lunes, 9 de diciembre de 2019

La inopia informativa como estrategia de control social


El ser humano occidental contemporáneo vive en el interior de una burbuja tecnológica de confort gracias a la gestión inteligente de megadatos en plena cuarta era de la revolución industrial. Datos que, mediante códigos numéricos y alfabéticos, representan simbólicamente objetos, sujetos y circunstancias concretas, describiendo así nuestra realidad cognoscente en una era que denominamos del Conocimiento. Y en este contexto, damos por supuesto que dicho conocimiento, transmitido gracias a la gestión de los datos de base tecnológica, nos acercan a la verdad objetiva de la realidad. Pero, ¿qué sucedería si la burbuja de datos de información como hábitat en el que nos desarrollamos como personas, en vez de abrirnos al conocimiento de la verdad del mundo nos aislara del mismo e incluso fuera objeto de manipulación? La respuesta es clara: viviríamos en la inopia informativa. Es decir, desconoceríamos la verdad objetiva del mundo real por pura mecánica de desinformación.

Es entonces que podríamos hablar de la inopia informativa como estrategia de control social, encontrando sus instrumentos de gestión clave tanto en el abastecimiento como en la distribución de datos informativos subjetivos, sesgados e incluso falsos para beneficio de un poder superior de naturaleza manipuladora y opaca. En otras palabras, la inopia informativa es una capacidad potencial humana real en manos de quienes proveen la información y que asimismo controlan los canales de difusión de la misma (hoy en día interconectados, casi como exoesqueletos, en nuestra vida cotidiana). Un escenario de claro tinte distópico, propio de una sociedad orwelliana, en la que cada día más uno no puede dejar de preguntarse si ya es una realidad de facto.

Personalmente considero que así es, que la burbuja tecnológica en la que vivimos y nos desarrollamos como seres humanos del siglo XXI nos ha sumergido, por intereses partidistas que escapan al entendimiento del hombre de a pie, en un estado psicológico y emocional colectivo de inopia de la verdad. (Ver: La verdad: la gran quimera de los mortales con múltiples caras). Pero, más allá de los engranajes funcionales de dicho estado de control social -que dejo para los doctos en ingeniería psicosocial-, me interesa observar sobre sus causas. En primer lugar, cabe apuntar que la información, como cadena de transmisión del conocimiento y lanzadera para alcanzar la verdad objetiva de la realidad, en un estado inducido de inopia social tiene como efecto substancial la creación de un estado de pensamiento colectivo homogeneizador, y como efecto accidental por secundario la inmersión de la población en un estado de opinión latente de baja intensidad, potencialmente alterable emocionalmente cuando así se requiera por estrategia de cambio y transformación de la realidad social. Y, en segundo lugar, y derivado de la anterior proposición, la inopia informativa lleva a la amputación social de la capacidad individual de desarrollar un pensamiento crítico, por ser peligrosamente contrario al pensamiento colectivo homogeneizador. (Ver: ¿Está en peligro el pensamiento individual?)

Dicho lo cual, la pregunta consecuente resulta obvia: ¿puede el hombre ser libre sin capacidad para desplegar un pensamiento crítico individual?. La respuesta, a todas luces, es que no. De lo que se deduce dos conclusiones diáfanas: Una, que el hombre contemporáneo no es libre, por no ser libre de pensamiento, siendo los pensamientos quienes determinan nuestra actitud y comportamiento frente al mundo propio y ajeno. Y dos, que si el hombre no es libre es, por tanto, esclavo de alguien. (Ver: Y tú, ¿tienes libre albedrío?).

Sí, ciertamente vivimos en una sociedad en que el pensamiento crítico no alienado con el pensamiento colectivo homogeneizador, dentro de la lógica manipuladora de la inopia informativa, no solo está socialmente cada vez más estigmatizado, sino que es objeto de políticas activas basadas en la teoría de la Espiral del Silencio e, incluso, en algunos casos más graves objeto de ataques directos de acoso y derribo mediante estrategias de difamación como acción ruin de desprestigio social. Un fenómeno real que acontece, paradójicamente, en las denominadas sociedades abiertas por democráticas, en las que se presupone que la información transparente y veraz es un derecho fundamental del ser humano.

Es por ello que hoy más que nunca, en medio de un estado social inducido de inopia informativa que determina profundamente nuestra capacidad de conocer y entender el mundo, cabe reivindicar -desde un espíritu humanista decididamente rebelde- el derecho al pensamiento crítico. Una capacidad natural e íntima que todo ser humano tiene, al menos hasta que el transhumanismo sea ley imperante [ver: El Transhumanismo, el lobo (del Mercado) con piel de cordero], y mientras el sistema educativo actual no acabe por eliminar todo resquicio de asignaturas reflexivas como es la Filosofía.

Para acabar, tan solo constatar el hecho que la inopia informativa ha transformado, por una desviación tan intencionada como viciada en el proceso evolutivo, la flamante era de la Gestión del Conocimiento como promesa de una renovada ilustración humana (gracias a la sociabilización de internet con la tercera revolución industrial de finales del siglo XX), en la actual era del Control del Conocimiento como estrategia de vigilancia y sometimiento social en un mercado global (en plena cuarta era de la revolución industrial propia del siglo XXI). Por lo que vivimos tiempos en que la Verdad, como conocimiento último de la realidad, nunca ha estado en una situación tan difícil de alcanzar, especialmente para las nuevas generaciones inmersas en la burbuja tecnológica. Y aún más, el hombre, como ser cognoscente, no puede conocer verdad alguna sin el acto previo de pensar crítica y libremente, y si no puede pensar bajo estos parámetros -como proceso reflexivo para analizar, entender y evaluar su realidad más inmediata a la luz de la Lógica (capaz de dilucidar la noción de la Verdad)-, se convierte en un simple rumiante de paquetes consumibles de estados de opinión precocinados, justamente, por quienes controlan la gestión de los datos de información. He aquí el principio del automatismo humano por implementación social del pensamiento único, cuya máxima se basa en gestionar las psicoemociones de los ciudadanos-consumidores para poder gestionar sus decisiones.

Aunque, al fin y al cabo, qué se yo, pues servidor, a sus 48 años recién cumplidos no es más que un divergente humanista en la burbuja tecnológica, el cual se rebela cada día pipa en boca por ser un hombre libre, aunque solo sea -que ya es mucho- libre de pensamiento. Libertas capitur, saper aude (la libertad se conquista, atrévete a saber).


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 5 de diciembre de 2019

¿Nuestras ciudades se convertirán en las nuevas Pompeyas por el cambio climático?

Ciudadanos fallecidos por sorpresa en la antigua Pompeya

Esta mañana, desde un gran ventanal de un edifico de Barcelona, he podido ser testigo ocular de una pareja de mujeres que caminaban cogidas del brazo bajo una fuerte lluvia al cobijo de un frágil paraguas que resistía heroicamente una ráfaga de viento tempestuoso. La relativa serenidad de las mujeres se ha troncado en sorpresa en el momento en que el viento les ha arrebatado literalmente el paraguas, quedándose tan solo con la empuñadura del mismo en las manos, el cual ha acabado clavado en el césped por el que transitaban. Las mujeres, atónitas por lo sucedido, se han quedado paralizadas bajo la intensa lluvia sin más reacción que la de quedarse mirando durante unos eternos segundos el paraguas, a unos metros de distancia de ellas, incrustado en la tierra por el bastón sin puño, como un nuevo pequeño árbol ornamental más del jardín urbano. Un estado de súbita sorpresa y de arrebato de impotencia experimentado por las dos mujeres parejo, esta vez mezclado con un claro sentimiento de terror, al que debieron de padecer las personas que en los últimos meses han fallecido engullidas por el agua de manera repentina y sin aviso previo mientras caminaban o conducían sus vehículos en la Europa tecnológica del siglo XXI, España incluida, a causa de las grandes e inesperadas tormentas producidas por los recientes fenómenos meteorológicos (des)conocidos como la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos). Una imagen que no ha podido dejar de evocar en mi mente la sorpresa mortal, sin margen de reacción humana alguna, que debieron sufrir los más de 15.000 ciudadanos de la entonces desarrollada y sofisticada ciudad romana de Pompeya.

Transcurridas varias horas de la anécdota que afortunadamente no tuvo consecuencias mayores, como la caída de árboles o desperfectos en mobiliario urbano e infraestructuras dispares protagonizados en otros puntos de la geografía española, que han ocasionado accidentes de diversa gravedad, en una de las ciudades más importantes de Europa como es Barcelona no cae del cielo roca ardiente ni ceniza de ninguna erupción volcánica (emulando la milenaria ciudad del sur de Italia), pero sí que continúa cayendo del cielo una cantidad ingente de agua, acompañada de fuertes ráfagas de viento, de dimensiones diluvianas casi bíblicas. La Naturaleza no solo demuestra su fuerza, sino que parece tener la firme voluntad de querer arrodillar la soberbia humana quebrantando nuestro alto sentido autoproclamado de seres con capacidad de controlar el medio natural en el que vivimos. La causa, según voces preclaras de la ciencia, no es otra que el cambio climático provocado por la acción del hombre.

Sobre las causas y efectos del cambio climático stricto sensu no deseo entrar, ya que por un lado existen muchas y mayores autoridades en la materia que un humilde servidor, y por otro lado ya aporté mi granito de arena reflexivo en el artículo “El calor convierte al hombre en un animal violento irracional”. Pero sí que me interesa señalar el Principio de Impermanencia que conlleva un estado global de transformación climática para la realidad humana. Un hecho objetivo que, alcanzado un punto de inflexión como el que nos encontramos en la actualidad, provoca episodios temperamentales por parte de la fuerza de la Naturaleza sobre la vida humana cotidiana, cuya impredecibilidad -por falta de datos estadísticos sobre patrones históricos-, no solo rompen el statu quo de tranquilidad que los hombres contemporáneos gozamos en nuestros hábitats artificiales por urbanos de confort (ya no digamos en el mundo rural), sino que incluso nos sitúa en una posición de impotencia hacia los mismos por falta de capacidad de reacción que genera una clara percepción emocional colectiva de desprotección como especie. Una realidad fehaciente que bien actualiza la célebre frase del rey Felipe II, tras el diezmo de la Armada española ocasionado por las fuertes tormentas frente a las costras inglesas, del “yo no mandé a mis barcos a luchar contra los elementos”. O, como bien podríamos tunear en el contexto presente: “nosotros no construimos una sociedad moderna destinada a luchar contra los elementos”.

Lo que es una evidencia es que la transformación climática que protagonizamos no solo pone en jaque a las estructuras de ingeniería civil de nuestra sociedad, sino también al emplazamiento estratégico de gran parte de nuestras poblaciones emergidas principalmente al calor del auge de la industria de la construcción y del turismo, a tenor de los efectos devastadores que día sí y día también podemos seguir a través de los medios de comunicación a lo largo y ancho del globo terráqueo, en un aparente ataque de rabia celosa de la Naturaleza por reconquistar mediante la fuerza de los elementos un espacio que siempre le ha pertenecido. No olvidemos que la Naturaleza es un cuerpo orgánico global, aunque sus efectos se perciban localmente sin distinción de fronteras humanas, haciendo como propia la famosa Teoría del Caos. Un ataque de la Naturaleza -quizás como ejercicio del derecho natural legítimo de defensa propia frente a la especie humana- que, por otro lado, se ejecuta con tanta imprevisibilidad como rapidez que al hombre de a pie le coge por absoluta sorpresa, convirtiendo nuestras ciudades modernas en una especie de nuevas Pompeyas. Aunque, eso sí, seamos rigurosos, sin un efecto mortal tan devastador (por el momento, mientras no persistamos en aumentar la media de la temperatura mundial ya en fase crítica).

La diferencia sustancial entre la Pompeya clásica y las Pompeyas modernas no solo reside en el nivel de mortalidad humana, que haberlas haylas -no escondamos la cabeza ni desdramaticemos la situación-, sino en el grado de conocimiento científico y de sensibilidad social sobre el movimiento climático. Es por ello que los pompeyanos contemporáneos (permítaseme esta licencia de autor) no tenemos excusa alguna en la dejación de responsabilidades por trabajar, de manera colectiva y decididamente, en el objetivo de imperiosa necesidad de poner remedio a una situación que aun no ha alcanzado el nivel de no-retorno (por unas preocupantes escasas décimas de grado de temperatura de diferencia en la escala del calentamiento global).

La impermanencia del carácter actual de la Naturaleza, tan caótica en su deslocalización como imprevisible por veloz e intensa, está posicionando al hombre contemporáneo en un estadio similar al del pompeyano del pasado. Que nuestra arrogancia, y aún más nuestro comportamiento egoísta de mirada corta en pos de un beneficio económico volátil, no nos aboque a repetir la historia. No obstante, conociendo la naturaleza humana, siempre habrá quien de las cenizas -o mejor dicho de las tierras anegadas- haga negocio para provecho propio. Pulvis es et in pulverum reverteris, polvo eres y en polvo te convertirás, aunque personalmente, y resguardado en mi atalaya personal pipa en boca, si puedo elegir, beneplácito de las Moiras mediante, prefiero convertirme en polvo tras una muerte serena ya en edad avanzada y por causas naturales.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 


lunes, 2 de diciembre de 2019

Hemos caído en la trampa existencial de la esclavitud de la Productividad (en quiebra)


En el mundo occidental vivimos para producir, hasta tal punto que hemos confundido la productividad con la vida. Una distorsión de la realidad humana que, además, retroalimentada por la filosofía de una cultura neoliberal deshumanizada por abusiva, conlleva implícita en los tiempos presentes una paradoja espacio-temporal cuya lógica existencial es un verdadero reductio ad absurdum: se vive para producir, sin que la productividad asegure la capacidad para vivir dignamente.

Por su parte, los economistas, como sacerdotes del dios Mercado que se han hecho con el poder incluso político, aludirán múltiples argumentos para racionalizar los opuestos sociológicos irreconciliables de la Productividad en una lógica contemporánea a todas luces ilógica -pues no existe lógica alguna en trabajar para no poder vivir con dignidad-, sintetizados en el credo capitalista del “tiempo es oro”. Un axioma que encierra, como caja mágica sin cerraduras, la trampa existencial del engaño de la Productividad. Véase:

1.-El tiempo no es oro, sino que es vida, ya que el tiempo es un vector propio de la dimensión humana que consume toda persona en su traslación desde un punto o estadio espacial a otro diferente.

2.-El oro, como destino a alcanzar mediante el tiempo dedicado por la vida de una persona, se cotiza en el actual sistema económico de libre mercado como un valor socialmente caro y en continua tendencia al alza.

3.-Ergo, el cambio de valor económico de mercado desigual entre la unidad devaluada de tiempo y la unidad revalorizada del oro se traduce, en resumidas cuentas, en que una persona debe consumir mucha vida propia para poder conseguir el oro necesario que le permita vivir con dignidad. He aquí el principio de la esclavitud de la persona trabajadora en un sistema de explotación de recursos humanos del Mercado.

Una filosofía de vida productivista que traspasa el umbral del mercado laboral, dígase el segmento de la sociedad adulta como población activa en términos de productividad económica, pues dicha filosofía de explotación humana alcanza el sistema educativo de nuestros jóvenes en una estrategia de programación sociabilizadora. Solo hay que observar el volumen ingente de deberes y exámenes continuos a los que se ven sometidos nuestros hijos en edad escolar, sin margen para una vida propia, en una clara sociabilización de la esclavitud para con el adulto del mañana en aras de una productividad conductual como promesa (no asegurada ni asegurable) de un futuro prometedor.

Sí, la productividad es un ladrón de vidas personales tanto para adultos como para adolescentes y jóvenes que hemos normalizado socialmente. Una filosofía de vida occidental que, asimismo, tiene una segunda consecuencia no por ello menos trascendente: la productividad implica la disolución entre espíritu y materia como naturaleza dual imprescindible para la salubridad del desarrollo del ser humano. Entendiendo aquí la dimensión espiritual como aquel alimento para el alma que permite al hombre realizarse como ser transcendental (ver: Pensar, la gastronomía del alma que no sirve para comer). Ya que la productividad, que absorbe la vida del ser humano contemporáneo por completo, es una apología no solo de todo aquello que representa el mundo material de las formas, sino por extensión de la búsqueda del bien máximo a través del goce temporal de los placeres del mismo (cultura hedonista). Lo que representa que la productividad como filosofía de vida es la culminación del hombre como ser materialista, que conjugado en la lógica de un mercado capitalista deviene en la exaltación del individualismo como valor moral aceptado socialmente. (ver: La exaltación del Egoísmo: el éxito del Capitalismo). Un contexto de necesitada e imperiosa revisión reflexiva a nivel colectivo si entendemos que la dimensión espiritual del hombre ilumina, entre otros aspectos, los valores rectores propios del Humanismo como sistema de referencia y organización moral de las sociedades occidentales. En otras palabras, no busquemos en la naturaleza de un hombre eminentemente materialista, y por extrapolación en su sociedad, resquicio alguno de los valores universales humanistas que permiten al ser humano trascender como especie animal.

Por otro lado, uno no puede dejar de sorprenderse por el éxito social acumulado de la filosofía de vida productivista, en su capacidad de esclavizar al hombre contemporáneo por cesión de la voluntad propia. Un fenómeno social de enajenación colectiva que, sin lugar a dudas, encuentra su razón de ser en la zanahoria del sistema económico de libre mercado: el acceso a la cultura del consumo de ocio. La productividad, por tanto, premia al hombre esclavizado de por vida en el disfrute, sensorial y temporal por obsolescente (principio generado por el consumismo), de los múltiples y personalizables placeres creados por el propio Mercado, a imagen y semejanza del clásico condicionamiento del perro de Pávlov en su modelo conductual de estímulo-respuesta.

No obstante, la zanahoria del modelo productivista es sostenible socialmente si se cumple, solo si se cumple, una premisa imprescindible: la seguridad de la cobertura de las necesidades básicas de la pirámide de Maslow. Es decir, el hombre como ser esclavizado a voluntad propia por el imperio de la filosofía de vida productivista se revelará contra el propio sistema cuando su estado de bienestar social quede desatendido. Un escenario de quiebra del productivismo como modelo social que viene dado cuando el oro (de la vida) se encarece tanto que no hay tiempo (de vida) para poder adquirir una vida doméstica digna. (Ver: La vida en venta). O dicho en otras palabras, cuando no hay tiempo suficiente para un oro tan caro. Un cuadro social de tintes distópicos que, sin caer en el negativismo gratuito, comienza a ser una realidad de rabiosa actualidad a nivel global. (Ver: La Recesión, propia de una naturaleza incapaz,accidental y obsoleta , y El paro: error del sistema económico y social que atenta contra la dignidad humana). Lo cual responde a las causas de la actual epidemia de revueltas sociales que acontece en los diversos países de libre mercado en el conjunto del planeta.

Como bien apuntó Aristóteles: in medio virtus, la virtud está en el punto medio, en el equilibrio de los opuestos. Por lo que frente a la trampa de una productividad engañosa en quiebra social, la receta no es otra que más Humanismo. El Capitalismo neolibeal ha muerto.¡Viva el Capitalismo Humanista!


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 28 de noviembre de 2019

Quousque tandem abutere, nacionalista catalán, patientia nostra?


¿Hasta cuándo abusarás, nacionalista catalán, de nuestra paciencia?. Con ésta célebre frase tuneada de Cicerón, dirigida en su contexto histórico al senador Catilina por sus claras intenciones de hacerse con el poder absoluto, deseo manifestar públicamente mi preocupación como hombre de razón por la relevancia de rabiosa actualidad que ostenta el nacionalismo catalán en la configuración futurable de la realidad política española. Lo cual me lleva a reflexionar sobre el nacionalismo regionalista de carácter general, y sobre el nacionalismo catalán de manera particular.

Origen romántico
En primer lugar, determinemos el origen de los nacionalismos regionales en España para entender tanto su naturaleza como evolución histórica posterior, catalogada hoy en día como “milenaria” para desconocimiento de muchos. En este sentido, cabe aclarar que el nacionalismo catalán surgió a finales del siglo XIX, originariamente de un grupúsculo residual de la población catalana que se autodefinían como “extraños en casa propia” al calor de un autocomplaciente sentimiento de incomprensión pseudointelectual (la Lliga Catalana, con Cambó como líder y Prat de la Riba como ideólogo), fruto del espíritu del Romanticismo de la época caracterizado por la exaltación sentimental de algunas tradiciones populares y de otros imaginarios rescatados de la Edad Media (como el supuesto Reino de Cataluña que nunca existió).

Rasgos delirantes
En segundo lugar, definamos los rasgos característicos del nacionalismo regionalista, tomando como parámetro de referencia el nacionalismo catalán. A grosso modo podemos relacionarlos como sigue:

-Reinvención de la Historia.
-Defensa de una supuesta raza propia.
-Actitud de ataque al resto de España mediante la creación de una historia de agravios.
-Sentimiento de superioridad ultrajada.
-Catalogación de la representación del Estado en Cataluña como de “invasor español”.
-Exaltación desmesurada de lo autóctono.
-División de la ciudadanía entre catalanes buenos y catalanes malos.
-Adoctrinamiento de las nuevas generaciones en una psicología victimista y exclusivista.
-Capitalización de la inmigración con la promesa de adhesión a la causa por un futuro mejor.
-Autoproclamación como representantes legítimos del conjunto del Pueblo.
-Uso de una propaganda totalitarista con la connivencia de recursos institucionales.
-Aceptación de resultados electorales siempre y cuando no sean adversos.
-Gestión de políticas no democráticas.
-Fomento de la fractura y el resentimiento social.
-Anhelo por la creación de un Estado propio de régimen republicano.

Aportación nefasta a la política española
Y, en tercer lugar, hagamos una rápida observación histórica de la aportación del nacionalismo catalán a la política española desde su origen hasta la actualidad:

-En el Régimen Liberal de la Restauración (1874-1923), donde los nacionalismos regionalistas nacen, crecen y se organizan ante un débil reinado de Alfonso XIII, los nacionalistas catalanes socavan la política española con la proclama sacada de la chistera del reclamo fantasioso de los denominados “Países Catalanes”.

-En la Dictadura de Primo de Rivera (1923-1930), la cual se gesta desde Barcelona con la complicidad de los nacionalistas regionalistas y los antiliberales (que ayudan a hacer caer el régimen anterior) y a causa de la incapacidad de los poderes constitucionales de cumplir su función, los nacionalistas catalanes despliegan la cultura popular catalana mediante el fomento de la lengua propia divulgada en diarios y libros catalanes exentos de censura. Son los tiempos en los que se crea la hoy en día famosa festividad literaria del “Día de Sant Jordi”.

-Ya en la II República (1931-1939), los nacionalistas catalanes con Macià a la cabeza (que proviene del partido Estat Català y que funda el nuevo partido denominado Esquerra), no solo plantea por primera vez la Autodeterminación de Cataluña, sino que al caer la monarquía toma el poder en Barcelona con el apoyo inicial de los sanguinarios anarquistas de la CNT y proclama la República Catalana (rompiendo así el marco constitucional español del denominado Pacto de San Sebastián). Son tiempos en que el nacionalismo catalán, a través del partido imperante Esquerra, “utiliza fraudulentamente las instituciones autonómicas para organizar una larga serie de acciones subversivas y provocar entre la población un estado de ánimo propicio a la revuelta”, como bien describe el entonces presidente Azaña. Tanto es así, que Esquerra llama al pueblo catalán a alzarse en armas.

A partir de aquí y tras la ruptura del Pacto constitucionalista de San Sebastián por parte de los nacionalistas catalanes, en el conjunto del Estado, y junto a la expansión del anarquismo y el auge de las izquierdas republicanas, se quiebra el orden democrático y la convivencia social en una oleada de asesinatos, asaltos a partidos políticos y periódicos conservadores, con quema de iglesias incluidas, llegando a asesinar al líder de la derecha Calvo-Sotelo (por parte de policías y milicias socialistas). Lo cual, todo en su suma, lleva a la ruina de la República y al inicio de la Guerra Civil española.

-Durante la Guerra Civil (1936-1939), y más específicamente en el otoño de 1938 en que se está librando la terrible Batalla fratricida del Ebro, un grupo de nacionalistas catalanes recurren en última instancia a Londres en calidad de Jefes de Estado de Cataluña, ante la inminente pérdida de la guerra, y proponen crear un país propio sin conseguir ningún resultado.

-En época de la Dictadura de Franco (1939-1975), los nacionalistas catalanes no oponen resistencia alguna, más que la denominada “resistencia cultural” en los últimos años de la Dictadura, y el partido Esquerra queda desprestigiado popularmente.

-Y por último, ya en la época de la joven Democracia contemporánea nacida en 1978, el nacionalismo catalán crece y se rearma mediante un sistema clientelar basado en el uso partidista de los recursos públicos por institucionales, y en una clara y decidida política de inmersión cultural de corte nacionalista regional. Hasta los días que nos acontecen en el que vuelven a reclamar la Autodeterminación de Cataluña, con un amago fallido de autoproclamación de la República Catalana, una política nefasta acompañada del recorte de libertades individuales a nivel interior (generando una situación crítica y preinsurreccional), y de una vasta campaña de desprestigio internacional contra España como Estado democrático de Derecho a nivel exterior.

Por lo que si tuviéramos que concluir sobre la aportación del nacionalismo catalán a la política española a lo largo de su casi siglo y medio de existencia, podemos afirmar sin error de equivocarnos históricamente que su deslealtad institucional (por enajenación imaginaria) tanto a la legalidad de la Restauración como de la II República, en complicidad con los antisistemas de turno, contribuyeron claramente al derogamiento de los sistemas democráticos y al surgimiento de las dictaduras tanto de Primo de Rivera como de Francisco Franco, sangre fratricida mediante. Todo un balance muy alentador.

Un futuro incierto en manos del nacionalismo catalán
Hecho un repaso sumarísimo sobre la historia política reciente, es necesario señalar que el hombre aprende a través de la experiencia vital, y la experiencia vital, ya sea individual o colectiva, constituye nuestra Historia. Es por ello que a la luz de la experiencia de nuestra Historia social común, uno no puede dejar de preocuparse por el contexto actual de una realidad política, convulsa, profundamente convulsa, en la Cataluña de los últimos años. Un contexto de rabiosa actualidad que contiene, como huellas aun calientes de un pasado reciente, denominadores comunes latentes en nuestra Historia política del último siglo.

Por un lado podemos observar que, a día de hoy, en Cataluña gobierna la Esquerra extremista propia de la II República (ya sea la Esquerra Republicana de Catalunya del procesado Junqueras o el Junts Per Catalunya del evadido Puigdemont, pues tanto monta, monta tanto Isabel como Fernando), que no solo persiste en su reclamo al derecho de la Autodeterminación para lograr un Estado Catalán independiente (con plena implicación de flagrante deslealtad por parte de las instituciones catalanas), sino que se alinea con grupos antisitemas (CUP, CDR's, Tsunami Democràtic, etc) para alterar hasta el extremo de resistencia el corpus del orden constitucional que garantiza los principios rectores de nuestra Democracia. Es decir, el actual Gobierno de Cataluña trabaja con descaro público y desafío institucional expreso en la ruptura de la unidad territorial de España, y en la quiebra del sistema democrático.

Mientras que por otro lado, podemos observar a su vez que éstos mismos nacionalistas catalanes, cuyo electorado suma tan solo el 5% del conjunto de votantes del Estado (3% de Esquerra Republicana), tienen de facto la llave para la investidura del nuevo Gobierno de España: un proyecto político que cabalga sobre la coalición de una izquierda moderada (y maleable) como es el PSOE de Pedro Sánchez, y otra izquierda más extremista e incluso antisistema como es el Podemos de Pablo Iglesias. Los cuales no hacen amago alguno a la hora de difundir públicamente su voluntad de reformar el orden constitucional establecido, en un claro guiño desacomplejado para con una III República. Es decir, el proyecto de coalición del futuro Gobierno de España ya trabaja, por interés partidista de los implicados y a espaldas del pueblo español -en quien reside la legitimidad de la soberanía nacional-, en un mal disimulado festejo prenupcial con los nacionalistas catalanes en busca de la satisfacción de sus anhelos políticos más íntimos. El sonido de las monedas de plata ya resuena entre los pasillos de la Moncloa.

Sinceramente, el panorama que se presenta no genera tranquilidad alguna. Y, vista la experiencia del pasado de nuestra Historia reciente, espero por el bienestar social colectivo y la salubridad democrática que no se repita el nefasto patrón de la II República, donde nacionalistas catalanes e izquierdas republicanas de ámbito español tuvieron la fuerza suficiente para hacer la vida imposible al régimen en el que se desarrollaban como proyectos políticos, pero no para crear una alternativa real al mismo, abocando al país a un escenario de caos, abusos y sufrimiento fratricida. (Ver: La Monarquía o la Teoría de la Estabilidad Social).

Lo que está claro es que los nacionalismos regionalistas, y aún más los que no tienen raíz colonialista como es el caso, más allá de ser fenomenológicamente una enajenación colectiva del Principio de Realidad (ver: La Enajenación colectiva al Poder), son socialmente un retraso en un mundo globalizado, y una aberración intelectual a la luz de la razón humanista que ilumina los preceptos rectores de las democracias occidentales.

Dicho lo cual, y sin ánimo de alargar más la presente reflexión, solo puedo concluir repitiéndome en alto el pensamiento con el que me inicié: Quousque tandem abutere, nacionalista catalán, patientia nostra?. ¿Hasta cuándo abusarás, nacionalista catalán, de nuestra paciencia?. Muy a mi pesar, creo que la respuesta es diáfana: hasta que consigan que perdamos la paciencia. Así pues, solo queda que la diosa de la Democracia nos otorgue la gracia de la sabiduría para lidiar con el sueño fagocitador de un romanticismo nacionalista enfermo.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 26 de noviembre de 2019

El Transhumanismo, el lobo (del Mercado) con piel de cordero


De manera progresiva, y prácticamente sin darnos cuenta, la humanidad está adentrándose de bruces en la era del Transhumanismo, que es aquella en la que el ser humano se somete a una “mejora” como especie tanto a nivel físico como intelectualmente mediante la intervención de la tecnología, dando como resultado una nueva estirpe denominada Posthumano. Una temática de la que ya me hice eco con anterioridad en reflexiones como “La gestión emocional del futuro será tratada con manipulación genética” o “El Superhombre de Nietzsche se está gestando en China”, entre otros.

La razón casuística del Transhumanismo, como evolución natural de un ser humano que hace tiempo dejó de evolucionar biológicamente para evolucionar culturalmente mediante la tecnología (ver: Somos seres tecnológicos cuya evolución se basa en el conocimiento), la encontramos en la raíz de dos instintos básicos del hombre que por ser esencialmente innatos son a su vez ancestrales: el instinto de supervivencia que anhela superar las limitaciones biológicas propias con el objetivo de controlar el medio en el que nos desarrollamos como especie, y el instinto de protección que anhela controlar dicho medio de manera lo más indolora posible (ver: La sociedad de no-dolor no permite el sufrimiento como crecimiento personal).

No obstante, si bien el Transhumanismo parece una tendencia imparable en pleno siglo XXI para la realidad de un ser humano que es social por naturaleza, cuya sociedad se viabiliza mediante un sistema de organización social basado en la economía de mercado, de la que el eje motor es la productividad derivada de la innovación continua para la sostenibilidad de una cultura de consumo que retroalimenta la evolución de la propia sociedad, dicha resultante de la ecuación evolutiva del hombre plantea, al menos, tres grandes preguntas existenciales. Véase:

1.-¿El Transhumanismo, en su búsqueda de transformar el hombre en un Posthumano mediante la tecnología, conlleva la pérdida ontológica de la condición del ser humano tal y como lo conocemos?. Es decir, ¿dejaremos de ser humanos stricto sensu?

2.-¿El Transhumanismo, en su búsqueda de transformar el hombre en un Posthumano mediante la tecnología, conlleva la pérdida epistemológica de la condición del ser humano tal y como lo conocemos?. Es decir, ¿mantendremos la identidad personal y por extensión preservaremos la capacidad del libre albedrío individual?

y, 3.-¿El Transhumanismo, en su búsqueda de transformar el hombre en un Posthumano mediante la tecnología, conlleva la pérdida del sistema ético de coordenadas de la naturaleza del ser humano tal y como la conocemos?. Es decir, ¿afectará a la redefinición de un nuevo sistema de valores morales, inclusive los universales?

Como dice la canción Blowi'n in the wind de Bob Dylan: ésto, amigo mío, sólo lo sabe el viento (y los Señores del Mercado). Aunque lo que sí que se puede afirmar es que dichos interrogantes vendrán condicionados por tres variables fijas:

1.-El nivel de determinismo intervencionista del Transhumanismo como medio de transformación de la biología humana.

2.-El nivel del determinismo intervencionista del Transhumanismo como instrumento de control de la consciencia individual y colectiva.

3.-Y el nivel de determinismo intervencionista del Transhumanismo como sistema de organización moral de la sociedad.

Determinismos intervencionistas todos ellos previsiblemente ejecutables en el momento incluso anterior al nacimiento de las futuras generaciones de los denominados Posthumanos. No obstante, no hay que echar mano del oráculo de Delfos para prever el horizonte de la sociedad del mañana, a tenor de las reflexiones ya realizadas en su momento en materia de conocimiento y moral en ésta línea, como son entre otros: “La educación online del futuro: ¿enseñar o adoctrinar?”, y “La Ética mundial no puede estar en manos de los ingenieros informáticos”.

Así pues, el Transhumanismo aunque se presente como una tendencia evolutiva natural del ser humano, tiene los visos de convertir al ser humano en todo menos en un ser animal natural. Cuyo peligro no reside en el planteamiento conceptual en sí mismo [en un mundo en el que se prevé que la inteligencia artificial venga para corregir las deficiencias humanas. (Ver: “Como seres imperfectos, ¿qué implica crear seres perfectos para corregir la imperfección?”)], sino en el despliegue funcional del mismo como sistema referencial de organización social y, sobre todo, en las manos de quienes ejerzan el control sobre su gestión. Pues quienes controlen la gestión del Transhumanismo tendrán, sin lugar a dudas, el poder sobre el conjunto de la nueva sociedad Posthumana.

Expuesto lo cual, si entendemos que el Trashumanismo es un proceso sociotecnológico derivado de las innovaciones generadas por el Mercado, siendo conscientes que éste tiene su fuerza motriz en la productividad, ergo es de fácil deducción concluir que el Trashumanismo se desarrolla y se desarrollará bajo la lógica de la productividad del nuevo ser humano como individuo y colectividad.

Asimismo, y derivado de la premisa anterior, si entendemos que el Transhumanismo es un instrumento de gestión social del Mercado, el cual prima el beneficio privado sobre el beneficio público, podemos prever que en la era Posthumana el Mercado ejercerá una afección relevante sobre los principios rectores de la Democracia como sistema humano de organización social como son la libertad individual, la justicia social, la igualdad entre ciudadanos y la pluralidad política. (Ver: El Mercado, el nuevo modelo de Dictadura mundial). O dicho en otras palabras, el desarrollo del Transhumanismo en manos exclusivas del Mercado puede abocar, sin demasiado margen de error, a la construcción de nuevas sociedades humanas organizadas bajo sistemas de corte no democráticos, donde la naturaleza biológica de las personas, la consciencia individual y la moral social se vean seriamente comprometidas por intervención directa para beneficio de ratios poblacionales de productividad (organización sobre parámetros de eficacia, eficiencia, y efectividad).

Un escenario claramente desalentador por distópico que, no obstante, puede corregir su trayectoria hacia un futuro de la humanidad más alentador en el caso que el Mercado, como motor evolutivo del Transhumanismo, en vez de basarse sobre una filosofía capitalista neoliberal virase hacia un capitalismo humanista (ver: El Capitalismo neoliberal ha muerto ¡Viva el Capitalismo Humanista!), donde el Mercado pase a ser un instrumento de gestión de desarrollo de la Democracia, y no a la inversa como sucede en la actualidad. Dos sumas de historias feynmenianas posibles, con dos futuribles sociales diferentes.

La única certeza que tengo al respecto es que, gracias a dios (expresión al uso sin connotación religiosa alguna), yo no veré el resultado desencadenante. Y que si algo sé, es que sólo sé que sé menos que Sócrates. Eso sí, solo espero, con cierta dosis de inocencia desde mi atalaya humanista personal pipa en boca, que el egoísmo de unos pocos hombres con poder económico no se imponga sobre la libre voluntad del resto de los muchos hombres sin más poder que la frágil soberanía política. Que el Transhumanismo haga del hombre un ser humano más libre, justo e igualitario en términos de desarrollo personal y de bienestar social.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

martes, 19 de noviembre de 2019

Linaje de los Mármol: la huella ancestral familiar o la herencia psíquica de nuestros antepasados

Escudo de los Mármol. Castillo "la Candelaria".

En esta refrescante mañana de 18 de noviembre de 2019, desde un despacho de la parte alta de Barcelona -para que quede constancia como pequeña crónica familiar para generaciones futuras-, me apetece reflexionar sobre la herencia psicoemocional de nuestros antepasados o “inconsciente familiar” que determina la vida de las personas a través de una lealtad invisible transgeneracional, haciéndonos preguntar si somos lo que somos o somos lo que fuimos.

Para desarrollar el tema objeto de reflexión, echaré mano del caso práctico de la estirpe de los Mármol, quienes a día de hoy nos contabilizamos en un total de 245 personas con el mismo apellido de origen repartidos entre 20 países de todo el mundo, registrando la mayor concentración de parientes en España con un 41% (distribuidos entre Andalucía con un 41%, Madrid con un 22% y Cataluña con un 19%), y en el continente americano con un empadronamiento del 51% (principalmente en Iberoamérica y con especial relevancia en la República Dominicana con una cuota del 60%), así como por el resto del mundo de manera diseminada con el 8% restante. Un colectivo filogenético que juntos ocupamos tan solo dos edificios de ocho plantas contiguos, y nos sobra espacio. La causa de ser un grupo de parientes -más o menos lejanos- tan reducido es debido a la política endogámica y de protección familiar del linaje en sus orígenes (homogamia grupal). Y es justamente a éstos orígenes genealógicos que toda persona debe ahondar para poder establecer los parámetros de causalidad de su herencia psíquica o inconsciente familiar que definen, a grandes rasgos parametrales, su manera de ver, entender y relacionarse con su realidad más inmediata.

Conocer el pasado para entender el presente

Expongamos, pues, con la mayor síntesis posible el origen y evolución del linaje de los Mármol que nos permita conocer el pasado con la clara intencionalidad de entender el presente: El fundador de la estirpe de los Mármol fue el maestro Alonso de Toledo, médico de cámara (formado en la Universidad de Salamanca) de los reyes castellanos Enrique III “el doliente” y Catalina Lancaster, y de su hijo Juan II en el siglo XIV-XV, un judío converso que adoptó el nombre de Alonso de Mármol por la presión social antijudía de finales de mil trescientos y tras la instauración del Santo Oficio (la temida Inquisición). A partir del cual, y al calor del poder de la monarquía española entre los siglos XV y XVIII, la estirpe familiar de los Mármol progresó en su ascenso social llegando a ocupar importantes cargos como funcionarios, miembros del clero, militares, intelectuales, aristocrátas e incluso miembros del Gobierno de la Monarquía. (Los Mármol, un linaje de origen converso al servicio de la monarquía española”, Javier Castillo Fernández, Historia y Genealogía Nº 4, 2014, Págs 193-234).

Sí, la familia de los Mármol, de origen judeoconverso con algún que otro entroncamiento mozárabe, se caracterizó por una larga trayectoria de hombres preclaros al servicio de la monarquía donde medraron como funcionarios intermedios en distintos ámbitos: en la Casa Real, en los Funcionarios Regios y en los Ejércitos Imperiales. En la Casa Real, no solo ocuparon cargos como médico real de cámara, donceles, guardas, continos y aposentadores reales, entre otros, sino que incluso unos Mármoles fueron secretarios y escribanos de cámara de los Reyes Católicos y de los reyes Juan II y Enrique IV, y una Mármol fue nodriza del príncipe D. Diego (tercer hijo varón del Rey Felipe II). Como Funcionarios Regios ostentaron escribanías tanto de Cámara como de Chancillería (Valladolid, Ciudad Real, Granada) en algún caso durante más de un siglo, así como mantuvieron en poder de la estirpe familiar ininterrumpidamente durante casi siglo y medio los cargos de funcionarios del Consejo de Castilla, siendo además tesoreros reales, recaudadores de la Corona, administradores de rentas de obispados y de rentas reales, destacando en éste ámbito el papel de un Mármol en la redacción de las ordenanzas del Consejo Real de los Reyes Católicos. Mientras que en los Ejércitos Imperiales, ocuparon diversas responsabilidades como principal atributo de cualquier linaje que se preciara con estatus caballeresco, estando presentes en la conquista de Navarra, en la guerra contra la rebelión de los moriscos, y en las batallas de África, Portugal, Francia, Italia y Bélgica, ejerciendo diversos rangos militares como alférez, capitanes, maestres de campo, gobernadores, comisarios, preveedores y veedores generales. De hecho, la participación del linaje de los Mármol en los Ejércitos Imperiales fue la puerta de entrada de la familia en las Órdenes Militares primero de Santiago y posteriormente de San Juan, Calatrava y Alcántara en los siglos XVI y XVII, llegando un Mármol a ser Consejero Real de Órdenes Militares y de Castilla.

Pero no fue tras pasados dos siglos del origen de la estirpe de los Mármol que la familia consigue entrar en el Gobierno de la Monarquía, como Alcalde de Casa y Corte, miembro del Consejo de Hacienda y Ministro y posterior Presidente del Consejo de Flandes, todo ello bajo el reinado de Carlos II de España. Una época, siglos XVII y XVIII, en que los Mármol adquieren sus títulos nobiliarios: Vizcondado de Mendinueta (hoy bajo titularidad desde 2018 de la familia de Beaumont y Navarra Beaumont), Marquesado de Claramonte de Arteta (hoy bajo titularidad desde 1942 de la familia Balderrábano y Suárez-Inclán), y el Condado de Belmonte del Tajo (hoy bajo titularidad desde 2016 de la familia Martínez de las Rivas y Palomar).

Además, cabe destacar la saga de los varones secundones de la estirpe de los Mármol que se dedicaron principalmente al clero en las órdenes franciscana, carmelita, benedictina, jesuita, jerónima y mercedaria. De entre las cuales sobresalieron, entre los cargos que regentaron (además de monjes y curas), como canónigos de las catedrales de Toledo, de Jerez de la Frontera y de Santo Domingo, Prebendado en la catedral de Granada, capellán de la Casa de Castilla, miembro de la capilla Real de Granada, Prior del Convento Dominico de San Pablo de Córdoba, Arzobispo de Brindigi (aunque murió en Palamós camino de tomar posesión del cargo), así como hubo un Mármol en calidad de clérigo en Roma que colaboró en la reforma de la orden Carmelita y fue el protonario apostólico (prelado particular de la curia romana) a quien pasaron las informaciones de la vida y milagros de Santa Teresa de Jesús. Por su parte, las mujeres de la estirpe Mármol no casadas acabaron en un cenobio propio de la familia: el Convento de Santa María de Jesús en Ciudad Real (de monjas concepcionistas franciscanas), así como en conventos propios de las órdenes militares.

Por otro lado, cabe destacar el alto nivel de ilustración del linaje de los Mármol, ya que muchos cursaron estudios superiores, la mayoría en la Universidad de Salamanca, donde un Mármol ejerció de docente bajo la cátedra de Filosofía de la Moral, entre otros docentes y escritores habidos en la familia. En este sentido, cabe apuntar como anécdota que buena parte de lo que se escribió en el “Siglo de Oro” de España pasó por las manos de los Mármol en calidad de escribanos de cámara del Consejo Real, revisando y rubricando los originales manuscritos como fase previa a su edición. Asimismo, señalar la relación familiar con el escritor Calderón de la Barca, pues fueron los Mármol quienes testificaron a su favor para conseguir su ingreso como caballero de la Orden de Santiago.

Pero todo llega a su fin.Y tras cuatro siglos de ascenso social del linaje de los Mármol, llega el descenso de carácter abrupto a causa de unas de las características más importantes de la saga familiar: su decidida lealtad a la dinastía reinante, demostrada especialmente en épocas convulsas y decisivas. Como bien apunta Javier Castillo Fernández, doctor en Historia por la Universidad de Granada, la estrella del linaje de los Mármol se apagó en la Guerra de Sucesión (siglo XVIII), donde el máximo representante de la saga familiar apostó por la opción perdedora en el conflicto civil y dinástico entre los borbones y los austrias al fallecer Carlos II de España sin descendencia. Tras ganar los borbones en una guerra que se alargó más de una década, el gobierno del nuevo rey Felipe V condenó a los Mármol a la confiscación de todos sus bienes, con la consecuente pérdida de los títulos nobiliarios, y la pérdida de sus cargos. La estirpe de los Mármol desaparece del ámbito de la alta sociedad al menos de España, ya que ramas de la familia que en la época de la colonización de América emigraron a países iberoamericanos -bajo el manto de la Corte Real- (un Mármol es uno de los primeros pobladores de la ciudad de Santiago de Guatemala, entre otros ejemplos), y aquellos que se quedaron en Bélgica como militares de alto rango por la Guerra de Flandes que duró ochenta años, han mantenido -más o menos- el estatus social de antaño hasta nuestros días. Tanto es así que en Argentina existe el Castillo “la Candelaria” (hoy en día un Club de Polo), en cuyas paredes y vitrales se exhibe el escudo de los Mármol con todo su esplendor. Y en Bélgica, aún se ostenta en la actualidad un título nobiliario, el de Barón del Mármol, otorgado a la rama del linaje belga por el rey Leopoldo I de Bélgica ya en 1848, familia que posteriormente adquirió en 1865 un castillo histórico con vestigios de la época romana: el castillo de Montaigle, actualmente en ruinas.

Respecto a los dos siglos posteriores entre la caída social de la estirpe de los Mármol en España hasta nuestros tiempos, me los reservo al amparo del derecho de intimidad por recientes, y bajo el entendimiento que el caso expuesto ya contiene elementos de análisis suficientes para el objeto de la presente reflexión.

La herencia psíquica de los antepasados: la llave para la autosanación del Yo Soy

Que el adn transmite la memoria de nuestros antepasados es una evidencia científica respaldada en la era contemporánea tanto por la epigenética, como por la biología molecular y la neurociencia vanguardista. Es lo que se conoce bajo el nombre de herencia epigenética transgeneracional. Una materia que nos permite, mediante el conocimiento de nuestro pasado familiar, comprender no solo nuestros rasgos cognitivos y conductuales, sino también nuestra situación actual. Pues el adn no solo nos transfiere información física de nuestros ancestros, sino también nos transfiere una herencia psíquica y emocional que actúa como huellas latentes ancestrales en nuestro inconsciente. Residuos filogenéticos que se conocen como inconsciente familiar, y que en psicología denominan huellas mnémicas. En otras palabras, todas las personas venimos cargadas de una memoria de nuestro propio árbol genealógico que ha sobrevivido desde su origen hasta hoy y que, autoactivado en determinadas circunstancias de la experiencia vital, marca nuestra experiencia presente. Por lo que si bien sabemos que el ser humano es fruto del determinismo genético (herencia familiar), ambiental (contexto socio-cultural) y psicológico (capacidad inter e intrapersonal), éstos dos últimos factores son a su vez determinados en grado mayor por el primero, aun no siendo conscientes de ello. Lo cual pone en entredicho la capacidad humana del libre albedrío, aunque éste es trigo de otro costal. (Ver: Y tú, ¿tienes libre albedrío?).

Frente a ésta premisa, el inconsciente familiar efecto de la herencia psíquica de los antepasados como causa nos permite trabajar en nuestro desarrollo personal en dos niveles: conocer los rasgos psicoemocionales tanto positivos como negativos que marcan nuestra personalidad en el ejercicio del autoconocimiento del Yo Soy (versus el Yo no Soy o el Yo de los Otros).

1.-Rasgos Psicoemocionales positivos del inconsciente familiar

Sin lugar a dudas, éstos son los más fáciles de reconocer por nuestra capacidad cognitiva, ya que el conocimiento de la historia pasada de nuestros ancestros, desde el momento que la hacemos consciente, nos sirve de espejo de manera equivalente al simple hecho de comparar los rasgos comunes de dos o más rostros familiares. Y es que las historias de vida de aquellos resuenan, para nuestro reconocimiento, en el interior de nuestra historia personal. Así pues, entenderemos aquí como rasgos psicoemocionales positivos del inconsciente familiar aquellos rasgos sustanciales de la personalidad que permiten desarrollarnos como individuos en la búsqueda de la autorealización personal.

En mi caso, como miembro del linaje de los Mármol como punto transgeneracional de referencia de las coordenadas genealógicas establecidas como caso práctico pedagógico objeto de la presente reflexión, reconozco los rasgos psicoemocionales positivos del inconsciente familiar de carácter general que se describen a continuación.

En primera línea, sin lugar a dudas, reconozco en la estructura sustancial de mi personalidad el espíritu de la ilustración humanista del linaje como vector sostenible en el tiempo, sintetizado en el lema adoptado en la representación más antigua del escudo de la estirpe de los Mármol utilizado por el cronista Luís del Mármol en el siglo XV: “Post Devm, veritas. Nosce te ipsvm” (Después de Dios, la verdad. Conócete a ti mismo). De ahí mi devoción por la Filosofía, la escritura y la docencia bajo la luz de la razón humanista más clásica que continúa acompañándome desde que tengo uso de razón.

Y en segunda línea, pero no por ello menos importante, reconozco en la estructura sustancial de mi personalidad -por pura observación empírica de mi desarrollo vital a lo largo ya de casi 48 años-, seis vectores de referencia del inconsciente familiar heredado: el espíritu de afinidad a la Monarquía (consagrado en mi paso juvenil por la Asociación Monárquica Europea), el espíritu de afinidad al Ejército (consagrado en mi paso de madurez por los Reales Tercios), el espíritu de afinidad a la Espiritualidad (consagrado en mi paso de madurez por la Hermandad Laica del Real Monasterio de Santa María de Poblet y por la Soberana Orden Militar Española de los Caballeros Templarios), el espíritu de afinidad a la Política (consagrado en mi paso de juventud por la responsabilidad política), el espíritu de afinidad a la aventura de los viajes (consagrado en mi paso de juventud como residente temporal de las ciudades de la Havana y de Casablanca), y el espíritu de afinidad a los negocios (consagrado en mi paso de juventud por el mundo empresarial durante una década). Vectores, todos ellos, con mayor o menor proyección e intensidad en determinados momentos de la linea continua de mi propia historia existencial, muchos de los cuales ya se encuentran superados por evolución natural del pensamiento crítico hacia otros estadios de desarrollo personal.

2.-Rasgos Psicoemocionales negativos del inconsciente familiar

Pero, por otro lado, tenemos los rasgos psicoemocionales negativos del inconsciente familiar heredado. Los cuales, sin lugar a dudas, son los más difíciles de reconocer por nuestra capacidad cognitiva, ya que se trata de traumas ancestrales silenciados no resueltos que se heredan de generación en generación hasta que alguna línea generacional es capaz de sanarla de la memoria del árbol genealógico común para bien de las futuras generaciones del mismo linaje. En este caso, entenderemos aquí como rasgos psicoemocionales negativos del inconsciente familiar aquellos rasgos sustanciales de la personalidad que impiden desarrollarnos como individuos en la búsqueda de la autorealización personal.

Volviendo a tomar mi caso como miembro del linaje de los Mármol por ser punto transgeneracional de referencia de las coordenadas genealógicas establecidas como caso práctico pedagógico objeto de la presente reflexión, reconozco -no sin esfuerzo, por ser de naturaleza opaca- los rasgos psicoemocionales negativos del inconsciente familiar de carácter general que se describen a continuación.

En este sentido, reconozco en la estructura sustancial de mi personalidad tres vectores principales de referencia del inconsciente familiar de clara identidad y con peso propio: El sentido de apego orgulloso a un estatus social perdido, el cual condiciona negativamente la actitud de aceptación frente a la realización de trabajos de baja cualificación y aún menos de servidumbre. La intolerancia a las injusticias sociales en todas sus manifestaciones, incluidas las económicas y políticas, junto al sentido de la impotencia de poderlas combatir personal y socialmente. Y la vergüenza al fracaso social, y aún más si cabe la angustia ante el hecho de no poder revertir un estado de pobreza doméstica inducida socialmente mediante méritos y capacidades propias.

Expuesto el ejemplo, cabe apuntar que son éstas huellas latentes ancestrales en nuestro inconsciente las que, justamente, como residuos de traumas filogenéticos heredados en el adn de nuestro particular árbol genealógico, determinan nuestra estructura psicoemocional como individuos, condicionando la actitud personal frente a los retos continuos de la vida. Los cuales generan los estados conocidos como bloqueos mentales y emocionales que nos impiden avanzar en una dirección concreta de nuestra existencia personal. Ser conscientes de los mismas nos permite dar el primer paso, no solo para sanar nuestra propia existencia de cara a un mayor nivel de autorealización personal, sino para sanar incluso la misma herencia emocional o huellas mnéuticas en nuestra estirpe familiar futura.

La pregunta pertinente consiguiente es, ¿cómo se sanan los traumas ancestrales heredados?. He aquí el verdadero quid de la cuestión. Lo cierto es que no existen fórmulas concretas, pero sí metodologías para gustos de todos y modas varias, y de mayor o menor grado de efectividad a mi entender. No obstante, todo proceso debe contar con dos elementos imprescindibles: consciencia activa de la persona sobre el reconocimiento de los traumas ancestrales familiares (no se puede gestionar aquello que se desconoce), y una actitud proactiva de autosanación (que es la fase más complicada por requerir de disciplina y esfuerzo personal de superación). Personalmente opto por las técnicas recogidas en mi obra “Manual de la Persona Feliz”, si bien soy consciente que no es apta para todos los públicos.

Mientras tanto, y en referencia al inconsciente familiar latente, la vida parece divertirse dándonos dos tazas de residuos psicoemocionales ancestrales allí donde no queríamos ni tan siquiera tomarnos una sola. Como decían los sabios, lo que resiste persiste, hasta que seamos capaces de superarlo por aprendizaje vital. Nihil novum sub sole (no hay nada nuevo bajo el sol), por lo que la única salida posible es el camino del Nosce te ipsvm (conócete a ti mismo) como reza la leyenda del escudo originario de los Mármol.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano 

jueves, 14 de noviembre de 2019

Vivimos un peligroso proceso de divergencia social de los derechos civiles

El Tsunami separatista corta el tráfico en la frontera con Francia

Los derechos civiles son aquellos que protegen las libertades individuales y garantizan la participación de las personas, en calidad de ciudadanos de un país, en la vida civil y política de un Estado en condiciones de igualdad. Hasta aquí, todo bien, ya que los derechos civiles constituyen la espina dorsal de las sociedades democráticas. Pero, ¿qué sucede cuando los derechos civiles, fruto de la acción proactiva de un grupo de ciudadanos, entra en un proceso de divergencia frente a las libertades individuales que protege? Es decir, ¿que pasa cuando la demanda de los derechos civiles se aleja del principio de defensa general de las libertades individuales?. En este caso, la respuesta nos ofrece dos soluciones posibles: Uno, la divergencia queda anulada por efecto de la imposición del marco legal por parte del poder público correspondiente que realinea derechos civiles y libertades individuales como bien social inealienable; o dos, la divergencia aumenta por efecto de la dejación de funciones por parte del poder público correspondiente en su responsabilidad de realinear derechos civiles y libertades individuales por concebirlo como un bien social alienable.

Particularmente me interesa reflexionar sobre éste último supuesto, ya que se trata de un campo vectorial de naturaleza sociológico de rabiosa actualidad en mi realidad más inmediata (Cataluña, España), donde el derecho civil de la libertad de manifestación y de la libertad de protesta diverge -por confrontación de facto- del resto de libertades individuales. En este sentido, lo que se puede observar, desde la distancia de la reflexión, es que dicho proceso de divergencia está creando una campana social de Gauss en la variable continua del ejercicio normal de los principios rectores de la Democracia como parámetros de referencia, en el que el punto más alto de la campana se sitúa la variable resultante de la divergencia entre derechos civiles y libertades individuales, y en el punto más bajo la constante teóricamente deseable de la alineación entre éstos. Un diagrama de la curva gaussiana que sobre el papel resulta inofensiva, pero que trasladado a la realidad social genera grandes incógnitas. Pues si trasladamos la gráfica al mundo real, uno no puede dejar de preguntarse sobre las implicaciones sociales que se derivan en el interior de dicha campana de Gauss. O, dicho en otras palabras, ¿qué le sucede a la sociedad que vive dentro de una campana gaussiana generada por la disfunción entre derechos civiles y libertades individuales?.

En el caso que nos ocupa, que no es otra que la observancia de mi realidad más inmediata, frente a las diversas variables que intervienen de marcado carácter político -algunas conocidas y otras desconocidas- en continua impermanencia, tan solo puedo describir el fenómeno mediante el método correlacional de la probabilidad descriptiva: dentro de la campana de Gauss la sociedad está experimentando la creación de un marco de derechos civiles aximétrico. Es decir, vivimos una realidad social en la que se ha desdoblado el corpus de los derechos civiles generando dos opuestos entre sí, que si bien cada uno es congruente bajo su lógica, el de nueva creación es claramente de tipo involutivo respecto a su sistema madre de referencia (por pura naturaleza geométrica de la simetría axial). Siendo el modelo involutivo el que ocupa a grosso modo el espacio de la campana social gaussiana. Por lo que se puede afirmar que el sistema de derechos civiles generado en el interior de dicho espacio social es, por esencia, antidemocrático al enajenar por oposición la defensa de las libertades individuales respecto a las coordenadas parametrales marco definidas por los valores rectores de la Democracia.

Una vez expuesto que la divergencia entre derechos civiles y libertades individuales generan un espacio gaussiano en la sociedad, cuyo interior queda articulado bajo la lógica de un sistema de derechos civiles involutivo por aximétrico a su modelo democrático de referencia, hagamos una breve observación reflexiva de su fenomenología desde un enfoque de filosofía social y política:

1.-El crecimiento de la campana gaussiana de la divergencia entre derechos civiles y libertades individuales es directamente proporcional a la fuerza motriz ejercida por un grupo de ciudadanos, bajo la máxima marxista de conquistar en las calles aquello que no se ha logrado a través de las urnas.

2.-La falta de una reacción de fuerza superior o al menos de igual magnitud y en sentido opuesto que neutralice la campana gaussiana de la divergencia entre derechos civiles y libertades individuales por parte de un grupo de ciudadanos activistas (de perfil antisistema), demuestra una connivencia de facto de los poderes públicos en su dejadez de funciones por hacer cumplir el ordenamiento legal. Dígase intencionalidad política institucional por acción u omisión.

3.-El activismo proactivo de un grupo de ciudadanos en la lucha por la divergencia entre derechos civiles y libertades individuales en el seno de la sociedad, junto a la inacción de los poderes públicos democráticos, envalentona a los primeros a seguir redimensionando al alza el espacio gaussiano de marcada naturaleza antidemocrática. Véase aquí un germen totalitario, desde una perspectiva de la historia de la humanidad, para una revolución civil.

4.-La reatroalimentación continua y persistente de un espacio gaussiano políticamente antidemocrático es presumible (por la teoría de la suma de historias de Feynman) que acabe por neutralizar y/o desalojar a la sociedad democrática coexistente en el mismo espacio, ya que dos cuerpos orgánicos no pueden ocupar el mismo espacio al mismo tiempo: principio de cambio de régimen social.

Y, 5.-En un espacio antidemocrático los derechos civiles no protegen ni las libertades individuales, ni garantizan la participación de todas las personas en la vida civil y política en condiciones de igualdad.

La parte positiva es que aún estamos a tiempo de revertir la situación, ya que el proceso de divergencia de los derechos civiles en nuestra sociedad se encuentra en un fase que, si bien parece crítica a la vista de los acontecimientos recientes, aún no ha alcanzado el punto inflexivo de no-retorno. Pero qué se yo, ya que desde la distancia reflexiva sólo sé que no se nada sobre el futuro que planifican nuestros gobernantes. No obstante espero, para bien de una Democracia -que como dice el historiador Krauze, se nos ha olvidado que es mortal- que nuestros dirigentes actúen a la luz de la Razón.


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miércoles, 13 de noviembre de 2019

España, un laberinto de país inmerso en dos grandes guerras sociales

Foto EFE

A tres días de las catorceavas elecciones generales democráticas, y a la espera que alguno de los bibloquismos políticos tome la iniciativa gubernamental (aunque parece ser que el bloque de la izquierda ya adelanta por la derecha), España se encuentra inmersa -aun a pesar de la ceguera autoinducida de muchos- en una guerra social cada vez menos silenciosa y más visible.

Una guerra atávica (como definiría el autor de El capitán Alatriste) que se libra en dos frentes de batalla bien definidos: aquella que protagonizan el bando de los vencedores y el bando de los vencidos en la crisis económica, y aquella protagonizada por los que defienden la unidad territorial del Estado frente a los que anhelan la segregación de una parte del mismo. Una guerra social que ha entroncado la realidad socio-económica y política del país en un laberinto de difícil resolución (por sus múltiples pasadizos entrecruzados entre sí y en diferentes direcciones), en cuyo epicentro se haya un minotauro tan asalvajado como insaciable que posee la singularidad de ser una bestia de dos caras -a imagen y semejanza del dios romano Jano-: en uno de sus rostros, cuya boca engulle derechos sociales con gula, mantiene rasgos faciales característicos del Mercado; mientras que en su otro rostro, ávido de devorar libertades individuales sin fin, sus rasgos fisonómicos son más parecidos a los del Totalitarismo. ¡Una imagen de puro terror para cualquier ciudadano de a pie!. No en vano el minotauro es por esencia un monstruo.

Sí, la España de finales del 2019 se ha convertido en un laberinto de país inmerso en una guerra social, que por ser social es substancialmente una guerra civil (no lo pasemos por alto), aunque la sangre no haya llegado al río. Por lo que más que un Cid Campeador que emprenda la cruzada de la política social y constitucionalista para restablecer el orden y la equidad de la res publica como pilar central de la Democracia, con independencia del color del estandarte que se empuñe con mano diestra o mano zurda a merced de la vox populi jaleada, se necesita más bien de un Teseo que resuelva el problema del laberinto para llegar hasta el minotauro -salvando barricadas a su paso- e, impidiendo ser devorado por el monstruo de dos rostros, conseguir neutralizarlo sin darle la estocada de gracia (seamos política y medioambientalmente correctos, a su vez que realistas). Aunque todo el mundo sabe que no hay Teseo exitoso sin una astuta (dígase estratega en términos políticos) Ariadna que con su ovillo de hilo asegure una resolución feliz al problema del laberinto. Es decir, los retos de la España contemporánea no requieren tanto de la fuerza y de la contundencia bruta, sino de la claridad de objetivos, de una adecuada y decidida estrategia, y de una firme valentía para llevarlos a cabo. Factores socio-políticos todos ellos incluidos para su correcto despliegue en los instrumentos orgánicos de la propia naturaleza de un Estado Social y Democrático de Derecho. No nos llevemos a engaño, el cielo de la Democracia no se alcanza por asalto, como algunos proclaman (pues deja de ser Democracia), sino por consenso social; eso sí, bajo el estricto cumplimiento del imperio de la Ley como garante de la justicia, la libertad y la igualdad entre ciudadanos. (Ver: Dura lex, sed lex: el garante de la tranquilidad social).

Por lo que para reconquistar el cielo de la Democracia en la España de nuestros tiempos, urge afrontar las dos grandes batallas sociales que protagoniza la sociedad civil y que se retroalimentan como vasos comunicantes, las cuales no se pueden resolver sin un gran consenso o acuerdo de Estado. Véase:

1.-Por un lado, España requiere de un gran pacto social que resuelva la brecha de desigualdad social entre vencedores y vencidos por una crisis económica que dura ya más de una década y que se prevé aun de larga duración sine die (según todos los indicadores macroeconómicos). Una batalla que solo se puede resolver enfrentándose al minotauro del Mercado mediante el uso del arma de Estado del Bienestar Social: Políticas Sociales.

2.-Mientras que, por otro lado, España requiere de un gran pacto social que resuelva los conflictos territoriales entre prounionistas o constitucionalistas y prosecesionistas o anticonstitucionalistas cada vez más tensionados, cuya tendencia evolutiva -a la vista de los acontecimientos de rabiosa actualidad- puede acabar haciendo emerger un cisne negro como punto de inflexión de una quiebra real del Estado en términos institucionales y generacionales con efecto de no-retorno. Una batalla que solo se puede resolver enfrentándose al minotauro del Totalitarismo (conducta propia del nacionalismo regional que atenta contra las libertades individuales de los que no piensan como ellos) mediante el uso del arma de Estado de la Democracia de Derecho: Políticas Constitucionalistas.

En resumidas cuentas, España requiere de la valentía de un Teseo y de la visión estratégica de una decidida Ariadna capaces de ofrecer una alternativa política social y constitucionalista efectiva e imaginativa, con el objetivo tan diáfano como específico de, sino finiquitar, al menos acotar a niveles de salubridad social el empoderamiento progresivo de corte dictatorial de un minotauro de dos caras que está fagocitando nuestra Democracia (para intranquilidad de muchos y júbilo de unos pocos).

Dicho lo cual, a tan solo tres días de las catorceavas elecciones generales democráticas, reflexionando pipa en boca desde un lugar del noreste de España bañado por el milenario Mediterráneo en medio de un aire social cada vez más irrespirable, sólo espero que el augurio de Cayo Julio César del alea iacta est se cumpla a favor de la reconquista del añorado cielo de la Democracia. En caso contrario, muchos nos veremos obligados a buscar otros lares donde el sol caliente más y mejor, y donde uno no se sienta extraño en casa propia.


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