sábado, 22 de diciembre de 2018

¿Por qué existe la violencia?


La mayoría de las personas desean una vida en paz, como contraste opuesto en un mundo dual a una vida de violencia. Respecto de la violencia, muchas son las ocasiones que reflexionamos sobre el por qué de sus causas, las diferencias de tipologías y percepciones de la misma, e incluso las razones de su adicción en consumibles de ocio como puedan ser películas o libros. Pero, ¿por qué existe la violencia?.

La respuesta sencilla es por nuestra condición de seres animales, ya que observamos la presencia de conductas violentas en todos los animales del planeta, con independencia de la amplia clasificación de grupos existentes según su biología y morfología. Y si algo nos caracteriza a los seres animales es nuestra necesidad de comer (más allá del hábito alimentario), en primera instancia, y de reproducirnos, en segunda instancia, como instintos básicos de supervivencia individual y de especie.

Imaginemos por un instante que los animales, ser humano incluido, no necesitásemos comer para sobrevivir, sino tan sólo nutrirnos de la energía del planeta en formato elemental como es la luz, el agua, el nitrógeno, el potasio, el calcio, el manganeso, o el hierro, entre otros, al igual que hacen los seres vegetales. Entonces las diversas familias animales seguramente conviviríamos armónicamente en un ambiente lo más parecido al Edén, y por extensión viviríamos exentos de violencia. Pero como todos sabemos, no es el caso. Para vivir los seres animales debemos comer, que no es más que la actividad de ingerir alimentos, comunmente otros animales y plantas, para transformarlos en nutrientes mediante la digestión. Esta necesidad biológica de transferencia de sustancias nutritivas a través de las diferentes especies animales, en el que cada uno se alimenta del precedente y es alimento del siguiente, a excepción del caso del ser humano por situarse en lo alto de la pirámide, es la razón esencial de la naturaleza de la cadena alimenticia. Una cadena interrelacionada que por ser limitada en recursos, pues el número de especies ni es infinito ni está repartido equitativamente por todo el globo terráqueo, genera competitividad entre los diversos miembros que participan de la misma. Y la carrera de la competitividad por conseguir los recursos para alimentarse se posibilita, entre otros medios, a través del uso individual o en grupo de la acción violenta. Ergo, podemos afirmar que la razón de la existencia de la violencia del ser humano en particular, y del resto de seres animales en general, parte de nuestra necesidad de comer.

La necesidad de comer es tan primitiva en su acción, como ancestral en su origen. Por lo que la violencia, emanada de éste instinto básico -por biológico- de supervivencia, la tenemos instaurada en lo más profundo de nuestra estructura neurológica como seres humanos. No obstante, por evolución natural del hombre como ser social en su complejidad, distanciados millones de años de la famosa australopiteca Lucy como ancestro de nuestra especie de homo sapiens, resulta evidente que tanto el concepto y la manifestación de la acción por conseguir el alimento necesario para comer, como el propio concepto derivado de la violencia, han evolucionado a la par con el consiguiente desarrollo de la psiqué humana. Pero al final, es justamente la competitividad animal por conseguir recursos (ya sean tangibles o intangibles, intelectuales o emocionales, racionales o irracionales), el nexo de unión entre los conceptos interrelacionados entre sí del comer y de la violencia.

Hoy en día, por ejemplo, comer significa tener un buen trabajo o gozar de una adecuada posición social, lo cual implica una competitividad con el entorno ejerciendo una mayor o menor violencia, según las circunstancias y el perfil psicológico de cada persona. Un rasgo común que podemos extrapolar tanto a otros ámbitos de la vida humana, como pueda ser la política o la economía, como a otros ámbitos de la dimensión privada y pública de una persona, como pueda ser la sexualidad o las relaciones sociales, entre otros supuestos.

Que la violencia forma parte intrínseca de la naturaleza humana, por condición animal, está meridianamente claro; cuadros patológicos excepcionales de manifestación violenta a parte, cuyas anomalías mentales estudia la neurología y que son objeto del escarnio público. No obstante, el hombre tiene la capacidad de trascender, en circunstancias normales, su naturaleza violenta a través de una adecuada y sana gestión emocional. Para la cual tanto la educación, en el ámbito personal, como la legalidad, en el ámbito social, resultan imprescindibles. Pues aunque el ser humano consiga prescindir de la competitividad para comer, e incluso de la necesidad de comer en substitución de una capacidad superior de nutrirse sin ingerir alimentos, harían falta siglos de evolución cerebral para neutralizar las estructuras neuronales propias de la violencia animal que se remonta al origen de los tiempos. Aunque, quién sabe, la ciencia avanza a velocidad de ficción en materia biónica y epigenética. Pero quizás, entonces, estemos hablando de otra especie de ser humano.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano