jueves, 8 de noviembre de 2018

Vivimos en ciudades repletas de aves fénix


En las ciudades coexiste un gran número variado de fauna urbanita, digno de ser catalogado en un bestiario al uso, pero si algún animal destaca por su proliferación en la última década éste es el ave fénix. Se trata de personas que fueron expulsadas en su día del jardín del paraíso terrenal, tras la última tormenta de fuego que inició una nueva era de crisis socioeconómica y de valores, que han adoptado la forma figurativa de autónomos o trabajadores por cuenta ajena en situación de precariedad, y que periódicamente se consumen por autocombustión en contacto directo con el mercado laboral, renaciendo de sus propias cenizas al cabo de un breve periodo de tiempo para reiniciar de nuevo el ciclo incandescente. De hecho, si uno mira a la calle por las mañanas a través de una ventana de un edificio, puede ver como a cada nuevo amanecer cientos de aves fénix se consumen en llamas o, por el contrario, renacen de sus propias cenizas como un proceso natural del ciclo de la vida en la urbe.

De tipologías de aves fénix las hay tanto que nacen como que se hacen. Aquellos especímenes que nacen eclosionan en el mundo con la naturaleza heredada de sus progenitores, las cuales suelen ser más adaptables a un entorno ambiental hostil por voluble y cambiante, así como más dóciles a las exigentes demandas de un mercado laboral cuya atmósfera artificial asfixia sus teóricos derechos sociales. Mientras que los hay, de especímenes de aves fénix, que son transformados en vida por los designios caprichosos del destino, las cuales se rebelan contra su nueva naturaleza adquirida convirtiéndose en animales de viejas costumbres inadaptados al medio imperante, y cuya semilla inconformista y de resistencia social transmiten como marca de fuego en piel a las nuevas generaciones de la estirpe mitológica.

La incapacidad de las aves fénix en cambiar o revertir su naturaleza, con el objetivo de escapar de la rueda sinfin de muerte y renacimiento profesional -y por extensión social-, no solo radica en el fuerte determinismo de un entorno ambiental de Mercado caracterizado por unas condiciones óptimas para la autocombustión laboral, sino en la propia anatomía álmica de las aves fénix forjada a golpes en la fragua de las acciones moralmente decentes, una competencia tan poco valorada como de escasa utilidad en una sociedad agresivamente competitiva.

Si bien la capacidad de regeneración de las aves fénix las dota de la adaptabilidad necesaria para un entorno inhóspito en continuo cambio y transformación, asimismo representa su talón de Aquiles, pues dicha fortaleza se revierte en debilidad en un mercado laboral que lo aprovecha para beneficio propio en un modus operanti en que todo, por mercantilizable, es caduco y desechable, incluidas las personas.

Sí, cada día las ciudades están repletas de cientos de aves fénix que se autoconsumen en llamas o, por el contrario, renacen de sus propias cenizas. Las que arden han quemado un periodo profesional más de sus vidas, y las que resurgen de los restos cenizos inician un nuevo periodo profesional en sus vidas. Un comportamiento tan natural como esperable en las experiencias de procesos de cambio y reinvención del ser humano, pero asimismo un hecho alarmante socialmente al constatar que se está convirtiendo en una tendencia generalizada y en progresivo aumento en los hábitats urbanos desarrollados. Pues el ave fénix contemporánea es una especie que suele sobrevolar entre los vientos de la carencia, y su presencia masiva en las ciudades es un claro indicador del aumento de la brecha de desigualdad social y del empobrecimiento de la economía doméstica en comunidades estructuradas sobre el derecho de la igualdad de oportunidades.

Ante este panorama, en el que el ave fénix se ha convertido en parte del paisaje urbano cotidiano, uno no puede dejar de preguntarse cuál es el nivel de capacidad de regeneración de esta ancestral especie en plena era tecnológica, y qué sucederá el día en que no pueda renacer de sus propias cenizas. Quizás, el tiempo lo dirá, nos encontramos ante el principio del fin de esta estirpe de fábula. Pues en el previsible horizonte futuro, dibujado bajo criterios del Mercado, el ave fénix tal y como lo conocemos solo puede verse abocada a la extinción o a la evolución como especie. En ambos casos, lo único certero es que nos encontraremos ante un nuevo paradigma de organización social, que espero y deseo -a falta de pecar de inocente- que sea en beneficio de la dignidad de la vida humana.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano