viernes, 7 de diciembre de 2018

La Monarquía o la teoría de la estabilidad social


Con este mismo titular publiqué un artículo años atrás en el extinto periódico catalán Nou Diari, del cual no guardo copia. Por aquel entonces era un jovencísimo estudiante de filosofía que me costeaba la carrera trabajando como periodista, fumaba ya en pipa e intentaba aprender a tocar el violín. ¡Qué tiempos aquellos!, como se suele decir. Ya entonces manifestarse públicamente sobre esta temática, en una Cataluña gobernada por nacionalistas que aun no habían migrado hacia el independentismo, resultaba no solo incómodo sino incluso generaba miradas recelosas. Por lo que si no me arrugaba entonces, que tanto escribía a favor de la monarquía como me mostraba contestatario frente a Schopenhauer, menos lo voy a hacer ahora que peino canas.

En estos más de viente años que me separan de aquel joven pensador que fui, me resulta curioso observar como, si bien he cambiado el posicionamiento sobre diversos temas más o menos trascendentales para el ser humano, en lo que respecta a la idea sobre la utilidad social de la monarquía parlamentaria no me he movido prácticamente ni un ápice. Y quiero aclarar que no se trata tan solo de un estado emocional a favor, sino que es fruto -al igual que el resto de temas sobre los que reflexiono- del resultado personal de una continua prospección bajo la lupa analítica de la razón.

Sí, en estos años de democracia española he podido observar el hecho de la existencia de un mar político, a veces en calma, a veces revuelto, unas veces con cierta tonalidad cromática y otras de un color opuesto, según como brille el sol del pueblo español, que marcan la inestabilidad por impermanencia del poder ejecutivo y legislativo, siempre a merced de las fuertes corrientes sociales que dominan dicho mar. Y sobre éste, como contraste y referencia de equilibrio, con independencia de la mar que haga, siempre está la Corona a modo de faro.

El hecho que la Corona actúe como punto cardinal de referencia institucional y social siempre estable, frente a un poder político inestable por naturaleza, radica en un factor clave y determinante: la independencia y neutralidad en el compromiso stricto sensu de la Constitución por parte de la Corona. Es decir, que el Rey solo actúa a favor de una parte, la propia de la Constitución como norma primera en la que se fundamenta nuestra Democracia, que es lo mismo que decir que actúa a favor de todas las partes.

Conociendo la naturaleza del hombre, capaz de las más grandes hazañas como de las más deplorables miserias, solo a través de una educación especial y de por vida se puede asegurar la rectitud necesaria del espíritu humano para que, un ser humano, pueda cargar con la enorme responsabilidad de actuar siempre desde la independencia y la neutralidad institucional en beneficio del conjunto de la sociedad. Y esta es la razón de fuerza mayor que da sentido de ser al modelo de nuestra Corona hereditaria. Plantear otros modelos políticos de jefatura del Estado es entrar en aguas potencialmente inestables.

Por otro lado, hay que recordar y remarcar que la Corona, en una Democracia moderna, reina pero no gobierna como monarquía parlamentaria, pues está sujeta al control de los poderes legislativo y ejecutivo. Y que sus funciones están reguladas por una decena de artículos de la propia Constitución (Título II), por lo que nunca puede salirse del marco constitucional de sus competencias, ya que en caso contrario sería atacada de inconstitucional. Al igual que sucede con el resto de instituciones que emanan de los diversos poderes del Estado. Por lo que, al final, la Corona representa la última línea de defensa de la soberanía nacional del pueblo español como garante, sancionador y promulgador de las leyes democráticas.

Aun así, la Corona como monarquía parlamentaria es objeto de crítica en los últimos tiempos por parte de agentes políticos detractores que quieren elevarla a la palestra de un debate público, más histérico demagógico que sereno verdadero. Las razones son principalmente tres:

1.-La monarquía parlamentaria es símbolo de la unidad y la permanencia del Estado, por lo que es atacada por aquellos que aspiran a romper la unidad del territorio nacional y el actual modelo de Estado vigente.

2.-La monarquía parlamentaria es el máximo garante de la Carta Magna de los derechos y deberes de todos los españoles, al guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes y respetar los derechos de los ciudadanos, por lo que es atacada por aquellos que quieren actuar fuera del marco constitucional.

3.-La monarquía parlamentaria es hereditaria como modelo para salvaguardar la independencia y la neutralidad institucional de la jefatura del Estado, por lo que es atacada por aquellos que quieren sustituirla por un Jefe de Estado surgido de la clase política, y por tanto parcial por partir de postulados partidistas, mediante la forma de gobierno de una república.

Si algún denominador común tienen los tres escenarios expuestos es, justamente, que tienden hacia horizontes sociales de inestabilidad política y que buscan el provecho partidista frente al bien común. Poco trabajo tienen algunos políticos, y muchas ambiciones personales, complejos históricos no resueltos a parte que no tienen ningún sentido en los estados democráticos en pleno siglo XXI. Es por ello que, desde la lógica de la razón, con todas las luces y las sombras propias del ser humano y sus modelos de organización sociopolíticos, la monarquía parlamentaria española debe ser considerada como piedra angular de la teoría de la estabilidad social contemporánea.



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano