sábado, 8 de diciembre de 2018

La soledad voluntaria, un bien preciado desprestigiado

Profesor Tolkien, autor de El Señor de los Anillos

La soledad no es estar solo, si uno no se siente solo. Al igual que la pobreza o el fracaso no es ser pobre o fracasado, si uno no se siente pobre o fracasado. Y de igual manera sucede, aunque parezca paradójico, con la riqueza o el éxito. La soledad de sentirse en compañía con uno mismo es un estado de recogimiento y silencio ambiental, que pocos disfrutan y muchos menos conocen.

En la soledad los factores de entretenimiento los discrimina uno mismo, a diferencia de los espacios en compañía cuyos entretenimientos son impuestos por terceros, un fenómeno agravado en una sociedad que vive continuamente hacia el exterior. Es por ello que las personas a quienes nos gusta la soledad, como último reducto de intimidad en el mundo, nos desagrada sobremaneramente que alguien, sin previo aviso, nos invada el espacio personal con ruido exterior vacuo. Pues solo es admisible la transgresión de la soledad voluntaria si existe un pago interesante, ya sea en especies de conocimiento o experiencia, lo cual raramente sucede.

La soledad voluntaria es la búsqueda de un estado de conciencia en paz con uno mismo, en la que la persona se vacía por necesidad biológica del superficial ruido externo, para nutrirse y rehidratarse nuevamente desde el silencio interior. El silencio es un elemento vital para la construcción de la soledad, pues sin silencio no hay espacio posible para el reencuentro con uno mismo, y sin éste no se produce el anhelado estado de soledad.

La soledad voluntaria nos permite escuchar la sinfonía armoniosa de los pensamientos en su órbita natural, los cuales no obstante necesitan que les dispensemos un tiempo previo, su tiempo, para poder recolocarse adecuadamente en la arquitectura lógica de la razón lúcida. Sin distracciones. Sin distorsiones. Sin alteraciones. En un tiempo en calma, lleno de generosidad y paciencia con nuestros propios pensamientos.

En la soledad voluntaria se forja las mimbres del espíritu interior, que nos permite anclarnos en el mundo desde la autoridad moral de nuestro yo personal, fortaleciéndonos frente las embestidas más o menos intensas del yo incisivo, errante, ruidoso, vacuo e inquisidor de los otros. Lo cual nos ayuda a reafirmarnos sin dudas ni complejos en la esencia de nuestra identidad personal. Allí donde reside la verdadera fuerza de todo ser humano.

La soledad voluntaria es recogimiento, silencio, reencuentro, paz, retroalimentación, y fortalecimiento interior. Un proceso de vacío exterior para volver a llenar desde el interior de uno mismo. Un método tan sencillo como efectivo de higiene mental y emocional que todas las personas deberían practicar, aunque fuera por prescripción médica. Entonces, el mundo sería un lugar mejor, sin duda alguna. Pues la gente viviría más desde su mundo interior, y no en una continua tensa y estresante atención focalizada en lo que sucede en el ajetreado mundo exterior, donde solo importa la apariencia de la patina del cascarón. Y entonces, aun habiendo estado perdidos toda la vida, se reencontrarían consigo mismos para comenzar a conocerse. Y al reconocerse, por alineación automática, se reconocerán como reflejos de espejos más o menos conscientes en el resto de las personas, en los otros. Pues todos partimos de la misma materia prima, compartimos la misma fuente de origen, y podemos reconocernos en las diversas formas en la que se expresa la esencia común dependiendo del medio, la capacidad, y la motivación. Aunque aquello que veamos no sea de nuestro agrado ni lo compartamos. Y es entonces, cuando ese reconocimiento personal se eleva a la categoría de conocimiento de la naturaleza humana.

La soledad voluntaria puede parecer socialmente un hábito propio de un rara avis, y más en una sociedad que programa a las personas desde su tierna infancia a la adicción de la enajenación individual. Es por ello que el ejercicio de la soledad no es popular, pues su práctica desencadena cuadros de ansiedad y alteración nerviosa propios del síndrome de abstinencia (por dependencia con el mundo exterior), que coloquialmente conocemos como efecto de tener el “mono”. Por otro lado, explicar la soledad voluntaria a quienes tienen miedo a estar solos, pues ello representa desconectarse de su medio natural: el ruido ambiental, es casi equiparable a explicarle a un pez que existe vida fuera del agua.

Sí, la soledad no es estar solo, si uno no se siente solo. Aún más, es una verdadera medicina del alma que nos permite conectar con la esencia del mundo de las ideas y los conceptos que dan forma a la vida. Por lo que hay que respetar los periodos de soledad voluntaria de las personas, a pesar que el respeto por el espacio personal ajeno parece haber sido eliminada como materia de educación de convivencia en estos tiempos que corren.

Y dicho esto, por favor, guarden silencio y absténganse de molestarme. Pues estoy disfrutando en compañía de mi soledad.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano