miércoles, 5 de diciembre de 2018

La vanidad, un comportamiento social normalizado en auge

El sueño del caballero. Antonio de Pereda, 1650

Hoy me he visto reflejado ante la vanidad. Literalmente. O al menos frente a las pinturas holandesas del barroco que la representan con un claro significado iconográfico cargado de censura moral. Lo cual no es nada de extrañar si contextualizamos las obras en un tiempo profundamente arraigado a los valores morales católicos, donde la vanidad representa uno de los siete pecados capitales. Sí, el orgullo de la persona que tiene un alto concepto de sus propios méritos (aunque sean desmerecidos o exentos de mérito personal alguno) y a su afán excesivo de ser admirado y considerado por ellos, se consideraba socialmente un vicio capital. Lo cual contrasta, frontalmente, con el concepto actual que tenemos de la vanidad, cuya manifestación se considera hoy en día una virtud social, fruto de la influencia del consumismo propio de la cultura capitalista. Ésta que no solo nos educa en el consumo, psicosocialmente impulsivo, sino también en la exposición pública del mismo como símbolo de prestigio social, y de refuerzo de la autoestima individual como piedra angular de la reafirmación en la identidad personal frente al mundo.

No obstante, no deja de ser paradójico que etimológicamente la vanitas latina significa vacuidad, insignificancia, en el sentido de algo que es vano. Por lo que la tendencia contemporánea de exaltar la vanidad personal como una virtud social no es más que el enaltecimiento de algo que per se está vacío de contenido. Muy propio para la cultura del consumismo que se alimenta de un hedonismo siempre insuficiente, puesto que su práctica nunca acaba de saciar las necesidades trascendentales que emanan de nuestro espíritu. Entendiendo como necesidades trascendentales universales de una persona el amor, la felicidad y la paz interior.

La vanidad se ha convertido en un comportamiento socialmente aceptado de hacer ostentación del individualismo, que por esencia es egoísta pues sobrepone el yo personal frente al yo de los demás. Pero el hecho que dicha vanidad se muestre como una reafirmación de la identidad personal fundamentada en no lo que soy, sino en aquello que tengo, denota un comportamiento social que elogia la exaltación camuflada de las carencias personales. Pues, como reza el refrán: dime de qué presumes, y te diré de qué careces.

Por otro lado, no hay que pasar por alto que la vanidad está íntimamente ligada con una de las habilidades básicas del mundo emocional humano, la autoestima. Por lo que si la vanidad se basa en el balance de objetos u experiencias externas (bienes tangibles e intangibles adquiribles en una economía de consumo) que reafirman la identidad de una persona, y éstos activos individuales son por definición impermanentes y caducos, ergo el tipo de autoestima que promociona la sociedad contemporánea se nos presenta como un estado psicoemocional de naturaleza tan frágil como voluble. Lo que genera una sociedad llena de ciudadanos con cuadros patológicos de trastornos de personalidad, fruto de la inestabilidad emocional como consecuencia de las fluctuaciones de autoestima.

Sí, hemos normalizado el fenómeno de la vanidad sociológica. Que no deja de ser una manera de gestión de control de masas, en este caso por parte del Gobierno de gobiernos que es el Mercado, que provee todo aquello que necesita un vanidoso (y si no lo necesita, se le crea la necesidad). Pues la vanidad debilita el espíritu humano, el cual se mostrará dócil ante la mano que le permite retroalimentar su vanidad como icono de prestigio social y medio para dar sentido a su vida personal.

Pero no confundamos la vanidad con un ego fuerte. Pues si bien pueden ser sinónimos, la vanidad siempre representa una debilidad por reafirmarse en el mundo exterior, mientras que de egos existen tanto los que se reafirman en el mundo exterior como aquellos que, contrariamente, se reafirman en el mundo interior de las personas. En tal caso, nos encontramos ante la reivindicación frente al mundo de la singularidad idiosincrática de la persona, propio de estados emocionales sanos, aquellos que manifiestan perfiles de autoridad interna. (*)

En este sentido, si bien es cierto que el concepto de vanidad es un claro reflejo de la transformación de los valores morales de la sociedad a lo largo de los siglos, siendo un ejemplo flagrante los opuestos enfrentados de la filosofía católica que consume ascetismo y la filosofía capitalista que consume desenfreno (ningún extremo nunca ha resultado saludable), no es menos cierto que la vanidad no deja de ser un hábito de conducta que cada cual, en su intimidad, debe poner a examen de conciencia sobre los beneficios que le aporta a nivel personal. Pues al final se trata de reflexionar sobre los valores morales que uno aplica consigo mismo y en relación con el resto del mundo, con independencia de las modas -siempre interesadas- que puedan imperar. Pues nadie vive la vida por nadie. Sabedores que los valores morales, como los átomos, nunca van solos sino que forman parte de una estructura mayor conformada por otros valores morales que se atraen por semejanza o afinidad. Y en este punto ya hablamos de la configuración de la realidad misma que nos afecta a todos por igual.

Si algo me gusta de la vanidad como idea es, como bien plasmaban los barrocos holandeses en sus cuadros, la reflexión que nos obliga a hacer sobre la fugacidad de la vida y sobre las prioridades que verdaderamente son sustancialmente importantes para el ser humano en éste breve viaje mortal que protagonizamos. Que cada cual extraiga su patrón existencial, eso sí, sin que su modelo de vanitas perjudique a los demás. Pues no hay nada más que me moleste que un vanidoso que expande, sobre mi espacio personal, su vacuidad.


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Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano