viernes, 28 de diciembre de 2018

Solo fuera de la pereza hay vida


De entre todos los vicios, la pereza es el más perjudicial para el ser humano por su pasividad, por encima incluso de la indiferencia y la apatía (el resto de vicios requieren de una actitud activa). Con el agravante que todo vicio es voluntario, como bien defendía Aristóteles contradiciendo a su propio maestro Platón. Es decir, que la pereza es una no-acción plenamente consciente.

Si hay alguna época del año por excelencia en que nos debemos enfrentar de cara y de manera casi irremediable con la pereza es, justamente, los días inmediatamente anteriores y posteriores a fin de año. Pues son en estas fechas cuando las personas se ven empujadas a practicar el examen de conciencia sobre aquello que no les gusta de su vida, con la esperanza de poder decantar su balanza vital hacia experiencias a cuenta mucho más gratificantes a lo largo del transcurso del nuevo año que van a iniciar. Pero como todos sabemos, del dicho, la intención, o los deseos, al hecho, hay un gran trecho. No existe mayor peligro de inanición de la esperanza que la pereza. Que no es más que convertir una virtud (la esperanza) en un vicio (la pereza).

Los vicios son desviaciones, malos hábitos, e incluso fallos o defectos como bien señala su etimología latina. Pero aún en ésta relación de características definitorias se requiere de una acción previa, por pequeña que sea. No siendo así en el caso de la pereza, pues éste vicio se caracteriza por la total y nula actividad. Por lo que podemos decir que la pereza representa la inacción ya no solo de cualquier virtud, sino incluso del conjunto de todos los vicios susceptibles de ser cometidos.

La distancia que separa la virtud de la esperanza al vicio de la pereza no es otra que el esfuerzo que conlleva toda acción consciente. Pues para que se manifieste una acción en el mundo de las formas se requiere de un esfuerzo personal como energía motriz necesaria para generar dicha acción o movimiento de una circunstancia, hecho, o situación concreta en la vida de una persona. Un esfuerzo personal que no debe ser exclusivamente inicial, sino sostenible en el tiempo para poder desarrollar dicha acción virtuosa en su plena concepción, pues en caso contrario nos encontraremos frente al episodio común, por generalizado, de esas grandes listas llenas de buenos propósitos de inicio de año que acaban siendo abandonados en las primeras semanas del año nuevo. Lo cual nos conduce, por deducción directa, al hecho de observar que no hay esfuerzo sostenible en el tiempo sin la capacidad de una actitud persistente en dicho esfuerzo durante el tiempo necesario para concluir la acción que nos hemos propuesto inicialmente. Todo requiere su tiempo de evolución y madurez.

Como podemos ver, la esperanza por alcanzar una meta, que nos aporte una nueva y mejorada condición de vida personal, requiere de una acción consciente. Pero no hay acción sin esfuerzo, ni esfuerzo que llegue a buen puerto sin persistencia. De igual manera que, para ser persistentes, debemos de ser disciplinados en nuestro hábito de comportamiento para alcanzar tal fin. Un desgaste de energías, por otro lado, imposible de soportar sin una motivación personal fuertemente focalizada en conseguir el objeto de nuestras esperanzas. Ergo, el vicio de la pereza es la no-acción, derivada de una falta de esfuerzo, producida por una carencia de persistencia, fruto de la inexistencia de un hábito de conducta disciplinado, que denota un nivel de motivación personal insuficiente.

Dicho lo cual, es una evidencia empírica el hecho que vivimos en una sociedad en que los deseos que alimentan la virtud de la esperanza por alcanzar una vida personal mejor son sustituidos por el vicio de la pereza. Las razones sociológicas de dicha tendencia debemos encontrarlas, en primera instancia, en la cultura imperante del mínimo esfuerzo (donde ni la persistencia ni la disciplina tienen cabida); y en segunda instancia, en un estado de mentalidad colectiva generalizada de enajenación de las vidas propias mediante la distracción absorbente de un consumismo ocioso. Cuadros de comportamiento en ambos casos agudizados por la sustitución consciente de la vida personal real por la vida personal virtual, mediante la conectividad del ser humano las 24 horas del día con el mundo irreal que ofrece las nuevas tecnologías, las cuales son capaces de suministrar experiencias personales que superan en intensidad y variedad las propias de la vida real sin moverse de casa.

A las puertas del fin de año, los listados de buenas intenciones para el año entrante se multiplican, en un rito social de inicio de nuevo ciclo vital lleno de esperanza. Pues la esperanza no solo es el último reducto existencial del hombre, aun en sus peores condiciones de calidad de vida, sino que es la virtud por la cual una persona adquiere el derecho natural de reinventarse para mejorar. Al menos en el mundo real. Para aquellos que optan conscientemente por el vicio de la pereza, siempre les queda poder disfrutar de una segunda vida irreal en el mundo virtual, donde las leyes de la física no existen y los vicios se transmutan en virtudes. Aunque, ¿qué vida es aquella que se vive de manera irreal?. Cuando el hombre convierta las virtudes en vicios, y los vicios en virtudes, dejará de ser hombre. Pues el orden natural de las cosas, por reales, es justamente lo que nos permite manifestarnos como humanos. Más allá del mundo real solo existe el mundo de lo no-real, en que lo artificial suplanta a lo natural.

Que el vicio de la pereza no se imponga, en este nuevo ciclo de vida que iniciamos con la entrada de año, a la esperanza por alcanzar nuestros deseos de disfrutar una vida real plenamente mejorada. Puesto que solo fuera de la pereza hay vida, ya que vivir con esperanza la vida es en si mismo una virtud que nos dignifica como seres humanos.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano