lunes, 3 de diciembre de 2018

Frente a mi mar me pierdo, para volver a reencontrarme


Me encanta el mar de mi ciudad natal. No puedo evitarlo, como si fuera un elemento más de mi naturaleza biológica. Tal es así que cuando llevo un cierto tiempo desconectado de él, o de ella -como dirían los marinos-, me embriaga un halo de añoranza que me empuja a ir en su búsqueda. Quién sabe si en verdad se trata de una llamada casi parental que reclama desde las profundidades. En todo caso, resulta un efecto que bien puede equipararse a la impetuosa necesidad de cubrir la carencia de una vitamina esencial para nuestro organismo, el cual languidece por falta de contacto con la fuerza serena de esa energía ancestral llamada Mare Nostrum.

Me encanta pasear frente al mar. El efecto relajante que me produce es una poderosa medicina para mi cuerpo, mi mente y mi alma. En su orilla el ruido del mundo se apaga, y el sonido de las olas silencian los pensamientos, hasta el punto que ya no hay pensamientos. Y sin ellos, durante un suspiro existencial, yo solo Soy, para Ser -desde el hondo e hipnótico respirar del mar-, un no-Ser. Desde el cual solo hay un pequeño paso para la Nada.

Me encanta pasear por la orilla del mar. Pues es justo en ese espacio donde la vida se desdibuja. Como si fuera un punto espacio-temporal de intermundos donde convergen la finitud de las formas con la infinitud de las no-formas.Y toda nuestra existencia mortal queda reflejada en la efimirez de la arena de la playa, tan moldeable como difusa por escurridiza, tan desdramatizada en su naturaleza de micropartículas por saberse parte de un todo inabarcable, siempre a merced del manto líquido que en su fluir acuna caprichosamente nuestras vidas.

Me encanta plantarme en la orilla frente al mar. Allí donde la mirada se desvanece, donde mar y cielo se confunden en un continuo indivisible, donde uno no es más que una molécula de agua consciente que se deconstruye en el horizonte. Y es entonces que la consciencia se expande, como líquido que sale de su recipiente para volcarse sobre su medio natural de origen. Libre y en paz. Donde no existen más conceptos que la vida misma en su propia esencia primogénita. Quizás el mar, la mar, reclama la insignificante porción de agua de mi cuerpo que por derecho le pertenece.

Me encanta reencontrarme con mi mar. Pues en su presencia el tiempo se detiene, y es entonces que me dejo atrapar por una realidad paralela en la que existe un vacío armonioso que Todo lo llena. Todo es contenido, sin continente. Todo es significante, sin significado. Todo es recogimiento, sin límites de espacio. Todo es nascituriano, aun reconociéndote nacido. Y en ese estado de letargo, uno se vuelve a nutrir del renergizante maná amniótico primitivo.

Me encanta el mar de mi ciudad natal. Un mar tranquilo, de aguas apacibles y templadas, caldo de vida germinal de las grandes civilizaciones de la humanidad. En él, en ella, resuena las ideas de los clásicos, el murmullo de los comerciantes transcontinentales, el ruido del valor de la libertad abriéndose paso en el fragor de la batalla, y el eco ahogado de un sublime arte sumergido pero no olvidado. En su brisa aun se puede escuchar los cantos épicos de mitos y leyendas. Y en el volátil ambiente pervive, a través de la fragancia del salitre marino que todo lo envuelve, la memoria misma de la Historia.

Me encanta el mar de mi ciudad natal, la Tarraco Scipionum Opus, una bombonera de eterna luz primaveral y cimientos milenarios. Me encanta perderme en las orillas de su mar para volver a reencontrarme, pues que le voy a hacer, si yo, nací en el Mediterráneo.

Quién sabe, quizás Tales de Mileto tuviera razón, y nuestro arjé o esencia última no sea otra más que el agua.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano