martes, 17 de septiembre de 2019

Más humildad socrática y menos sinceridad diplomática


Vivimos en una sociedad en la que la sinceridad stricto sensu, considerada como un comportamiento carente de fingimiento de lo que un observador siente y piensa en verdad frente a una circunstancia, hecho u objeto observado, se considera una actitud social políticamente incorrecta. En su lugar, la moralina social contemporánea -entendida como falsa moral kantiana- solo acepta la denominada sinceridad diplomática, que no es más que engañar al prójimo de lo que uno piensa y siente ciertamente con el objetivo de cumplir con los cánones de buena convivencia aceptados socialmente por una comunidad cada vez más artificial por virtual y por ende profundamente superficial.

Asimismo, es curioso observar cómo la sinceridad diplomática está íntimamente ligada a un valor moral de marcada influencia judeocristiana: la humildad, entendida no como sumisión sino como ausencia de soberbia, es decir, como cohibición del trato de superioridad frente a terceros (Ver: Las dos caras de la Soberbia: vicio y virtud a elegir). No obstante, el concepto contemporáneo de humildad no siempre ha sido el mismo a lo largo de la historia de la humanidad, pues más allá de la carga conductual heredada a partir de la Edad Media, el viejo filósofo Sócrates en la Antigua Grecia consideraba la humildad como el derecho conductual propio de todo ser humano de reconocer públicamente su valía y a no rebajarse, humillarse, o desvalorizarse. Un comportamiento individual y social que se conoce como humildad socrática, y que trasladado a los parámetros contextuales de nuestra era podemos definirlo sin ruborizarnos como soberbia positiva, pues permite al hombre mostrarse fiel consigo mismo y respecto al resto del mundo sin perder el respeto por los demás. Una actitud propia de espíritus maduros psicoemocionalmente que personalmente me gusta denominar Autoridad Interna (Ver: Conoce la fórmula de la Autoridad Interna).

Así pues, la humildad socrática tiene su equivalencia en nuestro tiempo a la soberbia positiva, la cual -tal y como la definía Nietzsche, el mal denominado filósofo soberbio por excelencia- conduce a la honestidad absoluta con uno mismo, siendo una virtud elevada propio de hombres que se han superado a sí mismos. Por lo que, como podemos entender visto lo expuesto, en el espacio de la humildad socrática no tiene cabida la sinceridad diplomática, pues ésta es engañosa por esencia tanto para propios como para extraños.

Es por ello que siendo la sinceridad diplomática la norma conductual de nuestra época, resulta caricaturesco presenciar en nuestra sociedad personas que más que pedir exigen sinceridad de opinión frente a una hecho, circunstancia u objeto, cuando lo que realmente esperan es una reacción de sinceridad diplomática para retroalimentar su propio autoengaño sobre un imaginario particular. En caso contrario, si a dichos individuos se les enfrenta a la humildad socrática, el resultado es una catarsis personal transitoria derivada de un bajo nivel de autoestima (buscan la continua aprobación del entorno, a expensas de su propia personalidad singular, si es que saben cuál es) y de una carencia en materia de gestión emocional, principalmente respecto a la frustración ante unas falsas expectativas creadas, que puede abocar a la rotura de las relaciones interpersonales.

No obstante, cabe apuntar que cada cual tiene el derecho de nacimiento de creer en lo que haya decidido creer. Solo faltaría. Ya que nadie puede vivir la vida por nadie. Aunque ello no exime, por alusión directa al Principio de Realidad, de la nocividad social que representa el hecho no solo de normalizar la sinceridad diplomática, sino incluso de elevarla a categoría de valor moral positivo socialmente aceptada.

Construir una sociedad desde la normalización de la sinceridad diplomática es crear una sociedad superficial basada en el autoengaño a nivel colectivo, así como promover el desarrollo de personalidades de mantequilla (por inconsistentes e inmaduras psicoemocionalmente) a nivel individual. Aunque, visto por otro lado, no hay mejor sociedad maleable para los hombres que son lobos para los propios hombres -rememorando a Hobbes-, que aquella fundamentada en la sinceridad diplomática.

Para la buena salud de todos, más humildad socrática y menos sinceridad diplomática, por favor.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

viernes, 13 de septiembre de 2019

Homo Gallinaceo: superficialidad, ruido y desorden en nuestra sociedad


Hace tiempo que me di cuenta que estamos envueltos en tertulias de gallinas de las que resulta difícil escapar. Pero no en el sentido de gallinas como sinónimo de personas miedosas, sino en el sentido adjetival más estrictamente calificativo de la hembra de la especie gallus gallus domesticus que no deja de cacarear ni bajo el agua. De lo que deduje, para enriquecimiento de mi particular Bestiario Urbano, que dentro de la familia humana existe una subespecie ampliamente expandida a la que denomino Homo Gallinaceo.

Las características que definen al Homo Gallinaceo sobre el resto de miembros de los homo sapiens son básicamente las que siguen:

-Les gusta cacarear de todo y de nada en particular, entendiendo cacarear como la acción verbal de parlotear picando temas de conversación de aquí y de allí sin orden ni control.

-En su cacarear prima sobremaneramente el gusto por los temas superficiales, recreándose en tertulias vacuas por insustanciales que pueden acabar en verborreas yermas compartidas.

-Los cacareos se suelen caracterizar como monólogos, en los que cada miembro parlotea para sí mismo sin el menor interés de coparticipar, y menos empatizar, de los parloteos de terceros.

-El discurso del cacareo no se impone sobre el resto por méritos argumentales, sino por capacidad de vocerío y de agilidad de intervención (que ciertamente es todo un arte agotador), generando una sinfonía grupal cacofónica.

-Y, por último, les desagrada compartir su espacio y su tiempo con otros congéneres de la familia humana que no se ajusten a su perfil insulso por carente de interés.

De Homo Gallinaceo podemos encontrar en todos los estratos sociales, así como de manera transversal en el conjunto de las comunidades humanas. Tanto es así que se pueden identificar genéricamente y sin mayor dificultad en los entornos familiares, en los entornos de conocidos sociales, en los entornos laborales y, con especial relevancia por su placer a la exposición pública (no olvidemos que viven por y para enseñar sus plumajes), en los diversos programas televisivos de ocio y entretenimiento y, asimismo, en el conjunto de la vida política (para intranquilidad del resto de ciudadanos).

Por otro lado, cabe destacar que la naturaleza por antonomasia del Homo Gallinaceo como animal social es el ruido y el desorden, por lo que no se puede esperar de ésta subespecie humana ni que profundice sobre un tema concreto en búsqueda de su posible origen causal para poder dilucidar una acción lógica frente al mismo, ni que por tanto se comporte de manera resolutiva respecto a un problema común, y ni mucho menos que actúe de manera conjunta y ordenadamente coherente para beneficio colectivo. Además, como se trata de animales con poca agudeza sociovisual y de respuesta inmediata a los estímulos externos que perciben, sus acciones siempre son a corto -por no decir inmediato- plazo, lo cual los imposibilita para planificar estrategias de actuación grupal en un período de tiempo largo.

Sí, podemos afirmar, con tan solo observar a nuestro alrededor, que el Homo Gallinaceo se ha convertido en la subespecie prevaleciente de la familia del homo sapiens contemporáneo (aunque de sabios tenemos poco). Por lo que de la sociedad de esta era tan solo podemos esperar superficialidad, ruido y desorden. Aunque, rompiendo una lanza a favor de mis detractores, ciertamente ¿qué se yo?, pues en verdad sólo sé que sé menos que Sócrates.



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miércoles, 11 de septiembre de 2019

La Recesión, propia de una naturaleza incapaz, accidental y obsoleta

Alemania entra en recesión. Imagen de Angela Merkel 

En una sociedad de libre mercado como la occidental estamos muy habituados al concepto de recesión en términos económicos, un vocablo que conlleva asociado la idea de miedo social, ya que a nadie se le escapa -desde la Gran Depresión de 1929, y recientemente desde el 2007- que recesión equivale a empobrecimiento social (caída en cascada de la inversión, de los productos de bienes y servicios, del empleo, del consumo y, por extensión, del producto interior bruto y de las rentas por cápita). Pero, efectos a parte, y sin entrar en las causas de índole económico (sobreproducción, disminución de la demanda, sobrepoblación, etc), ¿qué es una recesión?.

Podemos afirmar que una recesión es la acción de retroceder, o como diría Newton con su tercera ley del movimiento en la física clásica, una recesión es el efecto resultante de una fuerza de mayor magnitud y de dirección opuesta entre una reacción respecto a su acción. Es decir, la recesión es de facto una acción irrealizada y, por tanto, carente de sustancia cartesiana. Ergo, si la recesión es una acción insustancial ello significa que se trata de un acto accidental derivado de una acción en potencia inacabada por irresoluble.

Así pues, si la recesión es una acción en potencia inacabada representa que ésta se sitúa en un lugar indeterminado entre la proyección de un acto y su plena realización como acción. Pero como nos situamos frente a un concepto en movimiento, éste cuenta dentro de su accidente con dos vectores determinados: tiempo y dirección, lo cual nos permite percibir la perspectiva espacio-temporal del efecto de retroceso. El cual, teóricamente, podría incluso sobrepasar el punto de partida originario de su propia proyección como acto, si la reacción de la fuerza opuesta fuera suficientemente mayor, como sucede en el retroceso de un rifle al dispararlo. O dicho en otras palabras, la recesión podría llegar a obligar a retroceder un marco contextual más allá de su punto causístico.

Dicho lo cual, con independencia de la fenomenología, lo que realmente me interesa de la recesión es su naturaleza como acto inacabado, lo cual conlleva en sí mismo el principio de incertidumbre por impermanente. ¿Por qué un acto queda inacabado?. Para dar respuesta a dicha pregunta debemos acudir a las características esenciales de una recesión como acción física (fuerza, masa y movimiento). Veamos:

1.-Un acto queda inacabado porque es incapaz de realizarse como acción, lo que representa que carece de fuerza para su fin.

2.-Un acto queda inacabado porque es accidental, lo que significa que carece de masa sustancial.

Y, 3.-Un acto queda inacabado porque es obsoleto, lo que se manifiesta en un retroceso en el movimiento continuo del espacio-tiempo.

Por lo que podemos concluir que toda recesión es propia de actos inacabados por incapacidad, por naturaleza accidental, por obsolescencia, o por la suma combinatoria de éstos.

Por otro lado, es curioso observar como nuestras sociedades de mercado contemporáneas contemplan la recesión dentro de la normalidad propia de una fase inherente a los ciclos económicos (recesión-depresión-reactivación-auge y vuelta a comenzar), cuando la recesión evidencia de manera fehaciente -por pura experimentación empírica- que nuestro modelo económico contemporáneo basado en el capitalismo es propio de un modelo de organización social incapaz, accidental y obsoleto por defecto estructural, que fuera de mejorar con las décadas empeora en su desarrollo evolutivo (desde un punto de vista económico, y por tanto social).

Cierto es que una de las leyes principales de la vida es la ley del ritmo o también denominada ley pendular, generadora de ciclos oscilantes en un mundo dual por polarizado, pero no es menos cierto que una de las cualidades trascendentales del ser humano es superar las propias leyes de la naturaleza para beneficio de nuestra especie. Por lo que no resulta de recibo protagonizar las recesiones con la abnegación sumisa de quienes aceptan dicha naturaleza de la economía como un efecto cíclico normal y normalizado -a expensas del sufrimiento social que ello comporta-, sino que urge desde la inteligencia colectiva corregir el defecto estructural del modelo económico actual para convertirlo en un sistema de organización social capacitado, sustancial y sostenible, aun a expensas de intereses partidistas. Transformemos la economía contemporánea (que por ser de mercado es social) como acto inacabado en una economía lo más cercana a una acción realizada, que no es más que el fin último del anhelado estado de bienestar social.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 3 de septiembre de 2019

Sobrepoblación mundial, efectos socio-económicos y políticos a corregir


Que somos cada vez más seres humanos los que coexistimos en el planeta es una evidencia. Para muestra, un botón: en el año 1.800 éramos 1000 millones de personas y, transcurridos tan solo dos siglos, actualmente sumamos ya los 7.300 millones de personas, cifra que según todas las previsiones se elevará a los 10.000 millones de personas a finales del presente siglo. Un ritmo de crecimiento poblacional de la especie humana nunca visto hasta la fecha en toda la historia de la humanidad.

Las razones son claras. El incremento poblacional mundial coincide con la aparición a finales del siglo XVIII de la primera revolución industrial -ya vamos por la cuarta desde 2011-, lo cual no solo conllevó un aumento exponencial de la renta por cápita en todo el planeta, que se había mantenido prácticamente estancada en los siglos anteriores, posibilitando la economía productiva de masa basada en la competitividad de mercado como motor de la innovación, sino que ha ido pareja asimismo de un alto crecimiento en el desarrollo del estado del bienestar social de las comunidades humanas.

Pero razones fenomenológicas a parte, lo cierto es que nuestra especie ya hace tiempo que ha alcanzado el estado de sobresaturación con respecto a nuestro propio planeta, pues nuestro conductismo existencial supera el límite que la Tierra puede admitir. Por lo que si existe alguna solución sobresaturada en el planeta -hablando en términos químicos-, éste no es otro que el propio ser humano, ya que nuestro nivel de explotación en materia de recursos naturales es superior a la capacidad de regeneración del planeta. Un ritmo conductual colectivo que, de proseguir, nos obligará a “tener que irnos con la música a otra parte”, como bien apuntó Stephen Hawking poco antes de morir en referencia a buscar nuevos planetas en el cosmos donde vivir.

No obstante, más allá de las implicaciones de salubridad medioambiental planetaria causadas por la sobrepoblación mundial -y nuestra fagocitación patológica propia de especies invasivas-, me interesa el estado de sobresaturación que hemos alcanzado con respecto ya no a nuestro propio planeta como organismo (tema del que se debate mucho), sino a nuestras propias sociedades como entidades orgánicas. En este sentido, cabe destacar los efectos de la sobresaturación por sobrepoblación en los estratos económico, social y político en el seno de las sociedades occidentales contemporáneas.

Los efectos de la sobresaturación en el modelo económico de mercado, por sobrepoblación de nuestras sociedades, se evidencia en la diferencia por exceso de la oferta de servicios y productos respecto a la demanda de los mismos sin capacidad para asimilarlos, lo cual conduce a un estado de decrecimiento económico que genera caída en la renta por cápita y aumento de la inflación.

Los efectos de la sobresaturación en el modelo de bienestar social, por sobrepoblación de nuestras sociedades -y en connivencia con el modelo económico de mercado-, se evidencia en la diferencia por exceso de la necesidad de cobertura de las prestaciones sociales para los miembros de una comunidad respecto a la capacidad de respuesta del Estado hacia la misma en la que se ve imposibilitado, lo cual conduce a un incremento de la deuda pública nacional y a un aumento de la brecha de desigualdad social.

Mientras que los efectos de la sobresaturación en el modelo político en estados democráticos sociales y de derecho, por sobrepoblación de nuestras sociedades -y en connivencia con los modelos económico de mercado y de bienestar social-, se evidencia en la diferencia por exceso de la capacidad hipotética de la política soberana respecto a la capacidad política real de la soberanía nacional, lo cual aboca a un aumento del estado de desafectación de la política y a un incremento de las políticas populistas.

Parece evidente que ante tal panorama, y entendiendo que sobrepoblación mundial equivale en términos sociológicos a globalización, no se pueden corregir los desequilibrios de los efectos de la sobresaturación en el modelo político sin antes corregir los efectos de la sobresaturación en el modelo de bienestar social, ni éste sin previamente corregir los efectos de la sobresatutación en el modelo económico de mercado, que es lo mismo que redefinir el actual estándar de la economía productiva que alinee oferta con demanda.

No obstante, el único camino existente para corregir el desequilibrio por sobresaturación poblacional del modelo económico de mercado no es otro que mediante la decidida intervención de un redefinido modelo político (con incidencias transversales en el conjunto de la sociedad), en el que la democracia vuelva a ser social y de derecho, con capacidad para hacer evolucionar el capitalismo hacia un estado de poder ponderado sobre el conjunto de la sociedad (capitalismo humanista). Lo contrario solo conduce a excesos en desigualdad social y a desequilibrios en la asignación y explotación de recursos en un planeta sobrepoblado que, con prescripción retrasada, requiere de un nuevo orden estable para su sostenibilidad. Aunque, como ya sabemos, la acción virtuosa del in medio virtus aristotélico nunca ha sido un fuerte para el ser humano.



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lunes, 2 de septiembre de 2019

La lacra del siglo XXI: hacerse maduro profesionalmente

"Pasante de Moda", film de 2015 con De Niro y Hathaway

Las estadísticas de población activa de rabiosa actualidad son elocuentes: el mercado laboral no quiere a trabajadores en edad de madurez profesional, es decir, a mayores de 45 años. Así pues, Houston tenemos un triple problema.

Tenemos un problema de nivel social. Ya que la experiencia no solo ha dejado de primar, sino que ya no representa un valor añadido en nuestra sociedad.

Tenemos un problema de nivel económico. Ya que desvalorada la experiencia, el modelo productivo solo puede desarrollarse en base a sectores económicos de baja cualificación, los cuales se retroalimentan en el fango de la precariedad laboral: contratos temporales y salarios reducidos.

Y tenemos un problema de nivel individual. Ya que la desvalorización de la experiencia junto a una economía productiva basada en la precariedad laboral destierran del mercado laboral -empujón consciente mediante por parte de los departamentos de RRHH de las empresas- a todo trabajador activo en edad de madurez profesional y, dicho sea de paso, con una estructura familiar constituida. (Ver: La dictadura de la sociedad joven).

En resumidas cuentas, alcanzar la madurez profesional se ha convertido en la nueva lacra del siglo XXI, y los responsables de RRHH en la nueva inquisición encargada de exterminarla de la nueva religión del mercado laboral.

Un triple problema que por ser sociológico es ético per se. Pues desvalorar la experiencia es ir en contra del valor del conocimiento -adquirido gracias al valor del esfuerzo- que se elabora colectivamente, derivado de la observación de una comprobación previa y mediante la participación en común a posteriori de dicha vivencia. Ya que apostar por una economía productiva fundamentada en la precariedad laboral equivale a empobrecer el estado de bienestar social colectivo de manera consciente, con premeditación y alevosía. Y el hecho desterrar del mercado laboral a trabajadores en estado activo y con cargas familiares consolidadas es un atentado directo contra la dignidad de éstas personas y de sus familias.

Es por ello que a la luz de la ética podemos afirmar que la no aceptación por parte del mercado laboral de trabajadores mayores de 45 años representa, como diría Platón, una conducta moralmente injusta -por no equitativa- y, por tanto, reprochable socialmente.

Por otro lado, cabe subrayar que los valores morales son fruto del consenso social por parte de cada sociedad habida y por haber en el transcurso de la historia de la humanidad, por lo que es responsabilidad nuestra como sociedad determinar si la exclusión de facto del mercado laboral contemporáneo de los trabajadores en edad de madurez profesional es una virtud a respaldar o un vicio a corregir de nuestro tiempo. Para los despistados, cabe apuntarles que, a todas luces, se trata de un vício moral a corregir, pues no solo contradice la razón social -en el que todo individuo es un fin en sí mismo y no solo un medio, como únicamente pretende el Mercado-, sino que desprecia asimismo y de manera arrogante la propia dignidad de la vida humana.

Y no hay mejor manera que corregir un vicio o conducta moralmente injusta en una virtud o conducta moralmente justa, desde un enfoque social, que legislando en derecho laboral por la protección de los mayores de 45 años. Pues, como ya apuntó Kant con su imperativo categórico, solo los actos realizados por deber tienen valor moral virtuoso.

Ya es hora que acotemos el campo al Mercado, a quien hemos cedido nuestra soberanía social en demasía en pos de una libre economía productiva como motor de una mal denominada competitividad social. A la economía de Mercado lo que es del Mercado, y a la Sociedad lo que es de la Sociedad: la moral social. Que nuestra sociedad vuelva a enriquecerse con el aporte de talento, experiencia, madurez, compromiso, responsabilidad, gestión emocional, y sabiduría existencial de esos jóvenes de más de 45 años repletos de vitalidad e ilusión.



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miércoles, 28 de agosto de 2019

Sobre el vacío o materia oscura personal, y el Ojo que no lo ve todo


El Ojo que todo lo ve, no lo ve todo. Pero no siempre fue así. En la época de los antiguos dioses, el Ojo de Ra u Ojo de Horus lo veía todo en plena era de la cuna de la civilización de la humanidad, el Ojo del Dios crístico lo veía todo desde la época medieval hasta los albores del ateísmo, y el Ojo del Gran Arquitecto lo veía todo en la superada (por el agnosticismo científico) era de la ilustración. Pero ahora el Ojo de la Providencia -muertos y prácticamente olvidados los dioses antiguos-, ya no es de naturaleza metafísica, mística y religiosa, sino que el nuevo Ojo imperante que todo lo ve es de naturaleza artificial por algorítmica y tecnológica, pues nos encontramos inmersos en la era del Ojo de Google (entiéndase como metonimia de la omnipotente era de internet).

El Ojo contemporáneo que todo lo ve, el Ojo de Google, solo ve las manifestaciones externas de los seres humanos, pero no así su mundo álmico interior, capacidad de visión que por otro lado sí tenían los antiguos dioses. Por no ver, el Ojo artificial que todo lo ve no puede ver el vacío de los hombres, al igual que los científicos no pueden captar la materia oscura del universo que cohesiona nuestro cósmos y sin la cual las galaxias y con ellas todos sus astros (planetas y estrellas incluidos) se dispersarían por su propia rotación. Y aun así, aunque el Ojo que todo lo ve no pueda ver o captar el vacío interior de las personas o la materia oscura del exterior del espacio, no significa que éstos no existan y cumplan una función relevante en nuestra existencia particular.

De hecho, el vacío interior del ser humano es equiparable a la materia oscura del universo, pues se sabe que existe pero se desconoce de qué está compuesta, es oscura porque no emite ningún tipo de luz mostrándose completamente transparente o invisible a cualquier espectro electromagnético, y aún así su existencia se puede inferir a partir de los efectos físicos, mentales y emocionales que ejerce sobre el cuerpo y la consciencia humana. Y aunque su porcentaje de materia no visible es pequeña en relación al conjunto de la materia visible del cuerpo del ser humano, pobre del que desde su mismidad se precipita en su oscuridad -por acción, omisión o accidente exógeno u endógeno- porque en el vacío de su interior toda luz personal acaba apagándose.

Tanto es así que se sabe cuando un ser humano ha sido engullido por la fuerza gravitatoria de su vacío o materia oscura personal porque su luz visible deja de brillar a los ojos del mundo exterior, mostrando una clara actitud psicoemocional de pérdida de ilusión, alegría y motivación por la vida en su día a día. (Pues no se puede dar lo que no se tiene). No existiendo más que apatía, pues en el insondable espacio del vacío personal los ecos del alma de la personalidad del hombre se pierden entre la oscuridad de la nada hasta su propia extinción. Ya que sobre la naturaleza del vacío interior, si bien desconocemos su composición, sabemos -por simple observación empírica- que priva a la persona de los rasgos característicos que definen su propia identidad innata, sin los cuales no puede manifestarse la chispa vital de todo individuo. O, dicho de otro modo, solo cabe arrebatar la esencia de la personalidad singular que caracteriza a un ser humano para empujarle irremediablemente al pozo de su vacío personal, allí donde solo existe la nada, que es lo más parecido a una muerte agónica -por lenta y arrebatada de sentido- en vida.

El vacío o materia oscura personal pertenece al mundo de la metafísica. Es por ello que el nuevo Ojo artificial no lo ve, pues éste solo forma parte del mundo físico. Pero aún no siendo visible en el mundo de las formas, es por todos sabido que el vacío personal existe. Así como el hombre sabe, aunque sea por puro instinto de supervivencia, que del vacío oscuro se puede salir, siendo el único camino de retorno o “renacimiento” la acción de volver a ser uno mismo -desde la esencia de la mismidad que caracteriza nuestra singular naturaleza personal-, frente al resto del mundo exterior. No obstante, no es menos cierto que enfrentarse a un mundo que coyunturalmente ahoga, presiona hacia nuestra propia nulidad y nos hace sentir impotentes como seres humanos individuales no resulta fácil, y más aun cuando el mundo inmoviliza con lazos sentimentales y responsabilidades tanto morales como materiales con el objetivo de forzar la cesión de nuestra mismidad. Es por ello que la reivindicación de la libertad del Yo Soy, como reactivo para escapar del vacío o materia oscura personal, solo es apta para valientes de espíritu, conscientes que no hay libertad sin lucha, ni lucha sin rebeldía. Pero no se trata de una rebeldía sin causa, sino de la rebeldía propia -que bien puede calificarse de resistencia existencial- de la chispa personal de la vida que todo ser humano debe resguardar por derecho y obligación natural para continuar sentirse vivo en su cotidianidad.

El Ojo de la Providencia de nuestro siglo que todo lo ve, no puede ver ni captar el vacío personal -como sí lo hacían los antiguos dioses-, por lo que aun exhibiendo una inteligencia artificial suprahumana no puede gestionar aquello que desconoce, dejando al ser humano contemporáneo al desamparo de sus propias capacidades. Todo un reto de superación personal para cualquier ser humano, en una sociedad enajenada por el Ojo de Google, en la búsqueda de un camino de autoaprendizaje e iniciación en soledad hacia la plena consciencia de la mismidad que permita a la persona salir de su vacío o materia oscura personal.

El vacío personal existe, aunque el Ojo que todo lo ve no lo vea, y como todo en el Universo tiene su propia función. Al igual que la materia oscura cohesiona nuestro cosmos, el vacío personal cohesiona nuestra singularidad como seres pensantes y sintientes, no por lo que hacemos sino por lo que somos. El vacío personal se muestra como un revulsivo existencial, claramente metafísico, para reencontrarnos nuevamente desde nuestra esencia singular una vez nos hemos perdido -o mejor dicho, dejado perder- en el mundo exterior. Por lo que si alguna razón de ser tiene el vacío personal ésta no es otra que la de ayudarnos en nuestro proceso de crecimiento personal. Pues la vida, aun en su fragilidad, es una fuerza inexorable.

A partir de aquí, que cada cual actúe como mejor sepa proceder inmersos -si es el caso- en los vacíos personales, pues no existen fórmulas estándares. Aceptando que muertos los antiguos dioses, el hombre está solo consigo mismo y frente a sus circunstancias en un mundo panóptico e invisible en su vacío frente a un Ojo que no todo lo ve. Sabiendo que solo se regresa al camino de la luz personal que nos permite sentir vivos, desde el espacio de la materia oscura individual, redescubriendo quiénes somos en verdad, para a continuación renovar las fuerzas existenciales actuando en consecuencia. Pues no hay mayor fortaleza y vitalidad personal que vivir siendo fieles desde el Yo Soy con nosotros mismos y frente al resto del mundo. Fiat lux!



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miércoles, 7 de agosto de 2019

Ante una implosión del mundo personal solo cabe reconstruir la realidad


La vida suele transcurrir sin mayores complicaciones para la mayoría de las personas que habitan en su zona de confort. Aunque, en algunas ocasiones, una persona puede llegar a romperse interiormente -bajo parámetros psicoemocionales- , al verse sometida a una fuerza de presión de la vida mayor a la fuerza de resistencia o presión interior del propio individuo. Es entonces que se produce una implosión del mundo personal.

La implosión del mundo personal, que genera una explosión hacia dentro del ser humano, o bien acaba estallando creando -tiempo mediante- un nuevo efecto de retroexpansión que permite la reconstrucción de la estructura psicoemocional de la persona, o bien supera la propia explosión interna comprimiendo todo el mundo psicoemocional de la persona a un punto de nulidad cercano a cero, como si de la formación de un agujero negro interno se tratase. Está claro que en este segundo caso la persona queda rota interiormente, con las consecuentes manifestaciones de patologías psicológicas o incluso físicas resultantes, como puedan ser depresiones, shocks traumáticos, ataques cardíacos, etc. Mientras que en el primer caso, en el efecto de la retroexpansión para la reconstrucción de la estructura psicoemocional de la persona, ésta no solo debe de pasar por un profundo proceso de gestión emocional, sino también de redefinición de su esquema vital de creencias y de su escala de valores morales. Y es sobre éste segundo caso justamente que deseo centrar la presente breve reflexión.

Es evidente que en éste supuesto la implosión del mundo personal conlleva de manera inequívoca una causa de deconstrucción, por fuerza mayor, de la realidad del individuo que necesitará de una nueva reconstrucción, a posteriori, de la misma. Un proceso en el que cada persona, a título individual, necesita de un tiempo singular propio. Pues la deconstrucción por implosión de la realidad personal es equiparable a un apagón de la luz vital interior de un individuo, cuyo reencendido (en alusión metafórica) es directamente proporcional a la fuerza de la chispa vital del mismo. Y es que cuando se produce una implosión del mundo personal la vida deja de tener sentido, generalmente de manera transitoria, hasta que la persona vuelve a rearmarse psicoemocionalmente para volver a encontrar u otorgar un nuevo sentido a su propia existencia.

He aquí que nos hayamos frente a un proceso, no exento de duelo personal, cuya sanación pasa por tres estadios bien definidos: un primer estado de desapego hacia la realidad implosionada que ya no existe, un segundo estado posterior de aceptación de la realidad existente como resultante tras la implosión (principio de realidad), y un tercer y último estado de reconstrucción de los esquemas de la realidad personal sobre los fundamentos de la nueva realidad imperante por resultante.

Lo relevante de la fase de reconstrución de los esquemas de la realidad personal es que ésta afecta al universo de creencias del individuo, pues le obliga a replantearse tanto aquello en lo que creía que ya no es, como en aquello que a partir de ahora debe creer por ser. Y todo ello en relación a la vida como marco de referencia donde la persona se desarrolla como ser pensante y sintiente, que no es materia menor. Una redefinición de las creencias sobre la naturaleza y funcionamiento de la realidad que, asimismo, afectan como doble cara de una misma esencia al esquema de valores morales de las mismas creencias. Pues la deconstrucción y reconstrucción de una realidad humana es un fenómeno que implica indisolublemente la deconstrucción y reconstrucción de la estructura mental y emocional de una persona, y no existe pensamiento ni sentimiento sin carga moral. Y no hay que decir que en dicho tránsito, al tratarse de un proceso íntimo, personal e intransferible, la herramienta de la gestión emocional representa un valor inmensurable. Por lo que a mayor práctica en en materia de gestión emocional, mayor control psicoemocional tendrá una persona en un proceso de implosión del mundo propio, por refuerzo natural de la capacidad de resilencia del individuo. (Ver: Manual de la Persona Feliz, Tecnología mental para una buena salud emocional).

No obstante, no quisiera finalizar esta breve reflexión sin apuntar una verdad inmutable in saecula saeculorum como es que el tiempo es una gran medicina para la implosión de los mundos personales, y que el secreto para el tránsito exitoso entre la deconstrucción y la reconstrucción de una realidad humana personal no es otro que no perder de vista en ningún momento el centro de gravedad de todo ser humano: el sentido particular que otorgamos a la vida. Pues es justamente este sentido (de la vida) el que nos insufla las fuerzas necesarias para continuar viviendo el presente con plena capacidad para seguir reinventando el futuro de manera obstinadamente creativa. Ya que por encima de nuestro cielo perceptible, ya esté despejado o nublado, siempre brilla de manera inmutable el sol (nuestra luz). Aunque a veces nos empeñemos en autoconvencernos que ha cesado de iluminarnos. Y recordando, una y tantas veces como sea necesario, el hecho que, en verdad, la vida para que sea vida siempre implosiona desde el interior. Nihil novum sub sole!


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martes, 30 de julio de 2019

Nadie está exonerado del precio que tiene que pagar por su propia libertad personal


Nadie está exonerado del precio que tiene su propia libertad. Una carga cuyo peso sobre los hombros de los hombres es directamente proporcional a la suma del peso de los bienes materiales que desea abarcar. Un deseo que, por otro lado, puede ser tanto de naturaleza voluntaria, como de naturaleza obligatoria por las sucesivas cuentas que se van añadiendo al rosario personal e intransferible de la responsabilidad moral de un individuo por social.

Sí, el precio para saldar la deuda contraída por nacimiento para adquirir con pleno derecho la libertad personal pesa. Una pesantez que no solo carga físicamente sobre las frágiles espaldas de los hombres, sino que sobremaneramente presiona como sargento con tornillo de apriete insaciable sobre las mentes humanas. Pues el precio en el mundo de las almas mortales se paga con dinero como moneda de canje, y el dinero exige -por imperativo legal y sin miramientos- unos plazos de pago in tempus, secuencialmente tan vertiginosos que sumerge al hombre en un continuo estado de pseudotrance propio del tempus fugit. Ya que en este contexto la vida se convierte en dinero y éste en tiempo, ergo la vida no es más que tiempo a pagar. (A imagen y semejanza del argumentario de la película distópica In Time).

Ante esta tesitura, para alcanzar la tan anhelada libertad personal el hombre solo cuenta con dos opciones bien definidas: o saldar el pesado precio del conjunto de bienes materiales que desea abarcar, el cual siempre tiende a agrandarse dentro de la lógica del bienestar en una economía de mercado, o bien reducir la necesidad de dichos bienes materiales hasta la mínima expresión con el objetivo de menguar el peso del precio de la libertad a pagar. He aquí la eterna dicotomía del comportamiento humano basculante entre epicureísmo (que bebe del hedonismo) versus estoicismo.

Lo cierto es que optar por la vía voluntuosa de saldar el pesado precio de unos bienes materiales (cuya valoración siempre al alza viene dada por el Mercado) como medio para alcanzar la libertad personal, no es garantía alguna de conseguirlo, por más empeño que la persona disponga. Pues como reza el versículo, muchos son los llamados y pocos los elegidos (un tema resbaladizo donde hay más suerte que meritocracia). Ya que el peso cada vez mayor del dinero acaba alargando el tiempo, y éste consume literalmente la vida de aquel que corre contra reloj para conquistar la libertad bajo el grito de guerra existencial del libertas capitur!, a menos que la diosa Fortuna le socorra antes que la esperanza se convierta en su propia trampa mortal.

Mientras que optar por la vía de reducir el peso del precio, como pago para excarcelar nuestra libertad personal, mediante la minimización de los bienes materiales abarcables, resulta siempre una medida de garantía de éxito asegurado. Como bien saben los ascetas desde tiempos inmemoriales. Aunque para ello se requiere una decidida actitud ya no de desapego al mundo material, sino de aprender a disfrutarlo en su justa medida, que no es otra que la que viene marcada por nuestras propias capacidades y oportunidades al beneplácito de los caprichosos hilos del destino. Pues no existe mayor sufrimiento que aquel que se deriva de obstinarse en lo inalcanzable. Ya que los sueños, como sabiamente versó Calderón de la Barca, sueños son. Y éstos, los sueños, son justamente uno de los grandes problemas de un mundo contemporáneo que mercadea con la ensoñación, aunque ésta es harina de otro costal.

Lo que es una evidencia es que el hombre nace con el derecho positivo a la libertad personal, y que solo él, exclusivamente él, puede transmutarlo en un derecho natural de pleno disfrute. Es decir, que el hombre nace con la prerrogativa de poder conquistar su propia libertad individual, y que de él depende en su libre albedrío de luchar o no por ella. Por lo que frente a la actitud de gravar el precio o de aligerarlo de cara al pago obligatorio previo para alcanzar la libertad, uno no puede dejar de preguntarse en cuál de los dos casos el hombre tiene consciencia y valora verdaderamente su libertad personal. ¿El que se desvive sin vivir, o el que vive sin desvivir?. La respuesta, a la luz de la razón y del eco de la paz interior, se muestra de manera diáfana.

Entonces, podemos preguntarnos, ¿a caso no existe punto medio entre ambos extremos?. La respuesta no pude ser otra que sí y no, por su complejidad. Sí que existe punto medio en cuanto la libertad personal, a fin de cuentas, no es más que un estado de consciencia con independencia del determinismo ambiental. Y no existe punto medio en cuanto dicho estado de consciencia es altamente inestable justamente por el mismo determinismo ambiental. No en vano, quien de verdad busca alcanzar la libertad personal acaba por mediar distancia con el mundo de las formas, desde que el hombre es hombre. Aunque éste es un lujo solo accesible para privilegiados, pues la sociedad, como si de la isla de Circe se tratase, ya se encarga de inmovilizar al hombre con resistentes embrujamientos de responsabilidad moral, emocional, económica y/o material.

Así pues, a quienes buscan el in medio virtus de la libertad personal desde la cárcel del mundo material de las formas, solo cabe esperarlos batallas internas continuas entre los espíritus epicúreos y estóicos dignas de las aventuras de Hércules. Aunque éste parece ser un mal menor para el hombre contemporáneo que, si por algo se caracteriza, es por su apreciable decantación hacia una descarada resistencia a la libertad individual.

En mi caso particular, como hombre basculante del montón que soy, hoy me decanto conscientemente y en pleno uso de mis facultades mentales por el estoicismo para acariciar mi inestimable libertad personal, sabedor que la filosofía es más importante que la religión del materialismo, que el sentido y la finalidad que tiene un hombre en su Yo Soy es lo más importante de la vida, que todo ser humano está limitado por un destino incontrolable, y que la conducta correcta de una persona en cuerpo, mente y espíritu es posible únicamente en el seno de una vida tranquila evitando perturbaciones del alma. Una actitud estoica para tiempos convulsos, gintonic en mano y pipa en boca. Sic fiat!



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

viernes, 26 de julio de 2019

La triple naturaleza sustancial de la espera


Hoy me toca esperar, al igual que ayer y anteayer. De hecho, fumando (en pipa) espero, como cantó la acrtriz española Sara Montiel en la película “El último cuplé”. Lo cierto es que la espera resulta siempre tediosa, pues es un estado tenso -dependiendo del grado de interés y apego personal que suscita el objeto esperado- a camino entre la acción o resolución y la pasividad o descanso. La espera es ese tiempo indefinido e interminable del paso de las manecillas del reloj entre segundos, minutos u horas. La espera es un agujero insondable en el continuo del tiempo, donde el mismo tiempo parece dejar de existir por relantización absoluta de su movimiento. Pero, más allá de cómo definamos subjetivamente la espera, ¿qué podemos esperar de ella?; y, más aún, ¿cuál es su naturaleza?.

El viejo filósofo Kant, en su famosa obra “Crítica del Juicio”, afirmaba que de la espera sólo se pueden esperar tres cosas: la felicidad, el triunfo del bien, y la paz perpetua, como no podía ser de otra manera como precursor del idealismo alemán que era. Sobre la base que en la naturaleza no existe la finalidad, pero que aún así el hombre necesita pensar en la finalidad de sus acciones. Un postulado cuyo fondo comparto personalmente (Ver: La vida no tiene sentido si no se la das tú), pero no así en sus conclusiones sobre la finalidad de la espera en sí misma. Ya que sus reflexiones filosóficas se basan en juicios teológicos, una postura nada recriminable desde una mirada retrospectiva comprensiva hacia un contexto de la ilustración prusiana del siglo XVIII en plena expansión del protestantismo.

No, amigo Kant, de la espera tanto se puede esperar, como consecución de una situación, circunstancia o hecho, la felicidad como la infelicidad, el triunfo del bien o el triunfo del mal, así como la paz perpetua o temporal como la guerra eterna o temporal. Pues el hombre, más allá de su propia voluntad de proyectarse sobre un plano idealista, vive en un plano realista. Y en el dominio físico de las formas, la resolución de la espera viene determinada tanto por la suma de historias o acciones de la persona como sujeto de la espera, como de los determinismos y condicionantes de su entorno, con independencia total del tipo de moral aplicada en cada caso. Por lo que se puede afirmar que la espera conlleva una naturaleza resultante potencialmente incierta del objeto esperado, por situarse por antonomasia fuera de nuestro control en términos absolutos. No existiendo más espera certera que la propia muerte.

Una vez resuelto el hecho de que de la espera tan solo podemos esperar incertidumbre, veamos cuál es su naturaleza desde un enfoque ontológico. En este sentido, podemos apuntar que la espera tiene una triple naturaleza:

La espera como esperanza. En esta primera dimensión de su naturaleza existe una correlación, con fundamento real, entre el significado del sujeto que espera y el significante del objeto esperado. Entendiendo los elementos del fundamento real como la previsión de una resolución posible en términos estadísticos. En este caso, la esperanza como naturaleza de la espera se enmarca dentro del ámbito psicoemocional de los pensamientos positivos.

La espera como ilusión. En esta segunda dimensión de su naturaleza existe una correlación, sin fundamento real, entre el significado del sujeto que espera y el significante del objeto esperado. Entendiendo los elementos del fundamento irreal como puras creencias imaginativas sin correspondencia alguna del mundo de las ideas en relación al mundo de las formas. En este caso, la ilusión como naturaleza de la espera se enmarca dentro del ámbito psicoemocional tanto de los pensamientos positivos como negativos.

La espera como plena incerteza. En esta tercera dimensión de su naturaleza no existe correlación alguna entre el significado del sujeto que espera y el significante del objeto esperado, pues si bien existe sujeto y objeto de la espera, no existe ni significado ni significante de los mismos. En este caso, la plena incerteza como naturaleza de la espera se enmarca dentro del ámbito psicoemocional tanto de los pensamientos positivos como negativos.

Así pues, observamos que la espera tiene la triple naturaleza de la esperanza, la ilusión y la plena incerteza, las cuales se manifiestan de manera conductual en un individuo dependiendo de la capacidad en materia de gestión psicoemocional del mismo frente a la acción de la espera. En este sentido, si bien la actitud conductual no forma parte de la naturaleza stricto sensu de la espera, no podemos obviar el determinismo que ésta ejerce sobre la espera en sí misma, ya que si bien la influencia del comportamiento individual es ajeno sobre su sustancia (lo que es la espera como naturaleza), sí que puede influenciar sobre su accidente (cómo se manifiesta la espera de manera subjetiva en el individuo), en términos clásicos aristotélicos. En este sentido señalaremos, pues, que la espera como sustancia forma parte del ámbito ontológico, mientras que la espera como accidente forma parte de ámbito psicoemocional.

Y, llegados a este punto, si tuviéramos que caracterizar la espera como accidente, cuya ascendencia cabe remarcarse como profundamente psicoemocional, deberíamos recurrir al amplio espectro del orbe emocional que va desde una actitud (manifiesta o no) de indiferencia hasta el deseo más exultante, pasando por el punto medio que es la templanza. Una manifestación, subjetiva y singular por individual del comportamiento de una persona frente a la espera como accidente, que viene condicionada, en cada caso particular, por determinismos biológicos, ambientales o culturales, y psicológicos, donde queda patente la calidad y madurez del mimbre del que está hecho cada ser humano.

No obstante, con independencia de la triple naturaleza sustancial de la espera, todo individuo debería aprender a enfrentarse a la espera bajo una actitud de templanza -aunque en ello nos lleve nuestro esfuerzo personal-, pues no hay nada inteligente en avanzarse en malgastar energías vitales innecesariamente, ya sea en un sentido positivo o negativo, por un futuro que aún no ha llegado. Lo cual nos aleja del momento presente que es la vida. (Ver el concepto de templanza en la Fórmula de la Autoridad Interna).

Y con templanza y esperanza, fumando (en pipa) aun espero la resolución final de mi espera, mientras acabo de perfilar ésta breve reflexión cuyo entretenimiento me ancla en el presente continuo de mi fugaz vida. Alea iacta est!


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jueves, 25 de julio de 2019

El número ocho (8), el eco de la estructura misma del universo

Agroglifo 8/8/2008, campos de Wiltshire (Reino Unido)

Hoy, al refugio de la fresca de un caluroso día de verano, me apetece dilucidar sobre el número ocho (8), pues es el número natural que mayor curiosidad me despierta por sus aires criptográficos, si bien debo reconocer que mi número favorito es el nueve por su trazo de carácter reflexivo, introspectivo y sereno, además de señalar el día de mi onomástica.

Si algo tiene el número ocho es que es eminentemente enigmático, pues en él se guardan una multitud de codificaciones que, como si de un prisma se tratase, proyecta diversos significados sobre una misma realidad dependiendo de la luz del conocimiento que la ilumine, con el objetivo de hacer de sus cifrados ininteligibles a buscadores que no dan la talla. No obstante, a modo de entretenimiento, desvelemos algunos significado de su múltiple naturaleza descodificada:

El ocho es eternidad, pues rotado hasta una posición de 160 grados se transforma en una lemniscata con figura en forma de símbolo del infinito.

El ocho es simetría axial de dimensión paralela, pues es dos veces el número tres opuestos entre sí respecto a un eje simétrico. Y siendo tres los puntos de referencia del espacio euclidiano, el ocho encierra en sí mismo un plano dimensional paralelo al plano de la realidad referencial.

El ocho es vida, pues no solo es el número atómico del oxígeno, sino que además son ocho los electrones que siempre requieren los átomos para interactuar con átomos de igual o de diferentes elementos para la creación de moléculas.

El ocho es doble perfección, pues está formado por dos veces la figura geométrica más perfecta del universo: el círculo, en una elegante composición de círculos tangentes.

El ocho es equilibrio, pues en él confluyen las fuerzas antagónicas fundamentales (nacimiento/muerte, bien/mal, luz/oscuridad, femenino/masculino) del eterno movimiento cósmico de la regeneración.

El ocho es realización, pues en su composición no existe dualidad entre lo que es arriba y lo que es abajo, lo que es creciente y lo que es decreciente.

El ocho es geometría sagrada, pues son ocho los puntos de la estrella octogonal formada por dos cuadrados concéntricos, uno de los cuales está girado en 45 grados, símbolo de trascendencia mística en diversas culturas del mundo.

El ocho es justicia, fuerza y abundancia, pues así queda representado en la simbología ancestral dada por el antiguo esoterismo egipcio, la kábala judaica, el tarot medieval, y la cultura oriental, entre otras tantas.

El ocho es el canto del viento, pues su forma es la letra “s” cerrada en un silbido sostenido. El mismo silbido que en el espacio envuelve a los ocho planetas de nuestro sistema solar.

Y así, con éste ritmo cadencioso, podríamos proseguir de manera indefinida descifrando los mensajes ocultos del número ocho. Pero con independencia de la multiplicad de sus cifrados, y vista la breve relación de discriptografías expuestas, dos son las ideas principales que podemos sustraer -a modo de síntesis- de la capacidad perceptiva humana respecto a éste número natural: la idea del flujo continuo y la idea de la perfección en relación a la vida. La pregunta obligada, por tanto, no puede ser otra que el porqué el ser humano relaciona intuitivamente y de manera atemporal la forma figurativa del número ocho con la idea del fluir eterno y de la perfección.

¿Podría ser por que nuestro propio código genético se estructura a partir de una cadena de ADN de doble hélice en forma de ochos concatenados? Podría ser, pero ésta razón de corte biológico no es más que una pátina de la manifestación subyacente de la causa principal. Lo que está claro es que si el ser humano puede percibir una realidad concreta es, principalmente, porque dicha realidad ya constituye parte inherente como forma o idea en la estructura básica sensitivo-neurológica del ser humano. Es decir, que existe una relación isomorfa entre la capacidad de forma perceptible por el hombre y la forma potencialmente percibida de la realidad. Ya que es imposible todo conocimiento si no existe una correspondencia entre sujeto perceptible y objeto percibido.

Un axioma del que se derivan dos postulados: que el conocimiento mismo de la estructura del universo reside de manera latente en el interior del ser humano, y que dicho conocimiento no debe restringirse a una metodología empírica y directa (razonamiento inductivo) sino ampliarse asimismo al conocimiento filosófico e indirecto (razonamiento deductivo) por ser de naturaleza interna. Es decir, el hombre no debe renunciar a buscar desde su mundo interior el conocimiento del mundo exterior, por lógica isomorfista, pues limitarse a conocer tan solo el mundo exterior desde éste puede abocar a la parálisis de recrearse única y exclusivamente en la realidad conocida, como pez que nada buscando respuestas dando vueltas en el interior de su propia pecera.

Así pues, podemos concluir que el número cardinal ocho, tanto en su naturaleza matemática como semiótica, es el eco captado de una parte de la estructura orgánica del universo mismo. Un eco que nos susurra eternidad, dimensiones paralelas, vida, perfección, equilibrio, realización, geometría sagrada, justicia, fuerza y abundancia. Que cada cual se sirva mejor guste y requiera según sus necesidades e inquietudes, sabedores que no hay otro espacio para escuchar el eco del insondable universo que aquel que encontramos transitando introspectivamente por nuestro interior.


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miércoles, 24 de julio de 2019

Círculos concéntricos, un conocimiento metafísico que nos viene dado de serie

Vista aérea de Sun City, Arizona (USA)

El hombre siempre se ha sentido maravillado por los círculos concéntricos, representándolos ya en monumentos prehistóricos de piedra, en petroglifos, o en pinturas rupestres, sin dejar de mencionar los misteriosos agroglifos que aparecen en cultivos de todo el planeta de un día para otro, o las estructuras urbanas diseñadas en círculos concéntricos que van desde la antigua ciudad de la Atlántida (según descripción del propio Platón, y que la comunidad científica sitúa en la ciudad española de Cádiz) hasta los modernos modelos urbanos de estructura interna como Canberra de Australia, Palmanova de Italia, Sun City de USA, Brasilia de Brasil, El Salvador de Chile, Brondby Haveby de Dinamarca, La Plata de Argentina, o Barcelona de España, entre otras muchas ciudades. Aunque seguramente los círculos concéntricos más famosos en la actualidad son las obras pintadas por el ruso Kandiski a principios del siglo pasado.

El elemento nuclear del efecto hipnótico para la psiqué humana de los círculos concéntricos es, justamente, su estructura geométrica fundamentada en el círculo, una de las formas más perfectas y primogénitas del Universo. De hecho, desde el átomo, pasando por el óvulo animal, hasta llegar a los astros del firmamento, el universo se expresa de forma circular. (Ver: Venimos de la esfera y, tras una vida en espiral, a la esfera regresamos). De lo que se deriva que la geometría del círculo forma parte de nuestra propia naturaleza biológica ancestral, latente en el inconsciente tanto individual como colectivo del ser humano. Solo hay que observar la cantidad de objetos a nuestro alrededor que contienen una estructura circular.

Pero a parte del círculo, como elemento sustancial de la geometría de los círculos concéntricos, éstos se definen por tres rasgos singularmente característicos para la percepción humana, aunque se manifiesten de manera ignota por participar en un plano inconsciente: una naturaleza expansiva, una secuencia discontinua periódica entre materia y vacío, y una singularidad dual.

La naturaleza expansiva de los círculos concéntricos invita al imaginario del ser humano a proyectar un punto de fuga en el espacio de la estructura geométrica que tiende hacia el infinito, sin limitaciones de conservación de la energía que puedan hacer decrecer la amplitud de los círculos con la distancia. Lo que eleva a los círculos concéntricos a la categoría de entidad trascendental.

La secuencia discontinua periódica entre materia y vacío de los círculos concéntricos, por su parte, invita al imaginario del ser humano a transitar por entre el misterio de los diferentes mundos o dimensiones que conforman la realidad, cuya manifestación material está esencialmente vacía (que no es lo mismo que la nada). Lo que eleva a los círculos concéntricos a la categoría de entidad multidimensional.

Mientras que la singularidad dual de los círculos concéntricos invita al imaginario del ser humano a la existencia de un origen común, el cual asimismo se manifiesta sin singularidad alguna en la estructura singular de las circunferencias trazadas en cada uno de sus respectivos círculos, induciendo a la idea del ser y el no-ser. Lo que eleva a los círculos concéntricos a la categoría de entidad metafísica.

Dicha triple naturaleza característica de los círculos concéntricos: entidad trascendental, entidad multidimensional y entidad metafísica, hacen que éste cuerpo geométrico, si bien podemos observarlo manifestado en el mundo formal euclidiano, proyecte claras emanaciones más propias del mundo de las ideas o mundo espiritual. Por lo que si echamos mano de un tuneado trilema epicuriano, podemos resolver que:

1.-Si los círculos concéntricos son trascedentales, multidimensionales y metafísicos, entonces no tienen su origen en éste mundo.

2.-Si los círculos concéntricos no tienen origen en éste mundo, pero el hombre puede manifestarlos en él, entonces el hombre tiene acceso a otros mundos.

3.-Si el hombre tiene acceso a los círculos concéntricos a través de otros mundos, entonces es que el hombre es trascendental, multidimensional y metafísico.

Afirmar que el hombre es trascendental, multidimensional y metafísico, equivale a afirmar que el hombre es un ser dualista: material y espiritual. (Ver: La espiritualidad como realidad de la naturaleza humana). Como tantas escuelas de pensamiento han afirmado a lo largo de la historia de la humanidad, con independencia de sus credos y praxis, versus las escuelas monistas de rabiosa actualidad propio de la sombra alargada del pensamiento cartesiano que consideran que el hombre solo es materia.

No obstante, sin entrar a debatir si el hombre es por naturaleza monista o dualista, resulta evidente que la realidad de la que participa y conforma al ser humano mismo parte de la confluencia universal entre materia y vacío, cuyo elemento cohesionador en todo el cósmos no es otro que la energía. A la cual podemos denominarla como realidad física desde una posición monista, o realidad espiritual desde una posición dualista (tanto monta, monta tanto) en términos de acceder a los diversos niveles de manifestación de la misma. Pero con independencia de nomenclaturas al uso, lo relevante es que desde ese sustrato cósmico común que es la energía, el mundo del hombre se ve sujeto a determinismos de realidad estructural de tipo arquetípico como son los círculos concéntricos. Determinismos arquetípicos que, por otro lado, portamos inherentes en el potencial cognoscente de nuestro propio código genético, y que nos vemos abocados a replicar aunque sea de manera inconsciente. Es decir, que los círculos concéntricos es un conocimiento metafísico que nos viene dado de serie. Por lo que podemos concluir que los círculos concéntricos, como formas arquetípicas trascendentales -como muchos otros por determinar-, representan una buena manifestación de los puentes de conexión entre la naturaleza mundana y trascendental del ser humano. A partir de aquí, de nosotros depende el rendimiento que hagamos de dicho conocimiento.



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martes, 23 de julio de 2019

El búho, un arquetipo ancestral con forma de animal


Hace tiempo que tengo un artículo reflexivo pendiente con un animal que, aun no siendo el predilecto de mi cosmoanimalogía personal, desde siempre he sentido hacia él una especial debilidad empática: el búho. Quizás se deba a que representa el icono de la sabiduría clásica, y servidor no siente más que amor (filos) por la sabiduría (sofia) en calidad de filó/sofo, aunque todo amante no deja de ser al fin y al cabo un buscador del amor anhelado, por lo que más que un amante de la sabiduría stricto sensu me considero un humilde buscador amoroso de la sabiduría [que nada tiene que ver con ser un sabio (sofós)]. O quizás se deba, asimismo, a que representa la capacidad de ver (la verdad última del conocimiento) más allá del mundo opaco de las formas, provocando un despertar de la consciencia, que es la máxima aspiración de todo filósofo como ser pensante y curioso que es.

Percepciones personales que, no obstante, no puedo considerarlas como exclusivas, ya que éstas junto a rasgos de carácter mágico, espirituales o metafísicas han sido compartidas por la humanidad desde los albores de la misma y de manera extensiva al conjunto de culturas humanas habidas. Pues se pueden encontrar búhos desde tiempos inmemorables en casi todas las regiones del planeta, desde el círculo polar ártico hasta los desiertos, pasando por las selvas tropicales y las estepas, hasta llegar a las zonas montañosas y costeras.

El búho, más que un ave rapaz nocturna cualquiera, es símbolo, signo, icono, mito y rito en la historia de la humanidad. Es símbolo porque representa una idea perceptible consensuada socialmente. Es signo porque posee un vínculo convencional entre su significante y su significado. Es icono porque su imagen identifica y representa un concepto. Es mito porque encierra un relato trascendental. Y es rito porque conlleva un carácter cultural expresivo del contenido del mito. Pero por encima de todo, el búho es una idea arquetípica universal, porque de él se deriva una noción común (como símbolo, signo, icono, mito, o rito) en el inconsciente colectivo del hombre con independencia de su tiempo. Por lo que se puede afirmar que el búho es un tótem metafísico atemporal para la especie humana.

En este sentido, si el búho es una idea arquetípica universal o un tótem metafísico atemporal significa, en términos platónicos, que el búho pertenece más al mundo de las ideas que al mundo de las formas. De lo que se deriva que su naturaleza es trascendente, equiparándose más -para la capacidad cognoscente humana- al reino de los animales mitológicos por su fuerza simbólica arquetípica, a semejanza del unicornio (pureza), el grifo (fuerza y empoderamiento) o el ave fénix (resilencia y renacimiento), que al mundo animal natural.

Y es justamente esa fuerza vigorosa arquetípica que emana del búho la que atrae y embruja al hombre, percibiéndolo más como un ser que transita entre dos mundos, el etérico y el material, que un ser puramente mortal. De ahí que los hilos invisibles del inconsciente ancestral del hombre, aquellos que aun sin saberlo -pero sí intuyéndolo en nuestra intimidad- nos conectan con todas las manifestaciones de la energía del universo que es la Vida, nos obligan sin forzamiento alguno a mostrar cierta actitud reverencial frente al búho, pues como arquetipo viviente percibimos en él un halo sagrado de la naturaleza existencial del mundo.

El búho es epistemología y hermenéutica, pues en él se guarda tanto los secretos del arjé (principio y fundamento) de la realidad como el método e interpretación a dicho conocimiento. Es por ello quizás que, arrastrado por un impulso más inconsciente que consciente, personalmente me gusta de coleccionar objetos figurativos de búhos. Cuya visión, sobre alguno de los estantes de mi casa, me produce al mirarlos una sensación de conexión con el mundo trascendente del que todos sin excepción venimos y al que inevitablemente regresaremos tarde o temprano, tras nuestro paso temporal por ésta densa dimensión donde las ideas arquetípicas tan solo pueden proyectarse sobre formas caducas, a imagen y semejanza de la caverna de Platón.

Así pues doy por informado: a aquellos argonautas de la vida, con los que coincidamos en algún punto de nuestro viaje mortal, que quieran traer un presente a mi casa no encontrarán mejor regalo que una figura de un búho para asegurarse un grato recibimiento. Dixi!.



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lunes, 22 de julio de 2019

Si eres normal, es que te han homogeneizado


Si algún concepto aparentemente inofensivo es profundamente peligroso éste no es otro que la idea de normal. Pero su peligrosidad no yace en su simbología en el imaginario colectivo como término de referencia, pues sobre puntos referenciales está construido el mundo de los hombres, sino en su distorsionado significado como unidad de homogeneización de la realidad existente. Por tanto, normalizar, desde un enfoque social, no es más que el proceso de homogeneizar los diversos elementos diferentes entre sí que conforman una misma sociedad. Lo que significa, al fin y al cabo, que aquellos elementos que difieren por sus características de la normalidad, como punto de referencia y que son por tanto objeto de homogeneización, son anormales.

Asimismo, para que se posibilite un proceso de homogeneización debe existir una norma o regla estandar, que no es más que la manifestación fenomenológica de la idea de lo normal, siendo esta norma o regla un molde de impresión social. Por lo que a la lógica mecanicista de lo normal, todas aquellas características que se exceden del molde social son desechables. Una metodología que tiene pleno sentido en una cadena de producción fabril, pero que a todas luces resulta una aberración cuando en vez de moldear productos de bienes y servicio lo extrapolamos al ámbito natural de las personas.

Uno de los moldes de impresión social por antonomasia es tanto el sector educativo como el mercado laboral (sin entrar en la cultura económica de consumo), los cuales criban aquellos activos humanos catalogados como normales, por su adecuada sujeción a los estándares de homogeneización, de aquellos otros activos humanos catalogados como anormales por su defecto de homogeneización. Unos estándares que, a su vez, no son siempre los mismos, sino que varían y se modifican constantemente bajo parámetros espacio-temporales económicos y socio-políticos. En este sentido, el molde de impresión social imperante en la actualidad se fundamenta en una norma o regla estructurada a partir de la inteligencia lógico-matemática, lo que representa que vivimos en una sociedad donde se desechan de manera genérica las siete inteligencias múltiples restantes que conforman el universo racional humano. (Ver: Conoce la Fórmula de Gestión de las Inteligencias Múltiples y Allí donde dos inteligencias diferentes chocan hay empobrecimiento social). Y aún más, dicha norma consensuada socialmente como fundamento del actual molde de impresión social eleva a la categoría de inteligencia estelar la memoria, la cual no se trata de ningún tipo de inteligencia sino de una capacidad personal en términos de habilidad. De hecho, paradójicamente, la comunidad científica ya ha demostrado de manera reiterada que una persona sin memoria es señal de mayor inteligencia.

Como podemos deducir fácilmente tras exponer brevemente los rasgos característicos del marco operativo que regula el molde de impresión social contemporáneo, el concepto de normal -versus su opuesto de anormal- tiene dos claras implicaciones en la vida de las personas: en el ámbito social y profesional (propio del determinismo del mercado laboral), y en el ámbito familiar y personal (propio del determinismo del sector educativo).

En el ámbito social y profesional, el concepto de normal discrimina negativamente la rica variedad de inteligencias múltiples que coexisten en una misma comunidad, lo cual no va solo en contra de los principios fundamentales de toda política de gestión del talento en una sociedad altamente competitiva donde la diversidad de las inteligencias múltiples representa la piedra angular, sino que atenta de frente contra la cultura misma de la innovación. Pues solo transgrediendo la normalidad (pensamiento fuera de la caja) se puede crear una sociedad disruptiva, mientras que desde la lógica de la normalidad tan solo se puede aspirar a procesos innovadores incrementales o, en todo caso, frugales. (Ver: La inteligencia Morfosocial no innova, solo recrea y replica). Un tema que desarrollo extensamente en mi obra “Modelo de Gestión del Talento para Empresas”.

Mientras que en el ámbito familiar y personal, el concepto de normal amputa sin miramientos aquellas habilidades y capacidades singulares e innatas de las personas que sobresalen del molde de impresión social, como si de retales prescindibles se tratase. Una práctica que condena a las personas a la incapacidad de autorealizarse individualmente, por desencaje existencial entre lo que hacen y lo que son (desalineación con la vocación), viviendo en muchos casos sin llegar a conocer su Yo verdadero y esencial. Lo cual, por otro lado, resulta imprescindible para alcanzar un estado de conciencia de felicidad personal.

Pero el concepto de normal no es negativo per se. Todo depende de si parte de una premisa integradora o discriminatoria, como es el caso presente. La batalla de lo normal versus lo anormal solo generará beneficios socialmente, como colectividad, cuando el concepto de normal se vea ampliado hasta incluir aquellos casos que hoy en día cataloga como anormales. Simplemente, es pura lógica matemática: el resultado de la suma y de la multiplicación es mayor al de la resta y la división.

Mientras tanto, y a expensas del molde de impresión social obsesionado en la homogeneización de los seres humanos en calidad de ciudadanos, reivindiquemos nuestra anormalidad como personas singulares, pues solo a través de ella podremos autorealizarnos como seres sintientes y pensantes. A los divergentes del sistema, a los anormales que no encajamos en el molde de la norma, reclamemos nuestro derecho a una vida plena en la que podamos desarrollar nuestras habilidades innatas sin ablaciones sociales. Pues si nos privan de lo que somos, dejamos de ser. Libertas capitur, sapere aude!


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