sábado, 22 de diciembre de 2018

¿Normalizar la violencia política es Democracia?


Vivo un tiempo en que las formas y el respeto se están perdiendo. Pero no solo en el ámbito de las relaciones sociales cotidianas (hoy en día te piden la hora por la calle como si te fueran a atracar, sin un buenos días o un por favor de cortesía de entrada, en modo prácticamente imperativo), sino también en el ámbito ciudadano de la manifestación política. Hasta el punto que ya hay demasiados jóvenes (y algún que otro adulto al que le falta un hervor) que crecen en el seno de nuestra sociedad entendiendo la política como una imposición. O, peor aun, que entienden la política como el uso del ejercicio de un derecho de imposición (sobre los que no piensan igual, claro está).

Está claro que toda imposición es un acto de violencia, pues supone un tipo de acto coercitivo sobre la libre voluntad de una persona. Y que toda violencia puede ser legítima o ilegítima, dependiendo de si se encuadra dentro o fuera del marco de la ley, respectivamente. Así pues, resulta obvio deducir que cualquier sociedad democrática que se precie, se encuentra en serios apuros desde el momento que normaliza la violencia ilegítima como manifestación política. Caso que acontece, para preocupación de muchos, en mi tierra natal de Cataluña.

El ejemplo por antonomasia de la violencia ilegítima contemporánea es la ocupación a la fuerza de la vía pública, como sabotaje que afecta al desarrollo normal de la vida cotidiana del conjunto de ciudadanos, con destrucción de mobiliario urbano y enfrentamiento a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado -que tienen el deber de hacer preservar el orden público-, incluidos. No obstante hay quienes, desde una postura tibia y en un manifiesto aunque disimulado guiño ideológico hacia las formas de la revuelta callejera, consideran -para mi absoluta perplejidad, a no ser que se trate de puro cinismo- que esta particularidad de manifestación política no debe considerarse como violencia sino tan solo como un acto normal de disidencia política. Una vuelta al peligroso eslogan marxista, adecuadamente tuneado al discurso político vigente, de conseguir por la fuerza en las calles aquello que no se consigue democráticamente por las urnas.

Cuando la violencia política substituye al diálogo político, la Democracia se ve deteriorada. Pues la batalla entre violencia y diálogo no es más que la eterna batalla entre intolerancia y tolerancia, por mucho que los simpatizantes ideológicos de aquellos que practican actos de vandalismo callejero lo denominen, por complicidad, violencia de baja intensidad. Pero, ¿qué demonios es eso de violencia de baja intensidad? La violencia siempre es violencia, y atenta contra la libertad personal del prójimo, y desde el momento que es ilegítima es reprochable socialmente con independencia de su grado de manifestación. Pues el derecho fundamental de manifestación, en un estado democrático de Derecho, no equivale a hacer lo que uno quiera en la vía pública, y menos provocar altercados a antojo contra el orden público.

Benditos sean nuestros jóvenes que tienen inquietudes políticas, sabedores que la discrepancia de ideas es tanto un rasgo natural de la juventud como un reactivo necesario en la evolución de toda sociedad, pero a los cuales -por responsabilidad social- debemos formarlos adecuadamente respecto a las pautas de comportamiento en materia de derechos fundamentales y de las libertades públicas (clara y sencillamente descritos en el puñado de párrafos del artículo 21 de la Constitución). Aunque, sin caer en la ingenuidad, soy consciente que la violencia ilegítima actual como manifestación política tiene mayor calado que una simple revisión del sistema educativo, pues el fondo de las radicales reivindicaciones juveniles no es otra que la subversión del propio orden constitucional. Y aquí, los adultos, y particularmente los movimientos políticos democráticos independentistas catalanes que expresan públicamente su voluntad de derogar lo que denominan el “régimen del 78”, es decir el marco constitucional vigente, son plenamente corresponsables. De aquellos polvos vienen estos lodos, como reza el refranero español.

No señores, no se puede normalizar la violencia ilegítima, que busca la imposición ideológica, como manifestación política. Quien juega con fuego acaba quemándose. Que vivamos en un estado democrático no significa que muchos jóvenes sepan lo que significa y representa la Democracia, ni asegura su propia continuidad como modelo de organización social, por lo que desde los resortes de un Estado democrático (educación incluida) debemos esforzarnos para que el caos que buscan unos pocos no acabe con el orden y la paz social que anhelamos la gran mayoría. Si hemos llegado a estos extremos, aun de largo recorrido potencial (que nos traen ecos de episodios históricos sombríos de la humanidad), seguramente es debido a la falta de valor y temple por defender aquello que es correcto, aunque resulte difícil. La Democracia en Cataluña está en juego, para ceguera de unos y regocijo de otros, y no se trata de ningún juego.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano