viernes, 2 de noviembre de 2018

Reflexión sobre la muerte


De la muerte solo tenemos una certeza, que todos vamos a morir. Más allá, y parafraseando a Sócrates, sólo sé que no sé nada, pues nadie ha regresado de la muerte para contárnoslo. Y aquí no cuentan las ECM (experiencias cercanas a la muerte), pues aún tratándose de diagnósticos clínicos de muerte cerebral, si los pacientes realmente hubieran muerto y luego regresado de nuevo a la vida estaríamos hablando de resurrección, que no es el caso. No obstante, la muerte -justamente por ser uno de los grandes misterios de la vida de la que nadie escapa- es foco de atención del curioso espíritu humano que necesita iluminar de conocimiento aquello que no es capaz de ver, pues todo aquello que desconocemos nos genera inquietud, y más si nos sabemos abocados de manera irremediable. Por lo que muchos son los intentos del hombre por explicar la naturaleza de la muerte, desde Platón con su obra Fedro, los egipcios con el Libro de los Muertos, los cristianos con la Biblia, Dante con la Divina Comedia, o los budistas con el Libro Tibetano de la Vida y de la Muerte, entre otros muchos. Todas ellas meras elucubraciones especulativas, por la simple razón de escapar a toda carga de prueba empírica, con el único denominador común de la creencia en una vida más allá de la muerte sin más sustento que el requerimiento de una actitud personal basada en la fe. Un concepto éste, el de la fe, tan misteriosamente intangible como inquietante en el que las personas que lo profesan creen saber algo que realmente no saben (principio del fundamentalismo).

Aun así, el hombre vive creyendo aquello en lo que decide creer. Y en este contexto, solo hay dos opciones posibles: el monismo, que considera que solo somos materia; o el dualismo, que considera que somos seres trascendentales, donde tiene cabida el alma como dimensión superior y eterna del hombre en toda su amplia gama de matices culturales. Dos postulados -germen de innumerables escuelas de pensamiento- válidas en sí mismas, pues ambas presentan un problema imposible por irresoluble para el ser humano en vida.

Pero, ¿qué entendemos cuando hablamos de muerte?. Si concebimos la muerte como el fin de una singularidad independiente (la vida humana), podemos decir que la muerte representa una experiencia sin continuidad alguna. Pero si concebimos la muerte como parte de una singularidad mayor, como pueda ser uno de los múltiples puntos que constituyen un círculo (que por sí mismo es finito a su vez que dentro del contexto es infinito), podemos decir que la muerte representa una experiencia con continuidad. O, mejor aun, y sobre el principio de transmutación continua de la energía (que ni se crea ni se destruye, solo se transforma: Primera ley de la termodinámica de la conservación de la energía), la muerte representa un cambio de estado. Por lo que desde el prisma de la física, mecánica cuántica incluida, la muerte no existe.

No obstante, a nadie se le escapa que la muerte -ya sea natural o inducida- representa una experiencia de final del estadio del cuerpo humano tal y como lo concebimos en vida. Así pues, si nos atrevemos a afirmar que la muerte no existe, sino que representa un cambio de estado de la persona, estamos aceptando explícitamente que la persona continua existiendo en otro plano dimensional no corporal con todas aquellas características que mantienen la identidad de su única, individual e intransferible mismidad. En otras palabras, aceptamos que la conciencia de la persona continua existiendo más allá de la muerte. Una afirmación que si bien las experiencias cercanas a la muerte parecen corroborar, no puede tomarse como verdad taxativa pues éstas no pueden entenderse como la muerte en sí misma sino como un posible estadio preliminar a la misma. Por lo que nos encontramos, otra vez más, en el campo teórico exento de demostración.

Por otro lado, egocentrismo humano a parte, cabe igualmente la posibilidad que en la ecuación de la muerte, dentro de un sistema referencial donde la muerte no existe, el valor de la x de la conciencia humana a despejar se reduzca a cero. Es decir, que si bien la energía del ser humano perdura tras la muerte previo a una transformación de estado de la misma, no por ello debemos asumir que nuestra conciencia corra la misma suerte, por lo que ya no estaríamos hablando de la continuidad de la individualidad de una persona más allá de la vida. Y a partir de aquí, tanto si nuestra conciencia perdura o no tras el umbral que da paso a la muerte, se nos abre a su vez todo un océano de teorías que por ser pura elucubración no voy a gastar tiempo (puesto que es vida). Ya que la limitación de nuestra capacidad perceptiva de la realidad en sus múltiples dimensiones es equiparable a la de una bacteria que forma parte de nuestro propio cuerpo humano, incapaz de aproximarse ni por imaginación a la idea del conjunto orgánico del que participa.

En resumen, la muerte es una experiencia cuyo conocimiento tan solo conocemos, exclusivamente, desde la vivencia de los vivos.Y si bien es cierto que la muerte puede llegar a dotar de sentido y significado la vida, así como de medio conceptual -mediante usos y costumbres culturales- de relacionarnos emocionalmente con los seres queridos ya fallecidos, cada cuál tiene el pleno derecho de creer sobre la naturaleza de la muerte desde el imaginario personal o colectivo que ha decidido creer. Así como de redefinir, cambiar o transformar dicha creencia a lo largo de su propia vida, pues nunca somos siempre los mismos. Ya que de la muerte muchos son los que hablan, pero nadie, absolutamente nadie, conoce. Pues no hay mayor paradoja que definir la muerte desde la vida. Y aquel que esté muerto y desde la muerte pueda hablar, que hable para conocimiento de todos los vivos.

Quizás, y para ser serios, lo más importante no es tanto saber qué es la muerte y que hay tras su opaco velo, sino aprender a saber morir adecuadamente. Pues el morir es la única certeza que tenemos, conscientes que solo sabemos que no sabemos nada.

Barcelona, noche de los difuntos de 2018


Nota: Este y otros artículos de reflexión se pueden encontrar recopilados en el glosario de términos del Vademécum del ser humano