viernes, 23 de noviembre de 2018

Tempus interrupto, el estado anacrónico de las personas desubicadas socialmente


A veces sucede que el tiempo se interrumpe. Pero no el tiempo en general, sino tan solo el propio de uno mismo. Tal es la sensación como si nos quedásemos inmovilizados por atrapados en un punto concreto del espacio-tiempo, mientras observamos que el resto del mundo sigue moviéndose a nuestro alrededor. Y ante esta experiencia, solo cabe esperar -no sin cierta impotencia- que la vida se digne a liberarnos del anclaje temporal. Un estado en el que aunque nos creemos caminando no llegamos a ninguna parte, y aun percibiéndonos estar pensando no logramos realmente llegar a pensar, al menos de manera resolutiva, dentro del sistema social de referencia al que se pertenece.

La singularidad del tempus interrupto parece producirse a causa de una disincronía entre el tiempo natural en el que transcurre el mundo exterior y el tiempo natural propio en el que se haya una persona, como si dicha persona se encontrase en un tiempo errado respecto al momento temporal al que le corresponde existir. En este contexto, resulta acertado decir que la persona deviene un anacronismo para su tiempo. Dicha alteración temporal es producida por la colisión de dos realidades bien diferentes entre sí, la de los mundos externo e interno en los que orbita la persona, siendo su naturaleza profundamente mental y cuya única restitución sincrónica radica, asimismo, en la propia naturaleza originaria del individuo.

En esta línea, cabe remarcar que en nuestra sociedad coexisten más personas que viven en un tempus interrupto de las que imaginamos, ya que el vertiginoso ritmo acelerado de la sociedad contemporánea en continuo cambio y transformación -derivado de la carrera por la competitividad en la que estamos inmersos que busca asegurar la sostenibilidad de una economía de consumo- provoca que muchas personas queden desfasadas a los tiempos que corren. Un claro ejemplo de ello lo tenemos en los humanistas, los cuales no solo no tienen cabida en las prioridades laborales dictadas por el Mercado, sino que son abocadas al anacronismo social. Un dato agravado por el hecho que en la España del 2018 el 57% de los universitarios (1,3 millones de matriculados) estudian carreras de Humanidades.

No hay que ser muy avispado para ver que el fenómeno sociológico del tempus interrupto tiene serias implicaciones en una sociedad, especialmente cuando alcanza un punto de inflexión crítico en la tasa de población activa de un país. Desde un punto de vista económico, reduce la masa de la economía productiva y aumenta el gasto en las partidas presupuestarias de servicios sociales. Desde un punto de vista social, agranda la brecha de desigualdad social y dispara los niveles de pobreza presentes y futuros. Desde un punto de vista cultural, empobrece los valores humanistas del conjunto de la sociedad. Y, desde un punto de vista político, aumenta el grado de crispación social y retroalimenta los populismos.

Realmente, visto lo expuesto, no parece muy inteligente la dinámica que llevamos como sociedad, semejante a la de una estampida colectiva que por inercia -y por falta de reflexión crítica, y de diligencia política- nos conduce irremediablemente al precipicio. Pero, ¿cuál es la causa determinante del efecto del fenómeno sociológico del tempus interrupto? La respuesta, con toda claridad, debemos buscarla en la propia disincronía entre Estado y Mercado, y más concretamente en la diferencia del concepto de bien común que tienen ambos. Puesto que mientras el Estado, a través de su sistema educativo, continua apostando por formar a humanistas; el Mercado, por su parte y a través del sistema laboral, rechaza por discriminación negativa a los perfiles humanistas. (Sin entrar en otras variables tipo barreras de entrada por edad, bases salariales, etc.) En otras palabras, vivimos en una sociedad protagonista de una sangrienta batalla entre el concepto del Bien Social propio del Estado versus el Bien Económico propio del Mercado. Una guerra sin tregua en que la balanza se decanta, como todos sabemos, a favor de los intereses del Mercado. Pues el dinero, más que poderoso caballero, se ha elevado a la categoría de divinidad omnipotente.

No obstante, y no debemos olvidarlo, el pulso entre Estado y Mercado no es más, en resumidas cuentas, que un pulso entre Democracia (el gobierno del pueblo) y Timocracia (el gobierno de los ricos), llegando ésta a convertirse en Tiranía (gobierno absolutista con abuso de la superioridad). Es por ello que el efecto del tempus interrupto, más allá de representar un fenómeno sociológico de nuestros tiempos que afecta a miles de ciudadanos, es un problema tan real como de fondo de Estado de las Democracias contemporáneas. Un problema que tarde o temprano los Estados, con políticos valientes a la cabeza, deberán afrontar por el bien de la calidad de nuestras democracias.

Mientras tanto, como fiel humanista que soy continúo, pipa en boca, mostrando descaradamente mi rebeldía frente a un Mercado excluyente aun en tempus interrupto. Pues el Mercado nos podrá retirar el pan, pero no así apagar la llama de pensar críticamente como hombres libres.


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano