar Social como medio para garantizar la equidad y la justicia social como máximas de toda sociedad.

Solo mediante la aplicación de un Principio de Correspondencia entre Mercado y Sociedad podremos presentar batalla a la Desigualdad Social. En caso contrario, como ya es patente, la célebre frase de Hobbes de “el hombre es un lobo para el hombre” se erigirá cada vez con mayor fuerza como la máxima de nuestros tiempos. A falta del Principio de Correspondencia, que cada cual se salve como pueda, pues la bestia de la Productividad sin control se crece en la política de la tierra laboral quemada.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 23 de diciembre de 2019

La última libertad humana es poder decidir


La última libertad humana es poder elegir, escribió sabiamente el célebre psiquiatra austriaco Viktor Frankl en “El hombre en busca de sentido”, obra publicada un año después de su paso por los campos de concentración nazi y del final de la segunda guerra mundial. Y no se refería a la capacidad de elección material, sino a la elección de la actitud personal que cada cual adopta frente a su propio destino para decidir su camino.

Tener la libertad suficiente para poder elegir aquello que materialmente queramos a cada momento de nuestra existencia, no solo es una quimera en este mundo -como ya apunté en “La vida en venta”-, sino que a todas luces es insalubre para la pequeña y frágil mente humana. Pero alcanzar la última libertad personal en el mundo, ya no de las formas, sino de las ideas, resulta una empresa totalmente factible para el ser humano. Pues es el pensamiento, y no la actitud, la verdadera última libertad de todo hombre.

Personalmente considero la actitud, como capacidad de elección, como un punto medio fronterizo entre el mundo material de las formas y el mundo intelectual de las ideas. Y aún más, como animales sociales por naturaleza que somos, la actitud si bien se encuentra en el umbral de la última libertad humana se ve irremediablemente determinada por sometimiento al contexto del mundo de las formas. Es por ello que la última libertad humana es el pensamiento personal.

Pero, para la autorealización de cualquier ser humano a lo largo de la historia, ¿es suficiente alcanzar la libertad mediante el libre pensamiento? O, dicho en otras palabras, ¿el hombre consigue sentirse plenamente libre mediante la (no tan simple) acción de pensar?. Indiscutiblemente no. Pues no existe hombre alguno que viva enajenado de su realidad formal más inmediata. Por lo que si bien el pensamiento individual, por singular e íntimo, es la última libertad del hombre, su beneficio para la naturaleza humana, profundamente humana, resulta tan volátil como los efectos embriagadores producidos por un trago largo de cualquier bebida espirituosa.

Así pues, ¿cuál podríamos decir que es la última libertad para un ser como el hombre que coexiste entre el mundo de las formas y el mundo de las ideas? Siendo pragmáticos, la respuesta no es otra que la capacidad de decisión. ¿O a caso habría alguna persona que no se sintiera en un estado de plena libertad si tuviera la capacidad real de decidir en cada momento de su vida? Pues libertad y capacidad de decidir son dos conceptos que conviven en el mismo estrato categórico, a diferencia del tandem libertad y actitud o libertad y pensamiento.

Sí, la última libertad humana (real) es poder decidir. Pero, como ya apunté en una reflexión anterior: “Nadie está exonerado del precio que tiene que pagar por su propia libertad personal”. Es decir, la capacidad de decidir no solo tiene un precio, sino que es una empresa solo apta para héroes en el sentido más clásico del término. Pues decidir implica autoridad interna, que es la firme voluntad consciente de mostrarnos fieles con nosotros mismos y con los demás, y la valentía suficiente para actuar de manera coherente con dicha autoridad personal. (Ver: Conoce la fórmula de la Autoridad Interna). Pero todo héroe tiene su talón de Aquiles, que no es otro en la última libertad humana de poder decidir que la moral. Sí, la moral, ya sea iluminada por los valores universales o por los valores culturales por sociales (moralina), acaba por encadenar al héroe en algún punto de su odisea particular. Pues al héroe se le presupone consciencia, la cual madura a lo largo de su periplo existencial, y no existe consciencia sin moral. De hecho, son dos dimensiones indisociables para la naturaleza humana, como pueda ser en una fruta la piel de su parte carnosa comestible.

No obstante, aunque el hombre es pragmático por necesidad (de supervivencia) en su realidad cotidiana, paradójica y afortunadamente nos inspiramos en ensoñaciones utópicas. Por lo que no hay nada malo en invocar la capacidad de decisión como la última libertad humana. ¡Ojalá tuviéramos libertad de decisión!, pues nos sentiríamos libres como pájaros. Pero el principio de realidad siempre acaba imponiéndose, pues no somos pájaros, ni libres. Aunque ello no exime de poder emular, aunque sea puntualmente y en ocasiones contadas a lo largo de nuestra vida, a los míticos héroes de antaño. Conscientes -para el bien de nuestra cordura- que los mitos, como los sueños, mitos son.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

domingo, 22 de diciembre de 2019

¿Y si es la oscuridad, y no la luz, el origen de la vida? Entonces, ¿Dios es oscuridad?

Imagen de la oscuridad del Universo

Desde tiempos ancestrales el hombre celebra su predilección por la luz sobre la oscuridad mediante diversos ritos y ceremonias, como es el solsticio de verano, hoy en día más conocido como la festividad de la noche de San Juan, o la celebración del día de Navidad, que no deja de ser una alegoría humana del triunfo de la iluminación sobre las tinieblas. (Ver: Hoy, día de Navidad, celebramos nuestra eterna lucha del bien contra el mal). Una tendencia de nuestra especie como hijos y seres de la luz que somos por naturaleza biológica.

Es por ello que, por asimilación o bajo la lógica del principio de identidad, teorizamos sobre un posible ser superior creador de la naturaleza existente, al que popularmente denominamos Dios, como un ente esencialmente luminoso. O, dicho en otras palabras, Dios (como ente conceptual creador de la realidad) es Luz porque el hombre, como presunta creación de éste, es un ser que vive y se desarrolla en una realidad inmersa dentro del espectro visible de la radiación electromagnética que conocemos como luz. Y en esta asimilación de conceptos, profundamente determinista por nuestra propia biología, elevamos la idea de la luz a la categoría de noción de Vida y, por contra, equiparamos la oscuridad a la idea de muerte o de no-Vida.

No obstante, hoy en día sabemos que la luz visible nace de la materia, mediante la acción mecánica de los saltos de los electrones en los orbitales de los átomos, y que dicha dinámica provoca que la materia emita radiaciones muy variadas, entre las que se encuentran las vibraciones electromagnéticas cuya frecuencia de onda (que va desde los 380 mm hasta los 780 mm de longitud de onda) genera la habituada luz visible al ojo humano. Y aunque en la actualidad todavía es un misterio por resolver para el ser humano cómo se creó la materia -de la que nace la luz-, una asignatura pendiente que la teoría de la gran explosión del Big Bang no explica, tan solo sabemos, por un lado, que la materia no se crea de la nada sino que es el resultante de la energía cinética generada por la fricción que se produce cuando colisionan entre sí partículas elementales y, por otro lado, que dicha materia generadora de la luz visible tan solo representa el 5 por ciento del total del Universo. Es decir, que el Universo está compuesto principalmente de un gran vacío formado en un 95 por ciento de materia oscura (que no emite radiación electromagnética alguna, con un 25 por ciento del total) y por energía oscura (cuya naturaleza desconocemos, y que ocupa un 70 por ciento del total).

La realidad es que el ser humano vive en un Universo rodeado de un vacío absoluto donde la oscuridad reina en el espacio, en medio de la nada más absoluta. Una nada universal que no solo se hace cada vez más grande, sino que determina la fenomenología de la materia visible, es decir que determina la creación y desarrollo del conjunto de las galaxias existentes, y por tanto de la existencia de nuestro planeta y, con él, de nuestra propia especie como seres vivos. (Ver: ¿Y si el Universo fuera el cerebro de un ser superior? En tal caso, ¿existe Dios?, y ¿qué es el hombre?). Por lo que podemos afirmar que, contrariamente a lo que suponíamos, no parece que la oscuridad nazca de la luz como efecto causado por la ausencia de ésta, sino que la luz nace de la oscuridad.

Así pues, si la luz nace de la materia, y la materia se crea en el seno de una inmensa oscuridad, si determinamos que quien crea la luz es Dios (para nuestro limitado entendimiento humano), podemos concluir que ¿Dios es oscuridad?. Bajo la ley de la Lógica del principio de no contradicción, así es. De lo contrario caemos en un reductio ad absurdum.

Por lo que, si así fuera, si Dios es oscuridad y no luz, entonces nos veríamos obligados a redefinir uno de los primeros preceptos atemporales y aculturales del concepto humano sobre Dios a lo largo de la historia de la humanidad, que no es otro que Dios no es Vida sino Muerte. A lo que la pregunta consiguiente, para armonizar los contrarios opuestos resultantes entre la naturaleza de muerte de Dios (como ser creador) con la naturaleza de vida de los hombres (como criaturas creadas), no sería otra que: ¿puede la muerte generar vida?. Desde un punto de vista biológico, la respuesta es absolutamente negativa. Pero desde un punto de vista físico, la respuesta es rotundamente positiva, sobre la base que todo continuo no es más que una suma de singularidades. Aunque este es trigo de otro costal.

En todo caso, con independencia de si se cree en la existencia de Dios (en sus múltiples variantes de credos habidos y por haber) como si se cree en su no existencia, así como independientemente de la lógica argumental de la presente reflexión, aunque la razón me aboca a pensar que somos unos minúsculos seres del Universo creados por su inmensa naturaleza oscura, opto en pleno uso de mis facultades emocionales a querer creer desde la fuerza del sentimiento que somos seres creados desde y para la luz, una luz que no solo es maravillosa per se sino que es vida. Quizás, quien sabe, tan solo sea una actitud pueril fruto del instinto de supervivencia primitivo innato a la biología de todo ser vivo que subyace en cada una de nuestras células. Y aun consciente que dicho pose conductual pueda tratarse de una muy probablemente creída mentira autocomplaciente. Pero, al fin y al cabo, todos tenemos derecho a vivir nuestra caduca vida mundana como mejor podamos y sepamos, pues nadie va a vivir la vida por nadie, y ningún humano -de eso estoy convencido- va a poder dar respuesta categórica por certera sobre las grandes preguntas de nuestra existencia. Pues frente al Universo tan solo somos menos que una simple bacteria. Así que seamos inteligentes y disfrutemos de la luz, ya que es un regalo fugaz de la oscuridad.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 17 de diciembre de 2019

¿Y si el Universo fuera el cerebro de un ser superior? En tal caso, ¿existe Dios?, y ¿qué es el hombre?


¿Y si lo que llamamos Universo no fuera más que el cerebro de un ser superior? Si fuera así, la vida del ser humano como especie del planeta Tierra, dentro del sistema solar perteneciente, a su vez, a nuestra galaxia denominada Vía Láctea, no sería más que una parte de la estructura neurológica de dicho cerebro. Una idea nada descabellada a la luz de los últimos descubrimientos científicos, los cuales apuntan que todas las galaxias -que es lo mismo que nombrar a toda la materia luminosa del Universo-, se estructura de manera organizada en forma de filamentos conectados entre sí mediante nodos a imagen y semejanza sorprendente de los patrones de nuestras redes neuronales.

De hecho, nuestro sistema solar se encuentra en el borde de unos de éstos ríos luminosos de galaxias, a cuyos lados solo existe un gigantesco vacío cósmico en el que no hay nada, siendo el que contiene la Vía Láctea un agujero que mide mil millones de años luz y que recibe el nombre de vacío KBC (siglas de los científicos descubridores de la Universidad de Huwaii). Casi nada. Sin mencionar que, cada uno de estos filamentos, incluido el propio al que pertenecemos, cuentan con cientos de miles de galaxias, y que cada galaxia contiene cientos de miles de sistemas solares donde todos, sin excepción, se mueven de manera sincronizada entre los mismos, como si de una estructura orgánica se tratase. Y aún más, todo este ramillete de filamentos formado por grupos de galaxias que rotan en un mismo sentido se agrupan en lo que se denomina continentes galácticos, siendo el nuestro al que pertenecemos conocido como Laniakea (“cielo inmenso” en hawaiano), que está formado por cien mil galaxias. Y, por si fuera poco, todas las galaxias que forman los filamentos no están en una posición estática sino que, como si de un proceso de sinapsis neuronal se tratase, son atraídas por sus nodos de filamentos más cercanos. En nuestro caso, el de la Vía Láctea, nuestro nodo más próximo se denomina Supercúmulo de Shapley, el cual está formado actualmente por 76 mil galaxias, y al que nos dirigimos como parte de nuestra galaxia a una velocidad de 630 metros por segundo.

Ciertamente la escala se nos antoja casi inconcebible por gigantesca para la percepción humana, pero tanto su estructura como funcionamiento orgánico tiene un semblante extraordinario con nuestro cerebro, recordando los filamentos de galaxias al axón neuronal, que tiene la misión por una parte de unir a las neuronas entre sí y por otro lado de conectarse con cientos o miles de otros axones dando origen a los nervios que conectan al sistema nervioso con el resto del cuerpo, así como el nodo de los filamentos (Supercúmulo de Shapley) recuerda al cuerpo celular de la neurona, cuya estructura está formada por las células de apoyo ubicadas en el axón (galaxias de los filamentos).

Es por todo ello que uno no puede dejar de cuestionarse, volviendo a la pregunta inicial, si lo que llamamos Universo no es más que el cerebro de un ser superior. En tal caso, cabría replantearse los grandes temas de reflexión filosófica, comenzando por algunas de las cinco grandes preguntas existenciales clásicas que ya planteó Aristóteles en su día: ¿existe Dios? y, ¿qué es el ser humano?. Sin intención de desarrollar ningún tratado al respecto, me permito la osadía, a modo de pequeño juego reflexivo, de hacer una breve aproximación de carácter profundamente especulativa.

¿Existe Dios?
Si adoptamos como axioma de esta reflexión especulativa la idea de que el Universo es el cerebro de un ser superior, y sobre la base de las leyes clásicas de la Lógica, concluiremos que:

1.-Dios existe porque Dios es idéntico al Universo como cerebro de un ser superior (Principio de Identidad).

2.-Dios existe porque el Universo como cerebro de un ser superior no puede ser Dios y no serlo al mismo tiempo y en el mismo sentido (Principio de no contradicción).

3.-Dios existe porque es verdad que el Universo como cerebro de un ser superior es de Dios o no es de Dios (Principio del tercero excluido).

Formulaciones que, por otro lado, deben excluirse de cualquier parámetro teológico, pues no es mi intención hacer vinculación alguna con ningún credo religioso, más allá de identificar la idea teórica de Dios con el concepto de un ser fantástico y sobrenatural de naturaleza omnipresente, es decir, como un ente que está en todas aquellas partes que conforman nuestra realidad, sin que ello sea equivalente a definirlo como omnipotente (puede hacer todo) y omnisciente (lo sabe todo). (Ver: Reflexiones de Dios sobre la humanidad y Sacerdotes:relatores de mitos que juegan con la esperanza de los hombres).

¿Qué es el ser humano?
Mientras que respecto a la pregunta sobre qué es el ser humano, si igualmente adoptamos la idea de que el Universo es el cerebro de un ser superior como axioma de esta reflexión especulativa, y sobre la base lógica del Trilema de Epicuro, concluiremos que:

1.-¿Quiere el ser humano ser un ente independiente del Universo como cerebro de un ser superior, pero no puede?, entonces es un ser perteneciente del cerebro de un ser superior.

2.-¿Puede, pero no quiere?, entonces es impotente.

3.-¿Puede y quiere?, entonces ¿de dónde sale el ser humano?.

Obviamente, partiendo del axioma objeto de reflexión, el ser humano sale del Universo como cerebro de un ser superior como conclusión del trilema lógico. Lo cual abre un amplio abanico de razonamientos posibles, dependiendo de la materia en que nos focalicemos. Aunque personalmente y en estos momentos sólo me interesa una: la epistemológica, es decir, la que estudia la capacidad del conocimiento humano. Y más particularmente la relativa a las ideas innatas en el sentido más estrictamente platónico, o sea, aquellas que determinan nuestra manera de entender el mundo desde el momento incluso anterior a nuestra propia concepción, como puedan ser los valores universales o la geometría. En esta linea, y a modo de síntesis, desarrollemos un pequeño teorema en dos niveles:

Primer nivel:

Si el ser humano es un producto del Universo como cerebro de un ser superior, y el ser humano se relaciona con el mundo sobre la base cognitiva de unas ideas apriorísticas, ergo el conocimiento del hombre se fundamenta en las ideas innatas del cerebro de un ser superior.

Segundo nivel:

Si el ser humano fundamenta su capacidad cognoscente en las ideas innatas del cerebro de un ser superior, y dicho cerebro cósmico tiene una fenomenología de naturaleza orgánica, ergo las ideas apriorísticas del ser humano son fruto de una parte concreta de la dinámica fisiológica cósmica.

Por lo que a modo concluyente se puede afirmar que el ser humano es, en esencia, efecto causal de la dinámica neuronal de una singularidad del cerebro universal de un ser superior, en una escala semejante a la relación de la naturaleza de una bacteria intestinal con la lógica fisiológica de nuestro organismo. Una conclusión minimalista de la naturaleza del ser humano que, por otro lado, ya avancé en reflexiones como “El estudio de los Planetas: la dimensión insignificante de nuestra especie”, “En una era postgeocéntrica, la noción del Universo es un baño de realidad para el egocentrismo humano”, y “El Positivismo Pseudoreligioso: la trampa hacia la infelicidad de los pusilánimes”.

Aunque, haciendo justicia a la verdad, esta humilde reflexión sobre metafísica y ontología no es más que pura especulación. Siendo consciente que servidor solo sabe que sabe menos que Sócrates. Por lo que cada cual, en el ejercicio legítimo de su derecho natural de libre pensamiento, crea aquello que decida creer. Que la vida son dos días.


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lunes, 16 de diciembre de 2019

El futuro de los jóvenes está en manos del Juego del Trile


Como cada domingo, y previo a salir a la calle a disfrutar del día en familia, mis hijas dedican la mañana a estudiar y a hacer deberes, pues la presión educativa del sistema docente actual no permite a los mayores del mañana tener tiempo casi ni para respirar, y ni mucho menos para realizarse personalmente. Solo hay que observar el volumen ingente de deberes y exámenes continuos a los que se ven sometidos nuestros hijos en edad escolar, sin margen para una vida propia, en una clara sociabilización de la esclavitud para con el adulto del mañana en aras de una productividad conductual como promesa (no asegurada ni asegurable) de un futuro prometedor. [Ver: Hemos caído en la trampa existencial de la esclavitud de la Productividad (en quiebra)].

Y mientras ellas se aplican, ciertamente con buenos resultados académicos -para orgullo personal-, uno no puede dejar de pensar en la responsabilidad que como padres tenemos al empujarlas con ánimo ferviente hacia un futuro incierto por trilero. Me explico: motivamos a nuestros hijos a que dediquen una parte decisiva de su vida (como mínimo hasta los 23 años), aquella que justamente determina su formación que les condicionará como trabajadores adultos, a perseguir una bolita profesional identificada en uno de los diversos cubiletes del mercado laboral. Una dedicación existencial cuyo recorrido natural requiere de una inversión considerable de tiempo personal (siendo conscientes que el tiempo es vida). Con el riesgo previsible que, una vez concluyan su formación profesional -que por ser profesional, en el mundo de hoy, equivale a un aprendizaje especializado-, la bolita profesional ya no se encuentre bajo el cubilete laboral identificado inicialmente años atrás, sino en otro cubilete cambiado por la diestra mano del trilero. Entiéndase aquí como trilero al profesional de la estafa que maneja bolita y cubiletes en el denominado Juego del Trile. Por lo que si identificamos al trilero con el Mercado, y al Juego del Trile como una estafa, ergo podemos concluir que el Mercado opera bajo la lógica -socialmente aceptada- de una actividad fraudulenta.

La pregunta consiguiente es, ¿y entonces, qué hacen nuestros jóvenes una vez corroboran que no existe oferta laboral para aquella actividad que se prepararon?. La respuesta es obvia: vuelven a buscar -intuición e incluso oráculo mediante en una sociedad sobresaturada de información y en continuo cambio y transformación-, el cubilete laboral donde pueda hallarse la tan anhelada bolita profesional. Lo cual requiere de un esfuerzo personal nada desdeñable en lo que actualmente se conoce como reinventarse profesionalmente, una respuesta conductual a modo de panacea social que lleva implícita la inversión de una considerable cantidad de tiempo vital añadido de más en dicho proceso para adecuarse a las competencias profesionales demandadas por la nueva especialización actualizada (bajo criterios del caprichoso trilero del Mercado). Es decir, la deseada bolita profesional, cuya recompensa puede llegar a asegurar el sostén económico para el desarrollo de una vida familiar digna, más allá de representar el premio natural a una vida académica de preparación previa, se convierte en todo un reto lleno de suerte a imagen y semejanza de la escurridiza bola voladora quaffle en un partido de quidditch en el imaginario mundo de Harry Potter.

En este contexto de cubiletes laborales volátiles, en que la posición de la bolita profesional se modifica de manera recurrente en un movimiento continuo del Mercado, los jóvenes españoles cuentan con tres horizontes futuros posibles:

1).-Un futurible, en una probabilidad estadística de uno de cada tres jóvenes, en el que se alcanza una bolita profesional acorde a la preparación académica. Es decir, donde los jóvenes trabajarán de aquello que propiamente estudiaron.

Un grupo minoritario cuyo status quo viene determinado tanto por la suerte personal, no exenta de esfuerzo, como por un alto grado de preponderancia en una filiación rica en relaciones sociales, ya sea de descendencia profesional directa o indirecta.

2).- Un futurible, en una probabilidad estadística de uno de cada tres jóvenes, en el que se alcanza una bolita profesional vía reinvención profesional. Es decir, donde los jóvenes trabajarán en un sector diferente al propio.

Un grupo mayoritario, por la suma progresiva de parte del colectivo que sigue (punto 3) a lo largo del tiempo, que en un mercado laboral restrictivo por insuficiente acabarán ocupando puestos de trabajo poco cualificados y, por extensión, de claro perfil precario. (Ver: España, viento en popa y a toda vela hacia un país eminentemente de camareros).

Y, 3).- Un futurible, en una probabilidad estadística de uno de cada tres jóvenes, en el que no se alcanza atrapar ninguna bolita profesional. Es decir, donde los jóvenes se verán abocados al desempleo. (Actualmente con una tasa del 35%, el segundo país de Europa en paro juvenil tras Grecia).

Un grupo que, junto al colectivo que les precede (punto 2), acabarán viviendo una existencia económica, por ratio de rentas de trabajos más o menos temporales, en un estadio que bien puede situarse en el umbral de la pobreza (menos de 15.000€ al año). [Ver: La estafa de ser pobre(modelo Ponzi) y La mitad de los trabajadores en España son pobres ilustrados sin identidad de clase social propia].

Tres escenarios futuros posibles en el tablero del Trile que, por otro lado, cuenta entre sus reglas con un efecto secundario descrito con letra pequeña del que nadie se percata, y menos aun los jóvenes que se sienten en su haber con todo el tiempo del mundo: el juego tiene fecha de caducidad. Tanto es así que, de manera tan irremediable como severa por abrupta e implacable, la mano invisible del trilero retira los cubiletes del mercado de la oferta laboral para aquellos jóvenes que alcanzan la edad adulta de los 40 años, a mucho estirar. O dicho en otras palabras, de los 40 años de vida laboral que potencialmente tienen nuestros jóvenes como población activa (franja comprendida entre los 25 a los 65 años), tan solo tienen asegurado el trabajo -aunque sea temporal y por fórmula de reinvención- los 15 primeros años (de los 25 a los 35, aproximadamente). Por lo que aquellos jóvenes que a los 35 no se hayan consolidado en un lugar de trabajo fijo tienen todos los números de perder la posibilidad real de volver a acceder al mercado laboral a partir de los 40 años. Lo que les obligará a reinventarse profesionalmente y de manera continua durante los 25 años restantes de su vida laboral, sin que dicho esfuerzo personal sea garante de éxito alguno en un Mercado que discrimina por edad. (Ver: La lacra del siglo XXI: hacerse maduro profesionalmente). Y es que, como bien sabemos los que peinamos canas, el hombre no se come el Mundo, sino que es el Mundo quien se alimenta de hombres con indisimulada ferocidad y desdén.

Pero, todo y así, ¿quién es alguien para ensombrecer la bendita esperanza de nuestros jóvenes? Pues no hay nada más maravilloso que soñar, aunque los sueños, como bien escribió Calderón de la Barca, sueños son. Que nuestros jóvenes continúen soñando en ser astronautas, ingenieros, médicos, bomberos o lo que les plazca ser, mientras se esfuerzan estudiando para ello, que los padres continuaremos rezando a la diosa de la Fortuna para que la bolita siga permaneciendo en su cubilete, aunque para ello haya que tratar con el trilero usurero (si es que es posible...).

Y aquí cuelgo mis reflexiones por hoy, que mis hijas ya han acabado de estudiar y ahora, que es el único momento certero de la vida que atesoramos, toca salir a disfrutar en familia. Que mañana, si es que llega, será otro día.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

viernes, 13 de diciembre de 2019

Veo, veo... algo que parece ser pero que no es


Cuántas veces, en los últimos tiempos, hemos visto un sombrero cualquiera en nuestro entorno cotidiano cuando realmente es una serpiente boa que digiere a un elefante. Y es que, como dice el Principito de Saint-Exupéry, “los mayores siempre necesitan explicaciones (aclaratorias)”. Una necesaria aclaración debida, no tanto porque en nuestras ciudades tecnológicas sea un hecho ni mucho menos corriente el encontrarse con boas y elefantes, sino porque vivimos en una sociedad donde es habitual observar objetos, sujetos y circunstancias que parecen ser una cosa que en verdad no lo son. Es decir, vivimos en un tiempo marcado por la apariencia falsa.

Como aclaración introductoria apuntaré que en esta breve reflexión no deseo tratar el concepto de apariencia falsa, por engañosa, como una manipulación deliberada de la imagen personal para beneficio individual, como ya señalé en “La apariencia, un recurso de supervivencia de la sociedad contemporánea”, sino más bien como un fenómeno natural y objetivo propio de nuestro tiempo. Dígase natural porque es característico del hábitat humano occidental presente. Y defínase como objetivo porque dicho juicio de valor se basa única y exclusivamente en hechos empíricos.

Sí, la apariencia falsa es un fenómeno tan natural como objetivo de nuestra sociedad, donde las cosas no son lo que aparentan. Pero, ¿cuáles son las causas de esta realidad simulada?. Las respuestas no deben buscarse en principios epistemológicos como materia que estudia la capacidad del conocimiento humano, sino en causas sociológicas de naturaleza física. Es decir, son causas sociológicas en tanto en cuanto es la sociedad actual la que obliga a las personas, por fuerza mayor del mercado laboral y por extensión de la lógica propia de una economía de libre Mercado descontrolada, a ejercer roles que no le son propios ni desde un enfoque de habilidades personales ni desde un enfoque académico y/o profesional. Y es de naturaleza física porque dicho movimiento traslacional, ejercido por la sociedad como fuerza motriz, modifica la posición de la persona de su espacio natural de manera tan recurrente como continua en el tiempo. Pues sí algo caracteriza a la sociedad del siglo XXI es su alto nivel de aceleración en un estado incesante de cambio y transformación. Es por ello que el fenómeno de la apariencia falsa nos hace ver a un camarero allí donde deberíamos ver a un profesor, vemos a un taxista donde deberíamos ver a un ingeniero, y por contra, en el opuesto del espejo -redes sociales mediante- podemos ver a un profesional en activo allí donde deberíamos ver en realidad a una persona en paro, entre otras ilusiones. Ya que nada es lo que parece.

En este sentido, cabe señalar que la razón del poder de convicción que tiene la apariencia falsa sobre un colectivo social la encontramos en los estereotipos sociales, es decir, en la idea formal que las personas como grupo nos hacemos mentalmente (por inmersión cultural) respecto a un modelo concreto conductual individual en relación a un concepto de rol social singular estandarizado. Y es así como caemos de bruces en la trampa de la Prueba del Pato: si grazna como un pato, camina como un pato y se comporta como un pato, entonces -nos decimos-, ¡seguramente es un pato!. Nada más lejos de la verdad en una realidad humana supeditada al principio de impermanencia, donde la apariencia falsa, como fenómeno social natural y objetivo en un tiempo presente altamente volatil, hace de los estereotipos el camuflaje perfecto para una realidad simuada. (Ver: Los cambios sociales evidencian la capacidad del hombre de mudar la piel).

Una de las consecuencias que tiene una sociedad desarrollada al amparo de la manifestación de la apariencia falsa es que, para conocer la verdad última de la realidad más inmediata que nos rodea, se requiere de un esfuerzo mayor -por imperiosa necesidad proactiva personal- en conocer nuestro entorno (desde la duda metódica del conocimiento cartesiano como método cognoscente). Una premisa que, seamos sinceros, no marca tendencia actual en una civilización superpoblada de corte individualista y egoísta por hedonista. (Ver: Sobrepoblación mundial, efectos socio-económicos y políticos a corregir). Por lo que aunque alguien no sea un pato, si parece un pato porque se comporta laboral o vitalmente como un pato -aunque sea temporalmente-, para el conjunto de la sociedad es un pato, con independencia y desinterés absoluto de si es verdad o no. (Ver: Somos una sociedad empática frente al sufrimiento ajeno, pero carente de compasión). Lo que pone de rabiosa actualidad la famosa frase del filósofo político Maquiavelo del “pocos ven lo que somos, pero todos ven lo que aparentamos”.

Aunque, por otro lado, poco importa ya si vivimos en una sociedad de apariencia falsa o no, pues ciertamente la batalla se presenta actualmente perdida desde su inicio en el momento en que la ciencia moderna con los físicos (de la realidad) a la cabeza, en su tenacidad por revolucionar el conocimiento humano como motor social de transformación de nuestra especie, no solo utilizan la base de la realidad conocida como simple juguete en una nueva era de naturaleza cuántica, sino que parten de la certeza objetiva que dicha naturaleza, caótica por esencia, constituye la base de la realidad, nuestra realidad, de marcado carácter modulable por condicionable. (Ver artículo del MIT Technology Review: Este experimento simulado pone a prueba la realidad que conocemos).

Veo, veo... algo que parece ser pero que no es. Esta frase bien podría ser el axioma descriptivo del fenómeno de la apariencia falsa en nuestra sociedad, como fundamento de una realidad que se construye mediante un consenso colectivo profundamente cultural (Ver: La realidad objetiva humana no existe fuera del consenso general subjetivo). Es por ello que solo deseo acabar esta breve reflexión reclamando que la ilusión de las apariencias no nos lleven a engaño -en el caso que busquemos el conocimiento último de la verdad de nuestra realidad más inmediata-, así como demandar que aquello que podamos aparentar ser en un momento concreto de nuestra vida no nos condicione, a título individual, ha olvidarnos de saber quiénes somos realmente. Que nuestro Yo Soy no se vea fagotizado por el Yo sociabilizado del Mercado. Pues nunca, a lo largo de la historia, ha habido hábito alguno que haya convertido a una persona consciente en monje. Que la vida de la apariencia falsa no confunda nuestra mismidad. Pues si dejamos de ser quienes realmente somos, ¿qué nos queda?.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

lunes, 9 de diciembre de 2019

La inopia informativa como estrategia de control social


El ser humano occidental contemporáneo vive en el interior de una burbuja tecnológica de confort gracias a la gestión inteligente de megadatos en plena cuarta era de la revolución industrial. Datos que, mediante códigos numéricos y alfabéticos, representan simbólicamente objetos, sujetos y circunstancias concretas, describiendo así nuestra realidad cognoscente en una era que denominamos del Conocimiento. Y en este contexto, damos por supuesto que dicho conocimiento, transmitido gracias a la gestión de los datos de base tecnológica, nos acercan a la verdad objetiva de la realidad. Pero, ¿qué sucedería si la burbuja de datos de información como hábitat en el que nos desarrollamos como personas, en vez de abrirnos al conocimiento de la verdad del mundo nos aislara del mismo e incluso fuera objeto de manipulación? La respuesta es clara: viviríamos en la inopia informativa. Es decir, desconoceríamos la verdad objetiva del mundo real por pura mecánica de desinformación.

Es entonces que podríamos hablar de la inopia informativa como estrategia de control social, encontrando sus instrumentos de gestión clave tanto en el abastecimiento como en la distribución de datos informativos subjetivos, sesgados e incluso falsos para beneficio de un poder superior de naturaleza manipuladora y opaca. En otras palabras, la inopia informativa es una capacidad potencial humana real en manos de quienes proveen la información y que asimismo controlan los canales de difusión de la misma (hoy en día interconectados, casi como exoesqueletos, en nuestra vida cotidiana). Un escenario de claro tinte distópico, propio de una sociedad orwelliana, en la que cada día más uno no puede dejar de preguntarse si ya es una realidad de facto.

Personalmente considero que así es, que la burbuja tecnológica en la que vivimos y nos desarrollamos como seres humanos del siglo XXI nos ha sumergido, por intereses partidistas que escapan al entendimiento del hombre de a pie, en un estado psicológico y emocional colectivo de inopia de la verdad. (Ver: La verdad: la gran quimera de los mortales con múltiples caras). Pero, más allá de los engranajes funcionales de dicho estado de control social -que dejo para los doctos en ingeniería psicosocial-, me interesa observar sobre sus causas. En primer lugar, cabe apuntar que la información, como cadena de transmisión del conocimiento y lanzadera para alcanzar la verdad objetiva de la realidad, en un estado inducido de inopia social tiene como efecto substancial la creación de un estado de pensamiento colectivo homogeneizador, y como efecto accidental por secundario la inmersión de la población en un estado de opinión latente de baja intensidad, potencialmente alterable emocionalmente cuando así se requiera por estrategia de cambio y transformación de la realidad social. Y, en segundo lugar, y derivado de la anterior proposición, la inopia informativa lleva a la amputación social de la capacidad individual de desarrollar un pensamiento crítico, por ser peligrosamente contrario al pensamiento colectivo homogeneizador. (Ver: ¿Está en peligro el pensamiento individual?)

Dicho lo cual, la pregunta consecuente resulta obvia: ¿puede el hombre ser libre sin capacidad para desplegar un pensamiento crítico individual?. La respuesta, a todas luces, es que no. De lo que se deduce dos conclusiones diáfanas: Una, que el hombre contemporáneo no es libre, por no ser libre de pensamiento, siendo los pensamientos quienes determinan nuestra actitud y comportamiento frente al mundo propio y ajeno. Y dos, que si el hombre no es libre es, por tanto, esclavo de alguien. (Ver: Y tú, ¿tienes libre albedrío?).

Sí, ciertamente vivimos en una sociedad en que el pensamiento crítico no alienado con el pensamiento colectivo homogeneizador, dentro de la lógica manipuladora de la inopia informativa, no solo está socialmente cada vez más estigmatizado, sino que es objeto de políticas activas basadas en la teoría de la Espiral del Silencio e, incluso, en algunos casos más graves objeto de ataques directos de acoso y derribo mediante estrategias de difamación como acción ruin de desprestigio social. Un fenómeno real que acontece, paradójicamente, en las denominadas sociedades abiertas por democráticas, en las que se presupone que la información transparente y veraz es un derecho fundamental del ser humano.

Es por ello que hoy más que nunca, en medio de un estado social inducido de inopia informativa que determina profundamente nuestra capacidad de conocer y entender el mundo, cabe reivindicar -desde un espíritu humanista decididamente rebelde- el derecho al pensamiento crítico. Una capacidad natural e íntima que todo ser humano tiene, al menos hasta que el transhumanismo sea ley imperante [ver: El Transhumanismo, el lobo (del Mercado) con piel de cordero], y mientras el sistema educativo actual no acabe por eliminar todo resquicio de asignaturas reflexivas como es la Filosofía.

Para acabar, tan solo constatar el hecho que la inopia informativa ha transformado, por una desviación tan intencionada como viciada en el proceso evolutivo, la flamante era de la Gestión del Conocimiento como promesa de una renovada ilustración humana (gracias a la sociabilización de internet con la tercera revolución industrial de finales del siglo XX), en la actual era del Control del Conocimiento como estrategia de vigilancia y sometimiento social en un mercado global (en plena cuarta era de la revolución industrial propia del siglo XXI). Por lo que vivimos tiempos en que la Verdad, como conocimiento último de la realidad, nunca ha estado en una situación tan difícil de alcanzar, especialmente para las nuevas generaciones inmersas en la burbuja tecnológica. Y aún más, el hombre, como ser cognoscente, no puede conocer verdad alguna sin el acto previo de pensar crítica y libremente, y si no puede pensar bajo estos parámetros -como proceso reflexivo para analizar, entender y evaluar su realidad más inmediata a la luz de la Lógica (capaz de dilucidar la noción de la Verdad)-, se convierte en un simple rumiante de paquetes consumibles de estados de opinión precocinados, justamente, por quienes controlan la gestión de los datos de información. He aquí el principio del automatismo humano por implementación social del pensamiento único, cuya máxima se basa en gestionar las psicoemociones de los ciudadanos-consumidores para poder gestionar sus decisiones.

Aunque, al fin y al cabo, qué se yo, pues servidor, a sus 48 años recién cumplidos no es más que un divergente humanista en la burbuja tecnológica, el cual se rebela cada día pipa en boca por ser un hombre libre, aunque solo sea -que ya es mucho- libre de pensamiento. Libertas capitur, saper aude (la libertad se conquista, atrévete a saber).


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 5 de diciembre de 2019

¿Nuestras ciudades se convertirán en las nuevas Pompeyas por el cambio climático?

Ciudadanos fallecidos por sorpresa en la antigua Pompeya

Esta mañana, desde un gran ventanal de un edifico de Barcelona, he podido ser testigo ocular de una pareja de mujeres que caminaban cogidas del brazo bajo una fuerte lluvia al cobijo de un frágil paraguas que resistía heroicamente una ráfaga de viento tempestuoso. La relativa serenidad de las mujeres se ha troncado en sorpresa en el momento en que el viento les ha arrebatado literalmente el paraguas, quedándose tan solo con la empuñadura del mismo en las manos, el cual ha acabado clavado en el césped por el que transitaban. Las mujeres, atónitas por lo sucedido, se han quedado paralizadas bajo la intensa lluvia sin más reacción que la de quedarse mirando durante unos eternos segundos el paraguas, a unos metros de distancia de ellas, incrustado en la tierra por el bastón sin puño, como un nuevo pequeño árbol ornamental más del jardín urbano. Un estado de súbita sorpresa y de arrebato de impotencia experimentado por las dos mujeres parejo, esta vez mezclado con un claro sentimiento de terror, al que debieron de padecer las personas que en los últimos meses han fallecido engullidas por el agua de manera repentina y sin aviso previo mientras caminaban o conducían sus vehículos en la Europa tecnológica del siglo XXI, España incluida, a causa de las grandes e inesperadas tormentas producidas por los recientes fenómenos meteorológicos (des)conocidos como la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos). Una imagen que no ha podido dejar de evocar en mi mente la sorpresa mortal, sin margen de reacción humana alguna, que debieron sufrir los más de 15.000 ciudadanos de la entonces desarrollada y sofisticada ciudad romana de Pompeya.

Transcurridas varias horas de la anécdota que afortunadamente no tuvo consecuencias mayores, como la caída de árboles o desperfectos en mobiliario urbano e infraestructuras dispares protagonizados en otros puntos de la geografía española, que han ocasionado accidentes de diversa gravedad, en una de las ciudades más importantes de Europa como es Barcelona no cae del cielo roca ardiente ni ceniza de ninguna erupción volcánica (emulando la milenaria ciudad del sur de Italia), pero sí que continúa cayendo del cielo una cantidad ingente de agua, acompañada de fuertes ráfagas de viento, de dimensiones diluvianas casi bíblicas. La Naturaleza no solo demuestra su fuerza, sino que parece tener la firme voluntad de querer arrodillar la soberbia humana quebrantando nuestro alto sentido autoproclamado de seres con capacidad de controlar el medio natural en el que vivimos. La causa, según voces preclaras de la ciencia, no es otra que el cambio climático provocado por la acción del hombre.

Sobre las causas y efectos del cambio climático stricto sensu no deseo entrar, ya que por un lado existen muchas y mayores autoridades en la materia que un humilde servidor, y por otro lado ya aporté mi granito de arena reflexivo en el artículo “El calor convierte al hombre en un animal violento irracional”. Pero sí que me interesa señalar el Principio de Impermanencia que conlleva un estado global de transformación climática para la realidad humana. Un hecho objetivo que, alcanzado un punto de inflexión como el que nos encontramos en la actualidad, provoca episodios temperamentales por parte de la fuerza de la Naturaleza sobre la vida humana cotidiana, cuya impredecibilidad -por falta de datos estadísticos sobre patrones históricos-, no solo rompen el statu quo de tranquilidad que los hombres contemporáneos gozamos en nuestros hábitats artificiales por urbanos de confort (ya no digamos en el mundo rural), sino que incluso nos sitúa en una posición de impotencia hacia los mismos por falta de capacidad de reacción que genera una clara percepción emocional colectiva de desprotección como especie. Una realidad fehaciente que bien actualiza la célebre frase del rey Felipe II, tras el diezmo de la Armada española ocasionado por las fuertes tormentas frente a las costras inglesas, del “yo no mandé a mis barcos a luchar contra los elementos”. O, como bien podríamos tunear en el contexto presente: “nosotros no construimos una sociedad moderna destinada a luchar contra los elementos”.

Lo que es una evidencia es que la transformación climática que protagonizamos no solo pone en jaque a las estructuras de ingeniería civil de nuestra sociedad, sino también al emplazamiento estratégico de gran parte de nuestras poblaciones emergidas principalmente al calor del auge de la industria de la construcción y del turismo, a tenor de los efectos devastadores que día sí y día también podemos seguir a través de los medios de comunicación a lo largo y ancho del globo terráqueo, en un aparente ataque de rabia celosa de la Naturaleza por reconquistar mediante la fuerza de los elementos un espacio que siempre le ha pertenecido. No olvidemos que la Naturaleza es un cuerpo orgánico global, aunque sus efectos se perciban localmente sin distinción de fronteras humanas, haciendo como propia la famosa Teoría del Caos. Un ataque de la Naturaleza -quizás como ejercicio del derecho natural legítimo de defensa propia frente a la especie humana- que, por otro lado, se ejecuta con tanta imprevisibilidad como rapidez que al hombre de a pie le coge por absoluta sorpresa, convirtiendo nuestras ciudades modernas en una especie de nuevas Pompeyas. Aunque, eso sí, seamos rigurosos, sin un efecto mortal tan devastador (por el momento, mientras no persistamos en aumentar la media de la temperatura mundial ya en fase crítica).

La diferencia sustancial entre la Pompeya clásica y las Pompeyas modernas no solo reside en el nivel de mortalidad humana, que haberlas haylas -no escondamos la cabeza ni desdramaticemos la situación-, sino en el grado de conocimiento científico y de sensibilidad social sobre el movimiento climático. Es por ello que los pompeyanos contemporáneos (permítaseme esta licencia de autor) no tenemos excusa alguna en la dejación de responsabilidades por trabajar, de manera colectiva y decididamente, en el objetivo de imperiosa necesidad de poner remedio a una situación que aun no ha alcanzado el nivel de no-retorno (por unas preocupantes escasas décimas de grado de temperatura de diferencia en la escala del calentamiento global).

La impermanencia del carácter actual de la Naturaleza, tan caótica en su deslocalización como imprevisible por veloz e intensa, está posicionando al hombre contemporáneo en un estadio similar al del pompeyano del pasado. Que nuestra arrogancia, y aún más nuestro comportamiento egoísta de mirada corta en pos de un beneficio económico volátil, no nos aboque a repetir la historia. No obstante, conociendo la naturaleza humana, siempre habrá quien de las cenizas -o mejor dicho de las tierras anegadas- haga negocio para provecho propio. Pulvis es et in pulverum reverteris, polvo eres y en polvo te convertirás, aunque personalmente, y resguardado en mi atalaya personal pipa en boca, si puedo elegir, beneplácito de las Moiras mediante, prefiero convertirme en polvo tras una muerte serena ya en edad avanzada y por causas naturales.


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lunes, 2 de diciembre de 2019

Hemos caído en la trampa existencial de la esclavitud de la Productividad (en quiebra)


En el mundo occidental vivimos para producir, hasta tal punto que hemos confundido la productividad con la vida. Una distorsión de la realidad humana que, además, retroalimentada por la filosofía de una cultura neoliberal deshumanizada por abusiva, conlleva implícita en los tiempos presentes una paradoja espacio-temporal cuya lógica existencial es un verdadero reductio ad absurdum: se vive para producir, sin que la productividad asegure la capacidad para vivir dignamente.

Por su parte, los economistas, como sacerdotes del dios Mercado que se han hecho con el poder incluso político, aludirán múltiples argumentos para racionalizar los opuestos sociológicos irreconciliables de la Productividad en una lógica contemporánea a todas luces ilógica -pues no existe lógica alguna en trabajar para no poder vivir con dignidad-, sintetizados en el credo capitalista del “tiempo es oro”. Un axioma que encierra, como caja mágica sin cerraduras, la trampa existencial del engaño de la Productividad. Véase:

1.-El tiempo no es oro, sino que es vida, ya que el tiempo es un vector propio de la dimensión humana que consume toda persona en su traslación desde un punto o estadio espacial a otro diferente.

2.-El oro, como destino a alcanzar mediante el tiempo dedicado por la vida de una persona, se cotiza en el actual sistema económico de libre mercado como un valor socialmente caro y en continua tendencia al alza.

3.-Ergo, el cambio de valor económico de mercado desigual entre la unidad devaluada de tiempo y la unidad revalorizada del oro se traduce, en resumidas cuentas, en que una persona debe consumir mucha vida propia para poder conseguir el oro necesario que le permita vivir con dignidad. He aquí el principio de la esclavitud de la persona trabajadora en un sistema de explotación de recursos humanos del Mercado.

Una filosofía de vida productivista que traspasa el umbral del mercado laboral, dígase el segmento de la sociedad adulta como población activa en términos de productividad económica, pues dicha filosofía de explotación humana alcanza el sistema educativo de nuestros jóvenes en una estrategia de programación sociabilizadora. Solo hay que observar el volumen ingente de deberes y exámenes continuos a los que se ven sometidos nuestros hijos en edad escolar, sin margen para una vida propia, en una clara sociabilización de la esclavitud para con el adulto del mañana en aras de una productividad conductual como promesa (no asegurada ni asegurable) de un futuro prometedor.

Sí, la productividad es un ladrón de vidas personales tanto para adultos como para adolescentes y jóvenes que hemos normalizado socialmente. Una filosofía de vida occidental que, asimismo, tiene una segunda consecuencia no por ello menos trascendente: la productividad implica la disolución entre espíritu y materia como naturaleza dual imprescindible para la salubridad del desarrollo del ser humano. Entendiendo aquí la dimensión espiritual como aquel alimento para el alma que permite al hombre realizarse como ser transcendental (ver: Pensar, la gastronomía del alma que no sirve para comer). Ya que la productividad, que absorbe la vida del ser humano contemporáneo por completo, es una apología no solo de todo aquello que representa el mundo material de las formas, sino por extensión de la búsqueda del bien máximo a través del goce temporal de los placeres del mismo (cultura hedonista). Lo que representa que la productividad como filosofía de vida es la culminación del hombre como ser materialista, que conjugado en la lógica de un mercado capitalista deviene en la exaltación del individualismo como valor moral aceptado socialmente. (ver: La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo). Un contexto de necesitada e imperiosa revisión reflexiva a nivel colectivo si entendemos que la dimensión espiritual del hombre ilumina, entre otros aspectos, los valores rectores propios del Humanismo como sistema de referencia y organización moral de las sociedades occidentales. En otras palabras, no busquemos en la naturaleza de un hombre eminentemente materialista, y por extrapolación en su sociedad, resquicio alguno de los valores universales humanistas que permiten al ser humano trascender como especie animal.

Por otro lado, uno no puede dejar de sorprenderse por el éxito social acumulado de la filosofía de vida productivista, en su capacidad de esclavizar al hombre contemporáneo por cesión de la voluntad propia. Un fenómeno social de enajenación colectiva que, sin lugar a dudas, encuentra su razón de ser en la zanahoria del sistema económico de libre mercado: el acceso a la cultura del consumo de ocio. La productividad, por tanto, premia al hombre esclavizado de por vida en el disfrute, sensorial y temporal por obsolescente (principio generado por el consumismo), de los múltiples y personalizables placeres creados por el propio Mercado, a imagen y semejanza del clásico condicionamiento del perro de Pávlov en su modelo conductual de estímulo-respuesta.

No obstante, la zanahoria del modelo productivista es sostenible socialmente si se cumple, solo si se cumple, una premisa imprescindible: la seguridad de la cobertura de las necesidades básicas de la pirámide de Maslow. Es decir, el hombre como ser esclavizado a voluntad propia por el imperio de la filosofía de vida productivista se revelará contra el propio sistema cuando su estado de bienestar social quede desatendido. Un escenario de quiebra del productivismo como modelo social que viene dado cuando el oro (de la vida) se encarece tanto que no hay tiempo (de vida) para poder adquirir una vida doméstica digna. (Ver: La vida en venta). O dicho en otras palabras, cuando no hay tiempo suficiente para un oro tan caro. Un cuadro social de tintes distópicos que, sin caer en el negativismo gratuito, comienza a ser una realidad de rabiosa actualidad a nivel global. (Ver: La Recesión, propia de una naturaleza incapaz,accidental y obsoleta , y El paro: error del sistema económico y social que atenta contra la dignidad humana). Lo cual responde a las causas de la actual epidemia de revueltas sociales que acontece en los diversos países de libre mercado en el conjunto del planeta.

Como bien apuntó Aristóteles: in medio virtus, la virtud está en el punto medio, en el equilibrio de los opuestos. Por lo que frente a la trampa de una productividad engañosa en quiebra social, la receta no es otra que más Humanismo. El Capitalismo neolibeal ha muerto.¡Viva el Capitalismo Humanista!


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jueves, 28 de noviembre de 2019

Quousque tandem abutere, nacionalista catalán, patientia nostra?


¿Hasta cuándo abusarás, nacionalista catalán, de nuestra paciencia?. Con ésta célebre frase tuneada de Cicerón, dirigida en su contexto histórico al senador Catilina por sus claras intenciones de hacerse con el poder absoluto, deseo manifestar públicamente mi preocupación como hombre de razón por la relevancia de rabiosa actualidad que ostenta el nacionalismo catalán en la configuración futurable de la realidad política española. Lo cual me lleva a reflexionar sobre el nacionalismo regionalista de carácter general, y sobre el nacionalismo catalán de manera particular.

Origen romántico
En primer lugar, determinemos el origen de los nacionalismos regionales en España para entender tanto su naturaleza como evolución histórica posterior, catalogada hoy en día como “milenaria” para desconocimiento de muchos. En este sentido, cabe aclarar que el nacionalismo catalán surgió a finales del siglo XIX, originariamente de un grupúsculo residual de la población catalana que se autodefinían como “extraños en casa propia” al calor de un autocomplaciente sentimiento de incomprensión pseudointelectual (la Lliga Catalana, con Cambó como líder y Prat de la Riba como ideólogo), fruto del espíritu del Romanticismo de la época caracterizado por la exaltación sentimental de algunas tradiciones populares y de otros imaginarios rescatados de la Edad Media (como el supuesto Reino de Cataluña que nunca existió).

Rasgos delirantes
En segundo lugar, definamos los rasgos característicos del nacionalismo regionalista, tomando como parámetro de referencia el nacionalismo catalán. A grosso modo podemos relacionarlos como sigue:

-Reinvención de la Historia.
-Defensa de una supuesta raza propia.
-Actitud de ataque al resto de España mediante la creación de una historia de agravios.
-Sentimiento de superioridad ultrajada.
-Catalogación de la representación del Estado en Cataluña como de “invasor español”.
-Exaltación desmesurada de lo autóctono.
-División de la ciudadanía entre catalanes buenos y catalanes malos.
-Adoctrinamiento de las nuevas generaciones en una psicología victimista y exclusivista.
-Capitalización de la inmigración con la promesa de adhesión a la causa por un futuro mejor.
-Autoproclamación como representantes legítimos del conjunto del Pueblo.
-Uso de una propaganda totalitarista con la connivencia de recursos institucionales.
-Aceptación de resultados electorales siempre y cuando no sean adversos.
-Gestión de políticas no democráticas.
-Fomento de la fractura y el resentimiento social.
-Anhelo por la creación de un Estado propio de régimen republicano.

Aportación nefasta a la política española
Y, en tercer lugar, hagamos una rápida observación histórica de la aportación del nacionalismo catalán a la política española desde su origen hasta la actualidad:

-En el Régimen Liberal de la Restauración (1874-1923), donde los nacionalismos regionalistas nacen, crecen y se organizan ante un débil reinado de Alfonso XIII, los nacionalistas catalanes socavan la política española con la proclama sacada de la chistera del reclamo fantasioso de los denominados “Países Catalanes”.

-En la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), la cual se gesta desde Barcelona con la complicidad de los nacionalistas regionalistas y los antiliberales (que ayudan a hacer caer el régimen anterior) y a causa de la incapacidad de los poderes constitucionales de cumplir su función, los nacionalistas catalanes despliegan la cultura popular catalana mediante el fomento de la lengua propia divulgada en diarios y libros catalanes exentos de censura. Son los tiempos en los que se crea la hoy en día famosa festividad literaria del “Día de Sant Jordi”.

-Ya en la II República (1931-1939), los nacionalistas catalanes con Macià a la cabeza (que proviene del partido Estat Català y que funda el nuevo partido denominado Esquerra), no solo plantea por primera vez la Autodeterminación de Cataluña, sino que al caer la monarquía toma el poder en Barcelona con el apoyo inicial de los sanguinarios anarquistas de la CNT y proclama la República Catalana (rompiendo así el marco constitucional español del denominado Pacto de San Sebastián). Son tiempos en que el nacionalismo catalán, a través del partido imperante Esquerra, “utiliza fraudulentamente las instituciones autonómicas para organizar una larga serie de acciones subversivas y provocar entre la población un estado de ánimo propicio a la revuelta”, como bien describe el entonces presidente Azaña. Tanto es así, que Esquerra llama al pueblo catalán a alzarse en armas.

A partir de aquí y tras la ruptura del Pacto constitucionalista de San Sebastián por parte de los nacionalistas catalanes, en el conjunto del Estado, y junto a la expansión del anarquismo y el auge de las izquierdas republicanas, se quiebra el orden democrático y la convivencia social en una oleada de asesinatos, asaltos a partidos políticos y periódicos conservadores, con quema de iglesias incluidas, llegando a asesinar al líder de la derecha Calvo-Sotelo (por parte de policías y milicias socialistas). Lo cual, todo en su suma, lleva a la ruina de la República y al inicio de la Guerra Civil española.

-Durante la Guerra Civil (1936-1939), y más específicamente en el otoño de 1938 en que se está librando la terrible Batalla fratricida del Ebro, un grupo de nacionalistas catalanes recurren en última instancia a Londres en calidad de Jefes de Estado de Cataluña, ante la inminente pérdida de la guerra, y proponen crear un país propio sin conseguir ningún resultado.

-En época de la Dictadura de Franco (1939-1975), los nacionalistas catalanes no oponen resistencia alguna, más que la denominada “resistencia cultural” en los últimos años de la Dictadura, y el partido Esquerra queda desprestigiado popularmente.

-Y por último, ya en la época de la joven Democracia contemporánea nacida en 1978, el nacionalismo catalán crece y se rearma mediante un sistema clientelar basado en el uso partidista de los recursos públicos por institucionales, y en una clara y decidida política de inmersión cultural de corte nacionalista regional. Hasta los días que nos acontecen en el que vuelven a reclamar la Autodeterminación de Cataluña, con un amago fallido de autoproclamación de la República Catalana, una política nefasta acompañada del recorte de libertades individuales a nivel interior (generando una situación crítica y preinsurreccional), y de una vasta campaña de desprestigio internacional contra España como Estado democrático de Derecho a nivel exterior.

Por lo que si tuviéramos que concluir sobre la aportación del nacionalismo catalán a la política española a lo largo de su casi siglo y medio de existencia, podemos afirmar sin error de equivocarnos históricamente que su deslealtad institucional (por enajenación imaginaria) tanto a la legalidad de la Restauración como de la II República, en complicidad con los antisistemas de turno, contribuyeron claramente al derogamiento de los sistemas democráticos y al surgimiento de las dictaduras tanto de Primo de Rivera como de Francisco Franco, sangre fratricida mediante. Todo un balance muy alentador.

Un futuro incierto en manos del nacionalismo catalán
Hecho un repaso sumarísimo sobre la historia política reciente, es necesario señalar que el hombre aprende a través de la experiencia vital, y la experiencia vital, ya sea individual o colectiva, constituye nuestra Historia. Es por ello que a la luz de la experiencia de nuestra Historia social común, uno no puede dejar de preocuparse por el contexto actual de una realidad política, convulsa, profundamente convulsa, en la Cataluña de los últimos años. Un contexto de rabiosa actualidad que contiene, como huellas aun calientes de un pasado reciente, denominadores comunes latentes en nuestra Historia política del último siglo.

Por un lado podemos observar que, a día de hoy, en Cataluña gobierna la Esquerra extremista propia de la II República (ya sea la Esquerra Republicana de Catalunya del procesado Junqueras o el Junts Per Catalunya del evadido Puigdemont, pues tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando), que no solo persiste en su reclamo al derecho de la Autodeterminación para lograr un Estado Catalán independiente (con plena implicación de flagrante deslealtad por parte de las instituciones catalanas), sino que se alinea con grupos antisitemas (CUP, CDR's, Tsunami Democràtic, etc) para alterar hasta el extremo de resistencia el corpus del orden constitucional que garantiza los principios rectores de nuestra Democracia. Es decir, el actual Gobierno de Cataluña trabaja con descaro público y desafío institucional expreso en la ruptura de la unidad territorial de España, y en la quiebra del sistema democrático.

Mientras que por otro lado, podemos observar a su vez que éstos mismos nacionalistas catalanes, cuyo electorado suma tan solo el 5% del conjunto de votantes del Estado (3% de Esquerra Republicana), tienen de facto la llave para la investidura del nuevo Gobierno de España: un proyecto político que cabalga sobre la coalición de una izquierda moderada (y maleable) como es el PSOE de Pedro Sánchez, y otra izquierda más extremista e incluso antisistema como es el Podemos de Pablo Iglesias. Los cuales no hacen amago alguno a la hora de difundir públicamente su voluntad de reformar el orden constitucional establecido, en un claro guiño desacomplejado para con una III República. Es decir, el proyecto de coalición del futuro Gobierno de España ya trabaja, por interés partidista de los implicados y a espaldas del pueblo español -en quien reside la legitimidad de la soberanía nacional-, en un mal disimulado festejo prenupcial con los nacionalistas catalanes en busca de la satisfacción de sus anhelos políticos más íntimos. El sonido de las monedas de plata ya resuena entre los pasillos de la Moncloa.

Sinceramente, el panorama que se presenta no genera tranquilidad alguna. Y, vista la experiencia del pasado de nuestra Historia reciente, espero por el bienestar social colectivo y la salubridad democrática que no se repita el nefasto patrón de la II República, donde nacionalistas catalanes e izquierdas republicanas de ámbito español tuvieron la fuerza suficiente para hacer la vida imposible al régimen en el que se desarrollaban como proyectos políticos, pero no para crear una alternativa real al mismo, abocando al país a un escenario de caos, abusos y sufrimiento fratricida. (Ver: La Monarquía o la Teoría de la Estabilidad Social).

Lo que está claro es que los nacionalismos regionalistas, y aún más los que no tienen raíz colonialista como es el caso, más allá de ser fenomenológicamente una enajenación colectiva del Principio de Realidad (ver: La Enajenación colectiva al Poder), son socialmente un retraso en un mundo globalizado, y una aberración intelectual a la luz de la razón humanista que ilumina los preceptos rectores de las democracias occidentales.

Dicho lo cual, y sin ánimo de alargar más la presente reflexión, solo puedo concluir repitiéndome en alto el pensamiento con el que me inicié: Quousque tandem abutere, nacionalista catalán, patientia nostra?. ¿Hasta cuándo abusarás, nacionalista catalán, de nuestra paciencia?. Muy a mi pesar, creo que la respuesta es diáfana: hasta que consigan que perdamos la paciencia. Así pues, solo queda que la diosa de la Democracia nos otorgue la gracia de la sabiduría para lidiar con el sueño fagocitador de un romanticismo nacionalista enfermo.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano