jueves, 6 de diciembre de 2018

El futuro de la Constitución: en manos de la educación sobre libertad de nuestros jóvenes


Tras poco más de dos siglos en que se creó la primera Constitución española en Cádiz (1812) -estatuto de Bayona a parte-, la primera que otorgó la soberanía nacional al conjunto del pueblo español y en medio de un tiempo sombrío en que el país estaba invadido por tropas napoleónicas, hoy se conmemora el 40 aniversario de la Constitución vigente de 1978, tras cinco constituciones precedidas a lo largo de un periodo convulso que registró cuatro guerras civiles y alternó distintos regímenes políticos. Se dice pronto. Si bien la Constitución actual no es la de mayor duración, palmaré que se lo lleva el texto constitucional de 1876 promulgado por Cánovas del Castillo tras la disolución de la I República, sí que es la que nos ha traído un mayor periodo de paz y de bienestar social. Un hecho tan objetivo como irrefutable.

Resulta importante situar la Constitución contemporánea en su marco de referencia histórica, justamente para otorgarle su justo valor de cara a aquellas nuevas generaciones que, por el hecho de haber nacido ya en el período democrático actual, puedan llegar a menospreciarla por formar parte de su paisaje habitual. Pues la Historia nos repite una y otra vez al miope ser humano, de corta memoria intergeneracional y de menor consciencia histórico-política, que ningún avance social está garantizado si no velamos por el respeto y la convivencia.

Sí, la Constitución avala la libertad individual. En el mismo apartado de derechos y deberes fundamentales (Título I), aunque de las obligaciones, curiosamente, siempre nos olvidamos. Un derecho constitucional fundamental que incluye la libertad de expresión, pero no hay libertad que valga en un contexto democrático sin responsabilidad, respeto y tolerancia. Una premisa que parece estar cayendo en desuso por parte de los jóvenes nacidos en el seno de la Democracia, en cuyas manifestaciones públicas observamos de manera tan reiterada, como preocupante por su progresión, la adulteración que hacen del derecho fundamental de la libertad de expresión como instrumento coercitivo hacia aquellos que opinan de manera diferente a sus ideas.

Ante este fenómeno, que comienza a tomar tintes sociológicos, cabe hacer varias reflexiones:

En primer lugar, se observa como parte de la juventud, si bien enarbola el concepto de libertad como bandera individual y social, lo disocian de los principios rectores de la Democracia recogidos en la Constitución, acercándose a postulados absolutistas y, por extensión, de manifestación radical. Lo cual les sitúa, de facto, en una posición antidemocrática y fuera de la Constitución.

En segundo lugar, se observa como parte de la juventud, si bien conocen e instrumentalizan hasta la extenuación los conceptos de responsabilidad, respeto y tolerancia que son inherentes a la idea de libertad, dichos conceptos los gestionan como cáscaras de vocablos al uso vacíos de significado real. Lo cual denota una grave carencia intelectual, y les conduce a posturas más propias del ámbito de la sinrazón.

En tercer lugar, se observa como esta parte de la juventud -que no por ser parte son minoría-, al contrario de lo que podía suceder en la primera mitad de la joven democracia española contemporánea, no se enmarcan de manera exclusiva en el perfil de la marginalidad social antisistema, sino que pertenecen ya mayoritariamente al colectivo de los estudiantes universitarios. Por lo que aquí tenemos la evidencia de un grave problema que afecta al propio sistema educativo, lo que induce a pensar en una clara dejación de funciones educativas por parte del cuadro docente en materia de valores constitucionales.

Y en cuarto lugar, se observa como esta parte de la juventud, que protagoniza asiduamente actos públicos cargados de intolerancia -algunos de ellos con verdaderas batallas campales callejeras incluidas contra las fuerzas del orden público, que tienen como deber la defensa del bien común-, se realizan con la complicidad y el descarado jaleamiento de ciertos partidos políticos, más próximos a postulados anticonstitucionalistas. Lo cual manifiesta una severa irresponsabilidad y un indecoroso espíritu antidemocrático de ciertos gobernantes de nuestro tiempo a quienes pagamos por gestionar la res publica.

Cabe recordar que la Constitución es un marco de convivencia común con reglas de juego. Y que los valores constitucionales son principalmente cuatro: la Libertad, la Justicia, la Igualdad y la Pluralidad Política, sin los cuales no se puede entender la Democracia. Pero de todos ellos, sin lugar a dudas es la Libertad, como figura jurídica adecuadamente reglada, la que condiciona el sano desarrollo de una aplicación normalizada del resto de los valores constitucionales.

Que la Constitución debe adecuarse a la sociedad de su tiempo, es lógico, como le sucede a cualquier norma jurídica. Pero su posible reforma solo puede tener un único y exclusivo objetivo: mejorar en la medida de lo posible, y con arduo esmero, el modelo social de Democracia. Para lo cual se requiere llegar a amplios consensos sociales, donde el bien común se interpone a los partidismos (y posibles revanchismos). Y ello comienza por una vocación dialogante, respetuosa e integradora, que permita a los reformistas constitucionales estar a la altura de las circunstancias. Es por ello que la educación de nuestros jóvenes en el concepto tan amplio como profundo de la libertad democrática, como derecho y obligación, resulta urgente. Pues, en caso contrario, serán los propios hijos de la Democracia quienes acaben con la Democracia, liquidando los valores de siglos de evolución humanista recogidos en la actual Constitución.

No señores, ningún avance social está garantizado si no velamos por el respeto y la convivencia. Una sociedad civilizada, sin una educación diligente, tiene el peligro real de volverse en una sociedad bárbara.

Tarragona, a 6 de diciembre de 2018
Día del 40 aniversario de la Constitución española de 1978



Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano